Capítulo 33
CÁMERON
N atalia había vuelto. Cuando salí de la ducha y comprobé que no estaba por ningún sitio, que su bolso tampoco estaba, ni su teléfono móvil, ni las llaves…
el mundo se me vino encima. Después de la noche que habíamos pasado, los besos y las caricias que aún me ardían en la piel; la esperanza había aniñado en mi interior con la convicción de que todo estaría bien, de que ya lo estaba.
Qué ingenuo.
Cuando escuché abrirse la puerta de la entrada, el alivio me golpeó con tanta fuerza que tuve que soltar el aire de golpe.
Llevaba minutos, u horas, quién sabe el tiempo que había pasado, sentado en la cocina con las manos envueltas en torno a una taza de café que se había enfriado hacía tiempo.
Esperando. Y seguiría haciéndolo el tiempo que fuese necesario. Nunca dejaría de esperarla.
Aun cuando se fue corriendo, aun cuando el miedo me pesó en el pecho como una piedra, me negué a creer que esta vez fuera el final. Me aferré a la idea de que volvería. No era una esperanza irracional, era porque sabía que ella también quería esto.
Durante los últimos meses, mi mayor miedo había sido Brad, lo reconozco, jamás había sentido la mordida de los celos, porque nunca hubo nadie más que nosotros.
Y cuando Brad apareció en escena, temí que ella pudiese ver que había alguien mejor que yo ahí fuera, que el mundo era enorme y, quizá no fuese Brad el definitivo, pero sí el punto de partida y sin retorno a mí.
Y ahora estaba aquí, de pie en la puerta, con el pelo despeinado y los ojos llenos de algo que no supe descifrar.
—Lo siento, yo…
Se acercó despacio, como si temiera que fuera a desaparecer en cuanto diera un paso más.
Y aunque quería ir hacia ella, envolverla en mis brazos, esperé.
Cuando, por fin suspiró y se dejó caer en la silla frente a mí, con las manos sobre la mesa y la mirada fija en la madera, me preparé para escuchar.
Era su turno de hablar y dejar clara su decisión.
Yo acataría lo que ella quisiera, por mucho que me doliese, si quería que me fuera para siempre, lo haría.
—Me asusté —continuó, tragando saliva—. Y, por muy típico que suene, no fue por ti: fue por mí.
El sol brillaba con intensidad, el aire olía a sal y la piedra dorada de la catedral resplandecía con la luz de media mañana dando muestra de su majestuosidad.
La sensación de ligereza aún me resultaba extraña, como si mi cuerpo no hubiese entendido que ya no tenía que cargar con el peso de la incertidumbre.
Natalia caminaba a mi lado, con su brazo alrededor del mío y una expresión de tranquilidad dibujada en el rostro. Por fin, todo estaba en su sitio.
—¿Helado? —preguntó de repente, señalando una pequeña heladería con un gesto de la cabeza.
Me reí entre dientes.
—¿No acabas de tomarte un café?
—Sí, pero el café y el helado ocupan espacios diferentes en mi corazón.
Rodé los ojos y la seguí hasta la tienda sin discutir. Cuando salimos, ella tenía un cucurucho de stracciatella en la mano, y yo uno de avellana y chocolate blanco.
—¿Sabes? —murmuré tras darle un mordisco a mi helado—. Esto es bonito.
Natalia ladeó la cabeza, entretenida.
—¿El helado?
—No —me reí—. Nosotros. Así. Haciendo algo tan simple como caminar por la ciudad en un día cualquiera.
Ella asintió lentamente, como si saboreara mis palabras.
—Sí —dijo al fin—. Es bonito.
Seguimos paseando con calma, sin prisas, sin la necesidad de llenar cada silencio. El miedo ya no estaba entre nosotros. Solo la certeza de que, al final, habíamos encontrado nuestro camino de vuelta el uno al otro.
Puede que me faltasen pocas horas para coger un avión y volver a Madrid, pero por primera vez desde que empezó todo esto, la despedida no pesaba como una condena.
Natalia lamía su helado con aire pensativo, ajena a la forma en la que yo la miraba.
El sol jugaba con las hebras más claras de su pelo, y la brisa marina agitaba la tela de su vestido.
Había algo en la manera en que estaba disfrutando de ese momento que me hacía sentir un poco más fuerte.
El miedo ya no tenía espacio entre nosotros.
—¿Qué pasa? —preguntó sin mirarme, aún centrada en su helado.
Sonreí y di un paso más cerca, inclinándome hacia ella.
—Te voy a echar de menos.
Natalia soltó un suspiro exagerado, aunque la curva de sus labios me traicionó antes de que pudiera fingir indiferencia.
—Solo serán unas semanas —me recordó, dándome un leve codazo—. Esta vez, la cuenta atrás ya está en marcha.
Sí. Esa era la diferencia.
La primera vez que me fui, lo hice sin saber si volvería.
Sin saber si ella querría esperarme o si nuestra historia quedaría reducida a recuerdos de un amor que no supo resistir a la distancia.
La última vez que lo intentamos, nos desgarramos en el proceso.
Pero ahora el final ya estaba escrito, y era uno en el que volvíamos a encontrarnos.
—No me gusta esta cuenta atrás —confesé y solté un gruñido a modo de protesta.
—Ah, ¿no? —se giró hacia mí con una ceja arqueada—. Pero bien que te gustaba cuando hablábamos del tiempo que faltaba para vernos en Madrid. Cuando me decías cuánto me echarías de menos y las cosas que querías hacer conmigo…
Tuve que reírme. Me había pillado.
—Vale, puede que la cuenta atrás tenga sus momentos buenos.
—Ajá.
Natalia se metió un trozo de cucurucho en la boca con una expresión satisfecha. Me gustaba verla así: feliz, segura de lo nuestro y sin la sombra del miedo que la había asaltado esta mañana.
No quería irme, no me apetecía nada volver a Madrid, pero esta vez no había un vacío al otro lado del avión, sino una fecha concreta en la que todo esto quedaría atrás y, además, ella iba a acompañarme. Pasaría unos días en mi piso y me ayudaría con la mudanza.
—¿Cómo crees que será? —preguntó de repente, sin mirarme—. Cuando vuelvas.
No me hizo falta pensar la respuesta.
—Fácil.
Natalia se detuvo en seco.
—¿Fácil?
Asentí con convicción.
—Sí. Despertarme contigo cada día, llevarte el desayuno a la cama, aunque protestes porque «no hace falta», escuchar tus teorías absurdas sobre las series que ves antes de dormir…
todo eso suena fácil. Lo difícil es levantarme cada día en una ciudad que no me gusta sin la mujer de la que llevo enamorado toda la vida.
Natalia me miró en silencio, como si quisiera memorizar mis palabras. Luego, con una media sonrisa, murmuró:
—No protestaré si me llevas el desayuno a la cama. Hasta puedes llevarme la cena.
Reí y la atraje hacia mí, pasando un brazo por sus hombros mientras volvíamos a caminar.
—Lo sé.