Capítulo 28
AbrIL
E ntré en la cocina de última para comprobar que, quien estaba allí, entre risas, no era otro más que mi padre.
—¿Papá?
—¡Abril, cariño! Estás preciosa mi amor —me abrazó como solo un padre sabe.
—No, no me avisaste de que volvías —dije confusa.
—Queríamos daros una sorpresa —dijo María, que se acercó para darme un abrazo también—. Yo tampoco quería llamar, pero tu padre me convenció. No le parecía justo para vosotros.
Estuvimos un rato hablando sobre su viaje, a pesar del buen tiempo, habían pillado alguna turbulencia. Después, mientras se daban una ducha y se ponían más cómodos, los cuatro aprovechamos para terminar de preparar la mesa y servir la cena.
Me acerqué a Tomás, estaba muy callado y miraba serio por la ventana hacia ninguna parte.
—¿En qué piensas? ¿Estás nervioso por contarles lo nuestro?
Negó con la cabeza y me miró, de repente, su actitud fría y esquiva, su mirada, no reflejaba la felicidad de hacía una hora.
—¿No te preguntas por qué han llegado juntos?
—No, se habrán encontrado en el aeropuerto —enrosqué mi brazo en su cintura—. ¿Qué importa?
Tomás se zafó de mi abrazo y se apartó un par de pasos.
—Eso no tiene sentido. Cuando mamá llamó estaba de camino al aeropuerto.
Estaba a punto de contestar cuando nuestros padres entraron en la cocina, venían hablando de algo, María se mordía las uñas mientras sonreía, mi padre nos miraba de soslayo. Parecía importante, pero desde donde estaba, no podía escuchar nada de lo que se decían.
—Ya estamos todos —dio una palmada—, ¿cenamos? —Se acercó al horno—. Abril, esto huele de rechupete.
—¿Por qué Abril? —protestó Natalia— ¿Y si no ha sido ella?
—Anda, Natalia, como si tu supieras cocinar —la picó Tomás que parecía haber recuperado el buen humor de repente.
—Cariño, estoy segura de que si no fuese por Abril tendríamos unas pizzas o algún plato preparado del restaurante de Alejandro para cenar —intervino María tomando asiento junto a mi padre.
Natalia resopló vencida.
—¿Qué tal está la tía? —preguntó Tomás cambiando de tema.
La pregunta pareció pillar a María desprevenida.
—Está mejor, cariño. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno… nunca habías pasado tanto tiempo con ella. Es normal que me preocupe, ¿no crees?
—Porque no lo haces nunca —contestó Natalia y le arrojó un pedazo de pan.
—Para, no seas niña.
Natalia le sacó la lengua y Tomás suspiró haciendo como que no la veía. Retomó la conversación.
—Lo que digo es que algún motivo habrá para que te hayas quedado tanto tiempo con ella.
—Verás, hijo.
—María —interrumpió papá—, yo creo que ya va siendo hora de que los chicos sepan la verdad.
María asintió y bajó la mirada colorada. Natalia dejó de reír y miró preocupada a su madre.
—Ha pasado algo, ¿verdad? ¿La tía está enferma?
—No cariño, tu tía está perfectamente —contestó esta agarrando la mano de su hija sobre la mesa—. Lo que Aksel quiere decir es que, hay algo que os hemos estado ocultando desde hace un tiempo.
Me vi reflejada en Natalia, sé que las dos teníamos la misma cara de estupefacción. Hasta Alberto parecía intrigado. Sin embargo, Tomás, había apartado la vista y evitaba mirar a nuestros padres a la cara. Quizá él sabía algo que nosotras ignorábamos.
—Veréis —continuó papá—, María y yo —agarró su mano encima de la mesa—, llevamos algún tiempo viéndonos, como pareja.
—¿Cuánto es algún tiempo, papá?
—Unos seis meses. Estamos, hemos pensado —corrigió—, que queremos que esto sea algo más serio, formalizarlo de alguna manera.
—Queremos vivir juntos —sentenció María.
Miré a Tomás, estaba blanco como el papel. María también notó la reacción de su hijo mayor.
—Cariño, ¿qué opinas?
—Nos has mentido. —Aarrojó su servilleta sobre la mesa—. No has has ido a ver a la tía, todo este tiempo…
—No es eso —contestó María aturdida—, si hemos ido con ella. Y queríamos contároslo, pero, primero, queríamos estar seguros.
Tomás se levantó de la mesa sin decir nada más y salió por la puerta del jardín.
—¿Pero a este qué le pasa? —preguntó Natalia— A mí me parece estupendo, mamá.
—Se levantó y dio un abrazo a su madre—.
Me alegro de que por fin pienses en rehacer tu vida — se acercó a mi padre y lo abrazó también—.
Y me alegro de que sea contigo, Aksel, total, ya eras de la familia.
—Se giró hacia mí con los ojos abiertos como platos—. ¡Ahora sí que vamos a ser hermanas!
«Hermanas» miré hacia a la puerta.
—Abril, ¿a ti qué te parece?
Los miré, todavía estaba procesando la información y no sabía qué contestar. En ese momento pensé en mi madre, que llevaba catorce años con un hombre al que todavía no conocía, en Tomás y su reacción y en que mi padre llevaba medio año ocultándome que había alguien importante en su vida.
—Yo, yo —no sabía cómo reaccionar—. Voy a buscar a Tomás.
Salí de la casa sin más explicaciones. Estaba en shock.
Tomás no estaba allí fuera, solo se me ocurrían un par de sitios a los que podía haber escapado.
Emprendí el descenso por el camino hasta nuestra roca, no estaba allí, así que continué bajando hasta la playa arropada por la luz de la luna.
La noche era calurosa, pero hacía bastante aire y me sujeté el pelo en un recogido sencillo para mantenerlo fuera de la cara. Se avecinaba una tormenta de verano.
Lo encontré a la orilla, sentado en la arena contemplando un mar agitado. A estas horas la cala estaba desierta.
Me senté a su lado y apoyé la mano sobre su muslo, lo que lo hizo reaccionar de repente sacándolo de sus pensamientos.
—¿Estás bien?
—Abril, yo…
No tenía palabras, se giró hacia mí, me tomó la cara entre las manos y me besó. No fue un beso dulce, fue posesivo y lleno de rabia. No estaba segura de qué significaba aquello, pero amaba cada uno de sus besos y me dejé llevar.
Terminamos tirados sobre la arena, puede que el sexo en la playa parezca una idea romántica y excitante, en realidad, te deja con arena incrustada en partes que te parecerían imposibles. Este pensamiento hizo que se me escapase una carcajada.
—¿Por qué te ríes? —preguntó incorporándose.
—Por la arena, creo que tardaré un mes en quitármela por completo.
No me acompaño en la broma, sino que siguió serio, se sentó y escondió la cabeza entre las rodillas agitándose el pelo con las manos, nervioso.
—Tomi, ¿qué pasa? Estás muy raro. —Me incorporé y cogí mi vestido para taparme un poco.
—¿En serio me lo preguntas? ¿Es que no lo ves?
—La verdad es que no veo nada, Tomi. ¿Qué quieres decir?
—Que esto se acaba aquí, Abril.
Sus palabras me cayeron como una losa sobre el pecho, no, una losa sería demasiado ligera. Me sentí como el correcaminos y Tomás, él era el coyote que, por una vez en su vida, había conseguido alcanzarme con un yunque con la marca ACME grabada a fuego. Me estaba dejando.
—Pero, ¿por qué? —lo agarré por un hombro y lo giré para que me hablase de frente, si me iba a dejar, por lo menos, tenía que hacerlo a la cara.
No pudo, apartó la vista incapaz de mantenerme la mirada.
—Abril, son nuestros padres. —Señaló en dirección a la casa—. Tienen una relación. ¿Has pensado en qué nos convierte eso? ¿Cómo vamos a explicarles esto? —Nos señaló a ambos—. No lo entenderían.
—Eso no lo sabes.
—No puedo hacerle esto a mi madre.
—Pero a mí sí —sentencié.
—¿Qué?
Abrí la boca para contestar, pero no pude.
Creo que él lo comprendió, no dijo nada más. No me quería lo suficiente.
No aguantaba más allí, abatida, frente a su indiferencia. Acabábamos de hacer el amor en la arena y ahora me dejaba tirada, ¿qué había significado para él? Me había utilizado. Rota de rabia y dolor me vestí como pude y salí corriendo de vuelta a casa, acababa de tomar una decisión.
Me gustaría decir que lo escuché llamarme, que había gritado mi nombre y había tratado de alcanzarme, pero eso nunca sucedió.