Amigas, bilogía completa Capítulo 22
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Capítulo 22

NATALIA

M e quedé hasta tarde en el taller, fingiendo que era por trabajo cuando en realidad solo intentaba distraerme y hacer tiempo.

Distraerme de que Cámeron estaba de vuelta en casa y de lo que su regreso significaba.

Distraerme de lo que aún me hacía sentir sólo con verlo y, sobre todo, distraerme de lo guapo que estaba.

Odiaba admitirlo, pero ser policía le sentaba bien.

Se notaba que había estado ocupado en el gimnasio, supongo que era su forma de refugiarse igual que yo había hecho con el trabajo.

Me preguntaba cómo le quedaría el uniforme…

«No, no vayas por ahí, Natalia» me reprendí a mí misma.

Si seguía con este tipo de pensamientos acabaría plantándome en su puerta y mandando todo al traste. Así que seguí trabajando.

Debía centrar mi atención en menesteres más productivos. Repasé los últimos bocetos con los que Brad me había ayudado, organicé muestras de tela, hice anotaciones sin mucho sentido, cualquier cosa con tal de mantenerme ocupada.

Brad seguía allí también. Parecía que nunca se cansaba.

A diferencia de mí, él no estaba evitando nada, solo disfrutaba de su propio trabajo.

Lo observé de reojo mientras ajustaba un diseño en su tablet , tenía el ceño fruncido y una arruga le atravesaba la frente.

Envidiaba su facilidad para hacer que todo pareciera sencillo: trabajar, hablar, incluso distraerse…

Esa tarde, Brad me comentó que una empresa india nos había enviado nuevas muestras de encajes, así que decidí que era momento de inspeccionarlas.

Sin embargo, al intentar alcanzar la caja en la estantería más alta, me di cuenta de que estaba fuera de mi alcance.

Bufé, me estiré cuanto pude y me puse de puntillas.

Fue inútil. Una puede estirarse, no crecer.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Brad con voz baja y cargada de diversión.

No había escuchado sus pasos, pero ahí estaba.

Detrás de mí y tan cerca que podía notar el calor que desprendía su cuerpo.

Antes de que pudiera reaccionar, alzó el brazo para tomar la caja y sus manos rozaron las mías al entregármela.

Bajé la vista a sus dedos, largos y firmes, la sostenían con facilidad y me pregunté cómo se sentirían esas manos sobre mi cuerpo.

El pensamiento y su proximidad hizo que mi piel se erizara.

—Deberías dejar que te ayude más a menudo —murmuró, todavía demasiado cerca.

Alcé el rostro y su aliento cálido rozó mi piel. Sus ojos estaban fijos en los míos, su boca tan cerca que podía notar la expectativa en el aire. No se movió, solo esperó, dejando la decisión de lo que pudiese pasar a continuación en mis manos.

Estábamos tan cerca que podía oler su perfume, una mezcla sutil de madera y especias.

Ver la sombra de su barba incipiente, el brillo de sus ojos, que me analizaban como si estuviera esperando que hiciera el más mínimo movimiento.

No me tocó en ningún momento, pero tampoco hacía falta.

El aire entre nosotros se había vuelto tan denso que casi podía palparse.

Mi cuerpo traicionero reaccionó antes que mi mente, mi pulso se aceleró y me descubrí inclinándome hacia él. Iba a ceder.

Sería tan fácil acercarme un poco más, dejar que cruzara esa línea que llevaba días insinuando. Brad era guapo, encantador y estaba ahí, ofreciéndome algo nuevo. Algo que tal vez me vendría bien.

Pero entonces, como una maldita interferencia imposible de ignorar, la imagen de Cámeron apareció en mi cabeza.

Cámeron, y la primera vez que me dijo que me quería.

Cámeron, cuando nos mudamos al pequeño apartamento con apenas un par de cosas bajo el brazo.

Cámeron, volviendo a casa tras discutir con sus padres por la empresa familiar.

Y lo peor de todo… Cámeron, y cuánto dolía la distancia entre los dos.

La burbuja estalló, me aparté con una risa nerviosa y le quité la caja de las manos sin mirarlo e intentando que nuestras manos no volvieran a tocarse.

—Yo, creo que sólo necesito dormir.

Brad se alejó sin mostrar signos de molestia por mi repentino cambio de actitud.

—Sí, la verdad es que se te ve algo cansada. No te estarás exigiendo demasiado, ¿verdad?

El semblante de Brad mostraba preocupación real, parecía que se angustiaba de verdad por mí.

—¿Es culpa mía? ¿Estás trabajando demasiadas horas?

—No, no, para nada. No te preocupes —le resté importancia—. Es que llevo unos días durmiendo mal, nada más.

No pareció convencido con mi respuesta.

—Como sea, creo que lo mejor será que te vayas a casa a descansar. Tómate un par de días, no te preocupes. Yo estaré aquí cuando quieras volver.

Le acaricié el brazo, agradecida por su comprensión.

—No hace falta, pero hoy sí. Hoy me voy a casa.

Brad no se movió de inmediato. Se limitó a observarme, con esa sonrisa suya que decía que entendía lo que acababa de pasar. Que sabía que yo también lo había sentido. Ese fino instante en el que lo profesional y lo personal se acercan demasiado a un punto que, de cruzarlo, no habría vuelta atrás.

—¿Te importa si me llevo estas muestras? —dije con la única intención de romper el momento—. Me gustaría enseñárselas a Abril.

—Son todas tuyas —dijo con una calma—. Nos vemos mañana.

Agarré mi bolso y salí del taller antes de que pudiera hacer algo estúpido como lanzarme a sus brazos para distraerme del caos que sentía en mi interior.

Brad era un buen chico, no podía utilizarlo así.

Mientras caminaba hacia mi coche, con el aire fresco de la tarde golpeándome la piel, no podía evitar hacerme mil preguntas: ¿qué acababa de pasar entre nosotros?

¿Sería el recuerdo de Cámeron lo suficiente fuerte como para seguir alejándome de Brad?

Y, sobre todo, ¿cuánto más podría aferrarme al fantasma de una relación acabada cuando la vida me ofrecía una nueva oportunidad? Demasiadas preguntas sin respuestas.

Subí los escalones de la casa de Abril con el bolso colgado del hombro y la caja con las muestras de tela en una mano. Antes de meter la llave en la cerradura, me detuve.

Tenía llaves, pero había algo en la idea de entrar sin avisar que me hizo dudar. No era mi casa, por mucho que se hubiese sentido así en el pasado. Ahora, era la casa de mi hermano y mi mejor amiga. Su hogar. Y ahora que iban a ser padres, esa diferencia se hacía más evidente.

Además, no quería admitirlo, aunque lo hice de todos modos: me inquietaba la idea de que Cámeron pudiera estar dentro. «No seas paranoica», me reprendí a mí misma. Él se quedaba aquí, sí, pero eso no significaba que tuviese que estar en este preciso instante dentro de la casa.

Aun así, en lugar de entrar, llamé al timbre y esperé unos segundos. Nada.

Volví a tocar, esta vez con los nudillos.

Más silencio. Pegué la oreja a la puerta intentando capturar el más mínimo movimiento al otro lado: aún nada.

Fruncí el ceño. Quizá Abril estaba echándose la siesta y no había escuchado. O, quizá, Tomás estaba en el despacho con los auriculares puestos.

Saqué el móvil y le escribí un mensaje a Abril.

Estoy en la puerta, ábreme por favor.

Esperé unos segundos, nadie contestó. Escribí un segundo mensaje, esta vez a mi hermano:

Torpe con diploma, deja lo que estés haciendo y ven a abrirle la puerta de tu maravillosa casa a tu maravillosa hermana pequeña.

Esperé y… nada.

Bufé y miré de reojo hacia la casa de al lado. La de mamá. Si alguien sabía dónde estaban, serían ella o Aksel.

Bajé los escalones y seguí hasta la puerta, que se abrió antes de que pudiera llamar siquiera.

—Ya era hora —dijo mamá con una media sonrisa, apoyada en el marco—. Ya empezaba a pensar que te ibas a marchar sin saludar.

Rodé los ojos y la besé en la mejilla antes de que pudiera seguir con el drama.

—Veo que sigues espiando por la puerta, ¿eh?

Descartó mi comentario como si nada.

—He venido a ver a Abril, pero no están en casa. ¿Sabes dónde se han metido?

—Claro que sí —respondió, como si fuera obvio. Se hizo a un lado y me hizo un gesto para que pasara—. Venga, entra.

Lo hice y la seguí hasta la cocina, donde el aroma del café recién hecho flotaba en el aire. Me senté en un taburete mientras ella servía dos tazas.

—Tomás, Abril y Cámeron han salido a dar un paseo —dijo, girándose con las tazas en la mano.

Me tensé sin querer.

—¿Cámeron también?

—Pues claro. Le han contado lo del bebé y ha insistido en llevarlos de compras. Les quería regalar algo para su cuarto.

Sentí una extraña punzada en el estómago, yo debería estar ahí también.

—Ah… qué detallista.

Mi madre me miró por encima del borde de su taza.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé… algo con más entusiasmo.

Removí el café con la cucharilla, evitando su mirada.

—Me alegro por ellos —respondí fingiendo despreocupación y alegría—. ¡Yuju!

—Ajá. —Mi madre apoyó la taza sobre la mesa y cruzó los brazos—. ¿Y por qué parece que te han dado una mala noticia?

Suspiré.

—No es eso. Es solo que… no me lo esperaba.

—¿Qué no esperabas? ¿Que él quisiera compartir este momento con sus mejores amigos? ¿Cuál es el problema?

—Pues… que las cosas han cambiado, mamá.

Ella ladeó la cabeza en desacuerdo.

—¿Y eso quién lo ha decidido? ¿Tú? ¿Él? —Hizo una pausa, evaluando mi reacción—.

Porque, cariño… de un modo u otro, Cámeron siempre formará parte de esta familia.

Tomás y él eran amigos mucho antes de que vosotros empezaseis a salir, y seguirán siéndolo independientemente de las decisiones que toméis como pareja.

No supe qué responder.

—Estéis juntos o no, él es alguien muy importante para tu hermano.

—Lo sé.

—No puedes pretender que se distancien por vuestros problemas. Si fuese al revés, ¿tú dejarías a Abril de lado?

—Por supuesto que no.

Mi madre suspiró y apoyó una mano sobre la mía.

—Mira, Natalia. A veces las cosas no cambian tanto como creemos. Sino que somos nosotros los que nos convencemos de que han cambiado para no enfrentarnos a lo que sentimos de verdad. Sobre todo si nos duele.

Aparté la mano con suavidad y tomé un sorbo de café.

—No hablemos de esto, ¿vale?

Ella me miró con esa expresión suya de «sé lo que estás haciendo», aunque no insistió. Solo dijo:

—Vale. Pero tarde o temprano tendrás que hacerlo.

No respondí, ignorando el peso de sus palabras, me concentré en mi café y en el sonido del reloj de pared, aunque ambas sabíamos que tenía razón.