Capítulo 31
TOMÁS
« M i hija se ha marchado», cinco palabras grabadas a fuego en mi cabeza. Aksel no se veía enfadado, solo abatido y preocupado.
—No sé qué ha pasado entre vosotros dos, pero mi instinto me dice que por fin habéis dado el paso y algo no ha ido bien.
Lo miré sorprendido.
—¿Co-cómo lo sabes? —tartamudeé.
—Por favor, chico. Hay incendios que se miran venir menos que lo vuestro.
Agaché la cabeza con el sobre, todavía cerrado, entre mis manos.
—¿Tú quieres a mi hija?
—Sí, claro que la quiero. Pero, mamá y tú… ¿qué se supone que teníamos que hacer? ¿En qué nos convierte vuestra relación?
Aksel me miró con los ojos muy abiertos, comprendiendo dónde residía el problema. Su expresión se suavizó y apoyó una mano en mi hombro.
—Chico, no os convierte en nada que no seáis ya.
—Claro que sí, si vosotros os casáis…
—¿Casarnos? Ni tu madre ni yo tenemos la menor intención de casarnos. No tengas miedo por eso. Los dos llevamos tiempo viendo lo unidos que habéis estado siempre, sabíamos que este día iba a llegar y, jamás, escúchame bien, jamás, haríamos nada que os perjudicase.
—Y yo no quiero perjudicar a mi madre —me defendí.
—No lo haces. Tu relación con mi hija no tiene nada que ver con lo que hagamos nosotros.
Que María y yo nos demos una oportunidad no va a en contra de lo que podáis hacer vosotros.
Mira, es muy difícil encontrar a tu otra mitad en un mundo tan grande como este en el que vivimos.
Si vosotros os pertenecéis el uno al otro, no dejes que nadie se interponga.
—Ahora ya da igual. —Levanté la carta—. Se ha marchado por mi culpa.
Aksel suspiró y me arrebató la carta de las manos, miró el sobre detenidamente y lo abrió, sin mirar el contenido, me lo entregó de vuelta.
—Léela y luego ya veremos. Si mi hija te quiere, no va a dejar de hacerlo por una discusión.
Caminé hasta la tumbona más alejada de la casa y me dejé caer, derrotado.
—No lo entiendes, la he cagado. Mucho. Lo vi en sus ojos y ahora… ya no está.
Aksel vino hacía mí y tomó asiento también.
—Soy su padre y, que se haya marchado, me dice cuánto te quiere.
—Lo miré con nuevas esperanzas—. Ahora bien, te lo pido, tomate un tiempo, piensa en tus sentimientos y permite que ella piense en los suyos.
No sé, deja pasar un par de meses y, si entonces tu corazón te dice que es ella, búscala.
—Apoyó la mano en mi rodilla—. Vamos, chico, está en casa de su madre, está lejos, pero no está perdida.
Las palabras de Aksel me habían reconfortado, me daban ánimos y me hacían pensar que no estaba todo perdido, pero ¿cómo podía esperar?
Un par de meses… no podía. Asentí antes de levantarme para volver a mi cuarto.
No hablé con nadie por el camino, cogí el teléfono y marqué su número, necesitaba hablar con ella, escuchar su voz.
Apagado. Lo intenté otra vez, nada. ¿Qué esperaba?
Ni siquiera tenía un mensaje personalizado en el buzón de voz, así que me quedé con las ganas mientras escuchaba la locución del contestador de la compañía telefónica.
Alguien llamó a la puerta, no me apetecía hablar con nadie, por lo que no respondí.
Pero era mi hermana y eso no le importaba, entró de todas formas.
Dedicó un momento a mirar hacia la cama supletoria donde Alberto roncaba, le hice un gesto para indicarle que, cuando estaba así, no se enteraba de nada, era como si no estuviese.
—Lo tiene apagado. —Venía con el móvil en la mano—. ¿Tanto la cagaste que se ha marchado a tres mil kilómetros de distancia?
Le arrojé el cojín que tenía más cerca, no estaba para bromas.
—Estará en el avión.
—¿Has intentado llamarla?
Asentí, dejándome caer sobre el colchón.
—Me lo imaginaba. Le he mandado unos cuantos mensajes. —Se sentó a mi lado—. No puedo creer que se haya ido sin decirme nada. Es mi mejor amiga. Estoy tan enfadada.
—No creo que lo haya pensado mucho. No se lo tengas en cuenta. Seguro que se siente igual de mal. Además, tendría miedo de que la convencieras de lo contrario.
—Es posible. Aunque ella ya sabía que se iba a ir. —Me incorporé de golpe—. No me mires así. Abril lleva tiempo pensando en ir a ver a su madre —suspiró—. Habría ido de todos modos, el problema, es que ahora no tiene motivos para volver.
Natalia echó un nuevo vistazo a su móvil y se levantó de la cama. No dijo nada más y salió de mi cuarto, dejándome la cabeza a punto de explotar.
Todavía no me había atrevido a leer la carta, la mantenía entre mis manos, fuertemente agarrada.
Me daba miedo enfrentarme a las palabras que habría allí escritas, me aterraba encontrar dolor y resentimiento, ¿y si había roto el amor que sentía por mí?
¿Qué sería de nosotros? Joder, yo tenía la culpa de todo aquello.
Pero ella también tenía parte de culpa. No había tenido margen para pensar, entre la noticia de nuestros padres y su partida.
No me habían dado tiempo a nada. Los dos lo habíamos hecho fatal.
Me recosté sobre el cabecero de la cama y tomé la carta para leerla. No podía posponerlo por más tiempo.
Hola, Tomi.
Cuando papá te dé esta carta ya estaré lejos. Lo siento, pero, por favor, no me llames.
¿Que no la llamé? Joder, eso me partió el corazón.
Lo que pasó anoche fue un punto de inflexión importante para mí. Me hizo comprender muchas cosas, mucho de mí misma.
Me he pasado los últimos catorce años enamorada de ti. ¿Te das cuenta de lo que es eso? Catorce años, Tomás. Era una amor idealizado, claro, platónico. El amor de una niña que encuentra a los cinco años un ancla a la que aferrarse cuando el mundo se desmorona a su alrededor.
Estas semanas a tu lado han sido maravillosas, le han dado un vuelco a todo lo que sentía por ti, le han dado forma a este amor y lo han hecho realidad. Lo que habían sido sueños, ahora serán recuerdos. Y que lo hayas roto con tanta facilidad me rompió el corazón.
Creía que me había resultado fácil. No lo había sido, quizá no llevara tanto tiempo enamorado de ella, pero sí lo estaba. Me hubiera arrancado un brazo ahí mismo si pudiese retroceder en el tiempo y hacer las cosas de otra forma.
Pero no te preocupes, no te dejo esta carta para reprocharte nada, es solo que no puedo enfrentarme a ti en este momento, sé que es cobarde por mi parte.
Quiero que sepas que lo entiendo. Al principio no lo hacía, me enfadé, pero después de pensar en papá. Él y María llevan mucho tiempo solos. Si no estuviera enamorada de ti, los cinco seríamos una familia ideal, ¿no te parece?
Por eso te pido espacio, no me llames, no me busques, déjame olvidarte. Necesito olvidar estos sentimientos, que no compartes, y poder ser para ti lo que debo ser, una hermana.
P.D. Por favor, ¿podrías pedirle a Natalia que cuide de Patitas cuando papá no esté? No podía traerlo conmigo.
Te quiero.
Abril.
«Que no comparto», «Una hermana», pero ¿cómo podía pedirme esto?
Claro que compartía estos sentimientos, ¿es que no se había dado cuenta?
Me estaba pidiendo tiempo para olvidarme, para dejar de quererme.
¿Cómo iba a hacer caso a Aksel y volver a mi vida como si nada?
La necesitaba a mi lado, si dejaba pasar unos meses… ¿me olvidaría de verdad?