Capítulo 30 #3
—No me malinterpretes, por favor —continuó conciliador—. Solo digo que, si quieres estar con ella, más te vale hacer algo al respecto. Porque, aunque no pienso entrometerme, tampoco voy a desaparecer.
Quise fulminarlo en ese momento, pero no podía, entre otras cosas porque en el fondo sabía que tenía razón.
—Mi relación con Natalia no es asunto tuyo.
Brad alzó las manos en señal de paz.
—No lo es. Pero no quiero que Natalia se aleje de mí por alguien que no lo da todo por ella. Si no es conmigo, espero que al menos termine con alguien que la haga feliz. Alguien capaz de poner el mundo al revés si ella se lo pide.
No supe qué responder. Porque, aunque me jodiera admitirlo, Brad Rouge no era el idiota arrogante que había imaginado. Y me di cuenta, además, de que ella le importaba de verdad y que, el que se estaba comportando como un capullo, era yo. Dudo si yo sería capaz de hacer lo mismo en su situación.
Sin más palabras, Brad se alejó con su elegancia de siempre, dejándome con la cabeza hecha un desastre.
Por el amor de todos los dioses habidos y por haber, si quería volver con Natalia, y de verdad que quería, ¿a qué cojones estaba esperando?
Inspiré hondo y alcé la vista. Ella se había sentado cerca de la terraza, en un banco decorado con flores blancas, reía con Abril mientras jugueteaba con la copa en su mano.
Era mi momento.
Atravesé la pista de baile con pasos decididos y, cuando llegué hasta ella, me aclaré la garganta. Natalia levantó la mirada y sus ojos se abrieron al verme allí.
—¿Bailas conmigo? —le pedí, ofreciéndole la mano.
Ella parpadeó, sorprendida, y luego miró de reojo a Abril, que le dedicó una sonrisita traviesa.
—Vamos, Nat. No lo hagas esperar —intervino mi segunda mejor amiga.
Natalia volvió a mirarme, sus labios entreabiertos como si estuviera a punto de decir que no. No le di la oportunidad, tomé su mano y tiré de ella con delicadeza hasta ponerla en pie.
La música era lenta, envolvente, incitaba a la proximidad. Puse una mano en su cintura, sintiendo su calor a través de la tela del vestido. Natalia apoyó la otra en mi hombro y comenzó a moverse conmigo en un vaivén que se sentía tan natural como respirar.
Por un momento, todo desapareció: los murmullos de la gente, las luces doradas del lugar, los celos, las dudas. Solo quedábamos ella y yo.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó en voz baja.
—Aterrador —respondí sin pensar. Me miró con extrañeza, y no pude evitar reír—. Pensé que no llegaría a tiempo.
—Tomás estaba que se subía por las paredes —comentó con una sonrisa.
—Lo sé. Pero no habría faltado aunque tuviese que atravesar el Mediterráneo a nado.
No le dije toda la verdad. No le dije que no habría faltado por ella, que estaba desesperado por verla y contarle que iba a volver y ya nada nos separaría. No quería sonar como un loco y asustarla.
Natalia desvió la vista un segundo, mordiéndose el labio.
—Me alegra que estés aquí.
Sus palabras me hicieron contener la respiración y quise decir algo. Quise preguntarle qué significaba eso. Pero me acobardé y en vez de eso, la atraje un poco más hacia mí sin romper el ritmo del baile. Ella no se apartó.
—Yo también me alegro de estar aquí —murmuré, y aunque mis palabras eran simples, estaban llenas de un significado que, estoy seguro, ella comprendió.
Sus dedos se deslizaron sobre la tela de mi traje en un acto inconsciente. Era como si su cuerpo aún recordara el mío, como si, a pesar de todo, tocarme siguiera siendo algo natural e involuntario.
—¿Cómo están las cosas por Madrid? —preguntó.
Su pregunta me tomó por sorpresa. Podía haber preguntado cualquier otra cosa: por mi trabajo o por la investigación. Y, sin embargo, me preguntó por Madrid. Por esa maldita ciudad. Como si necesitara recordarse a sí misma la distancia entre los dos.
—Igual que siempre —respondí sin emoción—. Caótico, ruidoso… demasiado gris para mí.
Sus labios se apretaron.
—Ya… Recuerdo la primera vez que fuimos. No te gustó nada.
—No. —Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Y sigue sin gustarme.
El final de la canción nos encontró más juntos de lo que habíamos comenzado.
Mis labios rozaban su frente, mis dedos presionaban su cintura como si no quisiera soltarla nunca.
Y, por un instante, pensé que, si todavía estuviésemos juntos, ahora la besaría, que mi mano no se limitaría a agarrar su cintura, sino que ya había recorrido parte de su cuerpo, aunque nuestras familias nos estuviesen contemplando, y deseé hacerlo.
Me moría de ganas de inclinarme, borrar la distancia entre los dos y comprobar si sus labios aún sabían a hogar.
Natalia pareció notar mi vacilación, porque se mordió el labio, apartó la mirada y dio un paso atrás. Como si de repente se sintiera demasiado expuesta dijo:
—Vamos afuera. Aquí hay demasiado ruido.
Asentí, siguiéndola sin pensarlo dos veces, con el corazón a punto de explotarme en el pecho. Había venido con determinación, con una idea metida en la cabeza, no importaba lo que pasara mañana, ella aún era mía y no iba a dejarla ir.