Capítulo 19
NATALIA
T ras unos días y varios rompederos de cabeza, Brad y yo, por fin, conseguimos cuadrar agendas.
Decidimos que yo saldría de la tienda sobre las cuatro de la tarde para reunirme con él y trabajaríamos…
lo que nos diese el cuerpo. Diseñar junto a él, estar en su taller, ver de cerca cómo trabaja alguien de su nivel era el tipo de cosas que, de niña, soñaba en silencio mientras hojeaba revistas de moda.
Él había conseguido labrarse un nombre desde cero.
¿De verdad estaba en el mismo camino? ¿Lo conseguiría yo también?
Joder, joder… estaba a punto de entrar en su taller por primera vez. Aún no habíamos empezado y ya estaba hiperventilando. Yo, trabajando con un diseñador conocido internacionalmente. Yo… la niña que soñaba con vestidos bonitos y zapatos de tacón.
¿Y si esto era demasiado grande para mí? Las dudas me asediaban, ¿cuándo había pasado esto? ¿Cuándo me había vuelto una cobarde? ¿Dónde se había ido mi seguridad? Abandoné todas las preguntas una vez llegué la ubicación que me había enviado.
El taller no estaba en el centro de Palma, sino en una zona más apartada, a unos quince minutos al norte.
Desde fuera, el edificio parecía una de esas casas modernistas que solo había visto en Pinterest. Líneas limpias, ventanales enormes y una elegancia discreta que gritaba exclusividad sin esfuerzo.
Respiré hondo antes de tocar el timbre.
Un asistente me abrió la puerta y me condujo al interior.
El taller era una obra de arte en sí mismo: techos altos, luz natural inundándolo todo y largas mesas de trabajo cubiertas con bocetos, retales de tela y muestras de encaje.
Había estanterías con cajas etiquetadas con nombres de ciudades y fechas.
En una esquina, un par de costureras trabajaban en una prenda con la precisión de cirujanas.
Y, en el centro de todo, estaba él.
Brad Rouge.
Por primera vez lo veía en su hábitat natural.
No vestía con la elegancia impecable de siempre; en su lugar, llevaba una camiseta blanca sencilla, incluso un poco arrugada, y un pantalón de chándal.
No me lo podía creer. Verlo así, tan casual, me hizo sentir que este era un espacio íntimo para él.
No creo que permitiera a mucha gente verlo de esta forma.
Su cabello estaba despeinado, con algunos mechones de punta y, aun así, parecía sacado de una puñetera revista de moda. Pero lo más irritante era que, a diferencia de otros hombres guapos que se esfuerzan en parecer interesantes, a él le salía natural.
Alzó la vista y envidié la confianza que desprendía, lo hacía parecer dueño del mundo.
—Sabía que vendrías.
Rodé los ojos.
—¿Otra vez con eso? Claro que sabías que vendría. Teníamos una cita.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, sentí un calor incómodo subiéndome por el cuello. Una cita. Sonaba demasiado personal. Y esto era trabajo. Nada más que trabajo.
Brad se encogió de hombros con su despreocupación habitual.
—Es verdad. Vamos, quiero enseñarte algo.
Me guio por el taller, mostrándome las telas que había seleccionado para la colección. Seda francesa, encaje italiano, organza con detalles bordados a mano… Solo tocarlas me provocó un escalofrío. No estaba acostumbrada a trabajar con materiales tan buenos. Eran un mundo aparte.
—Si vamos a hacer esto, quiero que trabajes con lo mejor —dijo Brad, como si leyera mis pensamientos—. No quiero que sientas que hay límites.
Exhalé un suspiro, deslizando los dedos sobre una muestra de tul tan delicado que parecía aire.
—Pues lo siento, pero los hay. Por ejemplo, el hecho de que no soy diseñadora.
Brad sonrió de lado, como si acabara de contarle un chiste adorable.
—Ya sabes lo que pienso de ti, no voy a repetirlo. Tienes talento para averiguar lo que la gente quiere ponerse antes de que ellos mismos lo sepan. Eso es lo que busco.
Antes de que pudiera responder, posó una mano en mi antebrazo. Su expresión se volvió seria, sin rastro de la ligereza con la que solía hablar.
—Estoy aquí para acompañarte y aportar mi experiencia. Nos retroalimentaremos. —Hizo círculos con las manos—. Eso es trabajar en equipo.
Sonaba bonito. Muy bonito. Demasiado, quizá. Decidí no cuestionarlo, dejar mis dudas a un lado y meterme en el papel.
Empezamos a trabajar en algunos bocetos. Brad hacía las líneas principales con precisión mientras yo sugería detalles que podrían hacerlos más comerciales sin perder la magia. La conexión entre ambos era innegable. Todo fluía de manera natural, como si lleváramos meses trabajando juntos.
En un momento, saqué mi móvil y tomé unas fotos de los materiales y del proceso.
Sin pensarlo demasiado, subí un par de stories .
Una de las muestras de tela con la frase: «Algo increíble se está cocinando», y otra donde se veía la mano de Brad sobre el boceto en el que estábamos trabajando, desenfocando el dibujo para no revelar nada, solo insinuando lo que venía.
—¿Promocionándonos ya? —preguntó Brad, asomándose a mi pantalla con diversión.
—Lo siento, me sale solo. ¿Te molesta? Porque, si es así, puedo borrarlo.
—No, no. Está bien, quiero que la gente empiece a hablar de esto lo antes posible.
Brad volvió a inclinarse sobre el boceto, y yo aproveché para mirarlo de reojo. Era imposible no sentirse atraída por él. Por su confianza, por la forma en que me hacía sentir que pertenecía a este mundo.
Lo enfoqué mientras estaba concentrado, absorto en el trabajo, y tomé la que, sin duda, se convirtió en mi foto favorita de Brad.
Como nunca lo había visto. Se la enseñé y me dio su aprobación, después, como no podía ser menos, me di la vuelta y me hice un selfie haciendo el tonto con él de fondo.
Me dio la risa al ver el resultado, lo que llamó su atención.
Nunca pensé compartir un momento así con él, tan lejos del glamur de las pantallas y las revistas.
En esa instantánea, Brad no era el diseñador inalcanzable ni el influencer que se había dado a conocer en las redes.
Era solo una persona más. Por primera vez, asumí que Brad era real.
Como yo, como cualquiera. Alguien que sangra, sufre y llora.
—¿Te importa si mañana traigo a Abril? También puedo llevarle algunos bocetos para que me dé su opinión. Me hace ilusión diseñar su vestido en lugar de limitarme a ayudarla a elegir uno.
Brad me miró con una media sonrisa.
—La quieres mucho, ¿verdad?
—Es como una hermana. —Me senté sobre la mesa—. Llevamos juntas desde los cinco años.
Él asintió y, en un gesto inesperado, apoyó la mano sobre mi rodilla.
—Quiero que sientas este espacio como tuyo, Natalia. Puedes venir siempre que quieras. —Su tono era sincero—. Y estoy seguro de que a tu amiga le hará muy feliz que su vestido de novia lleve tu marca.