Amigas, bilogía completa Capítulo 10
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Capítulo 10

NATALIA

L a publicación con Brad había hecho magia, las redes ardían y la semana siguiente había sido de locos, con turistas entrando y saliendo como si mi tienda fuese un punto de referencia en la isla. No podía ser más feliz.

Ahora que por fin se había calmado la cosa, era el primer sábado que me permitía librar desde hacía meses, Sara se había ofrecido a trabajar hoy por mí.

Estaba tan cansada que lo único que quería era quedarme en casa, ponerme una mascarilla y ver alguna película de esas que terminan con una propuesta de matrimonio en Times Square.

Pero no. Tomás y Abril tenían otros planes para mí.

—Eres la dama de honor —había dicho Tomás con esa sonrisa que usa siempre que quiere algo—. Tienes que cumplir con tu parte del trabajo.

—Lo sé —respondí resignada mientras agarraba las llaves del coche.

Así que allí estaba, sentada al volante, con Abril en el asiento del copiloto y Tomás detrás, rodeado de tantos folletos que, si no acababan en el contenedor azul, íbamos a tener que pedirle perdón al Amazonas.

Entre planos, catálogos y revistas de bodas, el pobre coche parecía más una oficina que un medio de transporte.

El sol brillaba alto, y la Tramontana se desplegaba ante nosotros como una postal que respiraba, viva en cada curva del camino. Si no fuera porque estábamos de camino a elegir el lugar de una boda en lugar de disfrutar de un día en la playa, habría dicho que era un sábado perfecto.

La primera parada fue en un lugar encantador, pero un poco «meh» según Tomás. Un patio rústico con paredes de piedra y una fuente que no parecía tener agua desde 1995, siendo generosa. Abril lo miró con educación, mientras Tomás paseaba con las manos en los bolsillos.

—Bueno, es… acogedor —dijo al guía intentando sonar optimista.

—No seas condescendiente, Tomás. «Acogedor» es lo que dice alguien cuando no quiere ofender —comenté, cruzándome de brazos.

El guía me miró sorprendido, estaba claro que no estaba acostumbrado a la sinceridad sin tiritas. Le vendría bien, sin comentarios reales y sinceros no iba a mejorar el sitio. Y lo necesitaba, porque la base, la materia prima del lugar era estupenda, solo le faltaba pulir. Mucho.

Abril me fulminó con la mirada, pero no le hice caso. Para mí, si iban a celebrar una boda, tenía que ser en un sitio espectacular. Y ese no lo era, sólo me había limitado a hacérselo saber.

Tras un par de paradas infructuosas, y con Abril «bastante» enfadada conmigo, llegamos a un sitio llamado Suculenta Port de Sóller y ahí sí, supe que habíamos encontrado el lugar incluso antes de que Abril lo dijera. Porque sus ojos no habían parado de gritarlo.

La terraza parecía flotar sobre el mar, y las montañas, a lo lejos, abrazaban el paisaje con una belleza que parecía pintada a mano.

Incluso la brisa, que hoy era bastante fuerte, traía consigo el aroma del mar mezclado con un toque de pino.

No miento si digo que parecía que estábamos dentro de un puñetero anuncio de televisión.

—Esto es… —Abril se quedó sin palabras, lo que ya era raro.

Tomás, por una vez, no dijo nada, se limitó a asentir mientras miraba a su alrededor con las manos metidas en los bolsillos. Yo, como siempre, no podía resistirme.

—Vale, definitivamente supera a todos los anteriores. Aunque la fuente de 1995 tenía su encanto vintage .

Abril ignoró mi comentario y se giró hacia el chef, que había salido a saludarnos. Tras las presentaciones, el menú se convirtió en el tema de conversación.

—¿Está todo tan bueno como parece? —le preguntó, refiriéndose a las fotografías de la página web.

El chef, cuya placa identificativa rezaba: Lucas Carrusca, sonrió, con la confianza tranquila de alguien que sabe lo que hace.

—Si no es así, me retiro.

—Mire que mi hermano tiene un paladar exigente —añadí, señalando a Tomás—. Aunque… la última vez que cenó en casa, dijo que las croquetas congeladas eran todo un arte culinario.

Tomás me lanzó una mirada asesina, pero se unió a las risas.

Una vez en el coche rumbo a casa, mientras Abril fingía seguir embelesada con el paisaje, Tomás se inclinó sobre el asiento para estar más cerca de mí.

—Oye, Nat, ¿y tú cómo estás? —preguntó fingiendo el casual que solo usa cuando quiere meterse en tus asuntos, mis asuntos en este caso.

—¿Yo? Genial. Bueno, salvo por el trauma de perder uno de mis pocos días libres en esto.

—Ya, claro —dijo, fingiendo reírse—. Venga, en serio. ¿Cuánto hace que no hablas con Cámeron?

Lo miré de reojo, sabiendo a dónde quería llegar.

—¿Por qué lo preguntas?

—No sé, solo por curiosidad. Él siempre te menciona cuando hablamos.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué dice? ¿Que todavía soy la genia de los insultos creativos?

Tomás resopló.

—No cambies de tema, Nat. Sabes a lo que me refiero. Te echa de menos.

Sabía que Tomás no lo decía con intención de presionarme, pero aun así el estómago se me hizo un puño.

¿Qué significaba que me «echaba de menos»?

¿Pensaba en mí como yo a veces pensaba en él?

¿O lo que echaba de menos era tener una relación?

Puede que sólo me echase de menos como amiga.

En ese momento todo era demasiado confuso y no me apetecía hablar del tema. Intenté quitar hierro al asunto.

—Claro, echa de menos mi ingenio mordaz, mis respuestas ágiles y mi sentido del humor. ¿O quizá es algo más… picante?

—Ahora estás siendo cruel, hermanita. —Por el espejo vi cómo se cruzaba de brazos—. Y, lo siento, pero no tienes razón.

Suspiré y miré por la ventana, dejando que el paisaje me diera una excusa para no contestar de inmediato.

—No hay mucho que decir, Tomás. Él está en su mundo, yo en el mío. Las cosas son complicadas, ¿vale?

Tomás asintió, aunque no parecía convencido.

—Bueno, solo digo que… quizá podríais intentarlo de nuevo.

Lo miré algo molesta, y por un segundo pensé en soltarle otra pulla. Pero en lugar de eso, tomé aire y me limité a decir:

—Veremos qué pasa en la boda, ¿vale? — con una sonrisa que ni siquiera yo me creía.

Esa noche, la terraza de casa de mamá estaba bañada por la luz tenue de las lámparas solares y el brillo distante de las estrellas.

El aroma del jazmín que mamá había plantado años atrás flotaba en el aire, mezclándose con el leve olor a café (sin cafeína por supuesto) que Abril sostenía entre las manos.

Tomás y Abril estaban sentados juntos, inclinados sobre una hoja de papel donde garabateaban ideas para la boda.

Yo observaba desde una silla apartada, con los pies descalzos apoyados en la barandilla y un vaso de limonada fría en la mano.

Era una escena tranquila, familiar, de esas que parece que el tiempo quiere congelar.

—Está decidido, quiero casarme en Suculenta. —La voz de Abril rompió el silencio.

Tomás levantó la vista del papel.

—¿Estás segura? —preguntó, aunque la respuesta ya estaba escrita en su cara.

—Del todo. —La sonrisa de Abril era tan genuina que incluso yo, que solía burlarme de todo, me sentí emocionada.

Tomás no dijo nada más, se limitó a extender el brazo para abrazarla, como si en ese gesto estuviera todo lo que necesitaba decir.

Yo, desde mi rincón, no pude evitar sonreír.

Pero al mismo tiempo, tenía ganas de darle un golpe en la cabeza.

¿Cómo era posible que aún no se diera cuenta?

Abril estaba más blanca que el mantel de mamá, tomaba descafeinado como si fuera agua bendita y evitaba las manzanas como si la madrastra de Blancanieves las hubiese envenenado.

Era como si el héroe del cuento necesitara subtítulos para seguir su propia historia.

—Rubia, eso ya nos lo habíamos imaginado. —No pude resistirme a picarla, alzando mi vaso como si brindara por su decisión.

Abril se rio, negando con la cabeza.

—Siempre tienes que decir algo, ¿verdad?

—Es mi trabajo. —Le guiñé un ojo antes de volver a acomodarme en mi silla.