Capítulo 34
AbrIL
C uando escuché el timbre de la puerta, cogí a Olson que estaba tumbado en el suelo mordiendo un elefante de peluche y me acerqué para abrir; seguramente sería Hans, el repartidor de la floristería que había al principio de la calle.
Traía flores a diario, pero no quería decir quién las mandaba ni para quién eran.
Le había insistido varias veces en que se estaba equivocando de dirección y la pobre destinataria estaría echando en falta sus flores.
Él se reía siempre y me decía que estaba completamente seguro de que era la dirección correcta.
Lo cierto es que las flores venían con una nota, y siempre eran las mismas: lirios.
Lo único diferente era el color, y a eso hacía referencia la nota.
El lunes habían llegado blancos, como símbolo de inocencia y pureza; el martes, amarillos, la alegría y la felicidad; y el miércoles, rosas, por la bondad y la ternura.
Me preguntaba qué color traería Hans esta mañana.
Abrí la puerta y me lo encontré con un enorme ramo de lirios rojos; era tan grande que le tapaba la cara, me reí en cuanto lo vi.
—Buenos días, Hans. Creo que esta vez te has pasado con el tamaño —dije en noruego.
—Me temo que, como no me lo repitas en español, no te voy a entender.
Olson casi se me cae de los brazos de la impresión. Después de cuatro meses, solo hacía falta volver a escuchar esa voz para que un escalofrío me recorriese desde las puntas de los pies hasta la última fibra de cabello.
Tomás descendió el ramo de flores lentamente hasta quedar al descubierto. Por un momento, miró extrañado al niño que tenía en brazos. Yo, al darme cuenta, lo miré también y sonreí.
—Te presento a Olson, mi hermano.
—¿Hermano?
—Sí, ¿no te parece increíble? Después de diecinueve años, de repente tengo un hermano.
Olson sonrió a Tomás e intentó alcanzar una flor del ramo de lirios.
Me aparté de la puerta indicando a Tomás que entrase en la casa. Mi madre y Tina tenían que arreglar unos papeles del restaurante y yo me había quedado a cuidarlo. Era muy gratificante lo rápido que ese pequeñín y yo nos habíamos hecho inseparables.
Le enseñé brevemente las zonas de la casa por las que pasábamos hasta llegar al salón y le pedí que tomase asiento junto a nosotros.
—Veo que hoy tocan rojas —comenté para romper el hielo.
Tomás asintió algo avergonzado y dejó el ramo sobre la mesa, ya nos encargaríamos luego de él.
—¿Te han gustado?
—No sabía que eran tuyas.
—¿De quién iban a ser si no? —Frunció el ceño y yo me reí. Estaba en mi territorio y él se veía… muy nervioso.
—Tampoco podía saber si eran para mí. Aquí todo el mundo es muy cariñoso y envían muchos regalos.
Alzó una ceja, no me creía.
—Vale, quizá tenía un poco de esperanzas de que fuesen para mí.
Dejé a Olson de vuelta en el suelo con sus juguetes y nos sentamos en el sofá.
—¿Por qué lirios? Mis flores favoritas…
—Son las rosas, lo sé. Pero… los lirios son más resistentes y…
en la floristería me dijeron que las rosas estaban muy vistas —se rio—.
No, es broma, me dijeron que están más cargadas de simbolismo.
—Se agitó el pelo con una mano mientras miraba cómo Olson jugaba en la alfombra—. Es una tontería, lo sé.
No lo era y quería decírselo, pero no fui capaz, necesitaba cambiar de tema, por lo que le pregunté si le apetecía tomar algo.
Era temprano y no sabía si había desayunado algo durante el viaje, pero, en realidad, estaba tan nerviosa, que lo que necesitaba era un segundo para asimilar que él estaba allí, sentado en el sofá de mi madre.
No tenía experiencia en lo que era ser una buena hermana, pero me aproveché de la presencia de Olson para pedirle a Tomás que lo vigilase mientras yo preparaba algo para los dos.
Mi madre tenía una cafetera muy moderna, de esas super-automáticas que le echas el café en grano y la leche y, con darle a un botón, puedes escoger entre seis recetas diferente, tanto te prepara un capuchino como un latte macchiato en un santiamén.
Esperaba que este último fuese de su agrado, en casa solía tomar café solo, largo y sin azúcar, pero me había hecho adicta a este brebaje.
Preparé un par y los llevé de vuelta al salón junto con dos cruasanes de mantequilla.
—No tenías que molestarte —dijo, cogiendo una de las tazas humeantes.
—No es molestia. —Comencé a masticar un pedazo del bollo.
Los dos nos quedamos callados, por primera vez, nos sentíamos incómodos al lado del otro, ¿qué hacía Tomás allí? ¿Estaba de viaje por el país o había venido a por mí? Y si era así, ¿en calidad de qué?
—¿A qué has venido?
—¿Por qué no has vuelto?
Preguntamos a la vez. Suspiré y él agachó la cabeza.
—Te echaba de menos —contestó primero—. Muchísimo, Abril. ¿Por qué te has quedado aquí? Yo, Natalia, todos queremos que vuelvas. Ella me dijo que solo iban a ser un par de semanas, pero…
—Tomi…
—Perdóname —me interrumpió—, no tengo que pedirte explicaciones de nada, y de verdad que no lo estoy haciendo. No es mi intención. Solo estoy sacándome de dentro todas estas preguntas porque, porque me rondan la cabeza y me están volviendo loco.
Puse mi mano sobre su brazo, que no había dejado de mover desde que comenzó a hablar.
—Tomi, no sé qué decirte. Necesitaba tiempo.
Asintió.
—Lo sé, tu padre me dijo que te dejase espacio.
Suspiré.
—¿Qué sabe mi padre?
Negó con la cabeza.
—Nada, todo, no lo sé. Hablé con él cuando te fuiste, pero lo he estado evitando desde entonces.
—Ya. Él y tu madre están muy bien juntos. Y yo, aquí, he descubierto muchas cosas. Cosas sobre mí y sobre mi familia. —Señalé a Olson—. No sabía que él existía hasta que atravesé esa puerta con mi madre.
—No puedo creer que no te contara que tenías un hermano.
—No quería hacerlo por teléfono, por eso insistía tanto en verme. La estoy conociendo y, no la justifico, pero ahora la entiendo mejor.
—¿Qué quieres decir?
—¿Recuerdas al cocinero por el que nos abandonó? —Asintió—. En realidad, se llama Tina y es cocinera —me reí—. No sé en qué momento ella y papá pensaron que era mejor para mí no saber la verdad.
Tomás me miró sorprendido. Veía en su mirada todas las preguntas que quería hacerme, pero que no se atrevía a formular.
—Al principio estaba muy enfadada con papá, creo que él tuvo más parte de culpa que ella. Pero lo he perdonado. Ahora solo quiero recuperar el tiempo perdido.
—Eso está muy bien, pero ¿qué hay de nosotros?
—¿Nosotros?
—¿No me echas de menos? —dijo, tomando mis manos entre las suyas—. Sé que metí la pata, no pensé y eso me costó lo que más quería.
«Lo que más quería», el nudo que tenía en el estómago empezó a soltarse y el calor empezó a inundar mi pecho.
Me moría de ganas por volver a acariciar su pelo, había crecido mucho desde la última vez que nos habíamos visto, se veía delgado y el brillo de sus ojos estaba apagado, ¿sería por mi culpa?
¿Realmente me había echado tanto de menos?
—¿Y qué pasa con nuestros padres, Tomi?
—Tú, ¿todavía me quieres? —preguntó, inseguro.
—Claro que te quiero.
Tomás sonrió y tomó mi cara entre sus manos, un suspiro se escapó de mis labios y no pude evitar cerrar los ojos del gusto que me daba volver a tenerlo tan cerca.
—Entonces —se acercó más y más hasta que nuestras narices se rozaron—, nada más importa.
Nuestros labios se juntaron y, después de una eternidad, sentía que por fin volvía a estar completa.
—Vuelve conmigo, ven a Galicia, termina tus estudios, descubre lo que quieres hacer y yo estaré allí, para apoyarte en todo, déjame formar parte de tu vida.
—Tomi…
—Tú marcas el ritmo.
Había descubierto que no necesitaba a nadie para ser feliz, allí lo había sido, mucho. La soledad era, en ocasiones, la mejor compañera, me permitió conocerme a mí misma. Eso era algo que siempre tendría que agradecerle a este tiempo.
En su mirada podía ver un mundo de emociones, de miedo, de amor, de esperanza… Levanté la mano hasta sus rizos y los acaricié, contemplé cómo cerraba los ojos ante mi tacto. No necesita pensármelo más, sabía dónde quería estar.
—Iré.