Amigas, bilogía completa Capítulo 24
84%

Capítulo 24

CÁMERON

E l sol ni siquiera asomaba por el horizonte cuando Tomás metió la llave en el bombillo del coche y el motor cobró vida. Todavía conservaba aquel viejo Seat Ibiza, herencia de su padre y que cuidaba como oro en paño.

Era tan temprano que apenas había tráfico de camino al aeropuerto.

Miré por la ventanilla, observando cómo el paisaje pasaba ante mis ojos.

El reflejo del mar en la distancia se desdibujaba con la luz del amanecer.

No quería irme, no hacía falta que lo dijera en voz alta, los dos lo sabíamos, pero fingíamos que no.

—¿Listo para volver a Madrid? —preguntó Tomás, sólo por romper el silencio que nos envolvía.

Negué con la cabeza sin apartar la vista de la carretera.

—Ni de coña.

Tomás soltó una risa baja.

—Sí, ya me lo imaginaba. Se te nota en la cara.

Me pasé una mano por la nuca, incómodo. No podía seguir reprimiéndolo.

—Ayer la besé.

Tomás giró la cabeza hacia mí por un segundo antes de volver a concentrarse en la carretera.

—Sabía que algo había pasado, tu cara cuando volviste de la playa era un poco… extraña. Y que Natalia no pasase ni a despedirse, pues… —Sonrió—. Pero no esperaba que te lanzaras así.

—No lo planeé —dije, suspirando—. Solo pasó. Y por un momento, pensé que ella iba a responderme.

—Espera, ¿no lo hizo? —dijo sorprendido.

—Se quedó paralizada y en silencio.

Tomás chasqueó la lengua.

—Uf… Eso sí que es jodido. Natalia callada.

Me hundí en el asiento, frustrado.

—Intento no parecerlo, pero estoy desesperado, Tomi. Me siento como si estuviera perdiéndola poco a poco y no sé qué hacer.

Mi amigo me lanzó una mirada de soslayo antes de volver a concentrarse en la carretera.

—¿Intentas no parecerlo? –—preguntó con sorna—. Joder, pues disimulas fatal.

Bufé.

—Gracias por el apoyo.

Tomás rio entre dientes.

—Hermano, tú nunca has sido bueno ocultando lo que sientes. Y menos cuando se trata de mi hermana.

—Pues a ti bien que te lo ocultamos.

—Eso es un ataque bajo. En aquel momento… Tenía mis propias mierdas. Ni siquiera os prestaba atención.

Cerré los ojos un segundo.

—¿Crees que hay alguna oportunidad para nosotros?

Tomás dejó escapar un suspiro antes de responder.

—Creo que siempre la habrá. Pero ahora mismo… tienes que darle espacio.

El solo hecho de escuchar esas palabras me crispó los nervios.

—¿Espacio? No, no quiero que haya más distancia entre nosotros —protesté—. Llevamos meses separados.

Tomás arqueó una ceja.

—Lleváis meses separados por la ruptura, ahora necesitáis espacio para la reconstrucción.

Mira, cuando Abril se marchó a Noruega, fue su padre el que me dijo que la dejase ir.

Ahora, yo te doy el mismo consejo. Estar cuatro meses sin saber absolutamente nada de ella fue demoledor, pero necesario. Y míranos ahora.

Me quedé en silencio. Después de un rato, fue Tomás quien cambió de tema con un suspiro.

—Yo también estoy cagado, por si te sirve de consuelo.

Lo miré, desconcertado.

—¿Por qué?

—Por lo del bebé.

Me giré hacia él, sorprendido.

—Pensé que estabas feliz.

—Y lo estoy. Pero también tengo miedo. Es lo más grande a lo que me he enfrentado jamás.

Su confesión me tomó desprevenido. Tomás tamborileó los dedos en el volante con la vista fija en la carretera.

—Me da pánico cagarla, porque no sé si voy a ser un buen padre.

Fruncí el ceño.

—Tío, eres la persona más responsable y centrada que conozco.

Tomás rio sin humor.

—Si hombre, esa es Abril, no yo. Y ahora mismo, te aseguro que no me siento así. Me siento como un crío jugando a ser adulto.

Quise decirle que lo haría bien, que no tenía nada de qué preocuparse, pero entendí que su miedo no era irracional.

—Creo que todos nos sentimos así cuando algo importante está por cambiar —dije al final.

Tomás asintió y suspiró.

—Por eso estoy en trámites para volver a la isla.

Me giré hacia él de golpe.

—¿En serio?

—Sí. Abril y el bebé estarán mejor aquí. Y, si te soy sincero… creo que yo también. Es momento de volver a casa, quiero que mi hijo crezca aquí y que esté cerca de sus abuelos.

El corazón se me encogió en el pecho al escuchar sus palabras.

—Te envidio.

Tomás me miró de reojo.

—¿Por qué?

Desvié la vista hacia la carretera, casi habíamos llegado al aeropuerto.

—Porque lo tienes claro, pero sobre todo porque puedes hacerlo. Yo también quiero solicitar el traslado, aunque lo tengo difícil.

—Eso lo veo lógico.

—Renunciaré, si no me lo dan, renunciaré.

Tomás frenó un poco más fuerte de lo necesario en una rotonda y me miró con incredulidad.

—Ni de coña.

—Lo digo en serio, Tomás. Meterme en esto fue un error.

—Cámeron, te has vuelto loco. No puedes hacer eso.

Me pasé una mano por la cara.

—Quiero volver. Cueste lo que cueste.

Tomás resopló.

—Mira, ese no es el camino. A ver, escúchame bien. ¿Recuerdas cuando Natalia tuvo que decidir si seguirte a Madrid o quedarse aquí?

Fruncí el ceño. Pues claro que lo recordaba, yo era el culpable de ello.

—Sí.

—¿Y recuerdas por qué decidió quedarse?

Me tensé.

—Porque tenía sus propios sueños.

Tomás asintió.

—Exacto. No porque no te quisiera. ¿No lo entiendes?

—Esto es diferente.

—No, no lo es. —Tomás me miró con intensidad—. Si renuncias a tu trabajo solo por estar con ella, al principio será bonito. Pero con el tiempo, ¿qué crees que pasará?

No respondí, así que continuó:

—Te lo diré yo. Vas a acabar resentido. No al principio, quizás no en un año o dos, pero con el tiempo… te va a pasar.

Tragué saliva.

—Entonces, ¿qué hago?

Tomás se relajó un poco y volvió a concentrarse en la carretera.

—Lucha por vosotros. Pero no a costa de ti mismo. No lo dejes todo por el miedo de perderla, Natalia nunca te lo perdonaría, sería como despreciar su sacrificio. Encuentra la manera de volver sin tirar todo por la borda.

Sabía que tenía razón, aunque necesitaba que me lo recordaran.

Entendí más que nunca por qué Natalia había tomado la decisión de quedarse en Mallorca cuando yo me fui a Madrid.

Ella había sido la más madura de los dos.

Y también entendí que, si quería recuperarla, tenía que encontrar el equilibrio entre lo personal y lo profesional para los dos.

Tomás abrió los ojos sorprendido.

—Ahora sí que parezco un padre, ¿eh?

Reí, sacudiendo la cabeza.

—Sí, y das miedo.

Tomás soltó una carcajada y me dio una palmada en el hombro.

—Bueno, cállate y ayúdame a encontrar un sitio, este aparcamiento me vuelve loco. A ver si al final te vas a quedar en Mallorca porque pierdes el avión.

Sonreí, en mi cabeza ya se asentaba la idea: no era cuestión de si volvería o no, sino de cuándo y cómo lo haría.

Tomás me acompañó hasta el control de seguridad, caminando con la tranquilidad de quien no tiene prisa por despedirse. Yo, en cambio, sentía el peso de cada paso, como si a mi cuerpo le importase un comino la realidad de la situación y quisiera quedarse en Mallorca por su cuenta.

—No pongas esa cara —bromeó, dándome un leve codazo—. No te estás yendo a la guerra.

—No sé yo… —murmuré, con la vista fija en los paneles de información de vuelos—. Tengo una sensación extraña.

Tomás suspiró y me palmeó la espalda.

—Mira, no le des tantas vueltas. Las cosas se pondrán en su sitio tarde o temprano. Estoy seguro.

Asentí, aunque su optimismo no lograba calmarme del todo. Aún tenía la sensación de que me estaba alejando en el peor momento posible.

Por inercia, saqué el móvil del bolsillo y lo desbloqueé. Una notificación de Instagram me avisaba de que Brad Rouge acababa de publicar una fotografía. El texto al pie de la imagen me golpeó como un puñetazo en el estómago:

«Mi musa, trabajando codo con codo».

La imagen mostraba a Natalia inclinada sobre un boceto con un codo sobre la mesa y con Brad a su lado, demasiado cerca para mi gusto.

El muy imbécil le sonreía con expresión de satisfacción.

Se me crispaban los nervios. Aunque lo que en verdad hizo que se me revolviera el estómago fue otro detalle: Natalia llevaba una chaqueta de hombre.

Y no una cualquiera. En la manga, discreto pero inconfundible, estaba el logotipo en rojo de Brad Rouge.

La chaqueta no era nueva, el tejido tenía ese ligero desgaste de la ropa que ha sido usada muchas veces y se la veía cómoda con ella, como si ponérsela fuera lo más normal del mundo.

Mi mandíbula se tensó al instante. Imbécil de mí, abrí los comentarios para terminar de flagelarme…

«Dios, qué pareja tan perfecta».

«Envidia máxima de Natalia».

«Son tal para cual».

Tuve que respirar hondo para no apretar el móvil hasta partirlo en dos.

—¿Qué pasa? —preguntó Tomás, notando mi tensión.

—Nada —mentí, bloqueando la pantalla con un movimiento brusco y lo guardé en el bolsillo.

No quería preocupar a Tomás más de la cuenta. Ni que perdiera su tiempo en consolarme con palabras vacías sólo por obligación.

Antes de que pudiera recuperar el control, el móvil vibró de nuevo en mi mano. Exasperado, lo volví a sacar del pantalón, con tal brusquedad que casi se me cae de las manos. Esta vez, no era sobre Natalia, sino un mensaje en el grupo de trabajo.

Urgente. Todos los agentes deben de presentarse de inmediato en la comisaría. Se ha abierto una investigación interna.

Mi estómago se encogió. Leí el mensaje dos veces, tratando de asimilarlo.

—Joder… —solté en voz baja.

Tomás se cruzó de brazos.

—Vale, ahora sí dime qué pasa.

Le pasé el móvil. Primero vio el mensaje de la comisaría, masculló algo entre dientes que no pude entender. Después le enseñé la foto de Brad y Natalia.

—Tío… No sé qué me preocupa más.

—Bienvenido a mi vida —bufé, masajeándome las sienes.

—Bueno, lo del curro suena jodido. Pero… —Volvió a mirar la foto de Instagram—. Esto otro, ¿en serio lo vas a convertir en un problema? Es una foto. Natalia y tú habéis estado juntos media vida.

—Sí, pero mírala. Y mira el texto. «Mi musa» —repetí con amargura.

—¿Y qué? Es un diseñador, no un poeta. Suena como publicidad barata.

—¿Publicidad barata? ¡Lee los comentarios!

Tomás resopló.

—¿Desde cuándo te importa lo que diga la gente en Instagram?

No respondí. Porque la verdad era que no me importaban los comentarios. Me importaba lo que ella no decía.

—Escucha, no saques conclusiones precipitadas —insistió Tomás—. Habla con Natalia cuando puedas. Y sobre el trabajo… bueno, más vale que no tengas nada que ver con esa mierda, porque suena feo.

Mi vuelo fue anunciado por los altavoces y le di un abrazo a mi amigo para despedirme.

—Nos vemos. Cuida de Nat, por favor.

—Nos vemos, tío. Y deja de poner esa cara de «voy al cadalso».

Forcé una sonrisa antes de girarme hacia la puerta de embarque.

Pero mientras caminaba hacia el avión, mi cabeza seguía dándole vueltas a la misma imagen:

Brad y Natalia juntos, cómodos, sonrientes… Joder.

Y ahora, además, mi vida en Madrid estaba a punto de complicarse con una puta investigación interna. Yo estaba tranquilo, esto no iba conmigo, pero ¿cuánto tiempo se podía demorar? ¿Semanas? ¿Meses?