Capítulo 1
NATALIA
C uando Abril apagó la música con el mando a distancia y lo tiró sobre el sofá, no me quedó más remedio que parar.
—¿Puedes dejar de bailar y prestarme atención por un momento?
—No estoy bailando —cogí la toalla del suelo para secarme el sudor—, estoy haciendo mi sesión de zumba diaria.
Mi amiga resopló molesta y me siguió hasta la cocina.
—La gente normal se apunta a un gimnasio.
—No me va mal, pero tampoco puedo derrochar. —Saqué una botella de agua de la nevera y bebí hasta quedarme sin aliento—. Este piso, aunque no lo parezca, me cuesta una pasta —dije entre jadeos— no puedo derrochar en gimnasios a los que no voy a ir.
Sin escuchar su respuesta, me dirigí al baño, un camino bastante corto dado el tamaño de mi apartamento, y me encerré en el él.
Mientras me desvestía, pensaba en Abril y lo que hacía ahí esperando tras la puerta sin atreverse a entrar.
Por muy urgente que fuese el asunto que la había traído esta mañana sin avisar, era muy recelosa de la intimidad (de la suya y de la mía) y sabía cuándo tenía que dejar espacio y cuándo no.
Así que, en este momento, me dio mi media hora de ducha diaria.
Y yo se lo agradecería eternamente porque mi estado de ánimo no estaba pasando por su mejor momento.
Cuando dije que las cosas no me iban mal, lo decía de verdad.
Me había costado muchas peleas que mamá entendiese que no estaba dispuesta a perder cuatro o cinco años de mi vida encerrada en una universidad.
No me entendáis mal, no creo que ir a la universidad sea perder el tiempo, al menos no para la mayoría de la gente, pero para mí sí lo habría sido. Lo sentía de verdad.
Eso y que era una adolescente tardía que pensaba que lo sabía todo.
Y vamos a ver, no podéis poner toda la carga del futuro en una niña de diecinueve años.
Es así, ¿quién sabe de verdad lo que le espera el futuro a esa edad?
Pues eso, que yo no lo sabía, pero sí tenía claro que no quería ir y, a pesar de lo que podáis estar pensando, no me arrepiento porque, como ya he dicho: no me va mal.
Cuando abrí la puerta del baño, Abril seguía allí, apoyada en la pared y mordiéndose las uñas mientras consultaba algo en su teléfono.
—Vas subiendo el tiempo —señaló el reloj con forma de luna que tenía en la pared—, cuarenta y dos minutos.
Me encogí de hombros y entré en la puerta de enfrente, mi cuarto.
Con esto ya casi os he hecho un home tour por mi apartamento, no hay mucho más.
Una cocina normalita, un salón comedor, un pequeño baño con ducha y una habitación donde no cogía más que la cama y el armario.
Menudo cambio, ¿verdad? Nada de vistas al mar ni piscina y, lo que es peor, sin vestidor.
Pero era mío, aquí nadie podía decirme lo que estaba bien o mal, ni lo que tenía que hacer. Era mi reino.
Me acerqué a la cama, donde ya había dejado preparada la ropa para el día: una blusa blanca impecable, con el nombre de la tienda bordado en un discreto hilo azul, y unos pantalones gris marengo que aún conservaban el aroma a detergente.
Solté la toalla, que cayó al suelo con un leve susurro, y empecé a vestirme, sintiendo cómo la tela fresca y un poco áspera se deslizaba sobre mi piel todavía húmeda.
—¿Me vas a decir ya por qué estás aquí o tengo que sonsacártelo como cuando éramos pequeñas?
—Tomi dice que Cámeron y tú os habéis peleado. Otra vez.
Me giré y la miré de arriba abajo en busca de algún gesto que delatara su mentira. Mi instinto me decía que había algo más. Era muy probable que mis problemas amorosos pudiesen traer aquí a mi mejor amiga, claro que yo sabía que no era así porque lo que estaba pasando no era ni nuevo ni urgente.
—As ganado peso —contraataqué.
—Ya sabes… en Galicia se come bien.
Nerviosa, desvió la mirada por un segundo de mis ojos y se llevó la mano a la boca para morderse las uñas. Pillada. Si pensaba que me iba a engañar estaba muy perdida.
—No cuela, desembucha —insistí.
Soltó aire y se acercó a la cama, donde se tumbó boca arriba.
—Llevo cinco semanas sin comer manzanas.
La miré extrañada.
—Y eso quiere decir… —la animé a continuar.
Sus pupilas inflamadas hablaban por sí solas.
—Eso, que no puedo acercarme a una manzana. Sólo con verlas me entran náuseas.
Supe lo que intentaba decir, aunque no lo pusiera en palabras. Abril adoraba las manzanas, podía comerse media docena al día y seguir con hambre. Qué ironía.
—¿Lo sabe mi hermano?
—¿Lo de las manzanas?
Le lancé una mirada cargada de preguntas. Resopló.
—No —contestó en un susurro.
—¿Y tu padre?
Abril negó cabizbaja.
—Sólo te lo he contado a ti.
—¿Y por qué a mí?
Abril abrió los ojos y levantó las manos incrédula.
—¡¿En serio me haces esa pregunta, Nat?!
—Ya… perdona, qué tonta.
Me quedé mirándola, intentando procesar lo que acababa de decir, mientras me abrochaba el cinturón con las manos aún temblorosas. Abril, la misma que siempre parecía tenerlo todo bajo control, se veía ahora total y completamente vulnerable. Y eso me removió por dentro.
—¿Eso es todo? —Abril jugaba con el borde de la colcha, sus dedos torciendo la tela en pequeños nudos que deshacía casi de inmediato. Su mirada seguía evitando la mía, pero su voz, baja y temblorosa, lo decía todo—. ¿No me vas a decir nada más? Un consejo, un abrazo, alguna palabra de consuelo…
Algo acababa de cambiar para siempre.
—Lo estoy procesando, ¿vale? Si con la boda ya me teníais descolocada, ahora voy más perdida que un ciego por el desierto, Abril. Me acabas de decir que voy a ser tía.
Tía. Qué palabra tan guay, pensé. La idea se instaló en mi cabeza como una pequeña chispa que, en cuestión de segundos, se convirtió en un fuego cálido en el pecho. Una mezcla de emoción, vértigo y un amor inexplicable por alguien que aún no había llegado.
Yo no quería ser madre, no me veía en el papel, pero tía… eso sí. La tía Natalia, la tía guay.
Abril sorbió por la nariz, nunca la había visto tan afectada. Ni los problemas con Tomás ni la ausencia de su madre habían conseguido perturbarla de aquella manera. Me tumbé junto a ella y la abracé.
— Ahora tengo que ir a trabajar. Te espero a media mañana, en la cafetería de siempre, y hablamos.
Asintió y cambió de tema.
—¿Y me contarás qué pasa con Cameron?
Le di un beso y acaricié su vientre con cariño, después me levanté de la cama como si me hubiesen explotado un petardo en el trasero.
—Ya veremos.
Llegué puntual, como siempre. De mi tienda y de mí solo se pueden decir dos cosas: que siempre estamos a la última y que abrimos en punto. Esta mañana estaba sola, le había dado el día libre a Sara, por lo que me esperaba una mañana bien movida.
Soy lo primero que ven los turistas cuando llegan al puerto de Mallorca.
Había tenido que pelear con uñas y dientes cuando el local quedó vacío porque sabía que era una oportunidad única.
El alquiler era caro, muchísimo más que el pequeño cuchitril en el que comencé, y la mudanza fue caótica.
Las reformas no ayudaron: durante un par de meses tuve que pagar dos alquileres, y las noches se me iban en cuentas y cálculos, preguntándome si estaba cometiendo un error.
Pero todo había valido la pena. Ahora, cada día, veía cómo entraban más clientes, y podía decir con orgullo que vivía sin deudas.
Incluso había devuelto el préstamo que mamá y Aksel me habían dejado para empezar. Mi negocio iba viento en popa.
Sin embargo, no todo iba tan bien.
Tras la marcha de Abril y Tomás a Galicia, me sentí sola.
Muy sola. Cámeron estaba conmigo, y mi amiga y yo hablábamos casi a diario por videollamada, pero no era lo mismo.
La casa se había quedado vacía, y yo… me empecé a agobiar.
Con mamá iniciando una nueva etapa con Aksel, me sentía como una intrusa.
Quería darles espacio, así que me fui. Cámeron y yo decidimos intentarlo.
Mamá trató de hacerme entender que era demasiado joven para independizarme con él, pero no quise escuchar.
Supongo que nadie aprende sin cometer errores.
La verdad es que mamá tenía razón, aunque me llevó tiempo admitirlo.
Al principio, la idea de compartir un espacio con Cámeron parecía mágica: él me necesitaba, yo lo necesitaba, nos queríamos más que nadie, y juntos podríamos construir algo nuestro.
Claro que nadie te avisa de que convivir no es sólo compartir un techo; es enfrentarse a las manías del otro, a sus días malos, y a las dudas que crecen en el silencio de una noche en la que ninguno de los dos puede dormir.
Las primeras discusiones fueron por tonterías: quién había dejado encendida la luz, quién había vuelto a dejar la tapa del inodoro levantada, o a quién le tocaba poner la lavadora.
Cosas pequeñas que, al principio, se resolvían con una risa o un bufido.
Con los meses, esas chispas mínimas se convirtieron en grietas.
Cámeron pasaba horas encerrado estudiando para las oposiciones mientras yo trabajaba sin descanso en lo que fuera con tal de pagar el alquiler y ahorrar para mi tienda.
Quería demostrar que era adulta, que mudarme con él significaba tener las riendas de mi vida.
Pero la verdad era otra: ninguno de los dos estaba preparado para todo aquello.
Esto no pasó de la noche a la mañana. Durante años, Cámeron y yo caímos en un ciclo que parecía no tener fin: peleas, reconciliaciones, rupturas, promesas de cambiar…
y vueltas a empezar. Algunas veces él era quien hacía las maletas y se marchaba, otras era yo quien no podía soportar más.
Pero siempre había algo que nos unía de nuevo, como si el peso de lo vivido fuera suficiente para seguir intentándolo.
No quería preocupar a nadie. Mamá y Aksel estaban felices, construyendo algo sólido y nuevo.
Tomás y Abril, por su parte, tenían su propia vida en Galicia, ocupados con sus planes y, probablemente, más felices que nunca.
Decidí no cargarles con mis problemas. ¿Qué sentido tenía hacerles saber que mi relación con Cámeron se tambaleaba?
No estaba lista para soportar su decepción.
Cuando aprobó las oposiciones, pensé que las cosas mejorarían.
Nada más lejos de la realidad, porque no había plaza en Mallorca y tuvo que irse a la península.
Al principio nos lo tomamos como una oportunidad, un descanso para respirar.
Y lo cierto es que funcionó. Cada vez que volvía ya fuese por vacaciones o un par de días libres, parecía que éramos otra vez aquellos chicos del principio, los que podían con todo.
Pero cuando se iba, el vacío volvía, y con él, las dudas.
Una noche, llegó nuestra última pelea.
Tras una discusión que parecía no tener fin, me encerré en el baño y me quedé sentada en el suelo. Las lágrimas caían en silencio, y en ese momento lo supe: la magia se había roto.
Algo había cambiado, y no estaba segura de si podríamos arreglarlo.
Cuando salí del baño, con los ojos hinchados y la cabeza pesada, Cámeron estaba en el sofá, con la televisión encendida y el volumen bajo.
Su mirada no estaba en la pantalla. Me miró de reojo cuando pasé, pero no dijo nada.
Y yo tampoco. Las palabras ya no eran nuestro fuerte; habíamos gastado las más importantes en promesas que ahora se sentían vacías.
Esa noche dormimos espalda contra espalda, sin apenas movernos y la ansiedad inundando la habitación.
El silencio era tan denso que me pareció escuchar el eco de los te quiero que solíamos decirnos antes de apagar la luz.
Me quedé despierta, preguntándome en qué momento exacto habíamos dejado de ser nosotros para convertirnos en dos personas compartiendo un espacio.
¿Fue cuando dejamos de reírnos por tonterías?
¿O cuando empecé a preocuparme más por las cuentas que por sus caricias?
A la mañana siguiente, cuando desperté, Cámeron ya no estaba en la cama.