Amigas, bilogía completa Capítulo 16
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Capítulo 16

CÁMERON

L o que parecía que iba a ser un día más: revisar reportes, patrullar, y tratar de no pensar demasiado; se iba a convertir en una pesadilla, lo supe en cuanto vi a Clara acercándose a mi escritorio con una revista en la mano y una sonrisa que no prometía nada bueno.

Lo que había pasado la otra noche en mi casa era inapropiado e intrusivo.

No sabía cómo había averiguado dónde vivía y me daba igual, pero se había pasado de la raya y estaba enfadado.

—Vaya, vaya, mira lo que me encontré en la gasolinera de camino aquí. —Dejó la revista sobre mi escritorio, dando un golpecito en la portada con su manicura perfecta.

Al principio, no entendí de qué iba la cosa.

Pero entonces mis ojos captaron la imagen: Brad Rouge en el Museo Joan Miró, con Natalia a su lado.

Ella estaba espectacular, con un vestido negro que acentuaba todo lo que siempre me había vuelto loco de ella.

Ya conocía ese vestido, se lo había comprado después de una de nuestras rupturas, la segunda o la tercera, no puedo recordarlo.

Sobre todo porque apenas duró un par de días.

A veces pienso que, por aquel entonces, nos separábamos sólo por el placer de reconciliarnos.

Estaba impresionante, pero lo que de verdad me llamó la atención, y me hizo apretar los dientes, fue ver cómo la miraba Brad.

—Bonita foto, ¿eh? —comentó Clara, cruzándose de brazos mientras estudiaba mi reacción.

—¿Y? —respondí, intentando parecer indiferente mientras hojeaba por encima el artículo cuyas palabras me golpeaban como una tormenta: «La nueva musa de Brad Rouge», «joven promesa», «química palpable entre ambos».

Clara se inclinó sobre mi escritorio, disfrutando con malicia.

—Así que esta es la famosa Natalia de la que todos hablan —dijo con una sonrisa ladeada, como quien encaja una pieza olvidada de un puzle—.

Cuando vi la revista, no sabía de qué me sonaba su cara…

hasta que recordé que era la misma que aparecía en tu móvil hace unos días.

—Lanzó una mirada a la foto de Brad y añadió, con un tono entre curioso y cómplice—.

Aunque, si me guío por la foto de la portada, diría que ya no eres el dueño de su sonrisa.

No le respondí. No confiaba en mi voz para mantener la compostura. Cerré la revista de golpe y la empujé hacia un lado.

—¿A qué viene esto?

—A nada, pero por aquí se dice que ella es la causa de que no quieras quedar conmigo.

Miré a mi alrededor, estaba claro que, aunque disimulaban, todos en aquella oficina, estaban pendientes de nuestra conversación. Estaba furioso y, aún así, no iba a entrar en su juego.

—Ya veo, ¿algo más? —pregunté devolviendo la vista a la pantalla del ordenador, intentando que ella no viera la tensión en mi mandíbula.

—No, solo pensé que querrías saber cómo están las cosas en tu ausencia —dijo con dulzura, sin embargo era más que palpable que su intención distaba mucho de ser amable.

Se alejó de mi escritorio hacia la puerta, dejando tras de sí un silencio denso. Una vez en el otro extremo de la oficina, antes de salir, alzó la voz para lanzar su dardo final.

—Si me permites un consejo… —Su voz sonaba dura—. Creo que estás esperando a alguien que ya ha aprendido a vivir sin ti. A veces el amor cambia de dirección, ¿sabes? Y cuanto antes lo aceptes, menos dolerá.

Levanté la cabeza hacia ella, pero ya se había ido, dejándome con un vacío que se extendía veloz en mi interior. Supongo que esta era su venganza por las formas en las que le pedí que abandonase mi casa.

Me levanté y salí al patio trasero de la comisaría, donde la luz del sol intentaba calentar el cemento frío.

Necesitaba disipar el nudo que me comprimía el pecho.

Clara no sabía de lo que hablaba, pero eso no hacía que sus palabras fueran menos dolorosas.

¿Y si tenía razón? ¿Y si estaba atrapado en algo que nunca iba a volver?

Natalia se veía feliz en esas fotos. En su elemento.

¿Qué derecho tenía yo a interrumpir eso?

Joder, los malditos «Y si…» me asediaban.

Y si yo hubiese estado en Mallorca, ¿habría sido igual? ¿O estaría en esa fiesta a su lado?

Y si lo nuestro ya no existía más que en mi cabeza.

Y si Natalia me había olvidado.

Y si ese maldito idiota se convertía en lo que yo no había sabido ser para ella.

Y si esta ruptura era la definitiva.

Apreté el puente de mi nariz, intentando bloquear esos pensamientos y evitar que me consumieran. Pero el problema era que ya lo habían hecho. Desde el momento en que vi esa foto, todo lo que había intentado reprimir volvió a salir a la superficie con una fuerza arrolladora.

No podía quedarme quieto, el instinto me gritaba que fuese detrás de Clara para dejar la cosas claras de una vez por todas con ella, aunque perdiese la amistad que en algún momento hubiese empezado a surgir entre nosotros, sin embargo, sabía que en ese estado solo empeoraría las cosas.

Estaba demasiado alterado, demasiado perdido entre mis propios problemas.

Así que hice lo único que tenía sentido: llamé a Tomás.

Él siempre había sido mi brújula cuando todo lo demás se torcía.

—¿Cam? ¿Qué pasa, tío? —Sonaba relajado.

—Nada, solo quería saber cómo están Natalia y Abril. —Intenté sonar casual, pero sabía que Tomás me conocía demasiado bien.

—Están bien. Abril está más tranquila desde que descansa, y Nat sigue siendo Nat. —Hizo una pausa—. ¿Por qué preguntas?

—Por nada. Solo… quería asegurarme de que todo estaba bien.

—Cam…

Cerré los ojos, apoyando la frente contra la pared fría.

—Estoy bien. Solo he tenido un día complicado, eso es todo.

Tomás guardó silencio por un momento antes de soltar un suspiro.

—Mira, sé que esto es difícil para ti. Pero tienes que encontrar una manera de seguir adelante.

¿Por qué me decía esto? No pude evitar pensar que, las palabras de mi amigo eran la confirmación de que Natalia había pasado página.

—Eso intento.

—Pues no lo parece.

—Tienes razón. —No me molesté en mentir. Era inútil, y Tomás lo sabía.

—Escucha, Cam. Natalia nunca olvida a las personas que de verdad le importan.

Si todavía sientes algo por ella, tienes que decírselo.

Hazlo por ti, porque no puedes seguir atormentándote.

Pero no lo hagas solo porque sientas que la estás perdiendo; hazlo porque crees que todavía hay algo entre vosotros.

Asentí, aunque él no podía verme.

—Gracias, Tomi.

—No me las des, no he terminado. Si lo vuestro no tiene arreglo, cerrarlo de una vez.

Solo así, quizás, algún día dejará de doler y podréis tener una amistad de verdad —soltó un fuerte resoplido—.

Esto es difícil para todos, para vuestros amigos y familiares tampoco es fácil ver cómo os hacéis daño.

—Lo entiendo —admití abatido—. Tengo que seguir trabajando, te llamo luego.

Colgué antes de que pudiera decir algo más y guardé el móvil en el bolsillo.

Me quedé allí un rato, dejando que sus palabras calaran en mi mente.

Tomás tenía razón, y yo necesitaba hacer algo, pero, tras los últimos acontecimientos no estaba seguro de si todavía tenía fuerzas para ello o si sería lo mejor para Natalia.

Por primera vez empezaba a plantearme que, si yo no me hubiese ido, Brad no se habría acercado lo suficiente a ella y entonces ella seguiría tan lejos de cumplir sus objetivos como antes.

Volví a mi escritorio con las emociones revueltas. Tomás siempre sabía cómo hacerme ver las cosas con claridad, pero esta vez no bastaba, estaba alterado y no podía serenarme. Cuando se trataba de ella, perdía el control de las emociones. Nada estaba bien.

La revista seguía sobre la mesa, como un recordatorio cruel de todo lo que estaba perdiendo. La aparté de un manotazo y me dejé caer en la silla. Esta era la vida que había elegido, ¿no? Entonces, ¿por qué todo me devolvía a Natalia?

Miré la pantalla del ordenador sin verla, los puños apretados sobre el escritorio. Y, como un martillo, la imagen volvió a golpearme: Brad Rouge, inclinado hacia Natalia, susurrándole algo al oído con esa sonrisa. Lo decía todo.

Mi mandíbula se tensó. No podía seguir así.

Me puse en pie, sin un plan claro más allá de alejarme de ese maldito escritorio y del torbellino de pensamientos en mi cabeza. Fue entonces cuando vi a Clara, caminando por el pasillo hacia la sala de descanso con su postura relajada y aire de que nada podía afectarle.

Y, por algún motivo que aún no alcanzo a comprender, la seguí.

La encontré junto a la máquina de café, se había rellenado el vaso y ahora revolvía el contenido con una cucharilla de plástico. Al notar mi presencia, alzó una ceja, pero no pareció sorprendida.

—¿Vienes a decirme que te he tocado la fibra? —preguntó con una media sonrisa—. Porque no era mi intención.

—No. —Me apoyé en la encimera, cruzándome de brazos—. Pero quiero hablar contigo.

Clara dejó la cucharilla dentro del vaso y se giró hacia mí con expresión curiosa.

—¿De qué?

No respondí de inmediato. Mis pensamientos iban más rápido que mi lógica.

Sabía que acercarme a ella en el estado alterado en el que me encontraba era una mala idea.

Que estaba aquí por los motivos equivocados.

Que debería dar media vuelta y volver a mi sitio.

Pero en ese momento no me importaba nada.

No cuando Natalia estaba en Mallorca, con otro hombre mirándola como si fuera suya.

No cuando yo estaba aquí, sintiéndome más solo que nunca.

—Clara… —No estaba seguro de qué iba a decir hasta que di un paso adelante, quedando demasiado cerca de ella.

Ella no se movió. Sus labios se entreabrieron apenas, como si estuviera esperando a ver qué hacía.

Y yo…

Yo hice lo que un imbécil haría.

Di otro paso adelante.

Ella no retrocedió.

Sus ojos recorrieron mi rostro con una mezcla de duda y expectativa. Yo le gustaba, me lo había dejado claro desde el primer día y aún así abrió la boca para decir algo. Estoy seguro de que trataba de detenerme, de ofrecerme una salida ante lo que iba a ser un error.

Pero no la dejé hablar, no lo hice. Y tampoco me detuve.

No hasta que ya era tarde.

La besé. Sin convicción, sin deseo. Un gesto torpe y estúpido, guiado más por el ruido de mi cabeza que por lo que sentía de verdad. Un error anunciado desde el primer segundo. Los dos lo sabíamos.

No era ella. No podía serlo. Nadie podría serlo nunca.

Sus labios no eran los que había aprendido a reconocer con los ojos cerrados. Eran distintos: más tensos, menos cálidos, sin la ternura que conocía de memoria. El beso, lejos de calmarme y ofrecerme algún consuelo, me dejó vacío.

Y como un auténtico imbécil, en lugar de escapar del dolor, me había lanzado de cabeza hacia él.

Era absurdo. Clara no me interesaba lo más mínimo. ¿Y ahora esto? ¿Un beso sin sentido ni alma? Como si eso pudiera borrar la imagen de Natalia en brazos de otro.

El aroma de Clara no era el que me volvía loco, ese perfume dulce y fresco que siempre quedaba en mi ropa tras abrazarla. No tenía el mismo calor, la misma electricidad que me recorría el cuerpo cada vez que la tocaba.

No hubo cosquilleo en la piel, ni el pulso acelerado, ni la sensación de que el mundo desaparecía a nuestro alrededor.

No hubo nada. Porque en cuanto cerré los ojos, no vi a Clara. Vi a Natalia sin sentirla. Y eso lo arruinó todo.

Me aparté sin decir nada, ¿qué podía decir, cuando ni yo mismo me entendía?

Clara me miró con una mezcla de comprensión y resignación.

—Lo sabía. —Se pasó una mano por el cabello, soltando una risa sin humor—. Joder, Cámeron.

—Clara, yo…

—No. No lo expliques. No hace falta. —Dio un paso atrás, poniendo distancia entre los dos—. Mira, no soy estúpida. Nunca pensé que esto iba a ser algo más que una distracción.

Me froté la cara con ambas manos, sintiéndome como un idiota. Un idiota culpable.

—No debí hacerlo.

—No, no debiste. Y mucho menos aquí. —Miró alrededor donde algunos compañeros nos miraban con cara de asombro—.

Pero, yo también tengo mucha culpa de ello.

—Clara suspiró y negó con la cabeza—. Te he forzado demasiado estos últimos días y lo siento.

Solo… hazme un favor. La próxima vez que busques un escape, elige otra cosa.

Porque no creo que ella sea tan fácil de reemplazar como intentas hacerte creer.

Cuando Clara volvió a su puesto sin su café y sin dedicarme ni un minuto más para explicaciones, me quedé allí, de pie, en medio de la sala de descanso y con el eco de sus palabras flotando en el aire.

Aún podía sentir el leve sabor de su pintalabios en mi boca, solo que esto no hacía más que recordarme que no era el sabor que esperaba, el que mi mente inconsciente buscaba.

Estaba hundido en la mierda. Apoyé las manos en la encimera, inclinando la cabeza hacia adelante, respirando hondo.

Joder. Quería gritar.

Esto no era lo que quería. ¿Quién querría seguir así? Desde luego, no era como había imaginado mi vida.

Salí de la sala sin mirar atrás, avergonzado, evitando la mirada de mis compañeros y dejando el café de Clara, y mi error, enfriándose sobre la mesa.