Capítulo 9
NATALIA
T omás llegó al aeropuerto con un ramo de flores para mamá, una maleta de mano y su típica sonrisa de «soy el hijo favorito y lo sabes».
Abril y yo lo vimos salir de la terminal. Ella, obviamente, estaba emocionada; yo intentaba no parecer demasiado contenta. Tenía que hacerme la dura. Si se daba cuenta de cuánto lo había echado de menos tendríamos temita para rato.
Dejó la maleta en el suelo y, como era de esperar, se lanzó a los brazos de su prometida.
Rodé los ojos y esperé mi turno mirando hacia otro lado.
Ver a estos dos a veces daba un poco de vergüenza ajena, eran como dos adolescentes dándose el lote en las escaleras del instituto.
Cualquiera diría que mi hermano acababa de entrar en la treintena.
—Vaya, ¿y yo qué? –protesté al ver que no pensaban separarse— ¿No merezco un saludo digno?
Tomás se rio, soltando a su novia para envolverme en un abrazo de oso.
—Tranquila, Nat. Todavía eres mi hermana favorita.
—Soy tu única hermana, idiota. —Le di un empujón mientras Abril sonreía a mi lado—. Te he echado de menos, meapilas —murmuré, conteniendo la emoción. No pude evitarlo.
Abril y Tomás se sentaron en los asientos traseros de mi coche y comenzaron a planear la inminente boda. Yo, mientras tanto, en mi papel de taxista conducía y me preguntaba cuántos comentarios ingeniosos podría soltar antes de que Abril intentara matarme con la mirada.
—Supongo que ya habéis pensado cómo queréis que sea la boda —pregunté, fingiendo interés, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí, algo sencillo —respondió Abril antes de que Tomás pudiera abrir la boca—. Con pocas personas, en un lugar tranquilo y al aire libre.
—Sencillo, pero bonito. —Sonreí, mirando a Abril por el retrovisor—. Aunque claro, el tema del vestido va a ser el centro de atención.
Abril tosió y soltó una patada al respaldo de mi asiento. Aunque me encantaba molestarla, en el fondo solo quería que estuviera tranquila. Si alguien podía con esto, era ella. Y si necesitaba un empujón, yo estaría allí para dárselo, aunque fuera con mis pullas.
—¿Y eso por qué? —preguntó Tomás.
—Nada, nada. —Hice un gesto con la mano, como si no tuviera importancia—. Solo digo que será tan adorable y… voluminoso que Abril no pasará desapercibida.
Tomás, como buen enamorado la tomó de la mano con cara de bobo y yo fingí una arcada. Moví el retrovisor para quitarlos de mi vista.
Él, ajeno al drama que se cocía en la cabeza de ella, seguía hablando de todos los sitios que quería visitar al día siguiente.
Ella, por su parte, miraba por la ventana, seguro que estaba pensando en mil formas de vengarse de mí más tarde.
O quizá sólo estaba nerviosa por tener que afrontar la situación de una vez por todas.
Que conste que yo creía que le daba demasiadas vueltas, ¿por qué se complicaba tanto?
Estaba segura de que mi hermano sería feliz siendo padre, además no creo que llegase en mal momento, llevaban siete años juntos, ambos tenían trabajo, una vida asentada en Galicia y se iban a casar, ¿qué más querían?
Cuando llegamos, mamá nos recibió con lágrimas en los ojos, a nosotras casi ni nos miró, pero a Tomás, que le entregó el precioso ramo de flores, lo abrazó y estranguló hasta dejarlo casi sin aire.
—A nosotras no nos recibes así… —Solté como quien no quiere la cosa y me gané una colleja como respuesta.
Ya tenía la mesa puesta, como siempre, y su sonrisa era suficiente para que cualquier problema pareciera lejano.
Abril acompañó a Tomás hasta su habitación para llevar las maletas, ahora que él estaba aquí, había dejado mi apartamento y los dos se quedarían en casa de mamá. Yo, por mi parte, seguí hasta la cocina para darles intimidad.
—¿Qué tal está todo por aquí? —pregunté, aunque sabía la respuesta. —¿Cuándo vuelve Aksel?
El padre de Abril había tenido que viajar a Noruega para hacer unos trámites, nada importante, al fin y al cabo, ya era más español que el aceite de oliva, pero todavía conservaba algunas propiedades en su país natal.
—Bien, bien, su vuelo llega esta noche —respondió, colocando los últimos platos en la mesa—. Ya no recordaba lo que era tener la casa al completo.
Durante la comida, el tema de la boda volvió a surgir.
Tomás y mamá discutían sobre el color de las flores mientras Abril, que ya sabía que quería lirios, pues le recordaban a los ramos de flores que Tomás le había mandado a Noruega años atrás, no estaba prestando atención a la conversación.
Sin darse cuenta llevó la mano hasta su vientre acariciándolo con ternura.
Gesto que no se le escapó a mi madre. Por Dios, que mal disimulaba esta mujer, si seguía así ninguno tardaría en darse cuenta de lo que pasaba.
—¿Y qué pasa si llueve? —pregunté, mirando a Tomás con una sonrisa traviesa—. ¿Lo posponéis? ¿O tiráis de un plan B?
Tomás negó con la cabeza.
—Nada de posponer. Si llueve que llueva, da igual. Es algo que hemos aprendido en Galicia. Allí no piensas en la lluvia para hacer planes.
Abril asintió, pero no dijo nada. Había algo en sus ojos que decía mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Ella no estaba pensando en la boda, sino en cómo le diría a Tomás que iba a ser papá mientras este, ajeno a lo que se le venía encima, bromeaba con mamá en el otro extremo de la mesa.
Era el mismo de siempre, despreocupado y lleno de energía.
Y yo, como siempre, era la única que parecía captar las cosas que los demás no decían.
Cuando terminamos, mamá empezó a recoger, Tomás fue detrás de ella diciendo que no hacía falta, y Abril aprovechó para vaciar su copa de vino, que no había probado, en la de Tomás.
Yo permanecí en mi asiento, observando y pensando que por fin estábamos juntos.
Y que en medio de todo el lío de bodas, embarazos secretos y comentarios sarcásticos, eso era lo único que realmente importaba.