Capítulo 7
CÁMERON
C uatro horas frente al escritorio y los papeles seguían reproduciéndose como conejos sobre la bandeja. Estaba a punto de rendirme cuando una notificación sonó en el teléfono. Una foto de Instagram.
La abrí por acto reflejo, como todas las publicaciones de Natalia.
No sabía por qué me torturaba de esa manera, viendo su vida desde la distancia, dándole «me gusta» a cada foto e historia como si eso compensara los kilómetros entre nosotros.
Era lo único que podía hacer por ella desde donde estaba.
Miré la foto y sentí un hilo de puro hielo constriñéndome los pulmones. No podía identificar el motivo, sin embargo, el instinto me decía que esta foto era diferente. La sentí diferente.
Ahí estaba Natalia, de pie junto a un hombre alto, rubio, y demasiado atractivo para mi gusto.
La sonrisa en su rostro no era la típica de las publicaciones promocionales de su tienda; era más amplia, más genuina.
Y estaba colorada, era un vago rubor, cualquier persona que no la conociese como yo lo pasaría por alto, pero yo no era cualquiera y la conocía demasiado bien.
El pie de foto era simple, demasiado discreto incluso. No obstante me impactó como una granada.
«Hoy tuve el placer de conocer al increíble Brad Rouge. Gracias por visitarnos, ¡vuelve pronto! @bradrouge».
Natalia nunca etiquetaba a nadie en sus publicaciones, mucho menos se las dedicaba.
Apreté la mandíbula. ¿Por qué esa sonrisa me parecía tan diferente? Quizás no lo era. Quizás era mi propia imaginación, mi propia inseguridad haciendo de las suyas.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Clara, inclinándose sobre mi hombro, demasiado cerca.
Clara era nueva en la comisaría, era joven, carismática, y estaba claramente interesada en mí.
Mis compañeros me habían insinuado varias veces la suerte que tenía, pero yo no tenía cabeza para eso.
La añoraba, mi cuerpo la añoraba. Natalia seguía presente en cada uno de mis pensamientos, en cada roce de las sábanas sobre mi piel mientras dormía.
Sus ideas locas, los Cap´n Crunch que seguía desayunando y la forma en que su ropa, y la mía, quedaba esparcida por la habitación las noches en que, una simple mirada, era suficiente para que el resto del mundo dejase de importar.
La última vez que me había visitado en Madrid se había dejado una camiseta, y la había guardado en el primer cajón del armario sin lavar, me gustaba pensar que así conservaría su olor hasta que volviéramos a vernos.
—Nada. —Intenté apartar el móvil, sin embargo Clara, como buena policía, era rápida y lo atrapó antes de que pudiera guardarlo.
—Brad Rouge, me suena ese nombre. ¿Quién es ella? —preguntó, mirando la pantalla con descaro—. ¿Tu novia?
Fruncí el ceño y se lo arrebaté.
—Sí. No —rectifiqué. Ya no tenía derecho de considerar a Natalia como mi novia.
—¿Sí o no? —Clara se cruzó de brazos, apoyándose contra el escritorio con una sonrisa curiosa—. Aclárate, porque parece que te importa mucho.
Suspiré, la conocía lo suficiente como para saber que ella no iba a dejar el tema en paz hasta obtener una respuesta.
—Es Natalia. Una amiga.
Clara levantó una ceja.
—¿Amiga? Claro. —Se inclinó un poco más, ocupando mi espacio personal—. ¿Y el hombre? ¿También es un amigo? Porque parecen muy… cercanos.
—Es un diseñador. —Intenté sonar indiferente, pero supongo que algo en mi voz me delató—. Natalia tiene una tienda bastante conocida en Mallorca, así que, supongo que habrá ido por eso.
—Vaya, vaya… —Clara se mofó, divertida—. Así que tu «amiga» tiene amigos interesantes.
—¿Interesante? —repliqué —. Ese tipo es un payaso. Por favor, su verdadero nombre es Antonio y es de Cuenca. Se tiñe el pelo y habla con acento fingido para llamar la atención.
Sí, sabía quién era. Aunque el tema de la moda no fuese importante para mí, lo era para Natalia. Y, aunque pareciera lo contrario, yo la escuchaba y trataba de implicarme en sus intereses.
—Bueno, pues le ha funcionado si se ha hecho tan famoso. ¿Y tú qué? Parece que te pica. ¿No piensas hacer algo al respecto?
La miré molesto, me daban ganas de alargar un brazo para ampliar el espacio entre los dos. Era muy receloso de mi área de seguridad y Clara se la saltaba por el forro día tras día.
—¿Qué se supone que debería hacer?
Clara se encogió de hombros, fingiendo inocencia.
—No lo sé —empezó, ladeando la cabeza con una sonrisa traviesa—, es que no pareces cómodo viéndolos juntos, así que supongo que dejar que un tipo así entre en su vida sin más parece un error. Aunque claro, si solo es tu amiga, no tienes por qué preocuparte, ¿verdad?
El silencio que siguió fue incómodo. Enfadado, dejé el móvil sobre la mesa.
—Clara, ¿te has acercado a mí para inmiscuirte en mi vida privada o tenías algún otro propósito? —pregunté.
—Oh, no. Venía a comunicarte que Pedro Núñez está de baja, acaba de llamar su mujer para decir que ha tenido un accidente doméstico.
Relaja esa cara, no es nada grave, se ha roto un dedo con un taladro.
Estará de baja un par de semanas, así que debemos modificar los turnos, ya sabes que no nos van a mandar a nadie para cubrirlo.
Asentí, no estábamos sobrados de personal, pero un accidente lo puede tener cualquiera. Tomé una nota mental para enviarle un mensaje y desearle una pronta recuperación.
—Vale, pues ya me lo has dicho. Ahora deberías volver al trabajo, Clara.
Ella se mostró satisfecha de haberme inquietado. Era una chica lista y estaba seguro de que podía intuir el trasfondo del asunto.
—Lo que digas, jefe.
—No me llames así, yo no soy tu jefe.
Mientras se alejaba, no pude resistirme a coger el móvil y ver la foto una vez más.
No sabía por qué me afectaba tanto. Era solo una foto.
Pero la sonrisa de Natalia, tan auténtica, tan feliz…
me hizo sentir que la estaba perdiendo, esta vez de verdad, y todavía no sabía cómo recuperarla.
Deslicé los comentarios y ardí de impotencia al ver que el muy sinvergüenza le había contestado:
«El placer ha sido mío. He podido comprobar de primera mano que no sólo la tienda es exquisita».
Y le había puesto el emoticono del guiño de ojo. No me lo podía creer, cuánto descaro. Por mucho que intentara convencerme de que no tenía derecho a sentir celos, no podía evitarlo. Necesitaba airearme. Me levanté de mi mesa y cogí el casco de la moto para salir a la calle.
El aire fresco de la calle apenas ayudaba a despejar mi cabeza. Debería estar concentrado en mi turno, pero, por una vez, había cedido. Había aparcado la moto y estaba apoyado contra ella, mirando al horizonte.
Natalia. Mi Natalia. Su sonrisa en esa foto con Brad Rouge seguía dando vueltas en mi cabeza. Y cada vez que la imaginaba, algo en mi interior se tensaba y amenazaba con romperse.
Saqué el móvil y marqué el número de Tomás. No tenía por costumbre llamarlo mientras trabajaba, pero necesitaba hablar con alguien.
—¿Cámeron? —contestó al tercer tono, algo alarmado—. ¿Ha pasado algo? ¿No deberías estar cazando a los malos?
Resoplé.
—No, está todo bien. Sólo he salido a tomar un poco de aire.
Tomás soltó una carcajada.
—Vaya policía estás hecho. Al final va a ser verdad que pasáis medio turno haciendo el vago.
—Gracias por el apoyo. —Miré al suelo, sin saber cómo plantear el tema—. Oye… ¿Sabes algo de Brad Rouge?
Tardó un momento en responder.
—¿El diseñador? Lo conozco por culpa de mi hermana, es muy pesada. Ese mundillo la obsesiona como si tuviera quince años. ¿Desde cuándo te interesa a ti la moda?
—No es eso. —Apreté el puente de mi nariz, intentando calmarme—. Natalia subió una foto con él. Dijo que estuvo en su tienda.
—Ah… —Tomás alargó la palabra como si acabara de entender de qué iba todo—. ¿Y?
—Nada, supongo. Pero no sé… parecía muy feliz.
—Bueno, lo admira bastante, es normal si lo acaba de conocer. ¿No crees que estás exagerando un poco? Natalia siempre está conociendo gente, es parte de su trabajo.
—Lo sé, pero… —Hice una pausa, buscando las palabras—. Mira, simplemente me incomoda, ¿vale? No sé cómo explicártelo, es como un sexto sentido.
—Estás celoso —sentenció.
Y no me vi con fuerzas para negarlo.
—¿Quieres que le pregunte por él? —sugirió, con un tono ligero.
—¿Qué? No, no. ¿Estás loco? No quiero que Natalia piense que estoy…
—¿Celoso? —interrumpió divertido—. Claro, claro, amigo. Lo que tú digas.
—Tengo que recuperarla, Tomi. Ella es la única para mí, una vez te lo dije, hace años sentados en aquel café, y hoy me reafirmo. Sin ella estoy perdido.
—Mira —continuó mi mejor amigo, cambiando el tono a uno más serio—, estoy a punto de coger un avión para ir a casa a ver a mamá y a Nat.
Abril ya está allí, queremos escoger el sitio donde vamos a celebrar la boda y dejar todo confirmado.
Si tanto te preocupa, puedo hablar con ella y ver qué pasa. O intentar meter a Abril en el ajo.
—No, no creo que sea buena idea.
—Tengo el vuelo para mañana. ¿Por qué no vienes conmigo o te sumas en uno o dos días? Podríamos darles una sorpresa.
La idea me tentó, pero sacudí la cabeza.
—No puedo, Tomi. Hasta dentro de unas semanas nada —me lamenté—. No puedo pedir días libres. Un compañero se acaba de coger una baja y estamos faltos de personal.
—Podrías intentarlo.
—No, que va, imposible.
Tomás suspiró al otro lado de la línea.
—De acuerdo. Entonces investigaré por ti. Pero te advierto que mi sutileza no es mi mejor habilidad.
—Qué me vas a contar… —Hice una pausa—. Gracias por intentarlo. De verdad.
—Oye, para eso estamos. Y ahora deja de tomar el aire y vuelve a tu patrulla. Que tu sueldo lo pagamos todos.
Sonreí por primera vez en el día.
—Vete al cuerno, Tomás.
Tomás soltó otra carcajada antes de colgar. Guardé el móvil y me quedé un momento allí, apoyado contra la moto, dejando que el ruido lejano de la ciudad se mezclara con mis pensamientos.
Natalia estaba haciendo su vida, y parecía que lo llevaba mejor que yo.
Me gustaba verla sonreír; su felicidad era lo más importante para mí.
Pero eso no quitaba que, cada vez que la imaginaba con alguien más, sintiera que una parte de mí se rompía, como si el mundo se tambaleara un poco bajo mis pies.
Suspiré y recogí el casco que había dejado sobre el depósito.
Me pasé una mano por el pelo antes de colocármelo, intentando recomponerme.
Saber que Tomás iba a estar allí me daba algo de calma, aunque también me recordaba cuánto odiaba depender de otros para resolver lo que yo mismo había complicado.
Arranqué la moto y el rugido del motor llenó el aire como un grito de libertad momentáneo.
Mentiría si dijera que no era mi parte favorita del trabajo, pero hoy ni siquiera eso lograba despejar mi mente del todo.
Ahora tenía que concentrarme en lo que tenía frente a mí, en los problemas que podía solucionar hoy.
Sin embargo, una cosa era segura: cuando llegara la boda, encontraría una manera de decirle a Natalia lo que sentía.
Porque si no lo hacía, me arriesgaba a perderla para siempre.