Capítulo 18
NATALIA
C onseguir pegar ojo esa noche fue más Misión Imposible que todas las películas de Tom Cruise juntas.
No había dormido nada. Pero nada de nada.
Fue una noche tan mala, tan desastrosa, que al final terminé llegando tarde, por primera vez, a trabajar.
Si no fuera por Sara, el ángel de la guarda caído del cielo que tenía como empleada, ahora mismo estaría llorando en un rincón.
Apenas crucé la puerta de la tienda, me encontré con una escena inesperada: Brad ya estaba allí, conversando con ella, que lo miraba con los ojos brillantes de emoción y una sonrisa que le llegaba hasta las orejas.
Sara se me echó encima en cuanto me vio entrar.
—¡Natalia! —exclamó, nerviosa—. ¡Brad Rouge estaba esperando en la puerta cuando llegué! ¿Te imaginas? ¡Yo abriendo la tienda medio dormida y de repente él!
Brad sonrió con su impecable seguridad de siempre mientras metía las manos en los bolsillos de su pantalón de Tom Ford. No podía asegurarlo sin ver la etiqueta, no obstante, juraría que no me equivocaba. La tela caía con demasiada perfección como para ser otra cosa.
—Buenos días, Natalia.
Se acercó a mí y, tras poner una mano en la zona más baja de mi espalda, me acercó a él para besar mis mejillas.
—Buenos días… —respondí, intentando procesar la situación. Me separé de él y caminé hasta el mostrador para dejar el bolso—. Me pillas desprevenida.
—Sí, bueno, yo tampoco esperaba encontrarme a Brad Rouge en la puerta como si fuera lo más normal del mundo —intervino Sara, nerviosa.
Le dediqué una mirada que decía «contrólate», pero ella solo se encogió de hombros, demasiado entusiasmada para disimular.
—Siento llegar tarde. He tenido una mala noche —dije con un suspiro dramático—. He dado más vueltas en la cama que un pollo en un asador. Así que hoy estoy un poco más lenta de lo normal.
—Espero que no haya sido por mi culpa.
—No te creas tan importante —respondí, cruzándome de brazos.
Él soltó una leve carcajada.
—Perdona, he visto la revista.
—Sí, yo también.
—Lo siento, sé que puede ser extraño la primera vez. No sabía que iban a sacar un reportaje.
Quité importancia con un gesto de la mano.
—No te preocupes, no es culpa tuya.
—Bien. Porque estoy aquí para hacer tu mañana mucho más interesante.
Lo miré con cautela.
—¿Debería preocuparme?
Brad ladeó la cabeza antes de señalar una bolsa que había dejado sobre un módulo de la tienda donde solía exponer los bolsos y zapatos nuevos.
—He pensado que había llegado el momento de traerte la propuesta.
—Tú y tus propuestas…
Sara dejó escapar un suspiro ahogado y me miró como si acabara de presenciar un momento histórico.
—Créeme, no la podrás rechazar.
Yo solo tragué saliva. Definitivamente, hoy no me sentía preparada para esto.
Cuando abrí la bolsa y saqué el vestido, mi cerebro tardó unos segundos en procesar lo que tenía entre manos. La tela, el corte, los detalles… Busqué la etiqueta para confirmar mis sospechas. Era un Vera Wang.
—Dios santo… —murmuré, sintiendo que mis manos temblaban un poco.
Antes de que pudiera reaccionar del todo, Sara gritó a mi lado dejándome sorda por un par de segundos:
—¡Ay, Dios mío! ¡Es una pedida de mano! ¡Lo sabía! —Gritó—. La revista decía la verdad.
Parpadeé, tan confundida como alarmada.
—¡¿Qué?!
—¡Te está pidiendo matrimonio! —exclamó, señalando a Brad con los ojos fuera de sus órbitas—. ¡Brad Rouge ha venido a pedir tu mano en matrimonio y yo estoy aquí presenciándolo! Esto es muy fuerte —se agarró al maniquí más cercano—, creo que me voy a desmayar.
Me atraganté con mi propia saliva.
—Sara… ¿estás loca? ¿Has desayunado algo raro hoy?
Brad, mientras tanto, observaba la escena con los brazos cruzados y una ceja alzada.
—Es un vestido, no un anillo —intervino con calma.
—¿Entonces…? —Sara frunció el ceño, confundida.
Yo solté un suspiro, intentando recordar en qué momento mi vida se había vuelto tan surrealista.
—Eso, Brad, ¿entonces?
Cambió su peso de una pierna a otra con una elegancia que me sacaba de quicio, como si para él fuese un simple martes cualquiera.
—Gracias a tus vídeos sé que Vera es una de tus diseñadoras preferidas. Y como mencionaste que estabas ayudando a tu amiga a buscar vestido, pensé que este podría servirte de inspiración.
Mis labios se entreabrieron en shock.
—¿Me compraste un vestido… solo para inspirarme?
La expresión de Brad me hacía sentir que yo iba cinco pasos por detrás en esta conversación.
—No exactamente. —Se inclinó hacia mí, como si estuviera a punto de revelarme un secreto—. Lo que quiero es que tú y yo creemos algo aún mejor.
Tragué saliva.
—¿Nosotros? ¿Mejor?
—Sí, nosotros. Y sí otra vez, mejor —Brad señaló el vestido con un leve gesto de la mano—. Podemos diseñar algo único, algo que lleve tu toque personal. Mi primera colección de novias, contigo.
Me quedé sin palabras.
—El vestido perfecto para la boda perfecta —susurré más para mí misma que para el resto.
A mi lado, Sara dejó escapar un jadeo dramático, como si acabara de presenciar el momento más icónico de la historia de la moda y Brad prosiguió:
—Mira, las novias… —hizo círculos con la mano—.
Cuando una chica se casa, lo primero en lo que piensa es en probarse un vestido como este, la que no conoce un Vera, lo descubre en cuanto abre su navegador y empieza a buscar ideas.
Al final, casi todas quieren probarse uno.
Tú y yo vamos a cambiar eso, a partir de ahora, pensarán en nosotros.
Esto era demasiado.
Era absurdo.
Era… algo que quería hacer.
—Brad, esto es… una pasada.
Él negó con la cabeza, mirándome con una seguridad que me hacía tambalear por dentro.
—No, Natalia. —Su voz era baja, firme—. Es lo que tiene que ser.
El aire entre nosotros cambió. Sentí la adrenalina en la piel, como cuando estás a punto de tomar una decisión que puede cambiarlo todo. Brad no me dejó espacio para dudar.
—Te enviaré la dirección del taller donde trabajaremos. Estoy preparando algo especial en la isla para este proyecto. Envíame tus horarios y cuadramos agenda. Quiero empezar cuanto antes.
Y con eso, me dedicó una última sonrisa y salió de la tienda con la misma elegancia con la que había entrado, dejándome con el vestido en las manos, a Sara al borde del colapso emocional y la sensación de que acababa de subirme a un tren en marcha sin saber el destino.
Seguía flipando cuando Abril entró en la tienda con el ceño fruncido y un suspiro digno de una actriz de teatro clásico.
—Menuda cara traes —solté, apoyando el vestido sobre su bolsa.
—Tomás se va unos días por trabajo —declaró, dejándose caer sobre una silla con dramatismo—. Lo llamaron a primera hora y acabo de dejarlo en el aeropuerto. Así que ahora estoy aquí, sola y abandonada, como la pobre heroína de una novela victoriana.
Rodé los ojos divertida. Estaba acostumbrada a sus exageraciones, que, con las hormonas del embarazo, se habían visto elevadas al infinito.
—Sí, porque estar en una casa preciosa, con vistas al mar y siendo mimada es lo mismo que vivir en una tragedia Dickensiana .
—No me quites mi momento de lástima, Natalia —protestó—. ¿Qué es eso?
Antes de que pudiera responder, ya estaba analizando el vestido con la facilidad de quien ha manejado piezas de alta costura toda su vida. Y, para mi sorpresa, se echó a reír.
—Nat, si esto es para mí, tenemos un problema. Estoy segura de que en dos meses no voy a caber aquí ni soltándole todas las costuras.
Solté una carcajada y negué con la cabeza.
—No, tranquila, no te estoy obligando a meterte en un Vera Wang con un bebé en camino. Además, dudo que este vestido tenga costuras que soltar.
Abril arqueó una ceja, sosteniendo el vestido frente a ella.
—Entonces… ¿me vas a contar cómo es que tienes un vestido así en tu tienda? Porque, corrígeme si me equivoco, pero esto no forma parte de tu stock habitual.
Suspiré y me apoyé en el mostrador con los brazos cruzados y la barbilla levantada.
—Brad me lo trajo esta mañana.
Abril parpadeó.
—¿Perdona?
—Sí, como lo oyes.
—¿Y qué quiere a cambio? —preguntó con una sonrisa maliciosa.
—Es una larga historia. Quiere que trabajemos juntos y el vestido es una especie de…
No pensaba especificar que quería que creásemos una colección especial para novias, Abril podía atar cabos y darse cuenta de dónde iba a salir su vestido. Y yo quería que fuese una sorpresa el mayor tiempo posible.
Abril me miró en silencio, dándome tiempo, esperando a que continuase.
—No sé cómo decirlo, era algo muy trascendental sobre desbancar a Vera Wang —me limité a desvariar esperando que Abril dejase el tema.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta Sara asomó la cabeza desde el almacén, supongo que para ver si seguíamos allí.
—¿Me estás diciendo que Brad Rouge, el Brad Rouge que te tenía enganchada a TikTok, quiere que diseñes con él?
—Eso mismo.
Abril dejó caer el vestido sobre el mostrador y me agarró de los hombros.
—¿Y qué vas a hacer? Le habrás dicho que sí.
Me mordí el labio, sintiendo una mezcla de emoción y miedo.
—No lo sé. No he dicho nada.
—¡Nat! —gritó sacudiéndome—. ¡Es increíble! ¡Es lo que siempre has querido!
—Lo sé, lo sé. Pero también es… muy grande.
Abril frunció el ceño.
—¿Y cuál es el problema con eso?
Suspiré.
—No lo sé, solo que… Él apareció un día y… ¡plaf! Me ha puesto la vida patas arriba: revistas, redes, fiestas… Es como si todo estuviera yendo demasiado rápido.
Abril me soltó y se cruzó de brazos.
—Mira, te voy a decir algo muy claro, otra vez: no tienes que saber qué quieres hacer con él a nivel personal, pero profesionalmente… Tienes que aprovechar esta oportunidad.
Me quedé en silencio, porque en el fondo sabía que tenía razón.
Abril sonrió con complicidad y señaló el vestido.
—Vamos a probárselo a un maniquí. Si Brad Rouge va a hacer historia en tu tienda, al menos que tengamos un buen espectáculo mientras tanto.
Asentí, sabiendo que, en el fondo, la decisión ya estaba tomada.