Amigas, bilogía completa Capítulo 14
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Capítulo 14

NATALIA

Y a en casa, Abril se recostó en el sofá con una manta mientras yo intentaba recoger un poco el caos de la cocina.

Bueno, «recoger» era un decir, porque eso implicaría que ese no era su estado habitual y, siendo sincera, ya había quedado claro que últimamente el orden no estaba siendo mi punto fuerte.

Tomás, que había insistido en seguirnos hasta casa, al ver que la situación estaba bajo control, había aprovechado para salir a hacer unos recados, lo que nos dejó solas para tramar nuestro siguiente movimiento.

—Vale, ahora que has vuelto de entre los muertos y estás descansando, tenemos que centrarnos en algo más importante. —Me senté junto a ella, armada con una libreta y un bolígrafo, lista para planear.

Abril arqueó una ceja, bastante escéptica.

—¿Más importante que mi salud?

—Exacto. —Le sonreí, dándole un golpecito en la manta, como si le estuviera animando en una carrera—. Tu gran revelación. Esta noche es el momento perfecto.

—Pensé que íbamos a ver El Guardaespaldas —protestó con un mohín que habría enternecido a cualquiera.

—Y lo vamos a hacer, no te preocupes. Pero primero lo primero. —Golpeé la libreta con el bolígrafo, dándole énfasis a mi punto.

Abril se hundió más en el sofá, suspirando como si le hubiese pedido algo titánico.

—Sigo sin estar segura de esto, Nat. Quiero decírselo, pero…

—No hay «peros» —la interrumpí—. Si sigues esperando, mi hermano va a enterarse de la peor manera posible. Y no queremos eso.

Justo cuando estábamos entrando en materia, el teléfono de Abril empezó a sonar. Lo rescató de entre los cojines del sofá, suspiró y lo miró sin demasiado interés. Cuando vio el nombre en la pantalla, me dirigió una mirada rápida, cargada de significado.

—Es Cámeron —dijo, como si necesitara mi aprobación para hablar con él.

La animé a contestar con un gesto.

—Hola, Cam. —Su voz salió un poco más suave de lo normal, como si temiera preocuparlo.

Me quedé a su lado, fingiendo estar absorta en la libreta, pero prestando atención a cada palabra.

—Sí, ya estoy mejor. —Abril me dio un toque de atención cuando hice una mueca sarcástica.

No podía evitarlo. Cámeron estaba del otro lado de la línea, Tomás lo habría llamado preocupado, y aquí estaba ella minimizando todo como si no pasara nada.

—¿Natalia? Está aquí conmigo. —Abril me extendió el móvil de repente, pillándome desprevenida—. Quiere hablar contigo.

—¿Qué? ¡No, no! —protesté en un susurro, pero ella no me hizo caso y ya me estaba pasando el teléfono.

—Hola, Cámeron —dije, intentando sonar casual.

—Hola, perdona por llamar, sé que no es el mejor momento.

—¿Qué? No, no te preocupes. Nunca es mal momento. —Y era verdad, por más que me lo negara, era masoquista y me encantaba escuchar su voz.

—¿Todo bien por ahí? —preguntó, y pude sentir la preocupación en su voz.

—Todo perfecto. No sé qué te habrá dicho Tomás, pero Abril está bien, descansando, viendo pelis y… nada más. Supongo. Nada nuevo.

Abril me dio un codazo, pero no dijo nada.

—Genial. —Cámeron soltó un suspiro audible, como si se hubiera quitado un peso de encima—. Dile que me alegro de que ya esté mejor. Y tú… cuídala, ¿vale?

—¿Es en serio? Yo siempre cuido de todo el mundo.

—Eso es lo que me preocupa. —Su tono cambió un poco, lo suficiente como para que sintiera un nudo en el estómago.

—Bueno, ya sabes cómo soy. La heroína local de Palma. —Intenté bromear, aunque mi voz sonó menos segura de lo que esperaba.

—Lo sé, Nat. —Hubo una pausa antes de que continuara—. Pero no olvides cuidar también de ti misma.

Abrí la boca para responder, pero de repente escuché un golpe sordo al otro lado de la línea.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté.

—Un momento —respondió Cámeron, su tono cambiando a uno más alerta.

Escuché ruido de fondo: unos pasos, el sonido de la puerta al abrirse, y luego…

—¿Clara? —Su voz sonó tensa, casi como si no pudiera creerlo.

Me enderecé en el sofá, la mención del nombre femenino encendió una chispa de curiosidad en mi interior, y algo que prefería no identificar como celos.

—¿Quién es Clara? —pregunté—. ¿Cámeron? —insistí, sintiendo cómo Abril me miraba con una mezcla de confusión y diversión.

—Eh… hola —murmuró él, no me estaba hablando a mí.

—¡Cámeron! —repetí, esta vez más fuerte, mi tono más exigente.

—Ah, Nat… —volvió al teléfono, su voz sonaba incómoda—. Perdona, es una compañera de trabajo.

—¿Una compañera de trabajo? ¿Y qué hace en tu casa? —solté antes de poder detenerme.

—No lo sé —Cámeron sonaba perdido, como si estuviera atrapado en una situación de la que no sabía cómo salir—, no la esperaba.

Podía escuchar el murmullo de la voz de Clara al fondo, aunque no distinguía las palabras exactas. Lo único que pude atisbar, sin lugar a dudas, era que no era una visita de trabajo.

—Ya veo… —respondí, intentando que mi tono sonara casual, aunque sabía que no lo estaba logrando—. Nos vemos pronto, Cam.

Colgué antes de que pudiera responder, devolviendo el teléfono a Abril.

—¿Eso ha sido raro o sólo me lo parece? —preguntó ella, mirándome con curiosidad—. ¿Qué acaba de pasar? —preguntó, aunque la sonrisa en su cara dejaba claro que estaba disfrutando de la escena más de lo que debería.

Dejé caer la cabeza sobre el respaldo del sofá con un suspiro, mirando el techo como si allí estuvieran escritas las respuestas a mis problemas, en Times New Roman, cursiva, negrita y bien subrayadas.

—Cámeron tiene visitas inesperadas. Una compañera de trabajo. Una tal Clara —pronuncié como si oliera mal.

—¿Y qué hacía en su casa?

—No lo sé, y creo que no quiero saberlo.

Abril no pudo contener una risita.

—Ya. Seguro que no.

Rodé los ojos, levantando la libreta para taparme la cara.

—¿Podemos volver al tema de tu plan? Porque no estoy de humor para analizar esto. Tragué saliva, sin saber qué responder a eso.

Guardó silencio por un momento, pero al final preguntó:

—¿Tienes alguna idea para las mentiras?

—Por supuesto. —Abrí la libreta, lista para anotar.

—Primero, vamos a justificar todo esto con algo ligero, en plan: os acordáis de cuando jugábamos a… Y cuando Tomás diga que sí lo cambiamos a «Dos mentiras y una verdad». —Abril asintió en modo: esto ya lo hemos hablado—. Pero tenemos que elegir bien las mentiras para que no lo pille tan rápido.

—Te escucho.

Sonreí, sintiendo que mi creatividad comenzaba a fluir. Abril, al ver mi expresión, suspiró, abrazando la manta como si quisiera desaparecer. Yo me moví más cerca, golpeando la libreta con el bolígrafo con más insistencia.

—Vale, rubia, tenemos que ponernos serias. Nada de tonterías aburridas, tiene que ser algo que haga que Tomás se quede pensando.

—¿Por qué me dejo arrastrar a estas cosas contigo? Que ya tenemos una edad.

—Porque sabes que tengo ideas brillantes. —Le guiñé un ojo y me incliné hacia adelante, lista para empezar—. Mira, aquí va la primera: «Has decidido mudarte a Noruega porque crees que vuestros hijos serán más felices allí y quieres que crezcan con su tío Olson».

Abril me miró con las cejas alzadas.

—¿Estás de broma? No quiero mudarme tan lejos.

Arqueé las cejas exageradamente: eso ya lo sabíamos.

—No. Es perfecta. Tu padre acaba de estar allí, ¿no? Va a pensar que ha vuelto nostálgico y que te ha metido ideas raras en la cabeza.

La idea me parecía desternillante. Abril se tapó la cara con la manta, riéndose. Así que supe que le había gustado.

—Vale, vale. Pero no se la va a tragar.

—Es el punto, tonta. Confusión total. —Me aclaré la garganta y levanté dos dedos para continuar—. Segunda mentira: «Te has ido de Galicia tan de improvisto porque has cometido un crimen y la policía te está buscando. Y ahora no sabes cómo decirle que no puedes volver».

Abril se quitó la manta de la cara, carcajeándose.

—¡¿Un crimen?! ¿Qué crimen, Natalia?

—No sé, algo pequeño pero llamativo. ¿Robo de marisco? ¿Caza furtiva? ¿Organizar peleas clandestinas de pulpos? —Hice una pausa, pensativa—. Bueno, lo del pulpo quizá no es muy creíble.

Abril soltó una risa que llenó el salón.

—¿Quizá? No sé qué sería peor, que se la crea o que no.

Le guiñé un ojo.

—Y ahora sólo falta la verdad.

Abril respiró hondo, con la mirada fija en la libreta que yo aún sostenía y la mano posada sobre su vientre.

—La verdad ya la sabíamos… ¿y si no se lo toma bien, Nat?

La seriedad en su voz apagó mi sonrisa por un momento. Dejé la libreta a un lado y la tomé de las manos.

—Abril, por favor. Tomás te adora. Eres su mundo. Va a ser el padre más feliz del planeta cuando se lo digas. Y si no, siempre puedes usar tu crimen imaginario como plan B.

Eso consiguió arrancarle otra sonrisa.

Abril rodó los ojos, pero ya tenía una sonrisa en el rostro.

—Esto es una locura.

—Por supuesto que lo es. Somos tú y yo. ¿Qué esperabas?

Abril dejó escapar un suspiro resignado antes de asentir.

—Vale, vamos a intentarlo. Si esto sale mal…

—No va a salir mal. Confía en mí. Soy brillante. ¿Lo he dicho ya?

—Un millón de veces desde que te conozco. Y ahora ponme la peli, anda.

Abril soltó una carcajada mientras yo cerraba la libreta con un golpe.

Entre las dos preparamos una cena ligera, algo sencillo para que Tomás no sospechara que esa iba a ser, a toda vista, la noche más sorprendente de su vida.

Abril se ajustaba el vestido frente al espejo del recibidor, mirándose con cierto descontento mientras yo terminaba de poner la mesa.

Sus manos iban de un lado a otro, tratando de aplanar arrugas inexistentes en la tela.

—Abril, ¿quieres parar? —dije, dejando los cubiertos en su sitio con un golpe más fuerte de lo necesario—. El vestido no está hecho de adamantium , lo vas a desgastar.

Dejó escapar un suspiro nervioso.

—No puedo evitarlo. Estoy tan… tan…

—Cansada, nerviosa y hormonal. Lo sé, ya me lo has dicho tres veces. —Me apoyé en el respaldo de una silla, mirándola con una mezcla de diversión y ternura—. Mira, relájate. Todo va a salir bien. No hay ninguna posibilidad de que esto se tuerza.

Abril asintió, aunque seguía retorciendo los dedos como si estuviera practicando nudos marineros.

—¿Y si no le gusta cómo se lo digo? ¿Y si…?