Capítulo 31
NATALIA
M e agradó sentir el frescor de la noche en la piel. La diferencia de temperatura con el interior del restaurante era notable, lo agradecí. Estar dentro empezaba a ser agobiante.
Fuera, habían encendido una guirnalda de lucecitas colgantes que parpadeaban sobre nuestras cabezas iluminándolo todo con un brillo tenue pero cálido. Nos alejamos hasta que el sonido de la fiesta no fue más que un murmullo.
El silencio a nuestro alrededor me hizo pensar en las veces que había visitado a Abril y a mi hermano en Galicia.
Allí, las olas del Atlántico habrían cubierto la música con su estruendo, imponiéndose sobre todo a su alrededor.
Aquí, el Mediterráneo estaba tan tranquilo que apenas era perceptible.
Si no fuera porque el olor a sal lo impregnaba todo habría pasado desapercibido.
Caminamos en silencio hasta la barandilla de seguridad del final del embarcadero, la cual no era más que una gruesa cuerda anudada con tensión entre los postes.
La tensión entre nosotros era tan densa que casi podía tocarla.
Quise romperla de alguna manera, decir algo para aligerar el ambiente, así que solté lo primero que me vino a la cabeza sin pensar:
—Esto es muy extraño —titubeé.
Cámeron me miró, no había entendido mi comentario
—Tú y yo —nos señalé—, este ambiente raro entre los dos.
Asintió, él también lo había notado.
—Lo sé.
—Te vi hablar con Brad —comenté mordiéndome una uña—. Yo… hay algo que quería contarte sobre él.
Cámeron dejó escapar un suspiro y cambió su peso de una pierna a la otra, nervioso.
—Si es por lo de vuestro beso ya lo sé. No pensaba mencionarlo, pero ahora que lo dices…
—Lo sabía —dejé caer la cabeza—. ¿Fue eso lo que te dijo?
Cámeron negó y se apoyó sobre la cuerda.
—Entre otras cosas. Pero ya lo sabía, no te preocupes. En realidad fue Tomás el que me lo contó —aclaré.
—Como no, será… boca chancla . Voy a raparle esa cabeza de chorlito con ínfulas de genio que tiene.
Para mi sorpresa, Cámeron dejó escapar una risa baja, sin apartar la vista de mí.
—No lo culpes, se le escapó.
—No significó nada —me apuré a dejarlo claro—, lo supe en el instante en que pasó.
—Eso también lo sé.
—¿Estás enfadado conmigo?
Se incorporó y metió las manos en los bolsillos. Me miró con una intensidad que me hizo sentir atrapada.
—No, claro que no. No estamos juntos, Nat. Aunque me duela, eres libre de hacer lo que quieras. Y te entiendo. —Apartó la vista hacia el horizonte—. Yo también besé a Clara.
La frase me cayó en el estómago como un puñetazo, recordé la sensación de celos retorciéndome las entrañas cuando la escuché en su casa.
¿Habría sido aquel día? ¿Habría sido sólo un beso o…
? No, él había dicho que la había besado y yo lo creía.
Aun así, no pude evitar apartar la mirada, escocía y no quería que viera la vulnerabilidad en mis ojos. Me conocía demasiado bien.
—Y también lo supe desde el primer segundo. Tampoco significó nada para mí.
Tragó saliva y me tomó de la mano con la que, ahora me aferraba yo a la barandilla para no carme.
—No puedo seguir con esto.
Fruncí el ceño temerosa.
—¿Con qué?
Por un segundo sentí que se me paraba el corazón, ¿Cámeron me estaba dejando? ¿Quería decir esto que se había cansado de esperar? Después de lo que me había dicho en la playa, había supuesto que todavía quería intentarlo.
—No puedo seguir fingiendo que estoy bien. —El aire pareció volverse más denso todavía, si es que era posible—. Natalia, llevo mirándote desde que puse un pie en esta boda. Todo el día. Cada maldito segundo. Sé que te has dado cuenta.
Bajé la vista atormentada. Claro que lo había notado.
—Cam…
—Sé que no estás enamorada pero, ¿sientes algo por él? Por poco que sea, necesito saberlo.
Parpadeé sorprendida.
—¿Por Brad?
Él asintió y me aferró con más fuerza.
—No, ya te lo he dicho —respondí sin dudar—. No siento nada más que amistad y gratitud por todo lo que me ha ayudado estos últimos meses.
Cámeron cerró los ojos un momento, como si necesitara procesar mis palabras. Cuando los abrió de nuevo, había algo nuevo en su expresión. Algo que me hizo tragar saliva. Era esperanza.
—Gracias, necesitaba escucharlo.
Mi pecho se contrajo.
—¿Y por mí? ¿Todavía me quieres? ¿Qué somos ahora, Nat? —preguntó.
—No estoy segura. —Su expresión me desarmó—. Te quiero, pero…
Odiaba ver el dolor en sus ojos, ser esa persona que se debatía entre lo que quería y lo que creía correcto. Me odiaba a mí misma por tener tantas dudas.
Cámeron dejó escapar una risa baja, sin humor.
—Al menos, ¿me has echado de menos?
Claro que sí, pensé. Cerré los ojos con fuerza y solté un suspiro tembloroso.
Cámeron se había acercado lo suficiente para que pudiera sentir su calor, para que el olor de su colonia, de su piel, me envolviera.
¿Cuánto tiempo había pasado huyendo de esta sensación?
Intentando convencerme de que habíamos cambiado, de que lo nuestro ya no tenía sentido.
Aunque, la verdad era que ni mi cuerpo, ni mi corazón lo entendían.
—Te echo de menos cada día —solté sin pensar.
Puede que todo el vino que había bebido durante la velada me estuviese dando el valor que me había faltado durante meses.
Yo había terminado nuestra relación convencida de que la distancia nos destruiría si continuábamos juntos, de que vivir separados acabaría haciéndonos daño y me aterraba pasar por eso.
Y lo irónico es que, al final, eso mismo era lo que había conseguido.
Cámeron no dijo nada. Esperó. Me dio tiempo para aclarar mis pensamientos y tomar mis propias decisiones. Él siempre había sabido lo que quería. Y, aunque también se había equivocado, siempre había tenido claro que me quería a mí. Esta vez, el paso debía darlo yo.
No encontré palabras en mi interior que pudiesen expresar lo que sentía en aquel momento, así que dejé a mi cuerpo la libertad para contestar a su pregunta.
Esta vez, no hubo vacilación ni titubeo.
Mis labios encontraron los suyos con una necesidad feroz, con el hambre acumulada de los meses de distancia, con todo el amor, el anhelo y la desesperación que había intentado ocultar a los demás. Dios, cómo lo había echado de menos.
La diferencia con el beso de Brad fue tan abrumadora que casi me dejó sin aliento. Con él, había sido un gesto vacío, una pregunta sin respuesta, una expectativa que nunca llegó a cumplirse. Pero con Cámeron… con él, no había dudas. No las había nunca.
Él reaccionó al instante, como si me hubiera estado esperando.
Me atrapó entre sus brazos, profundizando el beso con una intensidad que me hizo estremecer.
Sus manos recorrieron mi espalda, aferrándose a mí como si temiera que volviera a escaparme.
Y entonces, con un movimiento ágil, me empujó hasta dejarme aprisionada entre su cuerpo y uno de los postes del embarcadero.
Su calor me envolvió. Su cuerpo, firme y seguro contra el mío, era un ancla en medio del torbellino de emociones que me sacudía. Cuando sus labios se separaron, apenas un instante, su aliento cálido acarició mi boca, y su voz salió en un susurro cargado de anhelo.
—Dime que no me lo estoy imaginando.
No pude hablar. No podía hacer otra cosa además de volver a besarlo una y otra vez.
¿Cómo había pensado siquiera que podría vivir sin él?
No importaba cuántos meses hubieran pasado, ni cuántas veces me hubiera dicho a mí misma que esto era complicado, que era mejor dejarlo atrás.
No, estaba tan equivocada que me habría reído de no estar tan ocupada en ese instante.
Tendríamos que buscar la solución, ahora lo sabía, ¿qué eran unos meses separados a cambio de toda una vida juntos?
Cámeron seguía siendo tan mío como yo era suya.
Mi respiración se aceleró cuando su mano bajó desde mi espalda hasta mi muslo, deslizando los dedos por mi piel desnuda a través de la abertura de mi vestido y levantó mi pierna para que pudiera abrazar sus caderas. Me aferré a él con más fuerza, mi corazón golpeaba desbocado contra mi pecho.
—¿Estaría muy mal si nos fuésemos ahora? —propuse.
El sonido de pasos y voces acercándose hizo que la realidad nos alcanzara de golpe. Nos separamos, pero no lo suficiente, de modo que aún podía sentir su aliento en mis labios. Cámeron apoyó su frente contra la mía, mientras ambos recuperábamos la respiración.
—Dime que esto significa algo —suplicó.
Mi pecho subía y bajaba de manera irregular.
—Lo significa —admití en un susurro.
Me acarició el cabello con la nariz y sentí cómo se le aflojaba la tensión, como si mi respuesta le hubiera devuelto el aliento. Sin embargo, antes de que pudiera decir una palabra más, la voz de Tomás nos interrumpió.
—¡Eh! ¿Dónde os habíais metido?
Nos miramos por un segundo y retrocedimos un paso. Porque por mucho que esto significara algo, aún no habíamos resuelto nada.
Respiré hondo. Una, dos, hasta tres veces. No sirvió de mucho, el aire aún sabía a él y mi piel hormigueaba donde sus manos me habían tocado. Y mi corazón, ese músculo traidor, seguía acelerado, ignorando por completo la voz de la razón.
—¡Os he buscado por todas partes! —insistió Tomás, acercándose con el ceño fruncido.
Cámeron fue el primero en recuperar la compostura, ¿cómo podía parecer tan sereno cuando yo sentía que el suelo se movía bajo mis pies?
—Solo estábamos… —comenzó a decir, pero Tomás no lo dejó terminar.
—Sé de sobra lo que estabais haciendo y prefiero que no me deis detalles —dijo, mirándonos de arriba abajo con sospecha—. Han sacado la tarta y Abril está preguntando por ti, Nat.
Asentí con la cabeza, sintiéndome incapaz de pronunciar palabra.
Cámeron se pasó una mano por el pelo, intentando ordenar los mechones que le había desordenado y me tomó de la mano.
—Vamos —murmuró Tomás, haciéndonos un gesto para que lo acompañásemos.
Cámeron no se movió de inmediato, esperó a que Tomás estuviera lo suficiente lejos antes de mirarme.
—¿Vas a huir de esto otra vez? —preguntó en voz baja—. ¿Vas a hacer como si no hubiese pasado?
De repente se me heló la sangre. No quería huir, pero todavía no sabía cómo enfrentar lo que acababa de pasar.
—No, no lo sé —confesé—. No quiero huir, quiero… me gustaría arreglar las cosas, Cam. Te quiero —confesé—, sólo que no sé cómo hacerlo ahora mismo.
Él me estudió por un segundo, como si intentara decidir si aceptar esa respuesta o insistir en una conversación que no estaba lista para tener. Al final, solo asintió.
—Entiendo. Lo hablaremos, ¿vale? Hay algo que quiero decirte, pero no es el momento.
Mientras volvíamos a la fiesta, cogidos de la mano, me quede con sus últimas palabras dando vueltas en la cabeza.