Amigas, bilogía completa Capítulo 11
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Capítulo 11

NATALIA

Y a era media mañana y el sol se colaba por las ventanas de la tienda iluminando los estantes con un brillo cálido que te animaba hasta el alma.

Era uno de esos días en los que todo parecía fluir: los clientes estaban contentos, las ventas iban bien, y yo incluso había tenido tiempo para reorganizar un rincón del escaparate.

Me encantaba retocar el escaparate cada día de forma que los viandantes pudieran notar el cambio cada vez que pasaban por delante.

Estaba en la trastienda, revisando un pedido de bisutería, cuando escuché el timbre de la puerta.

—Un momento —grité, sin apartar la vista del inventario.

—Tranquila, no me importa esperar.

La voz me hizo congelarme en el sitio. Era imposible no reconocerla: esa cadencia suave, como si cada palabra estuviera ensayada para ser memorable. Más nítida que cuando salía del altavoz de mi teléfono, pero inconfundible.

Salí a su encuentro, tratando de no tropezar con las cajas, y ahí estaba él, Brad Rouge, tan impecable como siempre, con un traje gris claro y una sonrisa que podría haber derribado murallas.

—Vaya, tienes suerte —dijo, señalando a la tienda—. Este local tiene una luz natural maravillosa.

—Sí, fue una de las cosas que me gustaron de él y bueno, es Mallorca, aquí hasta el cielo hace su trabajo. —Intenté sonar casual, aunque sabía que el tembleque de mi voz me delataba.

—Pareces sorprendida —dijo divertido—. Ya te dije que volvería, ¿no? La última vez que estuve aquí, me impresionaste. Y eso es algo que no pasa con facilidad.

—Ah, ¿sí? —respondí, arqueando una ceja—. ¿Y qué te trae por aquí esta vez? —pregunte mientras me apoyaba en el mostrador, me temblaban las piernas.

¿Qué estaba haciendo? ¿De verdad se me había dado por coquetear con él? No, qué va, sólo eran los nervios. Algo no estaba bien en mí.

—Quiero proponerte algo.

Sentí que mi estómago daba un vuelco. ¿Una propuesta? ¿De qué tipo? Pensé que, como no hablase pronto, me caería muerta en ese mismo instante.

Brad, como si pudiera leer mi mente, continuó:

—Estoy trabajando en una nueva colección y no me convence.

Creo que estoy teniendo un bloqueo creativo.

—Mientras hablaba, recorría la tienda deteniéndose de vez en cuando para examinar algún detalle, acariciar una prenda e, incluso, recolocar un zapato torcido—.

Necesito algo diferente, inspirado en la autenticidad, en lo local. Y creo que podrías ayudarme.

—¿Yo? —pregunté, incrédula.

—Sí, tú. —Su sonrisa se amplió—. Tienes ojo para los detalles, para las tendencias. Y tu tienda… refleja algo que no encuentro en otros lugares. Quiero que seas parte de esto.

—Pero yo no gané el concurso —le recordé—, ¿eso no sería como un premio? No me lo merezco.

Brad agitó la mano quitando importancia a mis palabras.

—Tonterías, olvídate del concurso. El ganador ya tuvo su premio, esto no tiene nada que ver.

Por un momento, no supe qué decir. Que quisiera trabajar conmigo era un halago, claro, pero también era una gran responsabilidad.

Mi cabeza comenzó a llenarse de preguntas.

¿Cómo iba a compaginar mi trabajo en la tienda con esto?

¿Sería capaz de estar a la altura? Y, sin quererlo, un pensamiento inoportuno me golpeó: ¿qué pensaría Cámeron de esto?

Era irónico, en realidad. Brad Rouge, con toda su confianza y glamour , me hacía sentir pequeña e importante al mismo tiempo.

Y eso me había hecho darme cuenta de que Cámeron, con una sola mirada, siempre me había hecho sentir como si el mundo estuviera bajo mis pies.

Mierda, ¿por qué estaba pensando en él ahora?

Quizá por todas las veces que le había roto la cabeza con los vídeos de Brad, si pensaba que era una fan loca, tendría que verme ahora.

—No sé qué decir… —admití.

Brad dio un paso hacia mí, su expresión más seria ahora. Hablaba como si el tiempo no existiera, con pausas perfectamente medidas, como si supiera que cada palabra que salía de su boca tenía el poder de cambiar mi vida. Y quizá lo tenía.

—Dime que lo pensarás. No estoy buscando una respuesta inmediata, entiendo que lo que te estoy pidiendo supone un cambio importante. Solo quiero que consideres la posibilidad de expandir lo que ya haces. Piénsalo así, ¿cómo te ves dentro de diez años? ¿Cómo puede esto impulsar tu carrera?

Asentí. Una parte de mí quería saltar de emoción; era un sueño hecho realidad.

Pero otra parte, la más racional, me susurraba todas las razones por las que esto podía salir mal.

¿Qué sabía yo de colaborar con alguien como Brad?

¿Y si me equivocaba y arruinaba algo que había tardado años en construir?

—Lo pensaré.

Antes de irse, Brad sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo y me la tendió.

—Este es mi contacto directo. Llámame cuando estés lista para hablar.

Cuando nuestras manos se rozaron al tomar la tarjeta, sentí un cosquilleo que subió por mi brazo y me dejó un leve temblor en los dedos. Era el tipo de energía que me hacía sentir viva y, al mismo tiempo, muy insegura. Brad Rouge tenía una presencia que no podía ignorar, por mucho que lo intentara.

Mientras lo veía salir de la tienda, no pude evitar pensar en lo complicado que se estaba volviendo todo.

Cámeron, Brad, mi tienda, mis sueños… Por primera vez en mucho tiempo, tuve la certeza de que mi vida estaba cambiando, y no sabía si estaba preparada para todo lo que venía.

Sentí un leve temblor en las manos: en una, la tarjeta de Brad: pequeña y elegante, con su nombre en letras plateadas que brillaban bajo la luz; en la otra, mi teléfono, que parecía pesar más de lo habitual, como si la decisión de usarlo cargara todo el peso de mis dudas.

El corazón me latía con fuerza. Solté todo y mis dedos se aferraron al mostrador, buscando algo sólido a lo que aferrarme mientras mi mente trataba de poner en orden las emociones que me desbordaban.

Cada sonido, desde el leve zumbido del ventilador que mantenía el calor a raya, hasta el crujido bajo mis pies al moverme, parecía amplificado.

Necesitaba hablar con alguien, contarle lo que estaba pasando, compartir este caos que no podía ordenar sola.

Alguien que supiera leer entre mis líneas, que no necesitara explicaciones largas.

Alguien que hubiese estado ahí desde el principio.

Y no podía ser cualquiera, lo necesitaba a él.

Necesitaba a Cámeron, pero no podía llamarlo, no ahora. Me lo había prometido a mí misma, necesitaba romper con esta dependencia y valerme por mí misma.