Amigas, bilogía completa Capítulo 23
82%

Capítulo 23

NATALIA

B ajo nuestras casas, el sendero de tierra se abría paso hacia la cala. Me reconfortaba la brisa del mar, más fresca con cada metro que me acercaba a la playa. Había caminado por allí tantas veces… Con Abril; con Tomás; con Cámeron. Siempre juntos.

Habíamos pasado tantas tardes aquí que la cala se sentía como una extensión de nuestra propia vida.

Hay lugares que son hogar y este era uno de los nuestros.

Cada piedra, cada ola… todo guardaba una historia.

Recordé cuando, años atrás, Cámeron me había robado mi primer beso a escondidas de mi hermano mientras nos dábamos un baño una tarde de primavera.

Tomás y Abril estaban nadando en una de sus estúpidas competiciones y nosotros los esperábamos para ser testigos de cuál de ellos sería el ganador.

Por suerte fue Abril, que nos pilló mientras Cámeron me abrazaba bajo el agua y nos guardó el secreto.

Aquello había sido el principio de todo.

Suspiré y me dejé caer en la arena, abrazando mis rodillas mientras contemplaba el mar, infinito y en calma.

Estar aquí había sido mi refugio desde que tenía memoria, el único lugar donde podía ordenar mis pensamientos cada vez que algo me perturbaba.

Y, sin embargo, había pasado demasiado tiempo sin venir.

El ajetreo del día a día me había mantenido tan ocupada que no me había dado cuenta de cuánto lo echaba en falta hasta ese momento.

Me prometí a mí misma venir más a menudo.

Perdí la noción del tiempo; no sabría decir cuánto había permanecido allí hasta que escuché pasos a mi espalda. No necesitaba girarme para saber quién era.

Su presencia era algo que mi cuerpo reconocía sin esfuerzo, aún sin mirarlo.

Se sentó a mi lado en silencio, observando el mar conmigo.

No estaba tan moreno como antes, y su pelo había crecido lo justo para que se le rizaran en las puntas.

Era él, pero al mismo tiempo… era distinto.

¿La distancia lo había cambiado? ¿O era solo mi percepción, distorsionada por todo lo que había pasado?

No lo sabía. Solo sabía que estaba hecha un lío.

—Tu madre nos dijo que habías salido hace un buen rato —dijo en voz baja.

—¿Y decidiste venir a buscarme? —pregunté sin apartar la vista del horizonte.

—Quería hablar contigo. Ayer… te fuiste demasiado rápido.

Su tono era tranquilo, pero había algo debajo de su calma, algo contenido.

—Lo siento si te ha molestado que haya aparecido sin avisar. No quería incomodarte —continuó.

Negué con la cabeza.

—No es eso —contesté con apenas un murmullo.

—¿Entonces qué es?

Solté un suspiro.

—Es… todo. Nada. No lo sé, Cam. Me siento extraña.

Cámeron giró el rostro hacia mí. Su rostro reflejaba desconcierto. Dios… conocía tanto ese rostro. Había amado tanto cada facción. Él había sido mi mundo desde los diecisiete años. Y ahora…

—¿Qué somos ahora, Natalia? —preguntó como si pudiese leerme el pensamiento.

No respondí de inmediato. Éramos amigos, ¿no?

Eso lo seríamos siempre, sin embargo, se sentía superfluo e inadecuado.

¿Amigos? No es por desmerecer la amistad, pues mi amistad con Abril era una de las cosas más importante que me podía imaginar, pero pensar que de ahora en adelante no seríamos nada más, hacía que algo se apretase en mi pecho de una forma que me dejaba sin aliento.

—No lo sé —contesté al final con la voz entrecortada.

Él apretó los labios.

—Yo sí lo sé.

Cerré los ojos un segundo.

—Cámeron…

—Te quiero, Natalia. Siempre lo haré. La vida… es complicada. A veces parece que son dos días y otras que tenemos tiempo. Siento que cuando no estoy contigo, ese tiempo se hace eterno, inagotable. Porque sin ti las horas no pasan.

—Cam… Por favor.

Mi corazón se encogió incapaz de mirarlo.

—Tú… ¿todavía me quieres?

Esa era una pregunta trampa, y lo sabía.

Me enfadé porque, después de tanto tiempo sin vernos, justo escogiese ese momento para hacerla.

No podía decirle que no, porque sería una mentira.

¡Claro que lo quería! El amor no se borra en un mes, ni dos, ni los que llevábamos separados.

Y si se borra tan pronto… es que ya no estaba ahí.

Si le decía que sí… sabía que acabaríamos cometiendo los mismos errores de siempre.

—Los sentimientos no desaparecen de la noche a la mañana, eso lo sabemos los dos —admití—. Pero eso no significa que las cosas sean como antes.

Él dejó escapar un leve suspiro.

—Claro que no, Nat. Eso es la vida: cambiar, crecer, avanzar… Llámalo como quieras.

Lo miré de reojo en silencio. Al ver que no decía nada, prosiguió:

—¿Es por Brad?

Me mordí el labio, porque sí, en parte Brad me había enseñado que había más mundo además de Cámeron.

—No es tan simple.

Cámeron se pasó una mano por el pelo, revolviéndolo un poco.

Un gesto que había sido más propio de mi hermano que de él.

El siempre tan calmado Cámeron, el que siempre tenía todo bajo control y con el que contabas para serenar hasta las situaciones más complicadas, estaba hecho un manojo de nervios.

—¿Hay algo entre vosotros?

No supe qué decir, en realidad no había pasado nada, pero la verdad, la verdad que quemaba en mi interior, era que había estado a un suspiro de suceder. A un roce. A un instante de duda. Y eso debía significar algo.

—No —dije, al final—. Pero…

—Pero, ¿qué?

Tragué saliva.

¿Qué podía contestar? ¿Que Brad estaba aquí? ¿Que era fácil sentirse atraída por él y que estar con él no dolía? ¿Que podía ser una distracción para el dolor que sentía por no tenerlo a él? Porque él todavía era mi todo.

No, no podía contestar a su pregunta sin romperme y no estaba dispuesta a ello, así que opté por lo fácil. Buscar una salida.

—No quiero hablar, Cámeron. —Me crucé de brazos y evité su mirada—. Me siento sobrepasada por todo esto. Tú, Brad, el taller, la boda, el bebé… Siento que no tengo tiempo de procesar nada.

—Sólo dime la verdad, Nat. Como siempre.

Me obligué a mirarlo.

—Quizá nuestros padres tenían razón, Cam. Quizá éramos demasiado jóvenes cuando empezamos a salir. O igual sólo yo lo era.

Cámeron frunció el ceño, pero no me interrumpió.

—Con los años, nuestros caminos se han desviado. No es tu culpa, ni la mía. Como has dicho: es la vida. Tú en Madrid, yo aquí… Creo que la distancia entre nosotros se ha vuelto demasiado grande como para salvarla.

Su mandíbula se tensó.

—¿Eso crees?

Asentí, lo sentía así. Y también sentía que, en ese momento, estaba más perdida que nunca.

Cámeron se quedó en silencio. No por falta de palabras, estoy segura.

Sino porque las estaba escogiendo con cuidado.

Lo conocía demasiado bien como para no notar cómo sus manos se cerraban en puños sobre la arena, cómo su mandíbula se tensaba antes de hablar y se mordía el labio superior.

No quería ser impulsivo y meter la pata.

—Escúchame, Natalia —su voz sonó baja y firme al pronunciar mi nombre—. No importa cuánto intentemos alejarnos o cuánto nos engañemos pensando que podemos seguir adelante sin el otro, al final, siempre volvemos aquí. —Tomó mi barbilla con la mano y me miró a los ojos—. A esto.

Sus ojos atraparon los míos con una intensidad que me hizo contener el aliento.

—Sé que estás confundida y abrumada. Pero también sé que lo que sentimos es inusual. Muchas personas no encuentran lo que nosotros tenemos en toda su vida. Y sé que tú también lo sabes. Por eso no puedes mirarme a los ojos cuando insinúas que quizá ya no tiene sentido intentarlo.

Abrí la boca para responder, quería negarlo. No pude. Porque él tenía razón.

—No estoy aquí para presionarte, ni para hacerte elegir.

Pero tampoco voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te alejas solo porque tienes miedo de lo que podríamos ser después de todo esto.

Sé que puede sonar loco, pero sé que si conseguimos superar este bache, podremos superar cualquier cosa en el futuro. Juntos.

Cámeron suspiró, cuando retiró la mano para volver a pasarla por su pelo, sentí el frío de la brisa allí donde él me había estado sujetando la barbilla. Añoré su caricia al instante.

—Esta noche voy a cenar con mis padres. Mañana a primera hora tengo el vuelo de vuelta a Madrid.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

—¿Tan pronto?

—Tú eres el único motivo por el que vine, Nat. —Su confesión fue un golpe directo a mi pecho—. Necesitaba verte.

El nudo en mi garganta me impidió responder.

Cámeron no se movió de inmediato. Me observó con detenimiento, como si quisiera grabarse cada detalle de mi rostro.

Y luego, con una lentitud que me robó el aire, se inclinó hacia mí.

Su mano rozó mi mejilla, cálida y firme, con la suavidad de quien toca algo que teme romper y, entonces, sus labios encontraron los míos.

Un pequeño roce más que un beso. Pausado, intencionado, suave. Más íntimo que una caricia; como una llama que empieza a prender, como el instante exacto en el que una ola se retira de la orilla, dejando la arena caliente, vibrante y palpitante bajo la superficie.

Mi cuerpo todavía lo reconocía, y lo seguiría haciendo por más que mi mente buscase la forma de poner barreras entre los dos. El corazón se me desbocó en el pecho, golpeando contra mis costillas; como si quisiera salir de mí y alcanzarlo para fundirse con el suyo.

Me había pillado por sorpresa y antes de que pudiera recuperarme de la maraña de sentimientos que me habían azotado, Cámeron ya se había retirado. Apoyó su frente contra la mía exhalando y tras unos segundos se separó.

—Dímelo si de verdad quieres que me rinda, Natalia —susurró—. Si es lo que de verdad quieres, lo haré. Tus deseos siempre serán órdenes para mí.

Ni yo dije nada, ni él esperó una respuesta.

Se puso de pie y se sacudió la arena de los pantalones. Antes de irse, me miró una última vez.

—Lo único que te pido a cambio es que nunca digas que lo nuestro ha sido un error. No importa cuánto intentes convencerte de lo contrario, no lo ha sido.

Y entonces se marchó, dejándome la piel ardiendo donde me había tocado y el corazón latiendo desbocado, tan fuerte, que estaba segura de que podrían escucharlo en cualquiera de las islas vecinas.

Quería llamarlo, pedirle que volviera, gritarle que lo quería, que lo dejaría todo por él.

Pero las palabras no salieron. Me quedé con la boca entreabierta, los dedos hundidos en la arena y las lágrimas rodando por las mejillas sin control.