Amigas, bilogía completa Capítulo 30
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Capítulo 30

AbrIL

E staba hecho, había tomado una decisión y, cuando hacía eso, no había vuelta atrás. Me iba.

Llegué a casa como un huracán, mi padre, que me esperaba en la cocina, vino detrás en cuanto vio que no paraba junto a él.

—Cariño, ¿qué te pasa?

—Ahora no, papá —dije, limpiándome las lágrimas de las mejillas disimuladamente. Entré en mi habitación y saqué la maleta de viaje, no la pequeña que utilizaba cuando Natalia y yo hacíamos alguna escapada de dos días, sino la vieja que habíamos utilizado cuando nos mudamos catorce años atrás.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, entrando en mi habitación.

—Me voy a ver a mamá.

—¿Ahora? ¿Me estás tomando el pelo?

Dejé la maleta sobre la cama y comencé a llenarla con la poca ropa de abrigo que tenía, no sabía qué tiempo haría en Noruega, pero apostaba lo que fuera a que no era comparable al calor de Mallorca.

—No, papá, lo siento, pero necesito hacerlo. Tengo que poner distancia y rápido.

—¿Es por lo de María? Cariño, yo, yo… pensé que te alegraría. ¿Tan mal te parece?

—Sí —contesté de golpe, papá pareció abatido—. No —rectifiqué al momento—, quiero decir que… es complicado, vale. No tiene que ver con vosotros, directamente, y al mismo tiempo, sí tiene que ver. Me estoy explicando fatal. Solo quiero cambiar de aires, un tiempo. Y ver a mamá.

Me acerqué a papá y lo abracé. Aunque me sentía morir, no podía cargar en su espalda el peso de lo que me estaba pasando.

Él solo se había enamorado y se merecía ser feliz.

María era una mujer maravillosa. Si le contaba lo que había pasado con Tomás, podía estropear su relación y eso no era justo para ninguno de los dos.

Una vez consideré que había metido en la maleta todo lo que me podía llevar, la cerré y cogí mi portátil del escritorio, él no se iba, se limitaba a contemplar mis movimientos desde una distancia prudencial.

—¿De verdad que no puede esperar? Cielo, entiendo que quieras ver a tu madre, pero —se miró el reloj—, son las dos de la mañana.

Levanté la vista del portátil, donde ya se había cargado la página con el listado de vuelos y combinaciones.

—Papá, ya he tomado la decisión.

Mi padre suspiró y abandonó la habitación, cabizbajo.

Con solo un par de clicks encontré el vuelo perfecto, salía a las ocho de la mañana con Oslo como destino final, tan solo tenía una escala en Ámsterdam.

Sin pensarlo un minuto más, pagué los casi doscientos euros y cogí el móvil para avisar a mi madre, ella podría indicarme los pasos a seguir desde allí.

Sabía que estaba siendo impulsiva, pero estaba empezando a comprender los motivos de Tomás.

Se iba a sentir culpable con mi marcha y, por más enfadada que estuviese con él, no quería poner más cargas sobre sus hombros.

Decidí que lo mejor era dejarle una explicación, cogí un folio del escritorio y me preparé para dejarle una carta que entregaría a mi padre cuando me subiese al avión.

Con todo listo, acostada en la cama, contemplé la pared que Tomás y yo habíamos pintado, parecía que había pasado un siglo.

Sola y tranquila, me permití llorar por un amor que había durado tan poco como los pétalos de una flor.

Apenas conseguí cerrar los ojos, el despertador que había preparado con tiempo suficiente para llegar al aeropuerto sonó para recordarme que era hora.

Salí de mi cuarto duchada y vestida con unos vaqueros y un suéter fino en la mano, en la maleta llevaba más chaquetas de punto, pero me parecieron pesadas para cargar con ellas todo el camino. Por más frío que hiciese en el norte, en el aeropuerto tendrían calefacción.

En cuanto me escuchó, papá salió de su cuarto con cara de no haber descansado.

—Cariño, ¿estás segura de esto?

Asentí sin detenerme, bajé las escaleras cargada con la maleta hasta llegar a la cocina. Tenía un nudo en el estómago, pero necesitaba tomarme un café tamaño industrial para despejar los sentidos después de una noche en vela.

—¿Tiene esto que ver con Tomás?

Me quedé petrificada, lentamente giré sobre mis talones para evaluar la mirada de mi padre, ¿a qué conclusiones habría llegado?

Mi mano atrapó inconscientemente el colgante con la rosa que me había regalado, había estado a punto de dejarlo, pero me lo había dado siendo amigos y, por esa amistad, no quise desprenderme de él.

Papá contempló mi mano y suspiró, sabía que había dado en el clavo.

—Mira, cariño. No estoy ciego, sé que él es muy importante para ti y, si ha pasado algo que debería saber…

—No —lo interrumpí—. Para, por favor. —Dejé la taza vacía en el fregadero y me acerqué a mi padre para darle un abrazo—. Todo está bien con Tomás, ¿vale? Esto es algo que llevo tiempo pensando. Solo será un tiempo.

Papá asintió, derrotado.

—Por lo menos, déjame llevarte al aeropuerto, así pasaremos un poco más de tiempo juntos.

—Está bien. Te quiero, papá.

En el aeropuerto, tras superar el control de seguridad, me dirigí al módulo A, donde estaba mi puerta de embarque, y apagué el teléfono móvil.

No lo volví a encender hasta que tocamos tierra en Oslo.

Ni siquiera durante la breve estancia en Ámsterdam me atreví a encenderlo, me imaginaba la avalancha de mensajes y llamadas perdidas que recibiría si lo hacía.

Así fue, mi padre me preguntaba por el vuelo y me pedía que le confirmase cuando estuviese en casa de mamá; Natalia me había enviado por lo menos cuatro mensajes llenos de reproches por no haberme despedido y un último mensaje conciliador, y Tomás, de él solo había un par de llamadas perdidas. ¿Eso era todo?

Vi a mamá en la zona reservada para las llegadas, caminaba de adelante para atrás mientras se mordía las uñas.

Su pelo era rubio, pero de un tono más oscuro que el mío y las mejillas coloradas resaltaban en una tez tan blanca como la porcelana, me imaginé que la mía, alejada de la playa y el mar, terminaría igual. Era una mujer hermosa.

En uno de sus giros, alzó la vista y me vio, se detuvo y dejó caer los brazos, como un peso muerto a ambos lados de su cuerpo, noté cómo se quedaba paralizada de la impresión.

Era consciente de lo mucho que había cambiado desde la última vez que nos habíamos visto en persona.

No esperaba que corriese hacia mí para lanzarse a mis brazos, eso habría resultado violento y poco natural, quizá algún día llegáramos a tener ese tipo de relación, por ahora, todo lo que teníamos eran un par de llamadas al mes.