Amigas, bilogía completa Capítulo 3
53%

Capítulo 3

CÁMERON

E l despertador sonó a las siete en punto, por un segundo pensé en lanzarlo al suelo pero, en su lugar, me limité a extender el brazo para apagarlo y permanecer ahí: tumbado en la cama con la vista fija en el techo de mi apartamento de alquiler.

No era la primera vez que me despertaba antes de que sonara el reloj, ni tampoco la primera vez que lo hacía pensando en ella.

Natalia.

No había día en que no me preguntara si había hecho lo correcto al venir aquí. Pasar las oposiciones había sido un sueño durante años pero, ahora… Ahora no podía evitar pensar en todo lo que había perdido para conseguirlo.

Me levanté de la cama y fui directo a la cocina, activé el encendido de la cafetera y esperé a que el piloto pasara de rojo a verde para ponerla en funcionamiento.

El olor del café llenó la cocina, pero no me trajo ningún consuelo.

Recordé cómo solíamos desayunar juntos, riendo por cualquier tontería mientras ella hacía listas mentales de todo lo que tenía que hacer ese día.

Pensar en eso ahora era como un golpe en el pecho.

Y yo era masoquista.

Apoyado en la encimera, permanecí inmóvil mirando la taza de café como si esta pudiera darme alguna respuesta. Le había pedido que viniera conmigo, que dejara todo atrás por nosotros, pero la verdad era que yo sabía, desde el principio, cuál sería su respuesta.

Natalia siempre fue clara sobre lo que quería. Su tienda era su vida, su proyecto, lo que había construido con tanto esfuerzo. Pedirle que lo abandonara todo había sido muy egoísta por mi parte pero, no pude evitarlo. Yo también había luchado por esto.

«Pero nosotros nos queremos», solía repetirme, como si eso bastara para resolverlo todo. El amor, por mucho que llenara los huecos, no podía cambiar el hecho de que ahora vivíamos en mundos diferentes.

El traqueteo de mi teléfono vibrando sobre la mesa, me rescató de la maraña de pensamientos con los que me autoflagelaba.

Era Tomás. Lo ignoré. Sabía que quería hablar de su hermana, saber cómo estaba y, la verdad, era que ni tenía respuestas para él, ni me apetecía buscarlas.

Nuestra última pelea se había sentido demasiado definitiva.

Hasta el punto de que llevábamos varios meses sin hablarnos, algo nuevo para los dos.

Me pasé una mano por el pelo y suspiré. Quería llamarla.

Decirle que me arrepentía de haberle pedido que se fuera conmigo.

Decirle que la amaba y que nada más importaba.

Pero no lo hice, porque si algo había aprendido durante todos mis años con ella era que las palabras no bastaban cuando la cagabas.

Desganado y hundido, tiré el café por el fregadero y volví a mi cuarto para vestirme.

Diez minutos después salía por la puerta para ir a trabajar, y lo único en lo que pude pensar durante el trayecto era en que tenía que tomar una decisión.

Y rápido. Porque, si no lo hacía, la perdería para siempre.