Capítulo 21
CÁMERON
T omás bostezó mientras esperábamos frente a la cinta del aeropuerto.
—No sé por qué te quejas tanto, si fuiste tú quien me convenció para venir —no se había callado desde que el avión había despegado en Madrid.
—No me quejo —respondió, pinzándose el pueden e la nariz con los dedos bastante irritado—. Pero después de tres vuelos en dos días, no creo que sea mucho pedir que, por lo menos, uno despegue sin retraso.
Se recostó contra la columna una columna de hormigón que había visto días mejores mientras echaba un vistazo al resto de pasajeros.
—Mi cerebro está en modo avión.
Le di un codazo.
—Tío, ese chiste es muy malo.
—Avísame cuando veas mi maleta.
Él sólo se rio y, en cuanto le señalé su equipaje, se incorporó de golpe para cogerlo.
Luego me echó un brazo por los hombros y nos encaminamos hacia la salida.
No podía creer que solo un par de horas antes estuviese sentado en mi puesto de trabajo terminando de cubrir papeleo como cualquier otro día.
Tomás me había llamado, iba de vuelta a Mallorca y tenía escala en Barajas. Me preguntó si estaba libre para tomar un café y aquí estoy ahora, tras cambiar un montón de turnos, de vuelta en Mallorca para pasar dos días libres en casa. Sin maleta, sin ropa, sin nada más que lo puesto.
Salimos del aeropuerto y tomamos un taxi hasta su casa. El trayecto se sentía familiar. Las palmeras, el cielo despejado, el olor a sal en el aire… No había estado tanto tiempo fuera como para olvidarlo, sólo lo suficiente como para que me diera cuenta de cuánto lo había echado de menos.
—Abril no sabe que vienes —comentó Tomás de repente.
Lo miré de reojo. Vale que mi viaje no estaba planeado, pero pensé que le habría enviado algún mensaje para avisarla.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros.
—Quería ver su reacción en directo.
—Genial —resoplé—. Me vas a hacer sentir como un perro que aparece en la casa sin avisar. ¿Seguro que le parecerá bien que me quede con vosotros?
—No digas tonterías, claro que sí.
Cuando llegamos a la casa, dejó la maleta en la entrada y me hizo un gesto para que pasara primero. Empujé la puerta y, en cuanto entré, vi a Abril en el sofá con una manta sobre las piernas. Levantó la vista y parpadeó un par de veces antes de abrir los ojos como platos.
—¿Cámeron? ¡¿De verdad eres tú?!
Se levantó de un salto y se lanzó a mis brazos. Su reacción me sacó una sonrisa.
—¡Qué sorpresa!
—Espero que para bien.
—Pues claro. —Se separó y me miró con atención—. ¡Qué guapo estás! Aunque tienes cara de necesitar dormir un mes.
—Tú tampoco te ves como la persona más descansada del mundo.
Abril puso los ojos en blanco y se apartó de mí para acercarse a Tomás y darle un beso de bienvenida.
—¿Tú también? Tomi me lo dice cada dos horas. Además de Nat y nuestros padres.
Tomás la tomó de la cintura para darle otro beso, uno más profundo y largo, que me hizo girarme queriendo proporcionarles algo de intimidad.
—Porque es verdad —le susurró cuando la soltó.
—No exageres, estoy bien. Solo… algo cansada.
—Ajá. —Tomás la miró con una mezcla de ternura y advertencia, sin embargo no dijo nada más.
—Bueno, la habitación de invitados siempre está preparada, así que quédate el tiempo que quieras —dijo Abril, sentándose de nuevo—. ¿O prefieres quedarte con tus padres? Perdón, no te sientas obligado, es que todavía estoy asimilando que estás aquí. —Me señaló aún sorprendida.
Tomás le pasó un cojín por detrás de la espalda y la miró con una advertencia.
—No, aunque iré a ver a mis padres, prefiero quedarme con vosotros —dije a Tomás—. Gracias por la invitación.
Quería a mis padres como el que más, pero ellos todavía estaban algo molestos conmigo por todo lo que rodeaba mi vida en general: por cómo había empezado mi relación con Natalia, por no haber continuado el negocio familiar y haberme hecho policía, por haber dejado la isla y, sobre todo, por no volver cada fin de semana…
—No tienes que darlas, pero que sepas que aquí hay normas —dijo mi amigo—. Nada de despertarnos antes de las nueve y nada de dramas con mi hermana, que Abril no puede con el estrés.
—Haré lo posible.
Me acomodé en el sofá junto a Abril y empezamos a ponernos al día. Todo era normal, como si nada, ni siquiera el tiempo, hubiera pasado. Hasta que llegó Natalia.
—Vengo muerta, ¿hay algo de picar por aquí?
Su voz me golpeó antes de verla y, por instinto, me puse en pie de un salto.
Ella entró al salón con la misma familiaridad de siempre, era un torbellino.
Y entonces, me vio. Y se detuvo en seco. Y mi corazón también lo hizo.
Se había cortado el pelo dos palmos. Lo había notado en sus fotos de Instagram, sin embargo, en persona, el cambio era más evidente. Le quedaba bien. No, mejor que bien. Estaba preciosa.
Su expresión pasó de la sorpresa a una neutralidad forzada en cuestión de segundos, como si en ese breve instante hubiera decidido que esto no le afectaba.
—¿Cámeron? No… no sabía que estabas aquí.
No estaba seguro de qué hacer. Hacía meses que no nos veíamos y, aunque habíamos seguido hablando de vez en cuando por teléfono, tenerla delante era otra historia.
—Acabo de llegar.
Intenté que mi voz sonara tranquila. El silencio que siguió fue incómodo, espeso, como si el aire se hubiera vuelto más denso en su presencia.
—Bueno, entonces… bienvenido.
Tomás carraspeó y, con la sutileza de un rinoceronte, la empujó hacia la terraza.
—Vamos fuera. Un poco de aire nos vendrá bien a todos y hace un día estupendo.
Abril asintió con rapidez y tomó a Natalia de la mano para acompañarla. Yo, incapaz de moverme, veía cómo se sentaban en las tumbonas al lado de la piscina.
Tomás me sacó del estado catatónico en que me había quedado y me indicó que fuese con él hasta la cocina, donde cogimos un par de bebidas
—Vamos —me instó—, despierta o va a pensar que te han dado un golpe en la cabeza y te han dejado idiota.
—Estoy seguro de que ya lo piensa.
Sin decir nada lo seguí hasta fuera, donde nos sentamos con ellas para pasar la tarde. La conversación al principio fue torpe, como cuando intentas encajar una pieza en el rompecabezas equivocado.
Natalia evitaba mirarme.
Yo no podía dejar de mirarla.
Tomás y Abril intentaban mantener el ambiente relajado, una tarea casi imposible.
—¿Qué tal te ha ido hoy en el taller? —preguntó Tomás, tratando de normalizar la situación.
Natalia se removió en su silla y tomó un sorbo de agua antes de responder.
—Ha sido… intenso.
Su tono era neutral, pero el rubor en sus mejillas decía otra cosa.
Me tensé.
Ese rubor… ¿Era por el trabajo? ¿O era por él? Sabía que estaba trabajando con Brad Rouge, me había vuelto un obseso de las redes sociales en busca de información.
—¿Intenso en plan bien? —insistió Tomás, sin notar mi rigidez.
Ella dudó un segundo y luego asintió.
—Sí. Intenso en plan bien —repitió—. Es un reto, y creo que me gusta.
No tenía intención de decir nada, pero las palabras salieron solas.
—¿Ese tipo, Brad Rouge, sigue por aquí?
Intenté que sonara despreocupado, desinformado. No lo logré. Natalia bajó la mirada antes de responder. No estaba acostumbrado a esta actitud por su parte y me desconcertaba.
—Sí.
El sonido del vaso de Tomás golpeando la pequeña mesa del jardín rompió el momento, que se había vuelto bastante incómodo.
—Mierda —protestó porque la bebida lo había salpicado—, ha sido un accidente.
Se levantó y entró en la casa para limpiarse el pantalón.
Estaba seguro de que lo había tirado aposta.
Abril carraspeó, Natalia miró hacia otro lado y yo apreté la mandíbula.
Nadie dijo nada más. En ese momento todos fuimos conscientes de cómo nuestra ruptura había dañado la dinámica de grupo que nos había caracterizado desde críos.
Tras unos segundos que parecieron horas, Tomás volvió con otro pantalón limpio y cambió de tema como si nada. La conversación se reanudó y empezó a fluir mejor. Para todos menos para mí.
Natalia y yo estábamos en la misma mesa.
Rodeados de las mismas personas.
Pero separados por un océano invisible.
Pasamos horas, se hizo tarde y entramos a cenar algo rápido. Yo me había ofrecido a preparar la cena, para agradecerles su hospitalidad. No era un cocinitas, pero me las apañé para hacer unas tortillas y una ensalada.
Tomás y Abril fueron los primeros en levantarse de la mesa.
—Yo recojo esto —dijo Tomás, empezando a apilar los platos. Se inclinó hacia Abril y le dio un beso en la cabeza—. Tú ve a acostarte, necesitas descansar.
—Sí… creo que me voy a la cama —murmuró Abril, estirándose con cansancio.
Yo me sentía paralizado en mi asiento, con la mujer de mi vida delante de mí. Nerviosa, había empezado a rascarse detrás de la oreja. En toda la velada, ni una broma, ni una palabra mordaz habían salido de su boca. Y eso me lo decía todo de cómo se sentía por dentro.
Finalmente, también se levantó y se deslizó fuera de la silla con la misma rapidez con la que había evitado mirarme toda la cena.
—Yo también me voy, mañana tengo que madrugar.
Abril frunció el ceño.
—¿Te vas ya? Que yo me vaya a la cama no quiere decir que te esté echando.
Me miró de reojo.
—Sí ya lo sé —le dio un abrazo de buenas noches—, ha sido un día largo y estoy agotada.
Abril asintió apenada, se giró hacia mí y me dio un beso en la mejilla antes de irse.
—Estás en tu casa, ya lo sabes.
Cuando Abril desapareció por el pasillo con Tomás, nos quedamos solos en el salón. De pie, uno en frente al otro. La primera vez en meses. Natalia estiró el brazo para coger la chaqueta que había dejado en el respaldo de la silla y se la puso.
—Sigues sin dormir bien, ¿verdad? —pregunté en voz baja.
Se detuvo por un instante antes de ajustarse el cuello de la camisa.
—No mucho.
—Yo tampoco.
Tuve la sensación de que podía decir algo más. De que, si rompía el silencio en ese momento, algo podría cambiar. Algo tendría que cambiar. No obstante, cuando abrí la boca, ella ya se estaba girando hacia la puerta.
—Nos vemos.
Y se fue, sin más. Sin mirar atrás y dejándome una sensación de frío y vacío en el pecho. Roto, me dejé caer en el sofá con un suspiro.
Después de tanto tiempo, nuestra panda estaba completa. Aunque ya nada era igual.
—Esto no ha salido como esperabas, ¿verdad? —Tomás apareció por el pasillo, apoyándose en la pared con los brazos cruzados.
Solté un suspiro y sacudí la cabeza.
—No, supongo que no.
Se acercó y ambos nos dejamos caer en el sofá.
—Tranquilo —dijo dándome una par de palmadas reconfortantes en la pierna—. Seguro que se alegra de verte. Solo la ha pillado por sorpresa.
Me pasé las manos por la cara, intentando disipar la tensión.
—Espero que tengas razón.
Hice una pausa antes de girarme hacia él. Llevaba toda la tarde con una sensación extraña, como si hubiera algo en el ambiente que no terminaba de encajar.
—Oye… ¿qué le pasa a Abril?
Tomás desvió la mirada por un segundo antes de sonreír, como si la respuesta le hiciera gracia.
—¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. No es por nada en concreto… llámalo intuición, pero he notado algo raro en ella y cómo os comportáis a su alrededor, como si fuese algo delicado y frágil. Y… Abril no es frágil, nunca lo ha sido.
Tomás se levantó sin responder y se acercó al mueble bar.
Sacó dos vasos de cristal y una botella de güisqui Cameron Bridge , a Tomás siempre le había hecho gracia, decía que siempre podía emborracharse conmigo aunque no estuviese con él.
Nos sirvió una medida generosa en cada uno antes de soltar lo que fuese que tenía en mente.
—Hay algo que tenemos que contarte. —Me tendió un vaso—. Pero no encontrábamos el momento, no queríamos hacerlo por teléfono.
Lo observé con las cejas en alto antes de aceptar la copa.
—Suena serio.
Tomás dejó escapar una risa baja y se pasó una mano por la nuca.
—Bueno, es que lo es. Y quería tiempo contigo, para celebrarlo como Dios manda.
Respiró hondo, como si todavía estuviera procesándolo. Luego, con una media sonrisa que delataba su emoción, soltó la bomba:
—Abril y yo… vamos a ser padres.
—¿Qué? —pregunté más que sorprendido —¿Estás hablando en serio?
Tomás afirmó, tenía los ojos llenos de lágrimas. Nunca lo había visto tan emocionado y, joder, mentiría si no dijera que yo también lo estaba. Tenía ganas de ir corriendo hasta la habitación de Abril y auparla para celebrarlo, pero me calmé y me limité a abrazar a mi amigo.
Mejorasen o no las cosas con Natalia, sólo por recibir esta noticia, el viaje ya había merecido la pena.