Amigas, bilogía completa Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Abril, basta. —Levanté una mano para interrumpirla—.

¿De dónde has sacado esta actitud tan exasperante e insegura?

Cariño, tú no eres así. Escúchame cuando te digo que lo único que le importa a mi hermano es que estás bien.

Bueno, eso y que no le dejes plantado en el altar, pero lo segundo está bajo control… ¿verdad?

Abril soltó una risa nerviosa y dejó de ajustarse el vestido.

—Vale, lo intentaré.

—Eso es lo que me gusta escuchar. —Me acerqué y le di un beso en la mejilla—. Ahora siéntate, respira y deja que yo me encargue del resto. Esta noche soy tu hada madrina.

La puerta se abrió y Tomás entró con su sonrisa despreocupada de siempre, cargando una bolsa de pan y una botella de vino. Sus ojos pasaron de mí a Abril, deteniéndose un segundo más en ella como si quisiera asegurarse de que estaba bien.

—¿Qué pasa, chicas? ¿Todo bajo control? —dijo, dejando las cosas sobre la mesa.

—Todo perfecto. Abril está bien, yo soy brillante y tú… bueno, tú has llegado tarde, como siempre —respondí, dándole un beso en la mejilla.

—Oye, he traído vino. Eso compensa cualquier retraso, ¿no?

Abril rio suavemente mientras él se acercaba para besarla en la frente.

Estos dos estaban muy recatados y creo que yo era el motivo.

Puede que pensaran que, dada mi terrible situación sentimental, me pudiesen molestar sus muestras de cariño.

Nada más lejos de la realidad, Abril había sufrido mucho por su amor hacia mi hermano, ahora que estaban bien, yo era la primera en alegrarme por ellos.

—¿Qué tal estás? —le preguntó, su tono más suave ahora.

—Mucho mejor —respondió ella, aunque su sonrisa era un poco tensa.

Tomás pareció notar algo, pero no dijo nada.

Se sentó a la mesa y comenzó a servir el vino mientras yo hacía lo mismo con la comida.

La cena transcurría con la típica dinámica de nuestra familia: bromas, risas y algún que otro comentario sarcástico.

Todo parecía ir según lo previsto hasta que, al terminar el primer, y único plato, Tomás alzó su copa para beber y miró a Abril con el ceño fruncido.

—No has probado el vino. —Señaló la copa frente a ella que seguía intacta—. Desde que tienes edad para beber, nunca has dicho que no a un buen vino. Pensaba que este te gustaba.

—Ah, ¿no? —Miró su copa llena—. No me había dado cuenta, yo…

Abril, que a duras penas conseguía mantener los nervios a raya, buscó una excusa, pero no parecía encontrar ninguna. Me di cuenta de que el silencio se estaba alargando más de lo necesario, así que decidí intervenir antes de que la situación se volviera incómoda.

—No seas controlador, Tomás. ¿A ti qué te importa lo que bebemos los demás?

—No lo decía por mal —se defendió— sólo me ha parecido raro.

Descarté la conversación con un gesto de la mano y cambié de tema.

—Vale, te creemos —bromeé—. Chicos, antes del postre, qué os parece si hacemos algo divertido. —Me crucé de brazos, mirando a Tomás con una sonrisa traviesa.

—Claro —dijo Abril—. ¿Os acordáis de cuando jugábamos a «Dos verdades y una mentira» mientras hacíamos la digestión en las tumbonas de la piscina?

—Me encantaba ese juego —continué—, ¿lo hacemos?

—¿Lo decís en serio? —Tomás nos miró con cara extrañada.

—Pues claro —intervine—. ¡Oh! Tengo una idea, vamos a cambiar las reglas, vamos a hacerlo al revés. Esta vez vamos a jugar a «Dos mentiras y una verdad» —sentencié.

—¿Qué? —preguntó él estupefacto—. ¿Por qué íbamos a jugar a eso ahora?

—Pues porque de vez en cuanto toca innovar, ¿no crees? Venga, que es muy fácil: dices tres cosas, dos son mentira y una es verdad. Y los demás tienen que adivinar cuál es la verdadera. —Miré a Abril, que parecía a punto del colapso—. ¿Por qué no empiezas tú, Abril?

Ella me lanzó una mirada que gritaba «no puedo», así que tomé el relevo mientras se armaba de valor.

—Ok, pues empezaré yo… qué sosos os habéis vuelto.

—Eso no es verdad, Nat —dijo mi hermano—, es que somos mayores para estas cosas.

—Tonterías, uno nunca es mayor para pasárselo bien. —Di un par de palmadas que me sirvieron como pistoletazo de salida para nuestro juego—. Me dejáis decir las tres seguidas y después opináis, ¿vale?

—Vale –contestaron al unísono.

—Bien, a ver si sois capaces de pillarme…

—dije, me llevé un dedo a la barbilla—. A ver…

Primera: una vez confundí a un cliente con un famoso y le pedí un autógrafo mientras, con los nervios, le cobraba de más por una bufanda; segunda: de pequeña quería ser astronauta…

hasta que me enteré de que no había duchas ni retretes en el espacio, o eso creo; y tercera: he conocido a alguien y creo que podría gustarme más allá de una simple amistad.

Abril entrecerró los ojos.

—La del autógrafo suena a algo que harías.

Me encogí de hombros, sonriendo sin decir nada, y dejando que el silencio pesara un poco más de la cuenta.

—Eso lo tendréis que adivinar. Venga, venga, mojaros.

—La verdad es la tercera, tú nunca has querido ser astronauta, dijo Abril.

Tomás la miró con una ceja arqueada y después desvió la atención hacia mi persona.

—¿A quién has conocido? ¿Qué significa que podría gustarte?

—No significa nada, en realidad. Sólo que he notado algo… una especie de energía especial entre los dos.

—Te refieres a Brad, ¿verdad? —dijo Abril.

Y no me molesté en negarlo, se lo había puesto muy fácil porque yo no era la protagonista de este juego. Ahora venía lo importante: ellos dos.

—A Cámeron esto no le va a gustar.

Hice oídos sordos al comentario de mi hermano.

—Venga, ahora te toca a ti —le dije a mi amiga dando un sorbo de mi copa de vino.

Intenté transmitirle ánimos desde mi sitio en la mesa, Abril, al ver que se pasaba el tiempo, respiró hondo y comenzó.

—Vale… —dijo, entrelazando los dedos que le habían comenzado a temblar—. Primera: me gustaría mudarme a Noruega porque creo que sería un lugar mejor para vivir y… papá me ha dicho que podría ser un buen sitio para criar a nuestros futuros hijos.

Tomás frunció el ceño desconcertado.

—¿Noruega? ¿Qué…? —comenzó, pero Abril lo interrumpió con la segunda declaración.

—Segunda: He cometido un crimen en Galicia y ahora no puedo volver porque me… me busca la policía.

—¿Perdón? —Tomás parpadeó, esta vez mirando entre Abril y yo como si estuviéramos tramando algo.

—Eso es imposible, me habría enterado.

—¿Quieres dejar de interrumpir? —lo reprendí.

—Y tercera… —Abril se detuvo por un segundo y fijó los ojos en los de Tomás antes de continuar—. Estoy embarazada.

El silencio que siguió fue tan denso que casi podía oír los engranajes en la cabeza de mi hermano girando mientras procesaba las opciones. Confuso, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—Vale, la del crimen… ¿qué has podido hacer? —dijo mirando a su prometida divertido.

—Bueno —intervine—, yo me la imagino sacándose un dinerillo extra organizando peleas de pulpos.

Abril soltó una risa nerviosa mientras yo trataba de contenerme.

—No —descartó seguro—. Lo de Noruega… tiene sentido, en cierto modo.

Últimamente Aksel está algo melancólico, pero a él le encanta vivir en España.

—Tomás se detuvo, la miró a los ojos, luego miro la copa de vino intacta y volvió a fijar la vista en su nerviosa prometida—.

¿De, de verdad…? —Tenía los ojos abiertos como platos.

—Sí. —La voz de Abril era apenas un susurro, aunque su sonrisa comenzaba a ensancharse—. De verdad.

Tomás se quedó inmóvil por un momento antes de levantarse de golpe y rodear la mesa para abrazarla.

—¿En serio? —preguntó con la voz cargada de emoción.

Abril asintió, y Tomás la levantó del suelo, girándola en un gesto que hizo que ambos se echaran a reír. Guardar secretos nos carga con un peso que, muchas veces, se vuelve insoportable. Y al liberarnos, el alivio que sentimos hace que todo el miedo parezca absurdo.

Cuando se sentaron de nuevo, Tomás seguía sonriendo como un niño en Navidad.

—¿Y me lo dices después de lo de Noruega? Dios, Abril, pensé que me iba a dar un infarto.

—Eso era parte del plan —intervine, riendo mientras recogía los platos—. Queríamos que fuera memorable.

—Bueno, lo habéis conseguido. —Tomás miró a Abril, y el brillo en sus ojos era suficiente para llenar toda la habitación—. Esto es lo mejor que me has dicho en toda mi vida. Joder, espera que se lo diga a Cam, porque no lo sabe, ¿no?

—Claro que no. Tú eres el primero en saberlo.

—Después de mí. —Le lancé un beso—. Ya verás cómo le jode no estar aquí.

Mientras ellos se perdían en su pequeño mundo, yo me retiré sin hacer ruido a la cocina en busca del postre.

Abril y Tomás se habían ido poco después de la cena, pues se morían de ganas de darles la buena noticia a mamá.

Una vez sola, el recuerdo de la llamada de Cámeron volvió a mi cabeza. Clara, ¿quién cojones era Clara y porque no había escuchado nunca hablar de ella si tenía la suficiente confianza para presentarse en su casa sin avisar?

No estaba celosa, que conste, no es eso.

Sólo estaba… desconcertada, desubicada o algo similar.

Lo que fuese que sentía dentro de mí, y no era capaz de definir, no me había dejado dormir en toda la noche.

Así que, como siempre, decidí refugiarme en mi tienda desde bien temprano.

Reorganizar las estanterías, revisar inventario, limpiar.

Lo que fuera para mantener mi mente ocupada y alejada de cualquier rastro de Cámeron. Y Clara.