Amigas, bilogía completa Capítulo 4
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Capítulo 4

NATALIA

P ermanecí un rato más en la cafetería tras la partida de Abril, mirando, a través de la cristalera, cómo los turistas paseaban de un lado a otro con bolsas, cámaras y esa alegría despreocupada que a mí me faltaba últimamente.

Tenía que volver a la tienda, ya había cerrado demasiado tiempo, pero la conversación me había dejado las emociones algo revueltas.

Decir las cosas en voz alta tiene ese efecto: las hace más reales.

Cuando llegué a casa, agotada tras una tarde bien movidita, me senté en la cama y contemplé el desorden que me rodeaba.

Ropa doblada a medias, un par de zapatos tirados al pie del armario, un cuaderno abierto sobre la mesita de noche con listas interminables de cosas por hacer.

Un caos: así era mi espacio ahora, mi vida y mi mundo.

Tal vez trataba de mantener vivo su recuerdo, el estado en que siempre estaba su lado del armario.

El apartamento estaba en silencio a excepción del horrible zumbido de la nevera.

Ya estaba en el apartamento cuando me mudé y, el trasto, debía ser tan viejo como el Castillo de Bellver.

La luz de la tarde entraba a través de las cortinas, iluminando motas de polvo que flotaban en el aire.

Siempre me había gustado este rincón del mundo, con sus paredes blancas y su pequeño balcón lleno de plantas que apenas conseguía mantener vivas.

Era pequeño y viejo, pero para mí era el paraíso.

Me tumbé boca arriba y cerré los párpados.

Pensé en la última vez que Cámeron estuvo aquí y en nuestra última y maldita discusión.

Otra vez… era una tonta y, sin embargo, seguía sin creerme que, en lugar de buscar otra solución, me hubiera pedido eso: que lo dejara todo y me fuera con él.

Una lágrima solitaria se deslizó por mi sien.

Él sabía más que nadie el esfuerzo y las noches sin dormir que había pasado para conseguirlo… Todo. Y aun así me lo pidió.

Y yo no pude.

No quise.

Ahora, cada rincón de este apartamento me susurraba su nombre como una tortura para mi maltrecho corazón. El recuerdo de lo que pudo haber sido.

Abrí los ojos y me sequé la lágrima con la palma de la mano.

A pesar de las palabras de Abril, una parte de mí seguía pensando que quizá había cometido un error.

Sí, tenía derecho a perseguir mis sueños.

Mi tienda era algo que había querido durante mucho tiempo y que había construido con mis propias manos.

Pero al final del día… no podía abrazarme a ella.

No podía reírme con ella, ni sentirme segura cuando todo se tambaleaba.

El teléfono empezó a sonar sobre la mesita de noche con un tono muy gracioso que me había instalado Sara hacía una semana.

Lo miré divertida durante unos segundos antes de recogerlo.

El nombre de Cámeron aparecía en la pantalla con un emoji que yo había configurado en mi teléfono para no ver su foto de perfil. La sonrisa se me borró al instante.

Mi corazón se contrajo de golpe, un movimiento doloroso, como si alguien lo hubiera apretado con fuerza.

Durante un segundo, solo un segundo, pensé en dejarlo sonar o enviar la llamada directa al buzón, sin embargo, antes de que pudiera decidirme, mis dedos ya se habían deslizado por la pantalla sin permiso.

—Hola, Nat.

Su voz. Esa voz. Era como una ráfaga de aire frío en pleno verano: inesperada y refrescante en las noches calurosas. Se me hizo un nudo en la garganta, y por un momento, me costó respirar.

—¿Qué pasa? —Intenté sonar neutral, incluso alegre, aunque el tono me salió seco, quebradizo.

—Nada, yo… solo quería saber cómo estás.

La suavidad de su voz hizo que algo en mí se rompiera un poco más. No parecía molesto por mi frialdad, lo que solo me hizo sentir más culpable.

—Bien. Supongo. Ocupada.

—Claro, perdona.

El silencio que siguió fue un puñal. No era el tipo de silencio cómodo que compartes con alguien que conoces de toda la vida. Este estaba lleno de cosas no dichas, de preguntas, de recuerdos, de un amor que todavía dolía.

—Había pensado en pasar unos días en casa. Para visitar a mis padres y recoger algunas cosas. Todavía no sé si lo haré, pero si voy —hizo una pausa—, me preguntaba si podríamos vernos.

Supe al instante que no estaba pidiendo permiso, que iba a venir de todas formas. Mi pecho se apretó, y la línea que separaba el deseo de la angustia se desdibujó.

No supe qué contestar. En ese momento, no sabía si verlo sería una buena idea.

Porque siempre que nos veíamos, empezábamos con buenas intenciones, y al final acabábamos enredados, atrapados en esa química innegable que nos hacía olvidar todo lo demás.

Por un rato, todo volvía a ser como antes: dos jóvenes enamorados que no veían más allá del momento.

Y después… caíamos en lo mismo. Discusiones, expectativas no cumplidas, y ese abismo que siempre quedaba entre nosotros.

Era un círculo vicioso. Hoy en día lo llamarían relación tóxica. Mi madre lo resumiría en algo más directo: éramos dos inmaduros.

Las madres son sabias, la mía no era una excepción.

—Llámame cuando estés aquí y… ya veré, Cámeron.

Colgué el teléfono y dejé caer el móvil sobre la cama, como si me quemara en las manos. El peso de su voz seguía ahí, alojado en mi pecho, haciendo que cada respiración doliera un poco más.

Cerré los ojos y sentí cómo las lágrimas peleaban por salir.

Las contuve. Parte de mí quería verlo, quería sentir esa chispa que siempre había entre nosotros.

Otra parte, la más racional, volvía a recordarme que debía romper el círculo.

Si seguíamos hablando por teléfono como si nada hubiera pasado, ninguno de los dos sería capaz de lograrlo.

Nunca pasaríamos página y no volveríamos a sentirnos cómodos en presencia del otro.

Algo muy necesario, dado que él era el mejor amigo de mi hermano.

El ruido de la ciudad, que entraba por la ventana entreabierta, lejano pero constante, me recordaba que el mundo seguía girando y yo debía hacerlo con él.

Hasta ahora me las había arreglado para vivir un poco al margen de la realidad, como un avestruz que esconde la cabeza en la tierra, yo me escondía en el día a día.

Con Abril de regreso en casa, eso se había acabado.

Mi amiga estaba aquí para ponerle fin y obligarme a enfrentarme a la situación, a él, a nosotros y a lo que sea que quedara entre los dos. Para bien o para mal.