Amigas, bilogía completa Capítulo 29
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Capítulo 29

NATALIA

L legó el gran día. Todavía no me creía lo rápido que habían pasado los últimos días antes de la boda. Todo había sido un torbellino de recados, confirmaciones y, sobre todo, de estrés porque todo estuviese perfecto, desde las flores, hasta los detalles para los invitados.

Aquí estábamos, el sol entraba a raudales por la ventana, tiñendo la habitación de un cálido tono dorado. Desde el balcón, podía oírse el murmullo del mar mezclándose con las risas de las pocas personas que estaban en la casa a esa hora.

Abril estaba de pie frente al espejo, con un albornoz blanco atado a la cintura y el cabello recogido en unos rulos enormes que Sara, con una precisión envidiable, había colocado minutos antes. Si es que esta chica lo valía todo y más.

—No me lo creo —murmuró Abril, acariciándose la barriga—. Hoy me caso.

Sonreí y me acerqué a ella.

—Todavía puedes salir corriendo si tienes dudas —bromeé—. No te culparé por escapar del tragasantos de mi hermano. Sara y yo te cubriremos, ¿verdad?

Esta afirmó conteniendo la risa. Abril me miró con fingida exasperación y me dio un suave codazo.

—Idiota —susurró, luego suspiró—. No, no dudo. Es solo que estoy nerviosa. Es que es tan real.

Sara, que se había puesto a guardar las brochas de maquillaje, giró los ojos.

—Cariño, llevas años viviendo con él y estás embarazada de su hijo. Si hasta ahora no te parecía real…

Me reí, y Abril también.

—Tienes razón, supongo —se miró en el espejo con una mezcla de emoción y nerviosismo—. Pero es que todo esto: el vestido, la ceremonia, Tomás esperándome ahí afuera… me supera un poco.

Me acerqué y le tomé las manos.

—Abril, si algo tengo claro en la vida es que vosotros ibais a acabar así. Te lo dije, ¿o ya no te acuerdas?

Abril asintió y me dio un abrazo fuerte.

—Gracias por haberme apoyado siempre. Te quiero, Nat.

—Y yo a ti. Pero por favor, no llores ahora o Sara nos matará.

La aludida chasqueó la lengua mientras se acercaba para los últimos retoques.

—Sí, sí. Menos sentimentalismo y más piel perfecta, que hoy se van a sacar muchas fotos.

Nos reímos de nuevo y me sentí aliviada. Abril estaba nerviosa, aunque también feliz, y eso era lo único que importaba.

Alguien carraspeó desde la puerta.

—Chicas, ¿podéis dejarme un momento a solas con mi hija?

La cara de Aksel reflejaba todo un maremágnum de sentimientos al contemplar a la novia. Desde que se había enterado de la relación de ella con Tomás siempre se había mostrado feliz, al fin y al cabo, él había sido un segundo padre para nosotros y este momento era doblemente importante para él.

El escenario no podía ser más idílico para la boda.

Desde la terraza, el altar se alzaba con el puerto como telón de fondo mientras pequeños barcos se mecían al compás del agua.

Más allá, el Mediterráneo se extendía en un azul infinito, reflejando la luz del sol en su superficie tranquila.

La brisa marina arrastraba el aroma salado del mar que se mezclaba con las notas frescas de las hierbas aromáticas que adornaban cada rincón del restaurante.

Tomás se encontraba de pie junto a la pérgola adornada con flores silvestres, moviéndose de un lado a otro con evidente nerviosismo.

Me acerqué con una sonrisa divertida.

—Relájate, que la novia todavía tiene tiempo de escapar si te ve con esa cara.

Tomás giró la cabeza hacia mí con los ojos entrecerrados.

—No ayudas.

Me encogí de hombros con falsa inocencia.

—Solo digo que si ves que tarda mucho… igual ha decidido huir a Noruega con su madre y su hermano.

Tomás palideció.

—No jodas, Natalia.

Me eché a reír.

—Dios, qué fácil eres de asustar. ¡Era una broma!

Tomás resopló y se pasó la mano por el pelo.

—Para, te vas a despeinar.

—Te odio.

—Nah, me amas.

Antes de que pudiera responder, una voz conocida interrumpió nuestra pequeña disputa.

—Hermoso lugar para una boda.

Brad acababa de llegar.

Apareció con su andar confiado, impecable, vestido con un traje a medida en un tono azul oscuro que resaltaba el dorado de su piel. Llevaba las gafas de sol en la mano y una sonrisa ladeada en los labios.

—Natalia, estás preciosa —me dijo, inclinándose para besarme ambas mejillas.

—Gracias —respondí con una sonrisa educada.

Brad saludó a Tomás con un apretón de manos antes de volver a mirarme.

—Disculpadme si interrumpo, sólo quería comentarte que nuestro pequeño proyecto ha causado revuelo. He recibido varias llamadas de gente interesada en la colección. Pensé que te alegraría saberlo.

—¿En serio?

Brad asintió.

—Sí. Y es solo el principio. Después de la presentación oficial, esto va a despegar.

—¡Eso es increíble, Nat! —intervino Tomás, apoyando una mano en mi hombro—. Vas a hacer historia.

Sonreí, aunque por dentro había una parte de mí que no terminaba de procesar todo lo que estaba pasando. Antes de que pudiera decir algo más, la expresión de Tomás cambió. Miró su reloj y luego echó un vistazo alrededor con el ceño fruncido.

—¿Y Cámeron? —preguntó, dirigiéndose a mí, pero con un ligero énfasis en la pregunta, como si también quisiera recordárselo a Brad—. Debería haber llegado ya.

Brad no reaccionó, no obstante, yo noté la tensión en el aire.

—Tranquilo, seguro que llega a tiempo. Y, si no, siempre puedes pedirle a Alberto que sea tu padrino —respondí señalando a su viejo amigo de facultad que intentaba ligar con una de las chicas encargadas de organizar la ceremonia.

—No quiero a Alberto de Padrino, quiero a Cámeron.

—Vendrá —intenté tranquilizarlo—, no se perdería tu gran día por nada del mundo.

Tomás soltó un suspiro y asintió, aunque no se le veía del todo convencido.

—Sí, seguro que tienes razón… Voy a dar una vuelta y despejarme un poco antes de que empiece todo esto.

Le di un empujoncito en el hombro, sonriendo.

—Eso, relájate un poco. No querrás salir en las fotos con cara de funeral.

Tomás rodó los ojos antes de alejarse, dejándonos a Brad y a mí a solas. En cuanto desapareció entre los invitados, Brad me estudió por un segundo y luego se inclinó hacia mí, bajando la voz.

—Me alegra ver que estás bien… Y que no estás enfadada por mi atrevimiento del otro día —pareció recapacitar sobre sus palabras un momento—. Porque no estas enfadada, ¿verdad?

Le sostuve la mirada y negué con la cabeza.

—No, no lo estoy.

Él sonrió, y esta vez no fue su sonrisa de costumbre, la que usaba con el mundo entero, sino una más suave, más aliviada.

—Bien. Porque, al margen de todo, me gusta que podamos ser amigos.

—Hizo una pausa, como si estuviera organizando sus pensamientos antes de continuar—.

No voy a mentirte, Natalia. Me gustas. Me gustas de verdad, y cuando estamos juntos, a veces se me hace difícil recordar que no sientes lo mismo. Pero lo entiendo, y lo acepto.

Sus palabras fueron directas, no cargaban con reproches ni expectativas. Era honestidad sin segundas intenciones.

—Lo último que quiero es que esto haga que te alejes —continuó, con una seriedad inusual en él—. Prefiero mil veces seguir teniendo tu amistad a perderte por haber cruzado un límite que no debía.

Su sinceridad me conmovía. Le sonreí con calidez y posé una mano sobre su antebrazo.

—Aprecio mucho lo que dices, Brad. Y yo tampoco quiero que cambie nada entre nosotros.

Él asintió, relajándose un poco.

—Me alegra oír eso.

Las voces de los organizadores resonaron por la terraza, pidiendo a todos que tomaran asiento. La ceremonia estaba a punto de comenzar.

Tomás volvió con el ceño fruncido y la tensión dibujada en cada músculo de su rostro.

—Cámeron todavía no ha llegado —dijo en voz baja, despeinándose con los dedos, símbolo de lo nervioso que estaba—. Tampoco me ha contestado los mensajes.

Mi estómago se encogió, pues eso sí que era extraño.

—Seguro que está de camino —intenté tranquilizarlo, aunque una punzada de inquietud empezó a instalarse en mi pecho.

Él nunca se perdería la boda de mi hermano.

—No podemos empezar sin él, Nat. Lo necesito aquí —dijo, acto seguido se dio la vuelta y emprendió el camino hacia el altar parándose para saludar cada dos pasos con intención de ganar unos minutos.

Sin pensarlo, saqué el móvil del bolso y busqué su nombre en la pantalla. Justo cuando iba a llamar, sentí una caricia en la espalda.

—Tranquila —susurró Brad junto a mí—, lo más probable es que su vuelo llegue con retraso. Seguro que está bien.

Asentí, pero mi pulgar seguía suspendido sobre la pantalla. Acababa de presionar el botón de llamada cuando lo vi aparecer como por arte de magia.

Cámeron irrumpió por la puerta principal con pasos largos y decididos, su pecho subía y bajaba con el ritmo acelerado de su respiración, como si hubiera llegado corrido hasta aquí.

El traje le quedaba impecable, pero la pajarita, algo torcida, y su cabello despeinado, delataban la prisa con la que había llegado.

Nuestros ojos se encontraron, un impacto directo al corazón, un latigazo de electricidad que me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Su mirada me atrapó y pude ver cómo se oscurecían en el momento exacto en que se percató del brazo de Brad sobre mi cuerpo.

Juraría que, aún desde la distancia que nos separaba, había visto cómo se oscurecían sus pupilas, su mandíbula se tensaba, y la leve apertura de sus labios se convertía en una línea recta y rígida. Sacó su móvil de bolsillo y cortó la llamada. El corazón se me encogió en el pecho.

Joder, podía oler el malentendido. Seguro que estaba pensando lo que no era, seguro que en su cabeza todo encajaba de la peor manera posible y yo no quería eso. No sólo porque no quería que sufriera, no quería hacerle daño por nada del mundo, sino porque lo quería a mi lado.

Porque él había sido, era y siempre sería el hombre de mi vida.