Capítulo 26
NATALIA
C uando volví a la tienda, seca y cambiada, me encontré con que Sara había puesto en orden casi todo lo que habíamos dejado a medias. Me sentí un poco culpable al ver cómo había avanzado sin mí.
—Veo que se te da mejor cuando no estoy distrayéndote —co-menté con una sonrisa cuando se giró hacia mí—. Y antes de que digas nada —levanté una mano—, siento haber salido corriendo como una loca.
Sara, que estaba metiendo unos paños sucios de pintura en una bolsa, arqueó una ceja.
—¿Así es como llamamos ahora a salir disparada sin explicación y dejar a una amiga abandonada a su suerte delante del chico que le gusta?
Suspiré y empecé a recoger yo también.
—Es que… la noticia me pilló desprevenida. La comisaría en la que ha pasado todo es donde trabaja Cámeron.
Su expresión se suavizó al instante.
—Oh… Ahora lo entiendo. Perdóname si he sido un poco brusca, debí imaginármelo.
—Sí. Lo siento mucho —agaché la cabeza—, de verdad. No debí irme así.
Sara apoyó una mano en mi brazo cautelosa.
—Tranquila, Nat. Fue un poco raro, no te voy a mentir, pero lo entiendo, de verdad. No te preocupes.
Asentí, más tranquila.
—¿Y tú qué? —pregunté, intentando cambiar de tema—. ¿Cómo te fue con el camarero?
Al instante, las mejillas de Sara se tiñeron de rojo. Dejó la bolsa en el suelo y se sentó en el mostrador de un salto, donde empezó juguetear con unos bolígrafos.
—Gracias a tu gran y espectacular huida, tuve que hablar con él.
—Vaya, entonces te hice un favor —le guiñé un ojo.
Su sonrisa se ensanchó.
—Sí, en realidad me lo hiciste. Hablamos un poco más, me preguntó si estaba bien y si habíamos discutido tú y yo.
—¿En serio? ¿Pensó que nos habíamos peleado?
Sara asintió, riendo.
—Pues imagínate la escena: tú desparramando el té verde césped por el suelo, tirándome dinero encima de la mesa y saliendo disparada como si te persiguiera el FBI.
Solté una carcajada.
—Vale, sí. Me imagino que desde fuera se debió ver exagerado.
—Un poco, sí —admitió, divertida—. Pero bueno, me sirvió como excusa para hablar con él. Y… hemos quedado el sábado para tomar algo.
—Entonces me debes una.
Sara rodó los ojos, aunque no pudo ocultar que, en realidad, estaba muy feliz.
—Supongo que sí. Y por cierto… de cerca es aún más guapo. Y súper simpático.
Justo en ese momento, mi móvil sonó en el bolsillo del pantalón. Lo saqué y vi el mensaje en la pantalla. Era de Brad.
Espero que hayas descansado. Te echo de menos en el taller. Me vendría bien algo de inspiración.
Tragué saliva.
—¿Noticias de Cámeron? —preguntó Sara con curiosidad.
Negué con la cabeza y respondí sin pensar demasiado:
He tenido un día complicado.
La respuesta de Brad no tardó en llegar.
Entonces ven. Nada despeja la mente como un buen diseño. Y un buen vino.
Resoplé, le contesté con un simple OK y bloqueé la pantalla.
—¿Qué pasa? —Sara me miró de reojo, notando mi expresión.
—Nada. Sólo que creo que ya hemos trabajado bastante por hoy. Nos merecemos descansar.
Ella entrecerró los ojos, sospechando.
—Ajá… ¿Y tú tienes planes, por casualidad?
Me encogí de hombros.
—Voy a pasarme por el taller.
Sara esbozó una sonrisa de medio lado.
—Ah, claro. Solo trabajo, ¿o intentando olvidar a Cámeron?
Rodé los ojos.
—Descansa, cotilla.
—Solo digo que un clavo saca a otro clavo —canturreó Sara riendo—. Y Brad me parece un clavo muy apetecible.
—¿Te importa cerrar?
—Para nada, jefa. Ve a por tu clavo.
Cogí mi bolso y salí de la tienda con una sensación extraña en el pecho. No quería analizar demasiado por qué había aceptado la invitación de Brad. Tal vez sólo quería despejarme. Tal vez necesitara recordar que había más cosas en mi vida aparte de Cámeron.
O tal vez, solo tal vez, me estaba metiendo en un terreno peligroso sin darme cuenta.
Ya pasaban de las siete cuando llegué al taller.
La luz dorada del atardecer entraba por los amplios ventanales, proyectando sombras alargadas sobre los bocetos y las telas que cubrían las mesas de trabajo.
El lugar estaba más silencioso de lo habitual.
No había ayudantes, ni costureros, solo Brad, apoyado en una de las mesas, con una copa de vino en la mano y su mirada fija en mí.
—Sabía que vendrías —dijo con esa seguridad suya que siempre me descolocaba.
Rodé los ojos con un gesto exagerado, intentando no dejarme afectar por su tono.
—No tenía nada mejor que hacer —respondí con fingida indiferencia, dejando mi bolso sobre una silla.
Brad se acercó con pasos tranquilos, deslizando la copa en mi dirección.
—¿Vino? —ofreció.
Dudé un instante antes de aceptar la copa. Nuestros dedos se rozaron en el intercambio y un escalofrío me recorrió la espalda. Brad se acercó un poco más, como si hubiese notado mi reacción, y se inclinó sobre la mesa, observándome con detenimiento.
—Me alegro de que hayas venido, últimamente has estado algo distante —comentó, sin apartar los ojos de mí—, y quería preguntarte si había pasado algo o te había molestado de alguna forma.
—No, no —lo tranquilicé—. Es que he estado bastante ocupada con la tienda, nada más —continué dándole un sorbo al vino para disimular mi incomodidad—. Estamos de reformas, ¿te lo he dicho ya?
Brad asintió con el ceño fruncido, supongo que se imaginaba que no le estaba diciendo toda la verdad, no obstante, no dijo nada más y se lo agradecí en silencio.
Se giró hacia un lado y cogió una carpeta de la mesa sobre la que estaba apoyado cuando llegué.
—Como sé que te gustaron las telas que te envié —apoyó la copa con calma, sacó algunos bocetos de su interior y me los tendió con una sonrisa—, he estado dándole vueltas a algunos diseños nuevos tomándolas como inspiración.
Son solo un punto de partida, pero creo que estamos cerca de cerrar la colección. Solo falta tu toque.
Deslicé los dedos sobre los dibujos, repasando las líneas en el papel.
Brad continuó hablando, explicando cada trazo, la caída de las telas, la inspiración detrás de cada propuesta.
Con voz, profunda y modulada, se convirtió en un murmullo de fondo.
A cada comentario que hacía, a cada pequeña observación que aportaba sobre la estructura del vestido o el equilibrio de volúmenes, él se inclinaba un poco más.
Se movía con naturalidad, como si no se diera cuenta de que la distancia entre nosotros se reducía con cada frase.
Como si fuera normal que su brazo rozara el mío al señalar un detalle u otro.
Como si su perfume, esa mezcla de especias y madera, no estuviera envolviéndonos poco a poco, haciéndome consciente de cada pequeño movimiento de su cuerpo.
Sentí su mirada en mi perfil, analizando mis reacciones con detenimiento. No solo escuchaba mis palabras, sino que observaba cómo las decía. Cómo mis dedos se detenían un segundo más de lo necesario sobre una línea, cómo desviaba la mirada antes de volver a él.
—Podemos ajustar la estructura aquí… —su voz se deslizó en el aire con la misma suavidad con la que sus dedos rozaron el borde del papel, justo al lado de mi mano—. O quizá jugar con una silueta más limpia. Algo que resalte sin esfuerzo…
Y por primera vez, me pregunté si estábamos hablando de diseño.
—Esto… —Señalé un detalle en el boceto. Mi voz salió más baja de lo esperado—. Me gusta cómo has jugado con las capas.
Brad inclinó la cabeza, como si estudiara mis palabras con el mismo interés con el que me observaba a mí.
—Me gusta trabajar con capas. Pero a veces… hay que saber cuándo dejar de esconder lo que hay debajo.
Su voz descendió una octava y me di cuenta de que no hablaba de moda.
Me giré hacia él con la intención de decirle algo, lo que fuera. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, su mano se deslizó con suavidad hasta mi cintura y su otra mano se posó en mi mejilla, con una delicadeza que me sorprendió.
—Natalia —susurró, su aliento acariciando mi piel—. Sabes que esto va más allá del trabajo, ¿verdad?
Mi cerebro me gritaba que diera un paso atrás. Que pusiera distancia entre los dos. Mi cuerpo, desobediente, no respondió. Y él, viendo que no me alejaba, aprovechó la oportunidad y, antes de darme cuenta, me estaba besando.
No fue un beso demandante, tampoco urgente o pasional, sino una caricia bien estudiada.
Tímido y expectante, me daba la oportunidad de detenerlo.
Sus labios eran cálidos y se movieron con seguridad contra los míos.
Mi cuerpo se tensó, mis manos quedaron atrapadas entre nosotros, incapaces de reaccionar.
Pero en el instante en que abrió mis labios para intentar profundizar el mismo y mis párpados se cerraron, en el instante en que mi mente estuvo a punto de rendirse al momento…
Mi móvil vibró rompiendo todo en pedazos. Un zumbido sencillo que me empujó de vuelta a la realidad.
Me aparté de golpe, como si el contacto de Brad me quemara.
Él no dijo nada, solo me miró con una intensidad que me hizo sentir aún más atrapada.
Con las manos temblorosas, saqué el móvil del bolsillo trasero de mi pantalón. La pantalla brillaba con una notificación. Un mensaje de Cámeron.
Gracias por preocuparte, pero no tienes por qué. Aunque están siendo unos días de locos, yo estoy bien. Te echo de menos.
El aire pareció salir de mis pulmones de golpe, los remordimientos se me clavaron en las entrañas y sentir los ojos de Brad sobre mí no me estaba ayudando nada. Lo leyó todo sin necesidad de asomarse a la pantalla.
—Déjame adivinar —su tono no era ni molesto ni sarcástico. Solo tranquilo, demasiado tranquilo—. Tu exnovio.
No respondí.
Mi respiración seguía entrecortada, y no era por el beso. Sino por lo que acababa de sentir. O, mejor dicho, por lo que no había sentido.
Parece ridículo, comparar un beso con un mensaje de texto no debería tener sentido, aunque, la verdad es que lo tenía.
Fue una señal tan grande como el faro de Formentor.
Me llevé los dedos a los labios, aún tibios.
No era lo que esperaba. Mentiría si dijera que no me había imaginado esta situación en múltiples ocasiones desde que había conocido a Brad.
En mi imaginación parecía un momento crucial, la portada de una película romántica.
En la práctica, me había hecho sentir más vacía que antes.
Brad seguía observándome, esperando algo. Lo único que sentí fue un nudo en el estómago y la certeza de haber cruzado un límite para el que no estaba preparada. Tragué saliva y di un paso atrás antes de contestar.
—Lo siento, yo…
Brad levantó una mano, deteniéndome antes de que pudiera terminar la frase.
—No tienes que explicarte, Natalia. —Su tono era sereno—. Me gustas, y creo que hay algo entre nosotros. Pero no voy a presionarte ni a obligarte a sentir nada que no sientas. No soy ese tipo de hombre.
Solté un suspiro tembloroso.
—Gracias.
Él inclinó la cabeza con una media sonrisa.
—Solo quiero que sepas algo: si en algún momento tus sentimientos cambian… —Se tomó un segundo, como si midiera sus palabras—, estaría encantado de invitarte a cenar.
Abrí la boca para responder, pero él se adelantó con un cambio de tema tan fluido que no supe si lo hacía para aligerar la tensión o porque no quería escuchar mi respuesta.
—Ahora, ¿qué te parece si repasamos toda la colección y pensamos un nombre?
La emoción sustituyó mi incomodidad de inmediato. Quería a Brad, aunque no fuese del modo en que él esperaba. Se había convertido en un buen amigo y lo quería por ello y por la maravillosa persona que era.
Estábamos a un paso de hacer realidad un sueño y, me recordé, ese era el motivo por el que estaba aquí. Me acerqué a la mesa donde había estado trabajando las últimas semanas y rebusqué entre los bocetos hasta encontrar el que buscaba.
—Me gustaría reservarme este.
Le mostré el dibujo: un vestido de novia etéreo, ligero, ajustado en el pecho y que después caía como una cascada de tul frágil y delicado.
Brad lo observó con interés y asintió.
—Para tu amiga, ¿verdad?
—Sí —sonreí, entusiasmada—. Creo que este es perfecto para ella, y me muero por enseñárselo.