Capítulo 30 #2
Desvié la vista hacia la mesa donde se había sentado Brad.
Además de Sara y su acompañante, un tipo al que no conocía, había un pequeño grupo de amigas que Abril y Natalia conservaban desde el instituto.
Todas estaban embelesadas con él, riendo con sus comentarios, inclinándose en su dirección como si fueran girasoles siguiendo la luz del astro rey.
No se podía negar que el hombre era carismático.
A su lado, Alberto, se mostraba algo abatido, supongo que se sentía como un rey destronado.
Nos habíamos saludado tras la ceremonia, unos minutos con él me habían bastado para darme cuenta de que el chico seguía siendo el mujeriego vividor que Tomás había traído a casa aquel verano.
Al principio, pensé que Natalia también se giraría hacia Brad, que intentaría participar en la conversación o que al menos le dedicaría alguna mirada. Pero no, no lo hizo. De hecho, no pareció prestarle ningún tipo de atención en absoluto.
Mis dedos tamborileaban sobre la mesa mientras mi mente seguía dando vueltas a la misma pregunta: si Natalia y Brad fueran algo, ¿no deberían haberlos sentado juntos?
¿No debería ella, al menos, mostrar un mínimo de celos por toda la atención que él estaba recibiendo?
Pero no. No había ni rastro de incomodidad en su expresión; estaba centrada en la boda, en su hermano y su mejor amiga, en reír con su madre y disfrutar del momento, como si nada más existiera fuera de nuestra mesa.
El pequeño rayo de esperanza que me había proporcionado la conversación con María creció como un riachuelo en una tormenta.
Estaba a punto de preguntárselo a Tomás, pero este estaba tan absorto hablando con María y Askel, que me pareció de mala educación interrumpir.
Sonreí para mis adentros y tomé un sorbo de vino.
Tal vez María tenía razón y aún tenía una oportunidad.
Necesitaba hablar con Natalia. Habían sido horas de estar cerca, pero a la vez sentirla inalcanzable y me estaba volviendo loco. Quería acercarme a ella, rozar su piel, oler su champú y romper esa distancia invisible que nos mantenía separados.
Y el baile era mi mejor oportunidad.
Cuando terminó la comida, los novios se dirigieron al centro de la pista para su primer vals.
Fue un momento precioso, como sacado de una película romántica.
Tomás no apartaba la mirada de Abril, para él, ella era lo único que existía en el mundo.
Se movían con una armonía natural, con esa complicidad que solo tienen quienes realmente se pertenecen el uno al otro.
Oí cómo Natalia soltaba una broma sobre las cualidades rítmicas de su hermano y su madre la reprendía por ello. La noche no podía ser más perfecta.
La música cambió, invitando al resto de los allí presentes a unirse a la pista. Observé a Natalia y supe que no podía perder más tiempo.
Me levanté con decisión. Iba a invitarla a bailar, quería tenerla entre mis brazos, recordar cómo se sentía el roce de su piel, tenerla tan cerca que nuestras respiraciones se entremezclaran y recuperar, por un instante, lo que alguna vez fue nuestro. Natalia era mi droga y yo estaba perdido.
No pude llegar a mi objetivo, una vez más Brad Rouge estaba en medio. Pero esta vez, fue a mí a quien interceptó. Respiré hondo e intenté mantener la calma.
Me tendió la mano y yo la acepté por educación.
—Soy Brad.
—Sé de sobra quién eres —soné más cortante de lo que había pretendido—, ¿qué quieres?
Su expresión era neutra, pero sus ojos tenían un brillo analítico, como si estuviera midiéndome.
—Hablar contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre Natalia, por supuesto.
Mis músculos se tensaron.
Brad metió las manos en los bolsillos y habló con tranquilidad.
—Por tu expresión me imagino que te has enterado. De lo del beso, digo.
—Sí, sé a lo que te refieres. —Apreté la mandíbula, pero no dije nada más.
—Sólo quería que supieras que… —se cayó por un instante—. Fui yo quien la besó, ella no tuvo nada que ver. De hecho ni siquiera respondió como me hubiera gustado.
Me sorprendió que lo admitiera tan abiertamente.
—¿Qué quieres decir?
No había rastro de burla en su expresión, más bien podía apreciar la resignación en él.
—Natalia es una mujer increíble.
—Dime algo que no sepa.
—Me gusta.
—Insisto —proclamé sin poder ocultar lo que me molestaba escuchar aquellas palabras—, dime algo que no sepa.
—Me gusta mucho —repitió—. No lo voy a negar, no lo escondo y ella lo sabe. Pero no soy tonto y sé que hay cosas que no se pueden forzar.
Lo observé con atención.
—Todavía no entiendo a dónde quieres llegar con esto.
Brad se encogió de hombros.
—Intento dejar las cosas claras entre tú y yo.
Levanté las cejas algo exasperado, a lo que Brad continuó.
—No soy tu enemigo, Cámeron. Sólo intento decirte que ella no me quiere, aún así, si en algún momento cambia de opinión, si decide que yo puedo significar algo más para ella… No dudes ni por un segundo que aprovecharé la oportunidad.
No pude evitar soltar una risa seca.
—Vaya. Qué generoso de tu parte.
Brad no se inmutó.