Amigas, bilogía completa Capítulo 25
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Capítulo 25

NATALIA

H abía decidido cerrar la tienda un par de días para darle un cambio de imagen.

Supongo que había llegado a esa edad en la que una pequeña reforma, algo de brocha y pintura, se veía como una idea de lo más atractiva.

Por desgracia, llevarlo a la práctica no era tan sencillo como lo pintan en la televisión.

Toda la culpa la tenían los programas de la tele donde, ya fuesen unos gemelos buenorros o un par de diseñadoras súper elegantes, convertían auténticas ruinas en la casa de tu vida sin despeinarse.

La diferencia, con la realidad, es que ellos saben lo que hacen.

—¿Tú crees que nos está quedando bien? —preguntó Sara mirando las marcas de brochazos verde oliva en la pared.

Yo asentí, nada convencida, pero tratando de darle ánimos. Sara negó mirando al suelo.

—Mentirosa… No sé por qué quieres hacer esto. La tienda estaba preciosa como estaba y cuando quieras quitar este color te vas a cagar —resopló—. Por lo menos deberíamos haber llamado a un profesional, Natalia.

Era bastante probable que Sara tuviera razón. Vale, bastante probable no: Sara tenía razón.

Aunque la finalidad de esta acometida no era pintar, era mantenerme distraída y lejos de Brad.

Durante las últimas semanas habíamos pasado demasiado tiempo juntos. Tanto, que mi cerebro empezaba a jugarme malas pasadas. Así que, por el bien de mi paz mental, había decidido tomarme un descanso.

Brad me había escrito un par de veces, pero yo le había dicho que me sentía indispuesta.

Espero que no se le diese por pasarse por aquí o mi excusa se iría al garete.

Claro que también podía echarle la culpa a la fiebre que, milagrosamente, ya no tenía.

Sí, salir de situaciones peliagudas era mi fuerte. Desarrollaba mi ingenio.

—¿Estás bien? —preguntó Sara.

—Sí, estoy perfecta, ¿por qué?

Sara se giró de vuelta hacia la pared y siguió pintando.

—Porque parecías en otro mundo.

—Ya, bueno —admití—, suelo hacerlo a menudo, no te dejes sorprender por ello.

Nos reímos tanto que Sara se vino arriba y, en su entusiasmo, acabó salpicando también la pared de al lado.

—Mierda —murmuró.

Me crucé de brazos y la miré con solemnidad.

—Digno de un Picasso borracho.

Mi compañera de brocha gorda resopló.

—Pues este Picasso se está muriendo de hambre.

Me agaché para coger más pintura y un latigazo me sacudió desde la nalga derecha hasta la mano. La falta de descanso me estaba pasando factura.

—Y yo estoy agotada. ¿Qué te parece si nos tomamos un descanso?

—Me parece estupendo —contestó sin dudarlo—. Podemos ir a la nueva cafetería que han abierto aquí al lado.

La miré con interés.

—¿La que tiene el mostrador lleno de bollos?

Se me hizo la boca agua. La idea de un buen dulce sonaba tentadora: café y azúcar. Justo lo que necesitaba para olvidar por un rato que me estaba cargando mi preciosa tienda.

Asentí.

—Me parece perfecto.

Sara dejó el rodillo dentro del bote de pintura.

—Además, el camarero es un bombón por sí mismo.

Nos reímos, pero mientras me limpiaba las manos con un trapo, una punzada de realidad me golpeó.

Mi desasosiego no tenía nada que ver con lo mal que estaba quedando la pintura.

Quizá debería dejar de pelearme con un rodillo y empezar a enfrentar lo que de verdad me estaba sacando el sueño.

Aunque, supongo que siempre ha sido más fácil lidiar con brochazos torcidos que con sentimientos desordenados.

El aroma a café recién hecho nos envolvió en cuanto cruzamos la puerta de la cafetería.

La decoración era moderna, pero acogedora, con paredes de ladrillo visto pintadas en tono café y estanterías de madera llenas de pequeños detalles vintage: tazas de cerámica, frascos de especias, e incluso una vieja cafetera de metal que no tenía más función que la de adornar.

Las lámparas colgaban bajas, proyectando una luz cálida sobre las mesas de madera pulida.

Elegimos una mesa cerca de la entrada, junto a un gran ventanal que dejaba entrar un montón de luz natural.

Antes de sentarnos, noté que Sara echaba una mirada rápida al interior del local, como si buscara a alguien.

Cuando nos acomodamos, me di cuenta de que había elegido el asiento con la mejor vista hacia la barra.

Levanté una ceja.

—Vale… suéltalo.

Sara se mordió el labio, intentaba contener una sonrisa delatora.

—No es nada… Bueno, vale, sí. —Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz—. Es él.

Seguí la dirección de sus ojos hasta el camarero detrás del mostrador, concentrado en servir un café con espuma perfecta. Alto, de rasgos marcados, con el delantal atado de manera descuidada sobre una camisa negra arremangada.

—¿Ese es el bombón?

—Sí. —Sara suspiró con dramatismo—. Nos hemos cruzado unas cuantas veces cuando venía a abrir la tienda. Fue amor a primera vista. Estoy convencida de que él sintió lo mismo.

No pude evitar sonreír.

—¿Y por qué no lo has saludado?

Sara se removió en su asiento, jugueteando con la carta.

—Porque no soy capaz. De hecho… —bajó la voz— esta es la primera vez que me animo a entrar.

La miré con sorpresa.

—¿En serio?

Asintió con las mejillas sonrojadas.

—Y todo gracias a ti. Me has dado la excusa perfecta.

Reí y me incliné un poco para mirarla mejor.

—Vaya, qué honor. Sabes que no necesitas una excusa para entrar en una cafetería, ¿verdad?

Fue entonces cuando noté una mancha de pintura verde en su mejilla.

—Tienes pintura aquí.

Me acerqué para limpiársela con el pulgar, pero estaba seca. Fruncí el ceño y froté un poco más fuerte, sin éxito.

Sara parpadeó nerviosa.

—¡Ay! Espera, mejor voy al baño antes de que me vea.

Se levantó apresurada y casi tropieza con la mesa en el proceso. La observé marcharse con una sonrisa divertida. Tenía que hacer algo para ayudarla con su «historia de amor a primera vista».

Cuando Sara volvió del baño tenía el cabello húmedo en las sienes y una expresión ilusionada en el rostro.

—¿Se ha acercado? —preguntó en voz baja mientras se sentaba.

Negué con la cabeza y le señalé un cartel junto a la puerta.

—Aquí hay que pedir en la barra.

Sara abrió mucho los ojos, como si acabara de enfrentarse a un desafío inesperado.

—Oh.

Sonreí y le di un empujoncito con el pie bajo la mesa.

—Vamos, es tu oportunidad.

Hizo el amago de protestar, pero al final se mordió el labio y asintió con determinación.

—Esa es mi chica —la animé.

—Vale. ¿Qué quieres?

—Un manchado con leche desnatada sin lactosa y algo para picar. Me da igual lo que sea mientras sea dulce.

Sara repitió mi pedido en voz baja como si estuviera memorizándolo para un examen y, con un último suspiro, se levantó y caminó hacia la barra.

Aproveché su ausencia para sacar el móvil del bolso y revisar las notificaciones.

Deslicé el dedo por la pantalla hasta localizar el icono de Instagram.

Abril había subido una foto de una taza de chocolate caliente con un emoji de corazón y un pie de foto que decía: «Días de descanso y mimos».

Sonreí. Seguro que Tomás la tenía acurrucada en el sofá.

Pasé a la cuenta de mi hermano. Una imagen de la playa al amanecer sacada desde el balcón de su habitación y acompañada de un simple: «Hogar».

Por costumbre, busque la cuenta de Cámeron.

Me quedé mirando la foto de su perfil, dudando si entrar o no.

Pero no había nada nuevo, lo que no me sorprendió.

Cámeron nunca había sido de redes sociales, apenas subía una foto cada seis meses, de hecho era yo la que le cogía el móvil y lo hacía por él.

Supongo que ahora no tenía a nadie que lo hiciera y pensé que…

eso me alegraba. Era un pensamiento egoísta, lo sé, aun así solté un leve suspiro.

Por último abrí el perfil de Brad y mis ojos se abrieron un poco al verme a mí misma en una de sus publicaciones.

Era una foto tomada en el taller, no me había dado cuenta cuándo me la había hecho.

Estaba inclinada sobre un boceto, con la mirada concentrada y el lápiz en la mano, todavía era una principiante de nivel cero, pero he de admitir que había mejorado mucho con su ayuda.

La instantánea era bonita, la luz natural entraba por los ventanales, dándole a la imagen un aire casi artístico. Bajé la vista hasta el pie de foto.

«El arte es colaboración. La inspiración es mutua. #NewProject #Fashion #Creativity #musa».

Tragué saliva. No era la primera vez que Brad insinuaba algo más en sus publicaciones, pero verlo así, tan público, me hizo sentir extraña.

Sentía la realidad distorsionada a mi alrededor.

Como si la chica de la foto fuera una desconocida más de la red.

¿De verdad era yo la que aparecía ahí? ¿Esa mujer segura, rodeada de bocetos y telas lujosas, trabajando con uno de los diseñadores más importantes del momento?

Algo dentro de mí se removió, una sensación entre orgullo e incertidumbre porque, en realidad, no me gustaba la atención que llamaba mi persona.

Hasta ahora, mis redes se habían centrado en mi tienda, no en mí.

Y no estaba segura de que me gustase este cambio.

Me gustaba mantener un perfil bajo, tener intimidad.

Cuando Sara regresó, se dejó caer en la silla con una sonrisa de lo más soñadora. Guardé el móvil y la miré con diversión.

—¿Y bien? —pregunté.

—¿Y bien qué?

—¿Has hablado con él?

—¿Con quién? —Se dejó caer en la silla.

—Con el camarero.

—Madre mía… —suspiró enamorada.

Alcé una ceja, divertida.

—¿Qué? ¿Ha sido amor a segunda vista también?

Sara se tapó la cara con las manos un segundo antes de reír.

—Es aún más guapo de cerca. Y, además, ha sido súper simpático.

—Normal. Con esa cara de boba que traes seguro que le has caído bien.

Sara bufó y me dio un leve golpe en el brazo justo cuando el chico en cuestión apareció con nuestra bandeja. Dejó un café frente a ella y, ante mí, colocó una taza humeante de color verde.

Fruncí el ceño.

—Sara… ¿Qué demonios es esto?

Ella miró mi taza y puso cara de horror.

—Un Matcha.

—¿Un qué? —bromeé.

—Un Matcha.

La miré con los ojos entrecerrados.

—¿En qué momento «manchado con leche sin lactosa» se convirtió en «té Matcha»?

—No lo sé —se lamentó—, estaba nerviosa. El chico me dijo que lo acababan de incorporar a la carta y…

Solté un suspiro y tomé la taza con resignación.

—Bueno, vamos a probarlo…

Di un sorbo pequeño y, en cuanto el líquido me pasó por la lengua, puse una mueca.

—Oh, joder. Esto sabe a césped.

Sara soltó una carcajada.

—¿Cuándo has probado el césped?

—¡Nunca! —exclamé.

—Entonces, ¿cómo sabes a qué sabe?

Rodé los ojos.

—Lo sé y punto, joder se nota. Huele como el jardín de mi madre después de regar.

Sara seguía riendo mientras sacaba su móvil para revisar notificaciones. Le gustaba estar al día con las noticias, así que no me sorprendió cuando dejó escapar un leve silbido.

—Qué fuerte lo que está pasando en una comisaría de Madrid…

Alcé la vista de mi taza. Interesada.

—¿Qué ha pasado?

Sara me miró con el ceño fruncido y empezó a leer la noticia en voz alta.

Escándalo en la Policía Nacional: Investigación interna revela vínculos de agentes con algunas de las redes criminales más importantes del país.

Un terremoto sacude la Policía Nacional tras la revelación de una presunta red de corrupción dentro de una céntrica comisaría de Madrid.

Según fuentes oficiales, varios agentes están siendo investigados por su supuesta implicación en el encubrimiento de actividades delictivas que incluyen desde tráfico de drogas hasta filtración de información delicada a organizaciones criminales.

La Policía ha iniciado una investigación interna para determinar la magnitud de la implicación de sus efectivos mientras la Fiscalía estudia posibles cargos.

Aunque por el momento no se han revelado nombres, se espera que en las próximas horas salgan a la luz nuevas pruebas que podrían cambiar el rumbo de la investigación.

—¿Qué comisaría es? —pregunté tratando de no sonar demasiado ansiosa.

Sara deslizó el dedo por la pantalla de su móvil.

—A ver, creo que lo mencionan aquí, déjame ver si…

No llegué a escuchar su respuesta. En mi torpeza y con los nervios atenazándome el estómago, moví la mano demasiado rápido y golpeé la taza de infusión, derramando el líquido tibio sobre mi ropa.

—¡Mierda!

Me puse de pie de golpe, tratando de airear la tela. La mancha se extendía por mi camiseta y sentí la humedad pegajosa en mi piel.

—Nat, tranquila, vamos al baño y…

—No, no pasa nada. —Agarré mi bolso con urgencia—. Yo… tengo que cambiarme, nos vemos luego, ¿vale?

Dejé un billete de diez euros sobre la mesa y me dirigí hacia la salida. Antes de que Sara tuviera tiempo de parpadear, yo ya estaba cruzando la puerta de la cafetería. El aire fresco me golpeó el rostro al salir a la calle, sin embargo, no era suficiente, no lograba calmar mi respiración.

Mientras caminaba apresurada hacia mi apartamento, saqué el móvil con manos temblorosas y busqué la noticia en internet.

Escándalo en la Policía Nacional: investigan presunta corrupción en una comisaría de Madrid .

Corrupción en la Policía Nacional: escándalo en una comisaría de Madrid desata investigación interna .

Sospechas de sobornos y abuso de poder: la Policía Nacional investiga a varios agentes en Madrid .

Y así más y más titulares. Estaba por todas partes.

Mi corazón latía con fuerza mientras abría cada enlace y deslizaba hacia abajo, buscando nombres, algún dato concreto, cualquier cosa que me dijera si Cámeron estaba implicado.

Nada.

La información era vaga, sin detalles específicos sobre quiénes estaban involucrados.

Joder.

Frustrada, bloqueé la pantalla y me pasé una mano por la cara, tratando de pensar con claridad.

Tomás, si pasaba algo, él tendría que saberlo.

Marqué el número de mi hermano y esperé impaciente que no estuviese ocupado.

—Dime, enana.

—¿Has visto las noticias?

Hubo una pausa.

—Sí. Estaba con Cámeron cuando le mandaron un mensaje para que se presentase en comisaría.

Mi corazón se saltó un latido.

—¿Cámeron tiene algo que ver?

—Claro que no, era un mensaje general para todos sus compañe-ros —Tomás hizo una pausa y suspiró—. Mira, ha sido en su comisaría, pero te aseguro que él no está metido en nada turbio.

Solté el aire contenido en mis pulmones.

—¿Estás seguro?

—Cien por cien. Lo conozco mejor que nadie, Natalia. Además de ti, claro. Tú lo sabes: Cámeron podrá ser muchas cosas, pero corrupto no es una de ellas. Es un buen policía.

Me dejé caer en un banco cercano, aunque estaba algo más aliviada, todavía sentía cierta inquietud revolviéndome por dentro.

—Vale… gracias, Tomás.

—No te preocupes. Él estará bien.

Asentí, aun sabiendo que él no podía verme. Colgué y me quedé mirando la pantalla del móvil, debatiéndome entre llamarlo o no. Al final, antes de poder pensar demasiado en ello, escribí un mensaje.

He visto las noticias. No sé qué está pasando, pero sé que tú no tienes nada que ver. Espero que estés bien.