Capítulo 5
NATALIA
E l olor a ajo y perejil llegó hasta nosotras. Mi madre estaba en su salsa, literalmente. Cuando Abril y yo cruzamos la puerta, ya nos estaba gritando desde la cocina.
—¡Por fin! ¿Os habéis parado en todos los semáforos o qué?
Abril me lanzó una mirada cómplice mientras dejábamos los bolsos en la entrada.
Si ellos supieran que habíamos tardado siglos en salir de casa por culpa de las náuseas matutinas de Abril…
Entendía que no hubiese querido quedarse con ellos en lugar de pasar unos días apretujada en mi apartamento y compartiendo cama conmigo.
Si mi madre la hubiese visto así, captaría el pastel (que se estaba gestando en su horno) en segundos.
Aksel, su padre, apareció en el pasillo con un mandil demasiado pequeño para su tamaño. No pude evitar descojonarme al verlo, menudo abuelo iba a dar.
—¿Qué? —preguntó, mirándonos—. Me dijeron que no me manchara, y yo obedezco.
—Papá, parece que te has puesto un babero —dijo Abril abrazándolo.
—Menos bromas y más ayudar —respondió él, empujándonos suavemente hacia la cocina —. Me alegro de verte, kattunge 1 .
Abril y yo nos adentramos en la habitación, donde mi madre estaba rodeada de ingredientes esparcidos por todas partes.
Esto nos iba a tocar limpiarlo a nosotras.
Llena de entusiasmo, blandía un enorme cuchillo, como si se estuviera preparando para participar en Master Chef , mientras terminaba de preparar su famoso sofrito.
—¿Quién va a cortar el pan? —preguntó, sin levantar la vista mientras picaba perejil a toda velocidad.
Abril se apresuró a responder.
—Yo me encargo, pero si luego me corto un dedo, vas a tener que explicárselo a tu hijo.
—Por favor… Ni que no supieras cortar un trozo de pan —drama-tizó en broma y la miró de reojo—. ¿Estás bien, Abril? Te noto un poco pálida.
Sentí que se me encogía el estómago. Quería mantener en secreto su embarazo hasta que se lo contase a Tomás; aunque con la mañana que había tenido estaba más cerca del color de la harina que del suyo habitual. Y mira que ella era blanca per se.
—Estoy bien, solo un poco cansada por el viaje —respondió Abril con una sonrisa forzada.
Mi madre no pareció convencida, aunque tampoco insistió, por suerte. Mientras terminaba de preparar la comida, Aksel nos pasó una bandeja con cubiertos.
—Aquí tenéis. Cada vez que preparo la mesa me hacéis cambiarlo todo, así que hoy os toca. Como en los viejos tiempos.
Abril soltó una risa breve mientras aceptaba la bandeja.
—Papá, la última vez pusiste los cuchillos donde van los vasos.
Aksel soltó una carcajada, y mi madre giró los ojos con exasperación.
—Dejad de perder el tiempo, ¿o queréis que os mande al rincón de pensar como cuando teníais diez años?
Abril y yo intercambiamos una mirada, recordando aquellos veranos de juegos y bromas. Por un momento, me sentí como si fuéramos niñas otra vez, sin más preocupaciones que qué postre nos iban a dar esa noche.
Como si pudiese leerme el pensamiento, Abril colocó intencionadamente un vaso en el lugar equivocado, y yo aproveché para molestarla.
—Así no, genio. ¿No ves que ahí va el plato?
—Viendo tu apartamento cualquiera diría que ahora te importa el orden —respondió, fingiendo indignación.
—No quiero que mi madre me eche otro sermón sobre «la importancia de la buena presentación». —Hice comillas en el aire con los dedos, imitando su tono solemne.
Abril soltó una carcajada, ella siempre había adorado a mi madre y le encantaba hacerla rabiar.
—¿Sabes qué? Lo voy a poner todo al revés. Total, el caos es mi especialidad.
—Y la de tu padre, por lo visto. —Señalé hacia Aksel, que ahora estaba peleándose con un saco de patatas como si fuera su archienemigo.
¡Qué bien sentaba estar en casa!
Cuando finalmente nos sentamos a la mesa, el aroma de la comida llenó la habitación, y el murmullo de nuestras conversaciones se mezcló con el sonido de los cubiertos chocando con los platos.
Solo faltaba Tomás para completar la escena.
No pensaba admitirlo en alto, pero lo echaba de menos.
Echaba de menos acurrucarme con él como cuando éramos pequeños, compartiendo secretos que nadie más entendía.
A pesar de todo, pensé, tenía suerte. Aunque el caos seguía ahí, acechando en los rincones de mi mente, aquí, entre estas cuatro paredes, podía encontrar algo parecido a la paz. Y en ese momento era suficiente.
Mamá y Aksel salieron al jardín con sus cafés para descansar los pies. A Abril y a mí nos tocó fregar los platos y recoger la cocina. Había cosas que nunca iban a cambiar.
El aroma familiar a limón del jabón de mamá llenaba la cocina, mezclándose con el murmullo del agua que salía a presión por el grifo del fregadero.
Abril cogió un trapo y comenzó a secar un vaso, la pillé mirando disimuladamente el cuenco de manzanas que siempre estaba en la encimera, y no pude evitar pensar cuánto tardaría mamá en atar cabos si se daba cuenta de que Abril no había tocado ni una desde que habíamos llegado.
—Te está tentando, ¿verdad? —le susurré, señalando las manzanas con un movimiento de la cabeza.
Abril me miró con una mezcla de indignación y diversión.
—Déjame en paz, Nat. Ya bastante tengo con esquivar el café por las mañana.
Me reí, pero bajé la voz para que nadie nos escuchara.
—No podemos quedarnos demasiado tiempo —suspiré apenada, me gustaría pasar allí todo el fin de semana—.
Te has dado cuenta de que mamá está tomando notas mentales, ¿no?
Si te descubre, olvídate de mantenerlo en secreto.
Saldrá con una pancarta para que se entere todo el barrio y se comprará una pegatina para el coche que diga: Abuela buenorra o algo por el estilo.
Abril dejó el vaso sobre la mesa y se cruzó de brazos, mirándome con esa expresión que siempre usaba cuando intentaba hacerse la seria.
—¿Quieres fregar tú sola?
Levanté las manos en señal de rendición, sin embargo, no pude evitar una última pulla.
—Vale, vale. Pero yo en tu lugar me comería una. Por disimular.
Miré hacia el jardín. Desde allí nos llegaba el murmullo de las voces de mamá y Aksel, no podíamos distinguir lo que decían, aunque sus gestos dejaban entrever que era algo divertido. Se les veía felices, tan cómodos en su pequeña burbuja, como si el mundo entero se hubiese quedado fuera.
Me alegraba muchísimo por ellos. Al principio, enterarnos de su relación había sido extraño, y había causado más de un problema entre Abril y Tomás. Menuda había liado mi hermanito.
Que tantos años tras la pérdida de papá, mi madre hubiese encontrado la felicidad con Aksel había puesto en jaque la relación de mi hermano, él había antepuesto la felicidad de nuestra madre a la suya propia, y tuvo que ser el propio Aksel quien le abriera los ojos: que él y mamá estuvieran juntos, no tenía por qué afectarlos a ellos.
Verlos ahora, juntos y felices, me llenaba de una mezcla extraña de alegría y algo más: una combinación de envidia y esperanza.
Aunque también me recordaba lo lejos que estaba de sentirme así de tranquila con mi propia vida.
Suspiré y volví a centrarme en los platos.
Todavía tenía la llamada de Cámeron dando vueltas en la cabeza.
Quería verlo. Siempre querría verlo. Eso era lo complicado.
Pero no sabía si era lo correcto. ¿Nos habíamos dado el tiempo suficiente?
¿Podía ese tiempo sanar lo que parecía irreparable?
No paraba de preguntármelo, y cada vez que lo hacía, las respuestas se sentían más lejos. Necesitaba soltarlo, contárselo a alguien.
—Cámeron me ha llamado —confesé sin mirar a mi amiga a la cara.
1 Significa gatita en noruego.