Capítulo 17
NATALIA
A bril y Tomás se habían trasladado a la casa de Aksel.
El padre de Abril pensaba dársela tras la boda, pero al enterarse de lo del bebé había decidido que ya era hora de que la vivienda pasase a ser propiedad de su hija para que pudiese prepararla para el nuevo miembro de la familia.
Quizás, así, se animasen a pasar más tiempo en la isla o incluso decidiesen trasladarse definitivamente.
El alquiler de la casa les había venido muy bien en años anteriores, pero Abril ya se ganaba su propio dinero y Aksel y mamá también disfrutaban una solvencia económica más que suficiente para vivir, por lo que habían visto innecesario seguir con ello y, tras la partida de los últimos inquilinos, la casa ya llevaba varios meses vacía.
Aksel y mamá estaban más que emocionado con la noticia de ser abuelos.
Esa tarde, tras cerrar la tienda, me dirigí allí para celebrar la buena noticia con ellos y ya de paso, que me invitaran a cenar.
Abril seguía siendo una gran cocinera a pesar de la aversión que le estaban generando muchos alimentos.
El médico le había dicho que lo peor eran los primeros meses y que, durante el segundo trimestre, su estómago se asentaría un poco.
Después de la cena, Tomás se fue al antiguo despacho de Aksel para teletrabajar, dejándonos a Abril y a mí en el salón, con una copa de vino para una y una infusión para la otra. La televisión estaba encendida de fondo, sin embargo ninguna le estaba prestando demasiada atención.
—Me encanta estar aquí de nuevo —dijo Abril—. ¿Sabes que las huellas que pintamos aquel verano siguen ahí? Pensé que papá habría pintado la habitación, pero no.
—¿Y los inquilinos?
—Se ve que les hicieron gracia y como no necesitaron la habitación, está tal cual la dejé. Va a ser para él o ella —se acarició el vientre— y cuando sea mayor le contaré su historia.
Mientras seguía contándome los planes que tenía para la casa, cogí una revista que había dejado sobre la mesa y empecé a hojearla sin mucho interés, hasta que una imagen captó mi atención. Me quedé en blanco por un segundo antes de girarla hacia ella.
—¿En serio? —leí en voz alta, con incredulidad—. «La nueva musa de Brad Rouge».
—No me estás escuchando —dijo Abril resignada.
Sí lo había hecho, hasta que vi mi careto en primera plana en aquella revista. Me alegraba que estuviera contenta con la casa, yo también lo estaba, pero lo que tenía entre las manos era más importante para mí en ese momento.
Abril se inclinó hacia adelante y miró la foto con curiosidad. Ahí estaba yo, en el Museo Joan Miró, vestida de negro, con Brad Rouge a mi lado. La imagen capturaba el momento exacto en el que me hablaba en voz baja, con esa sonrisa suya de confianza absoluta.
—La fama te está alcanzando, querida —comentó Abril con una sonrisa divertida—. La vi en la tienda de la gasolinera y no me pude resistir.
Bufé y dejé la revista sobre mi regazo.
—Esto es demasiado. Sólo era una fiesta, había mucha gente. No es verdad que estuviésemos toda velada «entre carantoñas y palabras susurradas al oído» —Leí anonadada—. Menuda tontería.
—Bueno, te veías increíble, y él no parece disgustado de estar a tu lado —replicó Abril, con tono sugerente.
Rodé los ojos y lancé la revista sobre la mesa indignada.
—Brad parece estar encantado de estar al lado de cualquiera que encaje con su «visión artística» —dije, cruzándome de brazos—. Es parte de su encanto, de su marketing y de su… no sé, aura de… genio creativo.
—Ajá. —Abril tomó un sorbo de su infusión, sin dejar de mirarme—. Y, ¿qué hay de ti? ¿Encajas en su visión artística?
—¡Abril! —exclamé, exasperada.
—¿Qué? Es una pregunta legítima.
—No somos pareja, como insinúan.
—Ya lo sé. Pero los demás no y llamáis la atención. Parece la trama de una novela romántica.
Suspiré y me dejé caer contra el respaldo del sofá.
—Mira, no te voy a mentir. Es encantador, tiene una seguridad que casi resulta contagiosa y… me siento muy a gusto con él.
Abril se inclinó hacia mí para volver a mirar la foto, aunque estaba segura de que ya lo había hecho cien veces durante el día.
—La verdad es que pareces a punto de derretirte por él.
Puse los ojos en blanco, aunque no pude evitar mirar la imagen de nuevo. Mi expresión, la forma en que Brad me miraba… Vale, no podía negar que entendía por qué la prensa había sacado conclusiones.
—Sé cómo son este tipo de hombres. Consiguen lo que quieren. Y no sé si quiero ser parte de eso.
Abril alzó una ceja y giró el magacín entre sus manos.
—Esta revista la venden en Madrid, ¿verdad?
Me tomó un segundo entender por dónde iba. ¿La habría visto Cámeron?
Seguro que no. Él no era de ver prensa rosa.
¿O sí? Yo tampoco solía verla y sin embargo aquí estaba.
Cerré los ojos un instante y respiré hondo. Me odiaba por dudar, por no poder limitarme a soltar el pasado y disfrutar del momento.
Lo mío con Cámeron había terminado hacía meses. Tenía que asumirlo para poder avanzar.
Brad representaba todo lo que siempre había creído inalcanzable: éxito, reconocimiento, aventura. ¿Y si me tiraba a la piscina? ¿Y si hacía la prueba?
Tampoco tenía que enamorarme de él. No tenía que ser nada serio.
¿Acaso no se ha dicho siempre que un clavito saca a otro clavito?
Abril me observó en silencio, como si pudiera escuchar cada pensamiento que se me pasaba por la cabeza.
—Sé lo que te ronda la cabeza y, créeme, no tienes que saber lo qué quieres ahora —dijo con dulzura—, pero tampoco te engañes a ti misma.
Me limité a asentir, sin mirarla. Abril entendió la indirecta y cambió de tema, dándome el respiro que necesitaba. Sin embargo, su expresión me decía que no iba a olvidar el tema tan fácilmente.
—Olvidándonos de Brad, ¿cómo fue la fiesta? —preguntó. Se la notaba cansada e incómoda.
Suspiré y dejé la revista a un lado.
—Fue emocionante —admití, quitándome los zapatos y cruzando las piernas sobre el sofá—.
Un poco surrealista, la verdad. Nunca pensé que algo así me pasaría a mí.
—Ella me escuchaba con atención, aunque tenía los ojos medio cerrados, se le notaba el cansancio—.
Había tanta gente… al principio me sentí como una don nadie.
Pero Brad hizo que todo cambiara, le estoy muy agradecida.
Justo en ese momento, Tomás volvió al salón. Lo hizo en silencio, seguro que estaba escuchando la conversación, esperando el momento adecuado para entrar sin interrumpir, pero su presencia se hizo notar de inmediato.
Se acercó a Abril y le besó la coronilla con ternura al tiempo que la ayudaba a levantarse.
—Tienes que descansar.
Ella suspiró con resignación, aunque no protestó.
—Sí, sí… ya voy.
Antes de irse, se agachó y me abrazó con más fuerza de lo habitual.
—Nos vemos mañana, ¿vale? —susurró en mi oído.
Asentí, devolviéndole el gesto. Abril nunca había sido de esas personas que expresaban demasiado con palabras, pero en los abrazos dejaba claro todo lo que sentía.
Cuando desapareció por el pasillo, me giré hacia Tomás y señalé la mesa.
—Te ayudo a recoger.
—No hace falta, lo tengo todo controlado.
—Lo sé hermanito, pero estaría feo por mi parte si te dejo todo el marrón para ti.
Comenzamos a recoger en un silencio cómodo, hasta que rompí el hielo con algo que llevaba tiempo en mi cabeza.
—Me alegra que tengáis esta casa para vosotros —dije, apilando platos—. Es un sitio perfecto para empezar vuestra familia.
Tomás sonrió de lado.
—Sí… la verdad es que es una suerte.
—Espero que eso signifique que algún día volváis de forma definitiva.
Se apoyó en la encimera, cruzándose de brazos.
—Me lo estoy planteando.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿De verdad?
—Sí. Todavía no lo he comentado con Abril, pero se la ve tan feliz aquí.
Y a mí también me gustaría volver a estar con la familia.
Galicia es increíble… —Hizo una pausa dramática—.
Pero estar fuera tanto tiempo me ha ayudado a valorar más el hogar y echarlo de menos.
Además, la temperatura del agua aquí es mejor.
Bromeó y yo me eché a reír. Feliz con la noticia.
—Lo dices como si el agua de Mallorca estuviera caliente en invierno.
—No está caliente, pero al menos no te corta la circulación. El Atlántico está tan frío que hasta el alma se te mete más adentro.
—Si volvieras, sólo faltaría que volviese Cámeron y ya tendríamos la panda completa.
La broma salió con naturalidad, aunque la sonrisa se me ensombreció en cuanto pronuncié su nombre.
Tomás lo notó.
—Nat…
—Me tengo que ir, yo… Me olvidaba que mañana tengo que madrugar.
No le di oportunidad a decir nada más, besé su mejilla, cogí mi bolso del perchero y me dirigí a la puerta con un nudo en la garganta.
Aunque había sido yo la que había sacado su nombre a relucir, no quería hablar de Cámeron. Y menos con Tomás.
La simple mención de su nombre aún me removía demasiado por dentro.