Capítulo 20
NATALIA
A bril se detuvo en seco al cruzar la puerta. Sus ojos recorrieron el espacio con una mezcla de asombro y admiración.
—Wow… —exhaló como si hubiera entrado en el algún edificio histórico en lugar de un simple espacio de trabajo—. Esto es… precioso.
Y lo era. Daba igual las veces que viniese, no dejaba de sorprenderme, con las telas desplegadas, los bocetos enmarcados y la luz natural filtrándose por los enormes ventanales, hacía que todo pareciera sacado de una película. Era un sitio donde la creatividad flotaba en el aire.
—¿Estás segura de que esto no es un museo? —susurró Abril, inclinándose para tocar una muestra de encaje.
Antes de que pudiera responderle, Brad apareció desde la parte trasera del taller, como teníamos visita, esta vez se había arreglado un poco más.
—Tú debes de ser Abril. Bienvenida. —Le sonrió con cortesía y se inclinó sobre ella para darle dos besos. Lo que la tomó por sorpresa.
Ella tardó un segundo en reaccionar, tras separarse un poco le estrechó la mano con una sonrisa un tanto nerviosa. Luego me lanzó una mirada rápida, de esas que solo una mejor amiga sabe interpretar: Vale, ya veo por qué te gusta este chico.
Rodé los ojos.
—No empieces —mascullé entre dientes, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
Brad nos hizo un gesto para que nos acercáramos a la mesa donde tenía preparados algunos bocetos.
—Natalia me ha dicho que te casas dentro de poco. —Se cruzó de brazos y la miró con interés—. Me gustaría ayudarla a buscar un vestido para ti, ya sabes que conozco mucha gente en este mundillo, pero necesito saber cómo es para ti el vestido perfecto.
Abril parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—Pues… siempre me imaginé casándome con algo clásico, aunque con un toque original.
Que sea un poco recatado, sin llegar a ser demasiado cerrado.
No sé si me entiendes. Quiero algo que no sea opresivo y que me deje moverme con soltura.
—Abril empezó a recorrer la sala con la mirada en busca de inspiración—.
Y que sea cómodo, no creo que pueda llevar unas ballenas, si te soy sincera —dijo, haciendo un gesto sobre su barriga de embarazada—. Ya me entiendes.
—Ajá. —Brad asintió, aunque no se apresuró a tomar ningún boceto—. Y dime… ¿cómo es Tomás?
Abril soltó una risa suave.
—¿Tomás? El vestido es para mí, no para él.
—Sí, lo sé. Sin embargo, saber cómo es tu relación con él, vuestra historia, es de mucha ayuda. Al final, un vestido de novia no es solo un vestido, sino la esencia de quien lo lleva. Y supongo que él forma parte de ti, si te vas a casar con él.
Abril y yo nos miramos. Ok, eso no lo esperábamos.
—Es… mi mejor amigo —respondió al fin, sonriendo sin darse cuenta.
—Creo que ahí debo objetar —protesté en broma—, tu mejor amiga soy yo.
Abril desechó mi protesta con un ademán y siguió sin préstame más atención.
—Es protector, un poco cabezota, pero muy noble. Me hace sentir segura. Y ahora… —se acarició el vientre de forma inconsciente—, con el bebé en camino, todo es aún más especial.
Brad observó el gesto y asintió despacio.
—Me imagino que en un par de meses tu barriga ya será obvia. Discúlpame si no entiendo mucho de embarazos y sus tiempos. ¿Quieres resaltarla o prefieres disimularla?
Abril dudó.
—No lo sé… todavía estoy procesando todo.
—Entonces buscaremos algo que se adapte a ti, que puedas decidir cómo quieres llevarlo el gran día.
Brad se acercó a un armario del fondo y sacó unos bocetos del cajón.
Algunos eran suyos, otros eran de grandes diseñadores como Rosa Clará, Elie Saab y, por supuesto, la propia Vera Wang.
Nos indicó que nos acercásemos a él y se dispuso a repartirlos sobre la mesa.
No se limitó a mostrárnoslo, sino que nos explicó qué pensaba de cada línea.
Continuó haciéndole pequeñas preguntas a mi amiga sobre la opinión que tenía ella de cada vestido expuesto.
Brad, lo hacía con una naturalidad pasmosa mientras me instaba a prestar atención, pues yo sería la encargada de ese vestido.
Yo, en contraste con su tranquilidad, sentía una punzada de nervios en el estómago.
Y esta vez no tenían nada que ver con el trabajo que tenía por delante, sino por el chico que le sonreía a mi mejor amiga mientras esta, no sé cuándo ni porqué, había empezado a contarle viejas anécdotas, bastante vergonzosas, sobre nuestra infancia.
Por primera vez, empezaba a sentir que Brad podía encajar en mi mundo de una forma en la que Cámeron ya no lo hacía.
Sacudí la cabeza, como si eso bastara para despejar el nudo de pensamientos que se estaba formando.
Y claro está, no funcionó. Me alejé un poco, necesitaba tomar algo de distancia de la escena que estaba viviendo.
Tomé mi teléfono y salí a que me diese el aire.
Comencé a revisar las interacciones que estaban teniendo mis últimas publicaciones en Instagram y mi pulgar se detuvo sobre la pantalla. Cámeron le había dado al corazoncito en mis stories . En todas ellas.
Sentí un cosquilleo desagradable en el pecho, era una punzada incómoda. No lo llamaría tristeza, aunque seguro que alegraría no era. Era algo más complejo. Algo que no estaba lista para analizar.
—Natalia.
Levanté la vista justo a tiempo para ver a Brad, me hacía señales desde la puerta para que entrase. Una vez dentro, me acerqué a él, que me tendía un lápiz de dibujo.
—¿Qué?
—Dibuja aquí. —Me señaló una hoja de papel donde había delineado el contorno del cuerpo de una mujer—. Es hora de que empieces a practicar.
Fruncí el ceño.
—¿Te había mencionado que el dibujo no es lo mío?
—Créeme, eso es lo de menos. Tú entiendes la moda más de lo que crees, seguro que entiendo tus líneas.
Abril observó la escena con una sonrisa divertida.
—Brad, eres un caradura —bromeó—. Tú lo que quieres es que Natalia te diseñe la colección completa.
Brad soltó una leve carcajada.
—No lo descartes —dijo con una sonrisa, pero en sus ojos había algo más. Algo serio.
Abril me miró con una ceja en alto, y yo fingí que no la veía.
Porque, aunque me reí… la idea se me quedó grabada en la cabeza.