Amigas, bilogía completa Capítulo 27
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Capítulo 27

NATALIA

M e pasé varios días centrada en la confección del vestido de Abril, evitando a todo el mundo de mi entorno.

Abril me había enviado varios mensajes preocupada; Tomás se había limitado a decirme que, fuera lo que fuera lo que hubiese pasado, no me comportara como una niña pequeña; y mamá y Aksel se habían presentado en mi apartamento a horas intempestivas porque, según ellos, era la única forma de asegurarse de que me pillaban en casa.

No estaba huyendo, como les expliqué durante la hora que tardé en sacarlos de casa y que me dejaran seguir durmiendo, solo intentaba aclarar mis ideas por mí misma.

Siempre había recurrido a los consejos de los demás, siempre pedía opiniones por todos lados y, tal vez, había llegado el momento de romper con esa costumbre y pasar algo de tiempo conmigo misma.

Aproveché que Brad estaba fuera por unos desfiles y me encerré en su taller, dedicando cada minuto a terminar el vestido de Abril con la ayuda de las costureras.

En la tienda hice algo que no había hecho nunca: me cogí unos días de vacaciones.

No lo había hecho nunca pero, qué cojones, me los merecía.

Además, contaba con Sara, que podía llevar la tienda igual o mejor que yo.

Sabía que podía confiar en ella y también sabía que ella se sentía valorada por la confianza depositada.

Cuando por fin hube terminado el vestido, estaba muy orgullosa del resultado y, al mismo tiempo, aterrada. ¿Y si no le gustaba?

Aquel hogar, que había sido testigo de tantos momentos compartidos, ahora tenía un aire distinto. Era algo que había notado poco a poco desde que se habían instalado.

Abril y Tomás estaban redecorando la casa, eligiendo colores nuevos para las paredes, preparando la habitación del bebé, cambiando algunos muebles, en general, estaban adaptando los espacios a su nueva vida.

Sin embargo, conservaban con cariño ciertos detalles que hablaban de su historia: la vieja estantería de módulos que habíamos montado juntos una tarde de lluvia, el cuadro con la foto de Patitas, el conejo de Abril que había fallecido varios años atrás, y, sobre todo, el sofá de siempre, ese donde solíamos ver películas los sábados por la noche, envueltos en mantas y comiendo palomitas.

Había algo cálido y reconfortante en esos objetos que se negaban a desaparecer, como si fueran anclas a los recuerdos compartidos.

Y, sin embargo, cada vez que cruzaba esa puerta, me resultaba más evidente que ese lugar, aunque familiar, ya no me pertenecía del mismo modo.

Abril y Tomás estaban construyendo su propia familia, y yo…

yo me sentía, quizás, un poco desplazada de esa nueva normalidad.

Como si mi sitio en aquella casa se estuviera desdibujando sin que nadie dijera nada.

Respiré hondo antes de llamar al timbre. Abril no tardó en abrirme, con el cabello recogido en un moño suelto y una camiseta apretada que ya no disimulaba la curva de su vientre.

—¿Por qué tocas el timbre? —se quejó, apartándose para dejarme pasar.

—Porque yo no vivo aquí —respondí con una sonrisa mientras entraba.

—Tonterías —bufó y volvió dentro de la casa sin esperar.

Quise corregirla, aunque me callé. Aquel pensamiento me resultaba demasiado complicado en ese momento.

—Tengo algo para ti —anuncié, alzando la bolsa de tela que llevaba en la mano.

Abril me miró con curiosidad antes de tomar asiento en el sofá.

—Si no es comida, te aviso que no me interesa —dijo—. Últimamente siento hambre todo el tiempo, es como si mi cuerpo tratase de compensar las vomitonas del primer trimestre y se afanara por hacerme recuperar todo el peso con intereses.

Reí y apoyé la bolsa sobre el respaldo de una silla.

—No es comida… pero igual te gusta.

—Si tú lo dices… —se encogió de hombros, sin embargo, en cuanto sus ojos se fijaron en la bolsa, frunció el ceño con sospecha—. Espera…

Le sonreí con complicidad.

—¿De verdad que la tremenda bolsa no te da una pista?

Abril dejó escapar un leve jadeo y se tapó la boca con ambas manos. Sus ojos brillaron con una mezcla de emoción e incredulidad cuando por fin lo comprendió.

—Natalia… —murmuró, con la voz entrecortada—. ¿Es lo que creo?

Abril me miró con los ojos muy abiertos, como si aún no terminara de procesarlo.

—¿Es mi vestido? —preguntó en un susurro, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera hacer desaparecer la posibilidad.

Asentí con una sonrisa y tomé la bolsa con cuidado.

—Tu vestido —confirmé, acercándoselo—. Espero que te quede bien, me parece que tus medidas han cambiado desde que te las tomé. —Sus ojos mostraron preocupación—. Tranquila, si te va algo justo no te preocupes, tenemos tiempo de modificarlo, de hecho, tendremos que modificarlo de aquí a la boda.

Sus manos temblaban un poco cuando tomó la bolsa y deslizó los dedos sobre la suave tela que la envolvía. Tragó saliva y me miró de nuevo, como si buscara confirmación.

—¿Lo has hecho tú?

—Bueno… ha sido un trabajo en equipo —dije, sin querer restarle crédito a la ayuda de Brad—, pero se podría decir que sí, lo diseñé para ti. Es único y no se va a comercializar. Cuando sea famosa, valdrá una pasta.

Abril exhaló un suspiro tembloroso y sacó el vestido con sumo cuidado.

El tul ligero cayó con suavidad, reflejando la luz de la habitación.

Era delicado, fluido, con detalles sutiles que lo hacían parecer sacado de un sueño.

La parte superior realzaba la figura con elegancia, y la falda caía como una cascada, con espacio suficiente para que pudiera moverse con comodidad sin marcar demasiado la barriga.

—Oh, Dios… —murmuró, llevándose una mano a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Natalia, es…

No terminó la frase, dejó el vestido sobre la silla y me abrazó con fuerza.

—Ahora te irá holgado en esta zona —le acaricié la barriga—, así tenemos más margen de aquí a la boda.

—Es perfecto —susurró contra mi hombro—. No puedo creerlo.

Reí, emocionada al verla tan feliz.

—Bueno, es tuyo, así que más te vale creértelo.

Se separó un poco y volvió a mirar el vestido con devoción.

—Nat, esto… Para mí, esto vale más que el trabajo de cualquier diseñador famoso. Es único —sonaba emocionada—. Y lo has hecho tú. Para mí

Mi pecho se hinchó de orgullo.

—Para ti. —Me enjugué una lágrima antes de que se terminara de formar—. Bueno… Todavía se pueden hacer cambios si hay algo que no te guste.

—No quiero cambiar nada.

Abril volvió a abrazarme, y supe que este era uno de esos momentos que jamás olvidaría.

Sonreí, sintiendo un alivio inesperado.

—Entonces, ¿te gusta de verdad?

—¿Si me gusta? ¡Lo amo!

—No puedo creer que hayas hecho esto por mí —susurró.

Esta vez fui yo quien la abrazó pensando que hacía mucho que no me emocionaba tanto.

—Haría cualquier cosa por ti.

Abril se separó un poco y pasó los dedos con delicadeza por la tela, como si todavía no creyera que era real. Fue entonces cuando notó la pequeña etiqueta cosida en el interior del vestido. Frunció el ceño y la giró entre sus dedos para leerla.

Sus labios se entreabrieron en una mezcla de sorpresa y emoción.

—«De Natalia con amor» —leyó en voz baja.

Sus ojos se encontraron con los míos, brillantes por las lágrimas contenidas.

—¿Este es el nombre de la colección?

Asentí, de repente sintiéndome tímida.

—Sí… Fue idea de Brad, pero me pareció perfecto. Todo lo que he diseñado hasta ahora ha sido con amor. Por mi trabajo, por la moda… y por las personas a las que quiero.

Abril presionó los labios en una línea temblorosa y dejó escapar una risa ahogada.

—Dios, ahora sí que me has matado.

Se llevó una mano a la cara para secarse una lágrima antes de mirarme con una sonrisa enorme. Me señaló con el dedo índice.

—¿Sabes? Tienes razón. Algún día valdrá una fortuna, ya lo verás. Cuando te conviertas en una diseñadora súper famosa…

—¿Qué? No… lo dije de broma. El famoso es Brad, yo sólo estoy de paso.

Abril alzó una ceja.

—Ah, sí. Brad.

No dijo nada más, tampoco hizo falta, su mirada era elocuente.

—Abril… —advertí—. ¿Qué pasa con Brad?

—Dímelo tú.

La congoja se me arremolinó en el estómago, ¿era por el beso? ¿Se lo había contado? Dios, no lo recordaba.

Leyéndome como un libro abierto, suspiró y guardó el vestido de nuevo en su bolsa y se la llevó al cuarto de invitados para que Tomás no lo descubriese por error. Cuando volvió, me tomó de la mano y me llevó hasta la cocina, donde tenía un bizcocho de chocolate preparado sobre la isla.

—Natalia, ¿qué pasa?

Sabía que no iba a soltar el tema.

—No pasa nada —mentí.

—Por favor —tomó un pedazo de bizcocho para cada una—, no me tomes por una tonta. Te conozco mejor que nadie. Has pasado de hablar de él con adoración a evitar la simple mención de su nombre.

Jugueteé con un hilo suelto del dobladillo de mi camiseta.

—Es sólo que… últimamente me he sentido más confusa de lo habitual.

Abril ladeó la cabeza.

—¿Es por Cámeron?

Una vez más, escuchar su nombre me golpeó en el pecho. Estaba fatal. Me humedecí los labios antes de asentir.

—En parte. No puedo sacármelo de la cabeza.

Mientras me acomodaba en la banqueta, Abril se levantó para coger una jarra de agua en la nevera al mismo tiempo que hablaba.

—Cuéntame qué pasa, ¿qué sientes? Desahógate de una vez. Me ofende que no confíes en mí.

Me pasé las manos por la cara, pero paré al detectar el fuerte olor a chocolate que se me había quedado impregnado.

—No lo sé. Lo extraño. Lo extraño muchísimo. Pero al mismo tiempo… tengo miedo de que, si volviéramos a intentarlo, no funcionase de nuevo. Y… si eso pasa, sé me romperé, Abril. No creo que pueda soportar otra desilusión.

—Nat… —Abril tomó mis manos entre las suyas—. Si lo sigues queriendo, eso ya es un punto de partida.

—No es tan simple. —Miré hacia otro lado—. Hay muchas cosas entre nosotros. El pasado, la distancia, lo que vivimos… Y luego está Brad.

El nombre salió antes de que pudiera evitarlo.

Abril parpadeó.

—¿Brad?

Tragué saliva.

—Nos besamos.

Abril abrió los ojos como platos. Al final se ve que no se lo había contado.

—¡¿Qué?!

Antes de que pudiera responder, un sonido a nuestras espaldas nos hizo girar la cabeza.

Tomás estaba de pie en el umbral de la puerta, con las llaves en la mano y una expresión entre la sorpresa y la incomodidad. Lo había escuchado todo.

—Perdón, no quería interrumpir. Iba a ver a mamá, la puerta estaba abierta y… Bueno, supongo que entré en el momento equivocado.

Yo abrí la boca para decir algo, pero antes de que pudiera, Tomás alzó las manos en señal de rendición.

—Tranquilas, no me quedo. Seguid con lo vuestro.

Dicho esto, se giró y se fue. Abril y yo nos miramos.

—¿Deberíamos ir a buscarlo? —pregunté, insegura.

Abril frunció los labios, pensativa, luego negó con la cabeza.

—No hace falta. Si quiere hablar, lo hará más tarde. Y si no, pues… Tomás nunca ha sido de los que guardan secretos mucho tiempo.

—¿Eso debería tranquilizarme?

Ella rio.

—Sí, sí, es un olvidadizo. Dudo que le diga nada a Cámeron, seguro que mañana ni se acuerda.

—Eso espero… —murmuré, sintiendo un nudo en el estómago.

Las dos mentíamos, y las dos lo sabíamos. Abril tomó un sorbo de agua.

—Ahora dime la verdad. ¿Cómo te sientes después de… ya sabes?

Suspiré y me pasé una mano por el pelo.

—Para ser honesta… Al besar a Brad, me di cuenta de que lo quiero como amigo.

Abril arqueó una ceja.

—¿En serio?

—Sí. Me atraía, no lo voy a negar. Aunque ahora que ha pasado, tengo que admitir que no sentí nada de lo que se supone que debería haber sentido.

Mi amiga me regaló una sonrisa cargada de afecto.

—Eso significa que tienes tus respuestas.

Asentí.

—Sí, y creo que ha sido algo bueno. Ahora esa atracción que sentía ya no está. Es como si me hubiera sacado una espina que ni siquiera sabía que tenía clavada. Estoy jodida, Abril.

Abril apoyó una mano en la mía.

—No digas eso.

—Pero es que es así, da igual lo lejos que esté. Nunca podré olvidarlo, si no lo he conseguido en este tiempo, estoy segura de que ya nunca podré hacerlo.

—Entonces, ahora sólo queda que hagas algo con esa certeza. No tengas prisa, lleváis toda la vida juntos, un poco más de tiempo separados no os va a matar. Estoy segura de que Cámeron te esperaría toda la vida si fuese necesario.

Me quedé en silencio. Porque, aunque tenía claro lo que sentía, todavía no sabía cómo arreglar lo que había roto con Cámeron.

Y lo que es peor es que lo que le había dicho a Abril era cierto, si no salía bien, no sabía cómo iba a sobrevivir a otra ruptura.