Capítulo 32
NATALIA
M e desperté por culpa de la luz que entraba por la ventana.
Se ve que la noche anterior me había olvidado de bajar las persianas y ahora, esta, me daba de lleno sobre la cara.
Era muy molesta y me impedía abrir los ojos todavía resacosos.
Lo primero que noté fue el peso de un brazo sobre mi cintura, lo segundo: el calor de su cuerpo pegado al mío.
Durante un instante, no me moví. Me quedé ahí, disfrutando de la sensación de su respiración tranquila contra mi nuca, del roce de su piel contra la mía, de la forma en que su cuerpo encajaba con el mío como si nunca nos hubiéramos separado.
Las imágenes de la noche anterior se arremolinaron en mi cabeza: cómo bailamos el resto de la fiesta; cómo nos besamos a la salida, incapaces de separarnos; cómo le pedí que me acompañase a casa entre risas…
Todo era tan fácil en ese momento. Tan natural.
Éramos nosotros, sólo nosotros dos, como siempre: perfectos.
Me giré con cuidado para no despertarlo. Quería aprovechar el momento para contemplarlo con calma. Su cabello estaba despeinado y tenía algunos mechones oscuros cayéndole sobre la frente. Tenía el semblante relajado, sin la expresión que a veces le endurecía los rasgos, parecía más joven.
Deslicé los dedos con suavidad por su mejilla, trazando el contorno de su mandíbula, memorizándolo como si pudiera quedarme con este momento para siempre. Y entonces, sus ojos se abrieron.
Me encontré con su mirada oscura, todavía empañada por el sueño, pero llena de algo más que me hizo contener el aliento.
—Buenos días —murmuró con voz ronca, una sonrisa perezosa en los labios.
—Buenos días —susurré de vuelta.
Cámeron deslizó la mano de mi cintura a mi cadera, acercándome aún más.
—Echaba de menos despertarme a tu lado —confesó.
Su voz era un susurro ronco contra mi piel. Mi pecho se contrajo, porque a mí también me gustaba despertarme a su lado, se sentía bien. Demasiado bien. Y quizá por eso, sentí una necesidad repentina de salir de ahí.
Mi corazón se saltó un latido, como si hubiese detectado el peligro antes que yo.
Y el miedo se coló entre nosotros sin avisar, como una sombra que amenazaba con oscurecerlo todo.
Cámeron no se dio cuenta, deslizó su nariz por mi mejilla antes de rozar mis labios con los suyos en un beso lento y perezoso.
Como si pudiéramos quedarnos aquí para siempre, enredados en las sábanas, en este espacio que era solo nuestro.
Me rendí a él y disfruté de su boca y de la forma en que sus dedos recorrían mi espalda, mi cintura y mi cadera, como quien recorre el mapa de un hogar al que nunca dejó de pertenecer.
Me aferré a las sensaciones que me provocaba, al calor de su cuerpo, a la manera en que encajábamos tan perfectamente…
hasta que, otra vez, el miedo se abrió paso con un nudo en mi garganta.
Si seguía así, si seguía permitiéndome sentir, cuando se fuese y volviese a perderlo todo, también se llevaría con él mi corazón y la paz que había conseguido en los últimos meses.
Ya podía sentir cómo todo mi ser se me escapaba como agua entre los dedos. Cámeron pareció notarlo, porque apoyó la frente contra la mía y su expresión cambió.
—Natalia —su tono era bajo, casi dudoso, y supe lo que iba a decir antes de que terminara la frase—, tenemos que hablar.
El miedo se transformó en pánico y me atravesó como un latigazo.
No quería hablar. No podía. No quería romper la burbuja de calma en la que nos habíamos refugiado desde anoche.
En cuanto hablásemos, la realidad entraría en escena.
Y la realidad significaba decisiones, significaba enfrentar todo lo que había tratado de evitar durante meses y acabaríamos discutiendo otra vez.
Significaba que Cámeron volvería desaparecer, porque su trabajo en Madrid era una montaña que no podíamos esquivar.
Me aparté con suavidad, fingiendo que no había escuchado. Me estiré en mi lado de la cama, simulando que la pereza era la única razón por la que me separaba de él.
—¿Te has duchado ya? —pregunté con voz ligera, ignorando el peso de sus ojos sobre mí.
Cámeron frunció el ceño, pero me dejó escapar por el momento.
—Sabes que no.
—Sí, claro… pues te toca —dije, lanzándole una sonrisa rápida antes de girarme hacia el borde de la cama—. Ya sabes dónde están las toallas, y todavía tienes algo de ropa en el armario. Yo prepararé el desayuno.
—No —dijo—, ve tú primero. Del desayuno me encargo yo.
—Ok, si es lo que prefieres.
Cedí y me incorporé obviando mi desnudez. Bordeé la cama en dirección a la puerta, lo suficiente lejos como para que no pudiera tocarme, porque si lo hacía, si me sujetaba del brazo y me obligaba a mirarlo, sabía que me desmoronaría.
Necesitaba aire. Y una vía de escape. Si mi apartamento no estuviera tan alto, juro que habría considerado la posibilidad de saltar por la ventana del baño.
El suelo frío bajo mis pies fue un contraste brutal con la calidez de la cama, con la calidez de él. Cerré la puerta del baño y apoyé las manos en el borde del lavabo, tratando de controlar mi respiración.
«Esto no cambia nada», me repetí a mí misma.
Pero sabía que era mentira, porque cada vez que me alejaba, me dolía más.
Abrí el grifo de la ducha, el sonido del agua llenó el silencio. Me metí bajo el chorro caliente y esperé que el agua me despejara las ideas, que se llevara la confusión, el miedo y el amor que aún me quemaba la piel.
Cuando salí, con el cuerpo tibio y el cabello húmedo, él seguía allí, sentado sobre la cama. Esperándome. Con esa calma que siempre me desarmaba.
—Vamos a la cocina, he hecho café —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Como si desayunar juntos siguiera siendo parte de nuestra rutina y nosotros aún fuéramos nosotros. Le di las gracias y le señalé la puerta del baño con la cabeza.
—Te toca la ducha —murmuré, esquivando su mirada mientras tiraba la toalla al suelo y cogía algo de ropa—. Puedes hacerlo mientras me visto.
Cogí lo primero que pude en el armario: unos pantalones de chándal de tiro alto y una camiseta de asas.
Junto con un sujetador deportivo y unas bragas menstruales.
Mi puntería brillaba por su ausencia. Comencé a vestirme mientras él entraba en el baño y, sin pensarlo, salí de mi apartamento con el bolso y las llaves.
Sabía que estaba haciendo mal, sabía que Cámeron se enfadaría al salir de la ducha y ver que no estaba. Él se merecía algo mejor, lo sé.
Me sentí la peor persona del universo, sin embargo, en ese momento, tenía tanto miedo, que me dio igual que me odiase el resto de nuestras vidas. Quizá era mejor así. Al final, lo habíamos intentado más de una vez, ¿no? Y nunca había salido bien.
El aire fresco de la mañana chocó contra mi piel en cuanto salí a la calle, pero yo apenas lo sentía. Estaba anestesiada. Caminaba rápido, con las manos aferradas a la correa de mi bolso y el corazón latiéndome con fuerza en la garganta.
Había salido de casa a escondidas, como una cobarde, no quería imaginarme la expresión de Cámeron cuando saliese de la ducha y no me encontrase esperándolo en la cocina para aclarar nuestra situación.
Porque él sí estaba listo para hablar. Para enfrentar la situación y poner en palabras lo que habíamos estado evitando desde que nos encontramos en la boda. Yo no estaba lista.
«Cobarde».
«Cobarde».
«Cobarde».
La palabra resonaba en mi cabeza con cada paso que daba sobre el asfalto. Apreté los dientes y aceleré el paso intentando ignorar el sentimiento de culpabilidad.
Había pensado en ir a casa de Abril. En llamarla, tocar a su puerta y tirarme en su sofá como una niña.
Como tantas veces en el pasado. Mi vida se desmoronaba y no sabía por dónde empezar a recoger los pedazos.
Pero entonces me di cuenta de que esta vez no podía acudir a ellos.
Abril se acababa de casar con mi hermano, nada menos, ahora mismo estarían enfrascados en su burbuja de felicidad, su pre-luna de miel, disfrutando de cada segundo de esa nueva etapa.
Como debía ser. Y yo no podía enturbiar su felicidad sólo porque estaba teniendo un ataque de pánico. No se lo merecían.
Me detuve en seco en mitad de la acera, con la respiración entrecortada.
Eso era, un ataque de pánico. ¿Qué estaba haciendo?
Tenía que pararme, respirar y pensar. No podía seguir huyendo.
No esta vez. Huir no solucionaría nada y, hacerlo ahora, podía ser la gota que colmase el vaso y hacer que Cámeron abriera los ojos para darse cuenta de que no valía la pena.
Joder, si seguía escapando, podía perderlo para siempre.
Porque algo me decía en mi interior que si no volvía esta vez, ya no habría vuelta atrás.
Y yo no estaba segura de poder vivir con eso.
Cuando subí las escaleras y llegué a la puerta de mi apartamento, tuve que obligarme a respirar hondo antes de girar la llave en la cerradura.
El miedo seguía enredado en mi pecho, oprimiéndome con una fuerza absurda. Absurda porque ya había tomado una decisión. No iba a huir más. No iba a volver a dejar que el pánico me arrancase lo que más quería.
Pero… ¿y si ya era tarde? ¿Y si ya se había ido?
La idea de entrar y encontrarme con un apartamento vacío, con la cama todavía deshecha y el eco de su ausencia, me revolvía el estómago.
No podía culparlo si se había cansado y, después de todo lo que habíamos pasado, había decidido que ya no podía esperar más por mí. Si se había hartado de esta situación.
Contuve el aliento, empujé la puerta y caminé hasta la cocina.
El alivio me recorrió el cuerpo entero cuando lo vi sentado en la mesa de la cocina, con una taza de café entre las manos y la vista fija en la puerta, esperando mi regreso.
Cámeron soltó el aire de golpe, con una mezcla de alivio y algo más en la expresión. Algo que me hizo sentir un nudo en la garganta.
—Pensé que… —Su voz se rompió y sacudió la cabeza, dejando la frase a medias—. Me alegro de que estés aquí.
Me apoyé en el marco de la puerta y lo miré.
—Lo siento, yo… —Las palabras se me atragantaban en la garganta—. He traído bollos.
Cámeron dejó la taza sobre la mesa con cuidado, pero no dijo nada.
Me estaba dando espacio, permitiéndome hablar a mi propio ritmo.
Tragué saliva y caminé hacia él, hasta quedar de pie frente a la mesa.
Solté el bolso en el suelo, la bolsa con los bollos de la panadería de abajo sobre la mesa y me senté en la silla que había frente a él.
—Me asusté —conseguí decir al fin—. Y, por muy típico que suene, no fue por ti: fue por mí. Nada me ha dado tanto miedo en la vida como esto, Cam. Como nosotros.
Él entrecerró los ojos, no con enfado, sino con esa forma suya de tratar de entenderme, de verme de verdad.
—Estoy cansada de huir —seguí—. Estoy cansada de dejar que el miedo decida por mí. Porque te quiero, Cam. Y ya no quiero estar sin ti.
No podía leer su expresión. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos oscuros, indescifrables.
—He aprovechado este rato para pensar, sé que la distancia es difícil —continué—, y no puedo pedirte que renuncies a tu carrera. No sería justo.
Hice una pausa, sintiendo el peso de mis propias palabras antes de añadir, con un amago de sonrisa amarga:
—Del mismo modo en que tú sí me lo pediste a mí una vez.
Cámeron parpadeó un instante, como si esas palabras le golpearan de lleno.
—Lo sé —admitió con voz baja—. Me equivoqué y lo he lamentado cada día desde entonces.
Asentí, porque no necesitaba que se justificara. Ya no.
—Por eso, si ahora yo te pidiera lo mismo…
—Tragué saliva—. El amor nunca ha sido el problema, honestamente creo que jamás podría dejar de quererte, pero si te pidiera que lo dejases todo y volvieras aquí, ¿qué nos haría diferentes?
¿Cómo podríamos esperar un resultado distinto si caemos en los mismos errores?
Él suspiró. Bajó la mirada hacia la taza, pasándose una mano por la nuca como si estuviera reuniendo las palabras correctas.
—Natalia… —Alzó los ojos de nuevo y los fijó en los míos—. He conseguido el traslado.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—No es inmediato —explicó, con una pequeña sonrisa—, quizá uno o dos meses, todavía no lo sé, pero está en camino. Vuelvo a Mallorca.
Sentí que el suelo bajo mis pies se tambaleaba.
—¿Hablas en serio?
Cámeron asintió y algo dentro de mí se rompió en pedazos. Un sollozo me subió a la garganta sin previo aviso, y de repente ya no podía contenerlo más.
—Es lo que quería decirte ayer, en la boda, pero no encontré el momento. Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá te hubiera llamado en cuanto lo supe, pero quería decírtelo en persona.
Las lágrimas escaparon sin permiso mientras yo me cubría la boca con una mano, intentando procesarlo. Cámeron se levantó al instante y, en dos pasos, ya me tenía entre sus brazos.
—Sí, ojalá lo hubieras hecho.
Me agarré a él con toda la fuerza que tenía, sintiendo el calor de su piel, la firmeza de su abrazo, la seguridad de que, por fin, esto no se iba a acabar.
Ya no tendría que echarlo de menos.
Por fin íbamos a estar juntos.
Y esta vez, sin miedo.