Capítulo 8
NATALIA
—Claro que estoy bien, Tomi —decía ella, paseándose de un lado a otro con el móvil pegado a la oreja—. No, no me pasa nada.
Rodé los ojos y dejé las bolsas sobre la mesa. Cerré la puerta con un golpe más fuerte de lo necesario, esperando que me notara, pero Abril ni se inmutó.
—Te prometo que no estoy escondiéndote nada…
Fue entonces cuando vi la oportunidad perfecta.
—¡Tomás! —grité, caminando hacia el sofá mientras Abril me lanzaba una mirada de advertencia—. ¡Eres más pesado que un collar de sandías! Abril no puede decírtelo todo, algunos secretos están protegidos por la ley del silencio de las mejores amigas.
Abril intentó alejarse de mí, pero yo me acerqué aún más.
—¿Sabes qué? —dije, alzando la voz para que mi hermano pudiera oírme a través del altavoz—. Siempre has sido un poco neuras, pero esto ya es otro nivel. ¿Qué pasa? ¿Esa barba de hípster que te has dejado te corta la circulación al cerebro?
Abril me empujó con una mano mientras intentaba seguir hablando con Tomás, pero yo estaba en mi salsa.
—¡Y ni se te ocurra contestarme! Porque todos sabemos que el último cerebro que tuviste lo perdiste hace tiempo. —Le guiñé un ojo a Abril, que estaba roja de la risa y no hacía un buen trabajo al tratar de disimular.
Al final, cansada de nuestras tonterías, Abril bajó el móvil y activó el altavoz.
—Aquí tienes, Nat. Siéntete libre de soltar toda tu colección de insultos raros.
—¡Gracias! —le dije antes de dirigirme al teléfono—. Hola, hermanito, ¿cómo te va la vida? Espero que estés listo para lidiar con mi brillantez verbal, torpedo sin timón!
Un ruido en el altavoz indicó que Tomás se estaba riendo.
—Siempre es un placer oírte, Nat. No sé si debería contestar o simplemente colgar antes de que me insultes más.
Sin darme ni un minuto más, Abril tomó el móvil para despedirse de Tomás, pero no sin antes preguntarle cuándo pensaba mover el culo hasta aquí.
—¿Tienes ya el vuelo? Te echo de menos y creo que Natalia tiene tantas cosas que decirte que va a explotar si tardas mucho.
—¡Mentira! —grité mientras me dirigía a la cocina.
No pude escuchar la respuesta de mi hermano, pues Abril ya había desconectado el altavoz.
Abril colgó tras dos un par de minutos y con una sonrisa que le iluminaba el rostro. Me miró.
—No sé cómo aguantas tanto, Nat. Si yo tuviera un hermano como Tomás, estaría pegada al teléfono todo el día.
Me agaché para coger una botella de agua de la alacena, vacié la mitad de un trago antes de contestar.
—Eso lo dices porque es tu novio. Yo ya he tenido suficiente de él para cinco vidas.
Abril me miró, ladeando la cabeza. Por un segundo, pensé que iba a insistir, sin embargo me sorprendió cambiando de tema.
—Oye, ¿y esa cara? Pareces muy flipada. ¿No te habrás tomado nada raro?
Claro que estaba flipada, tenía que contarle lo de Brad. Me moría por decirlo. Todavía recordaba sus palabras, cómo me había dicho que yo tenía talento. ¡Brad Rouge pensaba que yo tenía talento!
La tomé de la mano y la arrastré de vuelta al salón donde nos acurrucamos en el sillón. Mi sonrisa lo decía todo. Me miró con interés.
—Abril, necesito que te prepares para lo que voy a decir. —Puse una mano sobre su hombro, como si fuera una noticia de vida o muerte. —No te imaginas lo que me ha pasado hoy en la tienda.
Abril me miró intrigada.
—Vale, sorpréndeme.
—¡Brad Rouge estuvo en mi tienda!
Abril se quedó mirándome como si no hubiese escuchado bien.
—¿Quién?
Sonreí aún más.
—¡Brad Rouge! Diseñador top, estrella de TikTok, dueño de un guardarropa que, con toda probabilidad, cuesta más que este edificio entero.
—Pues yo no tengo ni idea de quién es —contestó.
Juro que en ese momento le habría dado una paliza, pero estaba embarazada de mi sobrino o sobrina, así que… yo era la principal encargada de protegerla a cal y canto. Sería su escudo humano si hiciera falta.
—No puedo creer que hayas dicho eso. ¿En serio? Eso es como decir que no conoces a Beyoncé —sentencié.
—Venga ya, Nat. Nadie es tan famoso como Beyoncé.
Pasé por alto su falta de conocimientos esenciales en el mundillo, no podía olvidar que yo era la responsable de todo su armario.
Abril tenía la materia prima, era impresionante.
Bella hasta decir basta, pero el gusto… en fin, se había enamorado de mi hermano, si partimos de eso ya lo tenemos todo dicho.
—Todavía puedo escuchar su voz en mi cabeza, diciéndome que tengo talento, Abril. —Levanté las manos hasta posarlas sobre mi cabeza y dejé escapar un suspiro dramático—. He grabado esas palabras en mi cerebro a fuego. Nunca nadie había dicho algo así sobre mi trabajo.
—Eso no es cierto —protestó—, yo siempre te lo he dicho. Y Cámeron también.
Bufé en respuesta.
—Me refiero a alguien como él, Abril.
Me quedé callada por un momento, dejando que sus palabras resonaran en mi mente.
«Tienes talento». Era tan simple, y al mismo tiempo, significaba tanto para mí.
Durante mucho tiempo había sentido que debía justificar mis decisiones.
Abril tenía razón, aunque nunca me lo dijo a la cara, de una forma tan directa como Brad, sé que Cámeron me apoyaba.
Pero en el fondo, también sabía que él esperaba que mi trabajo fuera algo secundario, algo que pudiera dejar de lado cuando la relación lo demandara. Y cuando el momento llegó… no lo hice.
No lo culpo, nuestras infancias fueron muy diferentes y esto, como es inevitable, afectaba a nuestra forma de ver el mundo.
Al perder a mi padre, mi madre se había visto obligada a sacarnos adelante como fuera.
Era joven y tenía dos hijos pequeños. Mientras que él había crecido entre algodones, con una economía más que solventada y un negocio familiar en el que su padre trabajaba fuera de casa y su madre se encargaba del hogar y la crianza.
Durante mucho tiempo, las dudas me asediaron y llegué a pensar que estaba equivocada, que poner mi tienda por encima de nosotros era egoísta.
Pero ahora… ahora sentía que todo había valido la pena.
Este pequeño reconocimiento, esta validación, era como un soplo de aire fresco que despejaba las dudas que llevaba cargando tanto tiempo.
Miré hacia la ventana, donde las luces de la calle comenzaban a encenderse. Quizá por primera vez en años, estaba segura de algo: había hecho lo correcto.