Capítulo 15
NATALIA
M ientras terminaba de colocar una nueva remesa de collares en el escaparate, la campanilla de la puerta sonó, anunciando la llegada del cartero, que me entregó un sobre de diseño súper elegante con mi nombre escrito en una caligrafía impecable.
No llevaba remitente, pero al abrirlo, la firma de Brad Rouge me miró desde el papel como si me estuviera esperando.
La invitación era para un evento exclusivo, una gala que se organizaba esa misma tarde en su nombre y en un lugar cuyo nombre ya sonaba lujoso: el Museo Joan Miró. El texto era breve, casi demasiado casual para alguien como él:
Me encantaría que vinieras. Quiero que veas lo que tengo en mente.
El corazón me dio un pequeño vuelco. ¿Era una oportunidad de trabajo? ¿Un evento social? ¿O algo más personal?
Suspiré, dejando la invitación sobre el mostrador.
Parte de mí, la más miedosa, quería ignorarla, centrarme en mi vida tal y como estaba: mi tienda, mi caos interno y mi soledad escogida.
Pero otra parte, la más curiosa, me decía que debía ir.
Al fin y al cabo, no todos los días alguien como Brad Rouge te invita a un evento exclusivo.
Y podía sacar un montón de fotos como reclamo publicitario para mis redes.
Llegué al museo en un coche que Brad había enviado a por mí. Joder, si es que parecía la puta cenicienta.
El lugar vibraba con una atmósfera casi mágica: rodeado de jardines mediterráneos y con las líneas blancas y modernas del edificio contrastando con el azul del cielo, el espacio parecía diseñado para inspirar hasta al artista más torpe.
Dentro, las salas luminosas con grandes ventanales y la luz natural realzaban tanto las obras de Miró como los detalles de la nueva colección de Brad, todas ellas expuesta en maniquíes bien distribuidos.
Me recibió un asistente vestido de negro con una sonrisa ensayada y una copa de cava que acepté más por inercia que por otra cosa.
Mientras me guiaba hacia la galería principal, no pude evitar fijarme en los demás asistentes: diseñadores, influencers , críticos…
todos vestidos con una elegancia demasiado calculada.
Iban tan bien arreglados que parecían parte de la exposición. Aquí no había nada natural.
Un nudo se formó en mi estómago mientras mis tacones resonaban contra el suelo pulido. ¿Qué pintaba yo aquí? No era nadie en comparación con esta gente. Apenas era la dueña de una pequeña tienda en Palma que, de alguna forma milagrosa, había llamado la atención de Brad.
Al menos, tenía el consuelo de haber aprovechado la ocasión para estrenar el vestido negro de Carolina Herrera que me había comprado durante un ataque de compritis tras una de mis rupturas con Cámeron.
El típico «me lo merezco» que no deja de ser una mezcla de capricho y consuelo.
Sabía que lo propio habría sido llevar algo de Brad, algo que mostrara que entendía su estilo, pero la verdad…
no tenía nada suyo en mi armario. Y siendo realistas, gastarme una pasta en un modelito nuevo, cuando ya tenía algo perfecto para la ocasión, habría sido una irresponsabilidad para con mi economía.
Tenía que pensar en mi situación financiera, ahora que vivía sola, tenía que asumir los gastos al cien por cien y mantener el ahorro para emergencias al mismo tiempo.
«Voy bien vestida», pensé mientras ajustaba la caída del vestido y me obligaba a mantener la cabeza alta.
La galería estaba iluminada con tenues luces de colores de forma que resaltaban estratégicamente los detalles de las prendas y las demás obras del artista, como si estas estuvieran en una conversación silenciosa pero poderosa.
Y entonces lo vi. Brad estaba junto a una de las esculturas de Miró, hablando con un pequeño grupo de personas.
Vestía un traje negro, con una camisa blanca abierta en el cuello que le daba un aire relajado y, como siempre, llevaba su sello de identidad: un pequeño detalle en rojo que destacaba sobre el sobrio atuendo.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, su sonrisa se ensanchó. Se excusó con los demás y caminó hacia mí con seguridad.
—Sabía que vendrías. —Su tono era tranquilo, casi casual, pero la chispa en sus ojos sugería que no había dejado nada al azar.
—Ah, ¿sí? —respondí, fingiendo una sorpresa que ninguno de los dos se creía—. ¿Y qué te hace tan seguro de eso?
Brad levantó un hombro, como si la respuesta fuera obvia.
—Llámalo intuición.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme. Claro, intuición. «Más bien que el chófer que me mandaste te habría llamado si no fuese a venir», pensé, pero no dije nada. Dejé que el juego siguiera su curso.
—Pues tu intuición parece bastante acertada. —Levanté la copa de cava que aún tenía y brindamos por su perspicacia.
—¿Qué te parece el lugar?
—Increíble —admití, mirando a mi alrededor—. No lo conozco mucho, pero siempre he pensado que este sitio tiene algo especial.
—Exactamente. —Asintió, complacido—. Su energía, su luz… es el escenario perfecto para lo que quiero mostrar.
Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Brad me llevó a una esquina de la galería, donde había una mesa cubierta con telas, bocetos y pequeñas muestras organizadas con todo detalle. Desde luego, todo semejaba pensado para impresionar.
—Quiero que veas esto. —Colocó un boceto delante de mí, sus dedos señalando las líneas elegantes que describían un vestido largo y fluido. El diseño parecía una oda a las formas abstractas y surrealistas de Miró, como si el arte se hubiera transformado en la tela.
Me incliné para observar más de cerca, consciente del peso de su presencia, pues tenía la atención fija en mí.
Dejé la copa sobre la mesa y, casi sin pensarlo, tomé algunos de los otros bocetos cercanos, esparciéndolos sobre la superficie.
Quería ver cómo encajaban juntos, cómo las ideas se entrelazaban.
—Son increíbles —admití, levantando la vista hacia él, y por un segundo nuestras miradas se encontraron.
—Gracias, pero están sin terminar. —Su tono era tranquilo, pero sus palabras cargaban una intención clara—. Quiero que sean más que ropa. Quiero que cuenten historias.
Brad se inclinó un poco más cerca, y su voz bajó hasta volverse casi un susurro.
—Y por eso estás aquí, Natalia. —Hizo una pausa deliberada, dejando que sus palabras se asentaran—. Quiero que aportes tu visión. Quiero ver cómo encajas en esto.
Me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de decir.
—¿Mi visión? ¿Encajar? —pregunté, y la incredulidad se coló en mi voz antes de que pudiera controlarla.
—Sí. —Brad sonrió, y se apoyó en la mesa con la misma facilidad con la que aparentaba caminar por la vida—. Tienes un ojo único. No solo para las tendencias, sino para conectar la moda con las personas. Eso es lo que quiero en esta colección.
—No te entiendo.
Brad suspiró antes de proseguir.
—Mucha de la gente que está aquí vive desconectada de la realidad.
El mundo ha cambiado demasiado rápido y, con ello, nuestra percepción de lo que es real y lo que no.
Tú eres real, eres una mujer que sabe lo que es trabajar, poner esfuerzo y amor en lo que haces.
—Señaló al grupo de personas que había al otro lado de la sala—.
La mayoría de ellos vienen de cunas de oro y flashes .
Quieren algo y lo tienen, para ellos un vestido es sólo un vestido, les da igual de donde viene o dónde terminará y por ello, nunca serán grandes, no serán recordados. Puedo ver esa diferencia en ti.
Sus palabras cayeron con peso en mi conciencia e inflaron mi ego. Era un halago, sí, pero también una responsabilidad que me hacía sentir como si la habitación hubiera encogido de golpe.
—No sé si estoy a la altura de algo así… —admití, centrándome otra vez en el boceto entre mis manos, tratando de ganar algo de tiempo para procesar lo que estaba pasando—. Yo… yo no tengo formación para esto, me sentiría como una impostora.
Brad se inclinó un poco más, acercándose lo justo para que su presencia se sintiera inevitable.
—Tienes que creer más en ti, Natalia. —Su voz era suave, pero firme, como si estuviera afirmando un hecho irrefutable—. Aún no te das cuenta de lo que eres capaz de hacer.
—¿Cómo puedes saber eso? Apenas nos conocemos.
Brad suspiró y se frotó el cuello con una sonrisa pícara en los labios.
—Estuve un tiempo observándote antes de entrar en tu tienda por primera vez.
Su confesión me sorprendió tanto que me dejó sin palabras, dejando un silencio algo tenso entre los dos. Antes de que pudiera encontrar algo que responder, un asistente interrumpió el momento, traía un mensaje para Brad, que se apartó un poco, pero no sin antes dedicarme unas últimas palabras.
—Absorbe esto —señaló hacia la fiesta en general—, mastícalo y hazlo tuyo, porque este es tu futuro.
Le hice caso y observé discretamente desde mi posición.
Había algo en su confianza en mí, en su forma de decir «tú puedes hacerlo» sin dudarlo ni un segundo, que me hacía cuestionar por qué yo no podía verlo de la misma manera.
¿Por qué yo no podía sentir esa seguridad en mí misma?
Y pensé que quizá no era falta de confianza, sino miedo a fracasar.
Brad volvió al cabo de un momento, venía seguido de un par de invitados ávidos por su atención. Estaban hablando y su tono se había vuelto más profesional. Aunque comentaban el último desfile en el que habían coincidido, su mirada, esa mirada que lo abarcaba todo, permanecía fija en mí.
El resto de la tarde pasó como en un sueño.
Tomamos canapés y fruta fresca; Brad me llevó de un lado a otro, explicándome sus ideas, presentándome a gente cuyos nombres apenas podía registrar porque estaba demasiado ocupada intentando no parecer fuera de lugar.
Lo que sí noté era cómo me pedía opiniones todo el tiempo, cómo su atención permanecía fija en la mía, como si, por un instante, yo fuera la persona más importante en ese espacio lleno de estrellas del diseño.
Había algo magnético en él. No solo en la forma en la que hablaba, sino en cómo lograba que todo pareciera más grande, más brillante, más trascendental.
Pero, a pesar de todo, mi cabecita no podía quedarse quieta.
Cada vez que mi piel rozaba la suya sin querer, un pensamiento surgía como un reflejo: Cámeron.
Me imaginaba su expresión al verme aquí, rodeada de este mundo tan lejano a nuestra pequeña realidad.
¿Qué pensaría al verme hablando con Brad Rouge, un hombre que representaba todo lo que yo soñaba ser?
¿Estaría orgulloso de mí, viéndome tan cerca de cumplir mis sueños? ¿O estaría molesto… celoso, incluso?
En algún momento, Brad debió notar mi desconexión. Me apartó con sutileza del bullicio y me llevó a un rincón más tranquilo del jardín. Las luces del evento brillaban detrás de nosotros, como si la fiesta ocurriera en otro universo al que nosotros ya no pertenecíamos.
—Estás en otra parte. —Su voz era baja, suave, con esa cadencia que tenía el poder de atravesar cualquier barrera—. Quizá te he presionado demasiado—. Sus palabras me obligaron a volver al momento presente.
—No, que va. Lo siento, solo… Tengo muchas cosas en la cabeza. —Intenté sonar ligera, pero mi tono traicionó el peso de mis pensamientos.
—No tienes que disculparte. —Sus ojos no se apartaron de los míos mientras hablaba—. Todos llevamos cosas encima, Natalia. Pero cuando estás aquí… quiero que te concentres en esto. En lo que podemos crear. Juntos.
La palabra quedó suspendida en el aire. «Juntos». Mi estómago dio un vuelco. No estaba segura de si seguíamos hablando de trabajo o si había algo más detrás de su elección de palabras.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres crear? —pregunté.
A Brad se le iluminó el rostro y, aunque la curva de sus labios era ligera, podía notar que había algo más detrás de su expresión.
—Todavía no lo sé —contestó divertido—. Sólo sé que quiero algo que combine lo que yo sé hacer con lo que tú puedes aportar.
—Se inclinó un poco más cerca—. Natalia, tienes algo único.
Lo he visto en ti, puedo sentirlo. —Alzó un brazo e hizo un gran círculo con la mano para abarcar todo el recinto—.
Quiero que formes parte de esto. Que brilles. Te mereces este mundo que tanto ansías.
—Pero, yo… Ni siquiera gané el concurso —insistí una vez más.
—Olvídate de eso —me interrumpió poniendo un dedo sobre mis labios—. Tienes pasión y no la estás aprovechando.
El aire a mi alrededor se detuvo, me atrapó entre su intensidad y el eco de mis propias dudas. Podía ver mi reflejo en sus ojos, como si él ya estuviera convencido de que yo era la respuesta a algo que ni siquiera sabía que buscaba.
Miré a mi alrededor. Las luces del jardín comenzaban a encenderse, bañando todo en un brillo cálido y acogedor, mientras el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas. Por un momento, sentí que estaba al borde de algo importante. Algo grande.
—No puedo prometerte los resultados que esperas, pero puedo prometerte que me esforzaré al máximo. —Mi voz sonó firme, y acompañé mis palabras con una pequeña sonrisa.
Brad asintió, y por primera vez en la noche, su rostro pareció relajarse por completo.
—Eso merece un brindis.
Cuando me despedí y salí de la finca, sentía que algo había cambiado.
Quizás era la forma en que Brad me veía, como si yo fuera alguien capaz de lograr cosas más grandes de las que nunca me atreví a soñar.
O tal vez era la primera vez en mucho tiempo que me veía a mí misma bajo esa misma luz.
Sin embargo, mientras el coche me devolvía a la realidad, con las luces de Palma extendiéndose en la distancia, sabía que, en el fondo, todavía había algo, o alguien, que no me dejaba avanzar.
Por más que Brad representase todo lo que creía querer, Cámeron seguía allí, como un ancla invisible, atándome a un pasado que aún no estaba lista para soltar.