Capítulo 30
CÁMERON
E l alivio de llegar a tiempo duró tres segundos. Los tres segundos que tardé en cruzar la puerta, recuperar el aliento y ver a Natalia con Brad.
Él tenía la mano sobre su espalda. Un toque casual, demasiado ligero para ser posesivo, pero lo suficiente como para hacerme sentir como si me hubieran golpeado en el estómago. Me quedé congelado en el sitio.
Había pasado días dándole vueltas al beso, tratando de convencerme de que no significaba nada, de que solo había sido un error del que ella misma se había dado cuenta. Sin embargo verla así, con él, compartiendo una intimidad que, a mis ojos, no tenía derecho a tener.
Aún no había reaccionado cuando Tomás apareció a mi lado con cara de alivio. El abrazo que me dio fue tan fuerte que sentí cómo se me fisuraban un par de costillas.
—¿Piensas quedarte ahí parado todo el día? —preguntó con una media sonrisa, sus ojos estaban llenos de alivio—. Estábamos a punto de darte por desaparecido.
Parpadeé, sacudiendo la cabeza como si eso pudiera despejar la imagen de Brad tocándola.
—Lo siento —murmuré—. El avión tuvo una avería así que salimos con mucho retraso —hice un gesto señalando mi ropa—. He tenido que cambiarme en el aeropuerto.
Tomás chasqueó la lengua y me pasó un brazo por los hombros en un gesto fraternal.
—Vaya mierda. Bueno, ahora estás aquí. —Me dio un apretón rápido en la nuca antes de soltarme—. Así que vamos, necesito a mi hermano aquí conmigo.
Asentí y avancé hacia Natalia con el corazón martilleándome en el pecho.
Ella seguía junto a Brad; la oí disculparse en un murmullo justo cuando me acerqué lo suficiente para tenderle el brazo.
Sentí la tensión vibrar entre los tres cuando ella lo aceptó sin mirarlo siquiera.
Entonces, emprendimos juntos el camino hacia el altar.
Incluso mientras caminábamos, incluso cuando el Canon en Re mayor de Johann Pachelbel empezó a elevarse y envolverlo todo, el peso de aquella imagen seguía ardiéndome por dentro, haciéndose más intenso al dejar atrás a Brad, que nos observaba desde la distancia.
La ceremonia fue preciosa. Corta, emotiva y perfecta en cada detalle.
Al menos, eso es lo que escucharía decir a todos los invitados después, porque yo apenas presté atención, desde el momento en que la tomé del brazo para atravesar el pasillo hasta el altar se había convertido en mi mundo.
Estaba atrapado por Natalia, centrado en cómo el vestido granate se ajustaba a su figura resaltando cada curva.
Las conocía de memoria, siempre podría recorrerlas con los ojos cerrados y acertar en cada lunar o cicatriz.
Su piel resplandecía bajo la luz del atardecer, sus labios se curvaban en una sonrisa y sus ojos brillaban de emoción cada vez que miraba al nuevo matrimonio.
Estaba preciosa, tremenda, espectacular.
Ella también me miraba, a veces de forma fugaz, a veces con descaro. Y en más de una ocasión, cuando nuestros ojos se encontraban, me sonreía.
No era solo la boda de mi mejor amigo. Era el acontecimiento que traía felicidad a toda nuestra familia, porque sí, éramos familia y este era el tipo de día que quedaría grabado en la memoria de todos los que estábamos allí.
Abril estaba radiante, increíble con el vestido de novia que Natalia le había hecho a medida. Tomás no podía apartar los ojos de ella, sonriendo como si hubiera ganado la lotería de la vida. Y en parte así era.
Yo solo podía pensar en ella. En Natalia. En que, a pesar de todo lo que nos separaba, a pesar del beso con Brad, a pesar de mis celos y de la distancia de los últimos meses: seguía mirándome como la chica de dieciocho años que se había enamorado de mí por primera vez.
El impulso de caminar hacia ella era demasiado fuerte. No importaba todo lo que hubiese pasado, ahora estábamos aquí, apenas unos metros nos separaban. Era mi oportunidad de acercarme a ella, de hablar con ella. Esta vez estaba preparado y seguro de lo que quería decir.
Entonces, cuando estaba a punto de tomar las riendas de la velada, Brad se me adelantó.
Vi cómo se inclinaba hacia Natalia, cómo le murmuraba algo al oído, y cómo ella, con una sonrisa que me dolió en lo más profundo, le respondía.
Sin embargo, no pude evitar fijarme en que no era la clase de sonrisa que solía dedicarme a mí.
Era más tenue, menos intensa y más educada.
Aún así, fue suficiente para hacerme parar en seco y que un nuevo nudo se formara en mi estómago, si seguía así, iba a terminar con un úlcera en el estómago.
Todo este tiempo me había estado aferrando a la idea de que Natalia y yo seguíamos siendo un «nosotros», que Brad era solo un obstáculo temporal, una distracción.
Pero ¿y si estaba equivocado? ¿Y si ella ya había tomado su decisión sin necesidad de decirlo en voz alta?
Quizá había malinterpretado las miradas que me había lanzado durante la ceremonia.
Tiré del cuello de mi camisa, sentía que me oprimía el pescuezo y no me dejaba respirar con normalidad, estaba dispuesto a darme la vuelta y poner un poco de distancia entre nosotros, cuando una voz familiar me sacó de mis pensamientos.
—No hagas tonterías, niño —dijo María, la madre de Natalia y Tomás, acercándose con su elegancia habitual.
Giré la cabeza hacia ella, sorprendido. Ya la había visto antes, pero no había tenido tiempo de pararme a saludar. Ahora ella estaba aquí, con un precioso vestido de madrina de color azul noche que destacaba el color de su piel. El parecido con su hija era innegable.
—¿Qué?
—No te alejes ahora —continuó, cruzándose de brazos con una mezcla de afecto y autoridad—. Bastante tontería fue ya que Natalia y tú os separaseis.
No supe qué responder. María siempre había sido una mujer directa, aún así me pilló por sorpresa: no esperaba que fuera tan al grano. Sobre todo, porque no nos apoyó cuando empezamos. En retrospectiva, entiendo que era una madre preocupada por su hija adolescente.
—No quiero incomodarla —murmuré.
—¿Incomodarla? —resopló con incredulidad—.
Mira, Cámeron, a Natalia la conozco mejor que nadie.
Y sí, puede que ahora esté algo confundida, pero lo que siente por ti sigue ahí.
—Se acercó más y me puso la mano sobre el brazo—.
Natalia lo ha pasado bastante mal estos últimos meses, no es la misma: no hace tantos chistes malos, sus ojos ya no brillan igual y ha adelgazado.
Yo también me había dado cuenta de la pérdida de peso.
—No estoy tan seguro de que todo eso tenga que ver conmigo.
María chasqueó la lengua y me palmeó el hombro, como hacía cuando me reprendía de niño.
—Deja de hacerte el tonto, Cámeron. Si crees que Brad Rouge tiene alguna oportunidad con mi hija, entonces no conoces a mi Natalia como crees y yo estoy perdiendo el tiempo hablando contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Se lleva bien con ese chico, yo también veo cómo le sonríe, y han pasado mucho tiempo juntos últimamente.
Pero, esas sonrisas que le dedica, no son nada comparadas con las que te ha dedicado a ti cada día de vuestras vidas.
—Me sostuvo la mirada con firmeza—. Estáis tan ensimismados el uno con el otro que ni os dais cuenta de que los demás también estamos aquí y os vemos.
—Negó con la cabeza, parecía que le frustrara nuestra ceguera—.
Puede que no lo sepas, pero he visto cómo te miraba a lo largo de los años, cómo lo hacía cuando pensaba que nadie se fijaba.
Soy su madre: he escuchado cómo hablaba de ti, cómo estaban pendientes de todo lo que hacíais Tomás y tú, y cómo corría tras vosotros incluso cuando la mandabais a casa pensando que era solo una mocosa…
Natalia lleva enamorada de ti toda la vida igual que Abril lo ha estado de mi hijo. Lo vuestro no es cualquier cosa.
Mi pecho se hinchó de esperanza.
—María…
—No te estoy diciendo que fuerces la situación —continuó—. Pero tampoco seas un cobarde y la dejes ir sin luchar.
Abrí la boca y ella me interrumpió con una sonrisa ladeada.
—Y ahora, ven conmigo. No quiero que estés por ahí deambulando como un alma en pena en un día tan feliz.
Sin más opción, la seguí hasta nuestra mesa. Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza. Quizás María tenía razón y aún no era tarde.
Me senté en un extremo de la mesa principal, que tenía forma de medialuna.
En el centro estaban Tomás y Abril, con sus respectivos padres a cada lado y, en el otro extremo, casi enfrente de mí: Natalia.
La distribución era un poco extraña; habría preferido tenerla a mi lado y que sus padres estuvieran juntos también, pero conociéndolos, lo habrían hecho así para evitar cualquier momento incómodo si nuestra relación no estaba en los mejores términos.
Fue un alivio ver a Brad sentado unas mesas más allá, junto a Sara y su acompañante. Brad, no era la cita de Natalia, habían venido por separado.
Durante los primeros minutos, apenas probé bocado. No era porque la comida no estuviera deliciosa —que lo estaba—, sino porque tenía la maldita sensación de que cualquier cosa que intentara tragar se me quedaría atascada en la garganta.
La belleza de Natalia parecía amplificarse con cada gesto de felicidad.
Su risa, ligera y despreocupada, se filtraba bajo mi piel poniéndome la piel de gallina.
No podía dejar de mirarla. Incluso cuando hablaba con Abril, bromeando sobre algo que hizo que su padre rodara los ojos con desaprobación, mi atención seguía atrapada en ella.
Movía las manos al hablar, inclinando la cabeza con esa expresión que usaba cuando se divertía de verdad.