Amigas, bilogía completa Capítulo 2
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Capítulo 2

NATALIA

A bril entró en la cafetería con un bolso enorme colgado del brazo y el pelo recogido en un moño desordenado.

No pude evitar fijarme en los pendientes que llevaba, de líneas doradas y minimalistas, eran de mi tienda y se los había regalado por Navidad.

Me hizo sonreír. Ella era mi primera y mejor clienta, al fin y al cabo me había pasado la mayoría de nuestra adolescencia siendo la responsable de su armario.

Aún ahora, cuando me llegaba algo que pensaba que encajaría con su estilo, lo metía en una caja y se lo mandaba a casa por correos.

Levanté la mano en cuanto cruzó la puerta para que pudiera localizarme junto a la ventana.

—Tía, por favor, dime que no llevas toda tu casa ahí dentro. —Señalé el bolso con una sonrisa burlona mientras ella se quitaba el abrigo y lo colgaba en el respaldo de la silla. Abril dejó escapar una risa nerviosa y, con un suspiro que me pareció más pesado de lo normal, se dejó caer frente a mí.

—Creo que estoy demasiado acostumbrada a cargar con cosas que no necesito —dijo, jugando con una de las asas del bolso antes de dejarlo en el suelo.

Estaba a punto de hacer una broma con el tema del bebé, pero conocía demasiado bien a Abril como para no notar que algo iba mal.

Abril siempre había tenido esa energía vibrante que llenaba cualquier habitación, pero hoy su voz sonaba apagada, como si detrás de sus palabras hubiera algo que no quería decir.

Me incliné hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—Vale, cuéntamelo. ¿Qué pasa? Y no me digas «nada», porque te conozco demasiado.

Abril suspiró y tomó el sobrecito de azúcar que estaba en la mesa.

Lo rasgó con los dedos, echando el contenido en su taza.

Me había adelantado a pedir los cafés nada más llegar.

Sabía que a Abril no le gustaba demasiado caliente y pensé que así se enfriaría un poco mientras la esperaba.

Por supuesto, esta vez, lo pedí descafeinado.

No dije nada mientras la veía mover la cucharilla con lentitud, revolviendo el contenido de la taza como si entre el remolino de espuma pudiera encontrar las palabras que no se atrevía a decir en voz alta.

—Tomás y yo… —comenzó, pero luego se detuvo. Vi cómo mordía ligeramente su labio inferior, buscando las palabras—. Bueno, como has averiguado: vamos a tener un bebé.

Dejé escapar un pequeño silbido mientras me recostaba en mi silla y asentía feliz.

—He de admitir que no lo vi venir. ¿Ya sabes dónde venden vestidos de novia con espacio para la barriga o te lo busco yo? —le dije, guiñándole un ojo.

Abril se rio, aunque aún quedaba algo de tensión en sus hombros.

—Sabía que te lo tomarías así.

—¿Y cómo quieres que me lo tome? ¡Es una noticia increíble, cariño! Tú vas a ser una madre espectacular. Y Tomás… bueno, el idiota de mi hermano es capaz de enseñarle a hacer un globo con chicle antes de que aprenda a decir «papá».

Abril se rio, esta vez de verdad y, por un momento, su rostro volvió a iluminarse. Aun así, no pude ignorar la sombra que seguía en sus ojos. A pesar de sus risas, algo la estaba preocupando.

Tomé su mano sobre la mesa, dándole un apretón.

—Ahora en serio, ¿qué has venido a hacer a Mallorca y por qué no está mi hermano contigo?

Abril bajó la mirada a nuestras manos entrelazadas y soltó otro suspiro, esta vez más profundo.

—Tomi está bien —dijo al fin, aunque su voz sonaba demasiado ensayada—, con mucho trabajo. Y yo, necesitaba venir sola, aclarar algunas cosas antes de que llegue él. Yo puedo trabajar desde cualquier sitio.

Fruncí el ceño. Con Abril nunca había que insistir mucho para que soltara todo lo que tenía dentro, pero esta vez parecía estar conteniéndose.

—¿Aclarar qué cosas? Abril, ¿es que no quieres casarte?

Abril se echó hacia atrás en la silla; la tensión en su rostro cedió, y una sonrisa breve le iluminó la expresión.

—¡Ay, Nat! Qué cosas tienes… Claro que quiero casarme, pero, ¿te parece poco todo lo que se me viene encima? —Movió la mano, como señalando el aire que nos rodeaba—. Un bebé, una boda, el trabajo de Tomás que nos ata a Galicia… siento que llevo el peso de un millón de cosas encima.

Tomé un sorbo de mi café, intentando ganar tiempo para responder. Abril no era de las que se quejaban por nada. Si decía algo así, era porque de verdad estaba al límite.

—Vale, es un poco caos, lo admito —concluí—.

Pero es un caos bonito, ¿no? Yo lo veo así: te vas a casar con el chico del que llevas toda la vida enamorada, vas a ser mamá y estás viviendo en un lugar precioso.

Estas son cosas buenas, Abril. Aquí siempre tendréis una casa, nadie os mete prisa para volver.

Asintió con una leve inclinación de cabeza, aunque la duda seguía en su rostro. Sus dedos jugaban con el borde de la taza, tamborileando contra la porcelana en un ritmo inquieto.

—Lo sé, y no me malinterpretes, estoy feliz.

Es solo que… —Se interrumpió y cerró los ojos un momento antes de mirarme directamente—.

Hay algo en todo esto que no sé cómo manejar, todavía no lo he asimilado.

Y Tomás no sabe nada del bebé, no sé cómo decírselo.

Tengo miedo de que esto no sea lo que quiere.

Sentí un nudo en la garganta al escucharla. Abril siempre había sido la fuerte de las dos, la que parecía capaz de cargar con el mundo entero. Y yo, la que le quitaba el hierro a todo, con bromas y sarcasmo. Verla así, tan vulnerable, me dolía.

—Es normal tener miedo —le dije con suavidad—. Es un cambio enorme, pero lo haréis bien. Lo querrá, ¿vale? Ni se te pase por la cabeza lo contrario. Si alguien puede con esto, eres tú. No, mejor dicho: sois vosotros.

Ella me dedicó una sonrisa agradecida, pero la sombra seguía ahí. No quise presionarla más, al menos no por ahora.

—Así que… —le dije, inclinándome hacia ella—. ¿Cuándo me vas a decir que vienes a pedirme que sea tu dama de honor?

Se le iluminó la cara y, ahora sí, toda la tensión se disipó como si nunca hubiese estado ahí.

—No creí que fuese necesario pedírtelo. ¿Acaso no lo dabas por hecho? —Le devolví la sonrisa—. Y no te olvides de que tienes un vestido premamá que encontrar para mí.

Durante unos segundos, ninguna dijo nada más, pero no era un silencio incómodo. Era uno de esos silencios raros y valiosos, los que sólo puedes compartir con alguien en quien confías de verdad.

Yo la observé, notando el leve movimiento de su pecho al respirar y la manera en que su mirada parecía perderse en los remolinos de su café. Tal vez lo que necesitaba ahora no eran más palabras, sino simplemente estar aquí, juntas, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Bueno —dije, fingiendo un tono serio mientras me recostaba en mi silla—, estarás de acuerdo conmigo en que no pienso permitirte llevar un trapo de esos premamá tan horribles que parecen cortinas, ¿no?

Abril levantó la vista y sonrió, aunque la vi rodar los ojos.

—Claro que no. Siempre supe que, si algún día llegaba este momento, serías tú la que me ayudaría con el vestido.

—Ya me lo estoy imaginando: algo fluido, con caída natural, y tal vez un detalle aquí —hice un gesto hacia el abdomen— que destaque tu nueva silueta de mamá. Vas a estar deslumbrante.

Ella rio con ganas, llevándose una mano al pecho.

—¡No empieces ya con los cambios de silueta! Aún no se nota nada.

—Eso dices ahora —bromeé, guiñándole un ojo—. Pero, tía, si no vienes a dejarte mimar por mí, ¿para qué eres mi mejor amiga? Además, lo digo en serio. Vas a estar preciosa.

Abril parecía más relajada, y yo me sentí aliviada.

Sabía que sus miedos seguían ahí, pero a veces lo mejor que podías hacer por alguien era recordarle que también había cosas buenas en el caos.

Se quedó en silencio por un momento, mirando de nuevo su taza.

Yo me distraje jugueteando con el asa de la mía, pensando que quizás habíamos terminado con las confesiones por hoy.

Pero entonces, Abril levantó la vista y, con ese tono que mezcla broma y verdad, me lanzó:

—¿Y tú? ¿Cómo están las cosas con Cámeron?

La pregunta me pilló por sorpresa, aunque sabía que en algún momento iba a salir. Con Abril siempre salía.

—Tomás no me dice nada —continuó, encogiéndose de hombros—. Es como si tuviesen un contrato de confidencialidad entre los dos. Yo estoy en el bando de Natalia, así que me mantiene desinformada.

—¿En serio no habláis de nosotros?

Abril negó con la cabeza, pero lo hizo con una sonrisa que me decía que no se lo tomaba a mal por parte de mi hermano.

—Es nuestra forma de mantenernos al margen. No queremos posicionarnos ni hacernos ideas preconcebidas. Es vuestra historia, y nosotros os queremos a los dos.

—Bueno, pues supongo que en este momento no hay un nosotros. Estoy cansada, Abril. La relación con Cámeron no era lo que me había imaginado.

Ella me miró, ladeando la cabeza, y declaró con esa firmeza suya que siempre parecía inquebrantable:

—Pero vosotros os queréis.

—Sí, pero a veces quererse no es suficiente. —Sentí cómo se me quebraba un poco la voz, pero continué—. O sí, pero falla el momento. Y definitivamente este no es el nuestro.

Abril frunció el ceño, confundida.

—No te entiendo.

—Pues que Cámeron está destinado en Madrid y yo no pienso moverme de aquí y dejar todo por lo que he luchado.

El asombro se le dibujó en cada rasgo, y por un momento no pronunció palabra. Luego, con un tono más suave, preguntó:

—¿Es eso? ¿Te pidió que te fueras con él?

Asentí. Sentía las lágrimas al borde y no sabía cuánto iba a poder retenerlas.

—Me dijo que estaba cansado de la situación.

De la distancia. Me dijo que podía cerrar la tienda y buscar algo en Madrid.

Que estaría bien asentarnos en un nuevo lugar pero, yo no quería.

Me han bastado las visitas a la ciudad para saber que no es para mí.

Y después está el piso, me encanta mi piso, me surgió la oportunidad de comprarlo y no la pude rechazar.

Por muy fuerte que intentara parecer, sufría por esta situación.

Amaba a Cámeron como jamás pensé que podría amar, con todo lo bueno y malo que eso implicaba.

Pero verlo marcharse, saber que nuestros caminos se separaban una y otra vez, era como un vacío que se agrandaba en mi pecho y que empeoraba cada vez que me tocaba despedirme de él en el aeropuerto.

Ver a Tomás y Abril con su futuro claro y juntos, mientras el mío se hacía pedazos, me hacía sentir insegura.

Me dolía más de lo que podía explicar. Pero eso no era algo que fuera a cargar sobre nadie.

Me alegraba de corazón por ellos y me prometí que no sería yo quien empañara su felicidad con mi tristeza.

—No puedo hacerlo, Abril. —Me atreví a mirarla a los ojos y añadí, con toda la honestidad que me quedaba—. Sé que tú lo dejaste todo para irte con Tomás, que volviste de Noruega y dejaste a tu madre y a tu hermano, pero yo… no puedo.

Abril agachó la cabeza y durante unos segundos que parecieron eternos no dijo nada. Luego, con un suspiro profundo, levantó la vista hacia mí.

—Yo no dejé nada, Nat. Mi hogar estaba aquí, con vosotros. Ambas sabíamos que mi escapada a Noruega no era definitiva. A mí allí no se me perdía nada más que lo que fui a buscar. Prolongué la estancia más de lo previsto, sí, pero siempre tuvo fecha de caducidad.

Asentí, entendiendo mejor su perspectiva. Sus palabras eran ciertas. Nuestra realidad: distinta. Para mí, Mallorca y mi tienda sí eran mi hogar. Había trabajado demasiado para construir algo que me perteneciera y no podía abandonarlo, ni siquiera por amor.

—¿Crees que hago mal? —pregunté, sintiendo el nudo en mi garganta tensarse más.

Abril negó con la cabeza, con decisión, como si su respuesta hubiera sido clara desde el principio.

—Creo que el error ha sido de Cámeron.

Su frase me desarmó. Nunca lo había pensado así, pero algo en sus palabras encajaba. Abril no lo decía con dureza, sino con la sinceridad que solo alguien que te quiere puede ofrecerte.