Epílogo
epílogo
NATALIA
D icen que los días importantes siempre comienzan como cualquier otro, y quizá sea cierto. Aunque, a mí, esta mañana me pareció especial desde el primer rayo de sol.
El desfile empezaba en unas horas y a mí me sudaban tanto las manos que no me atrevía a tocar nada por miedo a dejar manchas. Cámeron bromeaba diciendo que tenía los nervios en las yemas de los dedos. Y tenía razón, estaba nerviosa, muy nerviosa. Pero también emocionada, muy emocionada.
Este no era solo un desfile más, era el desfile . El primero que firmaba con mi nombre junto al de Brad, era la presentación de nuestra colección: De Natalia con amor.
La colección, que había nacido los últimos meses y estaba lista para mostrar al mundo, hablaba del amor, de las pérdidas, del miedo y de las reconciliaciones.
Era una declaración de intenciones y emociones.
Era mi forma de presentarme al mundo y mostrar todas las versiones de mí misma que había sido desde que esto empezó.
Brad había entendido el concepto desde el primer boceto.
Y trabajamos juntos para darle forma, color y textura.
Si al principio lo había admirado por su trabajo, ahora lo admiraba más por su generosidad y amistad.
Ahora, esperaba el comienzo del desfile entre bastidores, vestida con un traje de dos piezas sencillo, el estilo que siempre me había definido.
En los asientos del público, Cámeron estaba ya en primera fila, me dedicaba esa sonrisa que me infundía valor y me hacía sentir invencible, estaba acompañado por Tomás y una Abril inmensa y radiante.
—Vas a arrasar —me había dicho antes de dejarme junto al backstage —. Pero si necesitas que pare el tiempo o que lo haga retroceder, solo dímelo.
No pude hacer otra cosa que reír y besarlo. Porque en esa frase estaba todo lo que él era para mí: mi refugio. Cámeron ya no vivía en Madrid. Por fin volvíamos a estar juntos en todos los sentidos, reconstruyendo nuestras rutinas sin pensar en despedidas.
Cuando las luces se apagaron y sonó la primera nota de música, mi corazón se aceleró.
Observé a Brad, al otro lado de la pasarela, mientras daba los últimos retoques a las modelos, que ya habían empezado a desfilar.
Sentí una emoción inexplicable al escuchar los primeros aplausos del público.
Esto era real. Estaba ocurriendo. Y no solo eso: estaba siendo un éxito.
Cuando el desfile terminó, vi a Brad cerca del catering.
No me costó reconocer que tenía la misma cara de orgullo que yo.
Pero lo que me llamó la atención fue la chica con la que hablaba.
Morena, con una coleta alta y gafas redondas.
Llevaba una libreta de prensa en las manos y la expresión de su mirada era genuina.
Sonreía a Brad como si lo conociese de toda la vida y Brad…
Brad también sonreía. De esa forma tímida que no solía usar con casi nadie.
Más tarde me enteraría de que era periodista y de que trabajaba en una nueva revista de moda que había nacido con la intención de humanizar el sector: abogaban por utilizar materiales reciclados y en sus reportajes salían modelos con todo tipo de cuerpos y edades.
Se llamaba Julia y me gustó en cuanto me la presentó.
Y sí, se quedaron hablando hasta que el staff recogió la última silla. Me alegraba por Brad.
Un mes después del desfile, cuando todavía flotaba en ese estado de emoción y cansancio feliz, recibimos una llamada a las cinco de la mañana.
—Está de parto —dijo Tomás, con la voz acelerada—. Abril está bien, y me ha amenazado con matarme si no te avisaba ahora mismo.
Salimos de casa en diez minutos.
Pasamos horas en la sala de espera, entre cafés templados, silencios cómplices y las manos entrelazadas.
Al parecer era normal que las primíparas tardasen horas en dar a luz.
Cámeron, a mi lado, mantenía esa serenidad que tantas veces había sido mi ancla.
Yo solo podía pensar en Abril, en lo lejos que habíamos llegado desde que nos conocimos siendo dos niñas solitarias.
Cuando Tomás salió por la puerta, con los ojos brillantes y las mejillas húmedas, no dijo nada. Solo nos miró y luego asintió. Lo seguimos en silencio.
Y entonces la vi. Pequeñita, arrugada, perfecta. Acurrucada sobre el pecho de su madre, que me dedicó una sonrisa agotada pero luminosa.
—Se llama María —dijo—. Y queremos que seáis sus padrinos.
Noté cómo se me encogía el pecho y no pude contener el llanto.
Lágrimas de felicidad cayeron sin prisa, como si hubieran estado esperando este momento para salir.
Le apreté la mano a Cámeron, que no decía nada, pero cuya sonrisa lo decía todo.
Nos inclinamos sobre ellas, lo justo para admirar a la pequeña. María dormía profundamente
—Es perfecta —susurré.
—Gracias por compartir esto con nosotros —añadió Cámeron con la voz grave y suave—. Seremos lo mejor que podamos para ella. Siempre.
En ese instante entendí que no se trataba solo de estar presentes, sino de formar parte.
De acompañar, cuidar y sostener. De ser hogar, también para otros.
Abril me tendió la mano y la tomé. Nos quedamos así un momento, las dos, sin hablar, como si toda nuestra historia estuviera contenida en ese apretón.
Mi amiga, mi hermana.
Salimos de la habitación poco después; los tres necesitaban descansar.
Caminamos por los pasillos en silencio, como si ninguno de los dos quisiéramos romper la calma que nos envolvía, hasta llegar al exterior, donde el sol brillaba alto en el cielo.
Cámeron me rodeó los hombros con el brazo y yo apoyé la cabeza en su pecho dejando que el mundo se detuviera por un instante.
—¿Estás bien? —preguntó, en voz baja.
—Estoy feliz —le respondí, sin una sombra de duda.
A veces la felicidad se parece mucho a la calma.
Tendemos a pensar que el amor es algo que nos remueve como un torbellino, que llega para poner nuestra vida patas arriba y nos hace sentir extasiados las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año.
Pero en realidad, el amor, cuando llega para quedarse, no siempre hace ruido ni hace temblar el suelo bajo nuestros pies…
A veces no es un disparo, sino algo lento, como el crecer de un árbol.
Y, como ese árbol, cuando echa raíces y florece, lo hace para siempre: nos da sombra en verano, fruto en la escasez y leña cuando arrecia el invierno.
No deslumbra ni irrumpe. Simplemente está.
Y en ese estar, sin prometer nada, nos lo da todo.
Fin