Capítulo 6
NATALIA
L a tarde estaba siendo más parada de lo habitual.
Las calles de Mallorca estaban inusualmente vacías, y yo estaba reorganizando la vitrina por tercera vez en la semana mientras todavía me rondaba la conversación que había mantenido con Abril la tarde anterior.
El timbre de la puerta sonó, y al levantar la vista, me encontré con alguien que jamás esperaría ver en mi tienda.
Como recién salido de una pasarela, llevaba unas enormes gafas de sol y una blazer de lino blanco hecha a medida. El cabello rubio despeinado, y esa postura relajada que solo tienen las personas acostumbradas a ser admiradas lo habría delatado aunque no me supiese sus facciones de memoria.
—¿Puedo ayudarle? —pregunté, intentando sonar profesional mientras me acercaba al mostrador.
Se quitó las gafas, revelando los iris de color pardo que lo habían hecho famoso, entre otras cosas. Me sonrió, y por un segundo pensé que debía de estar soñando.
—Eso espero. Si no me equivoco, tú eres la dueña de esta pequeña joya. —Hizo un gesto amplio, abarcando toda la tienda.
Asentí, todavía un poco incrédula.
—Así es. ¿Puedo preguntar qué le trae por aquí?
—Tutéame, por favor. He oído hablar de ti y de tu tienda. —Se inclinó un poco hacia el mostrador, como si estuviera compartiendo un secreto—. Soy Brad Rouge.
—Natalia —me presenté y nos estrechamos la mano.
Por un momento, no supe qué decir. Claro que sabía quién era. ¿Quién en este mundo no conocía a Brad Rouge? Diseñador emergente, creativo excéntrico y estrella de TikTok. Y estaba en mi tienda. Me daban ganas de gritar como una adolescente.
—Creo que debe ser un error —respondí, intentando no sonar nerviosa—, no somos una boutique de alta costura. ¿Seguro que no te has equivocado de sitio?
Brad se rio, dejando a la vista unos preciosos y alineados dientes blancos. No podían ser naturales.
—No, no es ningún error. Te conocí gracias al concurso Jóvenes Emprendedores de la Moda .
Me llamó la atención tu tienda: el equilibrio entre la estética, la organización y la historia que había detrás.
—Su sonrisa se amplió, y la mía también—.
Me gusta lo que veo. Me interesa lo auténtico, lo que tiene corazón.
Y tengo el presentimiento de que aquí hay mucho de eso.
Brad dejó las gafas de sol sobre el mostrador y se inclinó hacia mí, con esa sonrisa fabricada por los Dioses para desarmar a cualquiera.
—Me pareció injusto que no fueras la ganadora. Así que te busqué en las redes y me gustaste más. Perdona que no te haya seguido hasta ahora, pero sentía que tenía que conocerte primero.
Parpadeé, procesando lo que acababa de decir. ¿Brad Rouge había visto mi tienda en redes? ¿La mía?
—Perdóname por la redundancia pero, ¿de verdad has visto mi tienda? —insistí sin poder disimular la mezcla de sorpresa y curiosidad—. Vaya…
—Más de lo que imaginas. —Señaló un vestido en el maniquí del escaparate, uno de los que había reorganizado antes—.
Reconocí este modelo en cuanto pasé por la calle, es mío, de la colección de primavera.
—Curvó los labios dibujando una sonrisa seductora y con una calma que parecía formar parte de su ADN—.
La forma en que hablas de las piezas que vendes, lo bien que captas las tendencias…
No me sorprende que la gente esté encantada contigo.
Sentí un leve calor subir a mis mejillas. Que alguien como Brad Rouge hablara así de mi pequeño negocio era como un golpe de aire fresco y un salto de vértigo al mismo tiempo.
—Bueno… —Intenté no parecer demasiado emocionada—. La mayoría de los videos con más visibilidad son los graban mis clientes, no yo.
Él arqueó una ceja, divertido.
—Además de guapa, eres modesta. ¡Qué encanto!
Me sonrojé con sus palabras, no había pretendido quitarme mérito, sólo había señalado las estadísticas de mis redes.
—¿Por qué no participas más en los videos? Con lo preciosa que eres, quedarías genial ante la cámara y te harías viral.
—Oh, no. —Sacudí la cabeza, riéndome un poco de mi propia torpeza—. Tengo miedo escénico. Soy terrible para eso. Cada vez que intento grabarme, acabo pareciendo un robot o alguien perdido en medio de un examen oral.
Brad dejó escapar una pequeña carcajada, suave y auténtica.
—Quizá eso es lo que te hace diferente. No necesitas estar frente a la cámara para destacar. Lo que haces habla por sí mismo.
Mi sonrisa se amplió sin que pudiera evitarlo. Era un gran cumplido.
—Gracias, aunque no podría hacerlo sola. Mi empleada, Sara, me ayuda mucho. Ella tiene mucha más paciencia para las redes sociales que yo así que se encarga de los hashtags y de compartir y esas cosas.
—Parecéis un buen equipo. —Brad repasó de nuevo el local con expectante y atento—. Si te soy sincero, me gusta cómo conectas con tus clientes. Se nota que te importan.
Sus palabras me dejaron sin habla por un instante. Era raro que alguien lo notara, que realmente se fijara en esas pequeñas cosas que significaban tanto para mí.
—Eso es lo que me llamó tanto la atención.
—Brad tamborileó con los dedos sobre el mostrador, como si estuviéramos en una charla casual y no en un momento trascendental para mí y que recordaría para siempre—.
No solo vendes ropa; ayudas a la gente a encontrar algo que les haga sentir bien.
Los comentarios de tus clientes… demuestran que tienes un ojo excepcional.
Haces que las tendencias se adapten a cada persona de forma natural.
—Bueno, supongo que es cuestión de práctica. —Sonreí, sin saber muy bien qué más decir. Me había quedado en blanco.
Brad, bastante más alto que yo, inclinó la cabeza, estudiándome con un interés que me hizo sentir un poco vulnerable.
—Dime algo, Natalia. ¿Has diseñado alguna de las piezas que vendes? ¿O eres más una cazadora de tendencias?
Me quedé en silencio por un momento, sorprendida por la pregunta. Nadie me había preguntado eso antes.
—Siempre he sido más de buscar piezas que me parecen especiales y traerlas a la tienda —admití, por decir algo—. Pero, aunque sí he soñado con la idea de diseñar algo propio, por eso me presenté al concurso. Pensé que, con los fondos del premio, podría empezar a formarme para ello.
Brad dejó escapar una carcajada, como si mi respuesta le hubiese divertido.
—Me alegra escuchar eso —dijo jugando con la mano sobre el mostrador.
Un cosquilleo me recorrió cuando desvié la mirada desde nuestras manos, casi rozándose, hasta sus ojos clavados en mí.
Cohibida, me enderecé y crucé los brazos sobre mi cintura.
Ese hombre me intimidaba y asombraba a partes iguales.
Brad me imitó recogiendo las gafas y volviendo a ponérselas como si acabara de cerrar un trato importante.
Yo, mientras tanto, intentaba mantener la compostura.
—Bueno, creo que eso es todo por ahora. Pero te seguiré la pista, Natalia. —Me lanzó una última sonrisa antes de girarse hacia la puerta.
—Espera —dije, sin pensar.
Se detuvo y giró la cabeza, arqueando una ceja, expectante.
¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que iba a decir? Me maldije en silencio mientras trataba de ordenar las palabras en mi mente.
—Eh… estaba pensando… —Mis manos comenzaron a jugar con el borde del mostrador—. Bueno, ya que… ya que estás aquí…
Brad esperó, paciente, aunque una sonrisa juguetona comenzaba a formarse en sus labios.
—Me preguntaba si… —Tomé aire, intentando no parecer una idiota—. ¿Podrías hacerte una foto conmigo?
Sus cejas se arquearon por completo, y mi cara ardió al instante.
—Es decir, no conmigo. —Hice un gesto amplio hacia la tienda—. Con la tienda. En la tienda, quiero decir. Sería genial para la publicidad, ya sabes. —No había estado tan nerviosa en mi vida— Perdona si te parezco muy descarada, pero las ventas están difíciles, no llegan muchos cruceros estos días.
Brad soltó una carcajada, una de esas que suenan genuinas y despreocupadas.
—¿Eso era todo? Por supuesto.
Me relajé un poco mientras él se quitaba las gafas de nuevo y se acercaba a los modelos expuestos en el escaparate.
—¿Aquí está bien? —preguntó, ajustando el cuello de su blazer.
—Perfecto.
Saqué mi móvil con manos temblorosas y me posicioné para tomar la foto. Brad posó como un profesional, claro, con un toque desenfadado, natural. Tras un par de fotos, se volvió hacia mí.
—Ven, sácate una conmigo. —Me tendió la mano para hacernos un selfi .
Mi primer instinto fue negarme, pero antes de que pudiera responder, ya estaba a mi lado, agachándose para salvar la diferencia de estaturas y encajar en el encuadre.
—Vamos, Natalia. No seas tímida.
Sonreí, todavía un poco avergonzada, levanté el móvil y tomé la foto.
—Perfecto. Gracias. Esto significa mucho para mí.
—El placer es mío. —Brad me guiñó un ojo antes de volver a colocarse las gafas—. Espero volver pronto por aquí. Hasta entonces, sigue brillando.
Lo vi salir de la tienda, y por un momento, todo se sintió surrealista. Luego miré la foto en mi móvil, sonreí y pensé: esto merece un post.