Capítulo 12
NATALIA
E l aroma de las flores llenaba el pequeño invernadero. Abril estaba de pie frente a un mostrador lleno de lirios y margaritas, con la expresión concentrada de alguien que intentaba resolver un problema de álgebra. Yo, en cambio, tenía la cabeza en cualquier lugar menos en ese invernadero.
Brad Rouge, su propuesta, sus palabras. «Tienes talento». Era como si cada letra estuviera grabada en mi recuerdo, y no importaba cuánto intentara centrarme en las flores, mi cabeza volvía a esa escena en mi tienda una y otra vez.
—Nat, ¿qué opinas? —preguntó Abril, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Esta combinación de colores te parece bonita?
La miré sin verla, y solo cuando amenazó con pegarme con un lirio blanco me di cuenta de que esperaba una respuesta.
—Perfecta —respondí en modo automático, esperando que fuera suficiente.
—Perfecta, dice. —Abril dejó caer el lirio en la mesa—. ¿Desde cuándo me das la razón sin discutirlo todo?
—No lo hago, es sólo que estoy algo distraída y que las flores no me interesan. —Suspiré ante la mirada airada que me devolvió—. Perdona, no lo volveré hacer ¿vale?
—Vale, vale… —dijo dándose la vuelta con una sonrisa resignada—. Este invernadero colabora con Suculenta. Me dijeron que eligiéramos las flores y ellos se encargarían del resto.
Mientras hablaba, ya tiraba de mi brazo, impaciente por arrastrarme entre los pasillos llenos de plantas sin soltar el ramo que había creado. Miré las enormes ojeras que ensombrecían su preciosa cara de muñeca y no pude evitar pensar en lo cansada que parecía.
—Abril, ¿te encuentras bien?
Lo pensó por un momento y negó con un gesto ligero de cabeza.
—Creo que es el calor —contestó apoyándose contra una de las grandes mesas donde colocaban las flores. Su tono intentaba sonar despreocupado, pero sus manos temblaban un poco al sostener el ramo.
—¿El calor? Estamos en un invernadero con ventiladores y aire acondicionado. —Me acerqué a ella y le toqué la frente—. Abril, si estás mareada, dilo. No estamos en los Juegos del Hambre, puedes sentarte. No, mejor dicho: debes sentarte. En tu estado no puedes forzarte.
Ella soltó una risa débil, aunque no discutió. Continuamos hasta el final del pasillo y se sentó en un banco. La dejé allí un momento, esperando, mientras yo buscaba algo de agua.
—Nat, no es necesario, de verdad. —Abril intentó levantarse, pero volvió a tambalearse.
—Claro, claro. Eres un roble. Excepto que este roble tiene pinta de caerse en cualquier momento. —Le puse las manos en los hombros y la miré preocupada—. Vamos al médico.
Abril negó e intentó quitarle importancia.
—Solo estoy algo cansada.
Cansada y una mierda. No iba a mirar hacia otro lado cuando veía como mi amiga apenas podía sostenerse en pie. El sudor había empezado a resbalar por su frente y eso había hecho saltar todas las alarmas en mi cabeza.
—Y una mierda. Vamos a ir y no quiero escucharte —corté su amago de réplica—. Y voy a llamar a Tomás ahora mismo, le vas a contar lo que pasa, pero ya.
El camino hasta el hospital fue rápido y, la verdad, cuando llegamos allí, al decirle a la chica de admisión que mi amiga estaba embarazada, nos atendieron de inmediato.
El médico, un señor ya entrado en años, ajustó sus gafas mientras revisaba la hoja con las notas del triaje de Abril.
—Entonces, ¿qué tal te estás cuidando? ¿Descansas lo suficiente, comes bien, tomas tus vitaminas prenatales? —preguntó con una sonrisa profesional.
Abril comenzó a responder a todo que sí, enfadada, porque ambas sabíamos que no era verdad, no pude contenerme.
—Oh, claro, doctor. Mi amiga aquí es la reina del «no pasa nada». Se salta comidas como si fueran opcionales, vive a base de galletas saladas y piensa que dormir seis horas es un lujo. Ah, y eso sin mencionar que toma café, descafeinado —puntualicé—, como si eso la hiciera inmune al agotamiento.
Mi amiga me fulminó con la mirada, pero el médico alzó una ceja, interesado.
—¿Es cierto todo eso? —preguntó, mirando a su paciente con expresión seria.
—No es tan malo como lo pinta —murmuró ella, encogiéndose de hombros.
—Claro, porque yo soy famosa por exagerar. —Rodé los ojos, cruzándome de brazos—. Vale, puede que sí lo sea un poco, pero en serio, Abril: si sigues así, no sé cómo pretendes llegar al altar sin desmayarte a mitad del camino.
Abril dejó escapar un suspiro frustrado y el médico, tras un nuevo vistazo al expediente, asintió antes de pronunciarse:
—Bueno, tu amiga tiene razón. Tu cuerpo necesita mucho más cuidado ahora.
—Hizo una pausa, mirando a Abril con una expresión de suave advertencia—.
Y ni hablar de las galletas saladas. Es cierto que son buenas para las náuseas, pero también te harán retener líquidos, y eso es algo que debemos evitar.
—¿Ves? —le dije a Abril, señalando al médico como si acabara de ganar una discusión—. Incluso él está de mi lado.
El médico dejó escapar una sonrisa.
—Tanto tu bebé como tú estáis bien, no hay de qué preocuparse, pero tu cuerpo te está diciendo que necesitas más descanso.
Asintió con un leve gesto sin desviar la vista del doctor.
—Por lo demás, ¿va todo bien? ¿Tienes alguna preocupación? ¿Estás nerviosa o te has sentido inquieta? Porque podemos llamar al psicólogo si necesitas algo, a veces, sobre todo en los primeros embarazos, la situación puede ser un poco… abrumadora.
Abril me lanzó una mirada rápida, como si esperara que yo dijera algo. Negué con la cabeza, esta vez era su turno de hablar.
—No, está todo bien. —Su voz sonó un poco más baja, pero luego se acarició el vientre con una sonrisa que suavizó su expresión—. Estoy muy feliz, sólo tengo que descansar más.
Tras unas últimas recomendaciones, el médico abandonó la estancia, dejándonos solas en el box. Abril seguía conectada a una botella de suero para combatir la deshidratación. Estaba cansada, preocupada y, aunque no me lo dijese, agradecida por haberla arrastrado hasta allí.
—¿Ves? —le dije, cruzándome de brazos con mi mejor pose de autoridad—. Por eso siempre deberías escuchar a tu dama de honor favorita.
Abril rodó los ojos, sin embargo, la comisura de sus labios se curvó delatando una sonrisa.
—Favorita, dice… Cómo si tuviese más.
—Exacto. —Le guiñé un ojo mientras recogía nuestras cosas del pequeño sillón junto a la cama—. Me alegra que lo entiendas.
Dejé las bolsas a un lado y me senté junto a ella en la cama. Sus dedos seguían jugando nerviosos con la sábana, y yo sabía exactamente lo que estaba rondando su preciosa cabecita.
—Tomás tiene que saberlo, Abril. —Me senté en la cama a su lado y la tomé de la mano—. Y no quiero escuchar más excusas. Tienes que decírselo o acabará enterándose por el Diario de Mallorca y no le va a gustar.
Soltó un largo suspiro y se recostó dejando caer la cabeza hacia atrás en la almohada.
—Está fuera, esperando a que le diga algo. Está muy preocupado por ti, Abril.
—Lo sé, pero no se me ocurre cómo. No hacerlo desde un primer momento fue un error. Y ahora me siento culpable, como si se lo hubiese ocultado a propósito.
—Es que se lo has ocultado a propósito. —Levanté una ceja, porque alguien tenía que ser honesta en esta habitación.
—Ya, ya lo sé. Aunque sin ningún motivo oculto. —Su voz sonó más baja, casi en un susurro—. Quería hacerlo de una forma bonita, pero ha estado tan ocupado con el trabajo… Y ahora ya no sé cómo hacerlo.
Se notaba la preocupación en su voz. La tomé de la mano para tranquilizarla, una vez más me tocaba echarle un cable.
—No te preocupes, ¿vale? Lo haremos juntas, sólo tenemos que pensar una forma de hacerlo, algo… divertido. —Mi tono fue tan entusiasta que Abril levantó la vista hacia mí con una mezcla de incredulidad y curiosidad.
—¿Divertido? —preguntó, como si acabara de sugerirle que lo anunciara en un estadio lleno de gente.
—Así somos nosotras, ¿no? —me llevé un dedo al mentón, fingiendo estar muy pensativa—.
A ver, no sabía si decírtelo, pero como ya me olía lo que venía, empecé a darle vueltas.
Y justo el otro día, mientras veíamos aquella peli absurda, la del juego de «dos verdades y una mentira», recordé cuando lo hacíamos de pequeños.
Abril asintió, captando ya que se venía una de mis maravillosas ideas.
—Pues pensé en gastarle una broma a mi hermano. —Sonreí, divertida—. ¿Y si lo hacemos al revés? Dos mentiras y una verdad. A ver si adivina. —Le sonreí, animándola.
Abril apretó los labios, luchando entre el nerviosismo y la posibilidad de convertir este momento en algo memorable. No tardó en rendirse. Dejó escapar un pequeño resoplido y agarró su teléfono.
—Vale, pero si me mata por esto será tu culpa.
—Perfecto. —Me acomodé en la cama y le hice un gesto con la mano para que empezara a marcar—. Prometo dar un discurso espectacular en tu honor.
La botella de suero había hecho maravillas, aunque el cansancio seguía pintado en el rostro de Abril como si el agotamiento se hubiera convertido en una parte de ella, tenía mejor aspecto.
Cuando la enfermera la liberó de la vía y pudimos dejar el box, caminamos juntas hacia la sala de espera, donde Tomás nos esperaba apoyado en una columna con los brazos cruzados y esa expresión mezcla de preocupación y reproche que solo él sabía poner.
En cuanto nos vio, se incorporó y cruzó la sala en dos zancadas. Sin decir una palabra, envolvió a Abril en un abrazo protector, tras lo cual se separó para revisarla de arriba abajo en busca de alguna señal.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, clavando su mirada primero en Abril y luego en mí.
—Nada grave —contesté como si nada—. ¿Nos vamos al aparcamiento? —Añadí con una sonrisa tranquila mientras la tomaba del brazo para guiarla hacia la salida.
Tomás, sin dejarse convencer tan fácilmente, nos siguió en silencio con la mirada todavía expectante.
—Solo ha sido un pequeño susto —murmuró Abril, acariciándole la mano con una dulzura que, al menos por un segundo, pareció calmarlo.
—¿Susto? —repitió él, sin rastro de alivio en su tono.
Mientras Tomás se dirigía hacia su coche, le hice un gesto a Abril para que se viniera conmigo. Después de todo, ella y yo teníamos cosas que discutir.
—Una bajada de tensión —intervine, encogiéndome de hombros como si no tuviera la menor importancia—. Esta novia tuya no desayuna bien, no descansa, pasa demasiado tiempo de pie, y de repente: ¡pum! —Abrí las manos de repente haciendo énfasis en mis palabras—. Parece una muñeca de trapo.
Abril resoplaba mientras la ayudaba a sentarse en el asiento del copiloto, y yo seguía con mi explicación improvisada, ignorando su expresión asesina.
—Menos mal que estaba conmigo y la convencí de venir al médico. Ya le han puesto suero y ahora está como nueva. —Le di una palmada en el hombro, ignorando el gruñido que escapó de sus labios.
Tomás, a pesar de seguir con el ceño fruncido, dejó escapar un suspiro, y relajó la postura.
—¿Por qué no me llamasteis antes?
Abril abrió la boca para responder, y como siempre, yo me adelanté.
—Porque no era necesario. Además, si te llamábamos, habrías entrado en alguna especie de… modo drama y no podíamos permitirlo.
—¿Modo drama? —replicó Tomás, arqueando una ceja—. Mira quien fue a hablar.
Hice como que no lo escuchaba.
—Ya sabes, como cuando te golpeaste el pie con la mesa, y luego cojeaste durante un mes, porque te habías roto la uña.
—¡Me rompí el dedo!
—Bueno, parecido.
Abril soltó una risa ante el recuerdo y, aunque intentaba mantenerse serio, Tomás no pudo evitar sonreír también.
—En fin, ya está todo bien. Ahora nos vamos a mi casa, esta señorita necesita descansar —concluí, zanjando el tema antes de que se le ocurrieran más preguntas.