Capítulo 29
TOMÁS
C uando la vi salir corriendo, me quedé petrificado, otra vez.
No sabía si tenía que ir tras ella o eso lo haría más doloroso todavía.
Maldita sea, claro que la quería. Detestaba hacerle daño, pero ¿qué otra opción me quedaba?
Se trataba de mi madre, no podía separarla de Aksel por un amor de verano.
Me pregunté si eso había sido ella para mí, ¿un amor de verano?
No, ¿a quién quería engañar? Abril era mucho más que eso.
Derrotado, volví a casa, caminé despacio, era tarde y esperaba que todos se hubiesen ido ya a la cama. Otra cosa en la que me equivocaba, Natalia me esperaba sentada en las escaleras del porche con una taza en la mano.
—La has cagado, ¿verdad?
No la miré, me limité a esquivarla y entré a casa; con mamá dentro, no se atrevería a gritarme y, aunque sabía que no me iba a librar de sus reproches, por lo menos tendría que hacerlo en voz baja.
—Déjame en paz, Natalia. Ya estoy bastante jodido sin aguantar tus mierdas.
Pensé que se revelaría, que arremetería contra mí o me inundaría a preguntas. No lo hizo. Me dio un apretón en el hombro y se alejó por el pasillo hasta meterse en su habitación. Abril estaría dentro; en ese momento, me imaginé que necesitaría del apoyo de su amiga. Se lo merecía más que yo.
Mi cuarto estaba oscuro y vacío, Alberto pasaba mucho tiempo fuera de casa; según decía, había conocido un grupo de residentes alemanes y habían congeniado muy bien.
No era la primera noche que quedaban después de cenar y no volvía hasta el alba.
Esperaba que esta fuese una de esas noches porque quería estar solo.
Conciliar el sueño era imposible, la extrañaba a mi lado, su olor y su respiración relajada mientras dormía entre mis brazos.
Qué largas pueden ser las noches cuando uno está insomne; debía estar cerca el amanecer cuando, por fin, el cansancio pudo más que el flujo de pensamientos que me gritaban que había cometido el peor error de mi vida.
Me desperté con un portazo, Alberto se dejó caer encima de la cama como un peso muerto.
—¡Joder, tío! Estoy reventado. Y luego dicen que las alemanas son frías.
Me tapé la cabeza con la almohada para no escucharlo.
—Este está siendo el mejor verano de mi vida. En serio, nunca voy a olvidarlo. Me siento como el actor ese de las películas, ¿cómo se llamaba? Ese que le gustaba a mi abuela.
—Déjame en paz —protesté.
—Esteso, Fernando Esteso —se respondió a sí mismo.
—¿Quieres cerrar la puta boca de una vez? Necesito dormir.
Alberto se incorporó, se sentó en la cama y comenzó a desvestirse.
—Sí, yo también, aunque ya es mediodía, tío. Creo que voy a dormir hasta la hora de la cena.
¿Mediodía?, pensé, al final sí que había dormido algo.
—Oye, qué movida la de tu madre. Al final va y resulta que, en vez de ir a ver a tu tía, se estaba tirando a tu suegro —soltó de una forma jocosa.
No pude más y me levanté furioso de la cama, dudé dos segundos con la mano aferrada al pomo de la puerta, no sabía qué era peor, aguantar las tonterías que salían por la boca de Alberto o salir y enfrentarme a Abril. No podía evitarla por siempre, así que opté por la segunda opción.
Mamá y Natalia estaban en la cocina, mamá pelaba unas patatas sentada en la isla mientras mi hermana descascarillaba unos huevos cocidos, se las veía bastante tensas cuando llegué hasta la nevera para tomar una botella de leche, a estas horas no quedaba ni el olor del café.
—Por fin aparece el bello durmiente —dijo Natalia.
—¿Hoy no has ido a nadar, cariño? —preguntó mamá.
Natalia bajó la vista de vuelta a los huevos, me imaginé que Abril le habría explicado lo sucedido la noche anterior.
—No, mamá. No he pasado una buena noche.
—No me extraña —cuchicheó mi hermana.
No tuve tiempo de reprocharle su amargura ya que Aksel acababa de entrar por la puerta, y no se lo veía feliz.
—Tomás, ¿podemos hablar un momento?
Los tres nos quedamos callados, esto sí que no me lo esperaba. Mamá estaba sorprendida por la actitud de su novio, Natalia me miró cómplice y yo me limité a asentir levemente con la cabeza. Aksel se habría enterado de lo mío con su hija, y no había duda de que no le gustaba.
Emprendí el camino hacía el jardín, pero, antes de salir por la puerta, pude escuchar como Natalia le preguntaba por Abril; al parecer, ella tampoco sabía nada de ella desde anoche, no había dormido en casa.
—¿Abril está bien? —pregunté en cuanto estuvimos lo suficientemente alejados de la casa.
—Dímelo tú. —Me entregó un sobre cerrado. Mi nombre figuraba escrito, era la letra de Abril—. Mi hija se ha marchado.