Amigas, bilogía completa Capítulo 27
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Capítulo 27

AbrIL

— M i padre va a pensar que me he vuelto loca.

—Tu padre ya lo sabe —contestó Natalia.

Esa mañana, los chicos se habían acercado hasta Palma para buscar unas piezas para el coche de Tomás, lo que nos dejaba un tiempo para nosotras.

Nos hicimos un hueco en la playa entre un centenar de turistas de todos los tonos de rojo imaginables.

Poco acostumbrados al sol, alguno se acordaría de los anuncios de cremas protectoras esa noche.

—Tía, todavía no me lo creo.

—¿El qué?

—¡Todo! —gritó emocionada—. Tú y mi hermano, Cámeron y yo. Por fin está sucediendo, ¿no lo ves?

Sonreí, tenía razón. Sin embargo, no podía quitarme ese ligero peso que llevaba en el pecho como señal de advertencia, que me decía que todavía quedaba mucho camino por recorrer.

—¿Has pensado en lo que te ha dicho mi hermano?

La miré pensativa, estaba tan metida en mi mundo interior que no la había escuchado.

—Jolín, Abril. Ya estabas otra vez en Babia. Te preguntaba que si ya te has decidido. ¿Te vas a Galicia?

—¡Ah! Eso... todavía, todavía no he tomado una decisión.

—¿Por qué no? ¡Tía! Pero si es una oportunidad de oro.

—Lo sé, pero...

—¿Qué pasa? ¿Es que las cosas no van bien? No me digas que, después de tantas expectativas, mi hermano, al final, no… ya sabes. ¿No te gusta cuando vosotros...?

Tranquilicé a mi amiga negando con la cabeza entre risas.

—No es eso. Es por mi madre.

—¿Tu madre? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?

—Me ha estado llamando mucho, ya lo sabes. Quiere verme.

No me dejó continuar.

—¿Ahora quiere verte? Pues que venga ella. No se acordó de ti cuando eras una niña.

—Nat, lo sé, pero es mi madre. Siempre lo será.

Me miró cabizbaja.

—¿Estás pensando en irte a Noruega? ¿Precisamente ahora? No puedes hablar en serio.

—No estoy diciendo que me vaya a quedar allí. —Le tomé la mano que tenía más cerca—. Solo estoy pensando en pasar un par de semanas con ella. Hablar, desahogarme; incluso, intentar comprender por qué lo hizo. Por qué me dejó, necesito saber por qué, quiero cerrar esa herida.

Natalia asintió y apretó mi mano con fuerza.

—¿Y qué pasa con mi hermano? Ahora que por fin estáis juntos.

—Si no podemos pasar un par de semanas separados, no sería una buena señal, ¿no crees?

—Tienes razón.

—Además, también estás tú. ¿No te importa que me vaya a Galicia? —Le di un empujón con el hombro—. ¿Es que no me echarías de menos?

—Claro que sí, pero también tengo mis planes. Y así tendré más motivos para visitaros.

La miré con una ceja levantada.

—¿Qué planes?

—Cámeron y yo queremos mudarnos juntos. Ya hemos visto algún apartamento cerca de su trabajo.

Me quedé estupefacta, mi mejor amiga iba muy rápido.

—¿Estás segura? Solo tienes diecinueve años.

—Anda, calla. Que ya pareces mi madre —soltó una carcajada—. Y lo dices tú, que te vas a Galicia y no es para estudiar precisamente.

Ahí me había pillado, lo que quería hacer ella y lo que planeaba yo solo tenía un punto de diferencia. Que yo podía poner una excusa.

—Claro que voy a estudiar.

TOMÁS

Las esperaba en una de las tumbonas del jardín. Hoy se estaban tomando su tiempo. No las culpaba, el verano estaba llegando a su fin y, entre Cámeron y yo, casi no habían pasado tiempo juntas.

Cuando las vi aparecer, deseé congelar el tiempo, porque el momento era perfecto para los tres y sabía que estaba a punto de terminar. La vida avanzaba.

—¿Pasa algo? —preguntó mi hermana sentándose a mi lado.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tienes cara de haber descubierto un cadáver. No digas más, al final te has cargado a Alberto.

—No —contesté sin reírle la gracia—, bueno, sí pasa algo, pero no es eso. Ha llamado mamá.

Abril se sentó en el suelo enfrente nuestro, con las piernas cruzadas, me miraba intrigada.

—¿Está bien? ¿Le ha pasado algo?

—No estoy seguro.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Natalia, agarrándolo por un hombro.

—Me ha dicho que está de camino, su avión llega esta noche. Y dice que nos trae una sorpresa.

—¿Una sorpresa?

—Sí, creo que ha conocido a alguien.

Abril se levantó y se sentó en mis rodillas.

—Tomi, eso es algo bueno. Vuestra madre lleva muchos años tirando sola del carro. Tú estás lejos y Nat también terminará marchándose, no querréis que se quede sola.

—No —dije a regañadientes—, tienes razón, pero —suspiré— es extraño, nada más. Pensar en alguien nuevo, aquí, en casa. Me asusta cómo pueda ser. ¿Y si no es un buen hombre?

Prefería que no me contestasen nada. Insté a Abril a ponerse en pie y yo hice lo mismo a continuación.

—Vamos, tenemos que preparar las habitaciones. Tú tienes que volver a la de Natalia y yo a la mía, con Alberto. Se acabó la buena vida.

Natalia se levantó y los tres nos encaminamos hacia la casa.

—También os podéis ir a la casa de Abril.

—Sí, pero tú tienes que decirle a Cámeron que no puede venir a dormir esta noche.

—Es verdad, ¡qué fastidio!

Entre los cuatro cambiamos sábanas, ordenamos armarios y pusimos lavadoras.

Alberto tuvo que volver a la cama supletoria y yo abandoné el cuarto de mi madre.

Aunque todos los recuerdos que había creado entre esas cuatro paredes se vinieron conmigo para hacerme compañía, en ese momento todavía no sabía la falta que me harían en las largas noches de soledad que se avecinaban.

En la casa reinaba un ambiente extraño. Por un lado, estábamos contentos de volver a tener a mamá en casa, por otro, nos habíamos acostumbrado a esta libertad; nuestra burbuja, nuestro paréntesis de independencia sin cargas ni responsabilidades, estaba a punto de terminar.

—¿Hay que ir a buscar a mamá al aeropuerto?

—No, solo me ha dicho que preparáramos la mesa para seis. Vienen en taxi.

Así lo hicimos. Alberto había propuesto pedir unas pizzas, estaba cansado (él sabría de qué), y yo tampoco quería trabajar más, la verdad, así que estaba de acuerdo.

A Natalia no le importaba mucho, estaba algo molesta por no poder ver a Cámeron esa noche.

Pero Abril no estaba conforme con nuestra desidia, como dijo: menuda mierda de recibimiento sería.

Así que se ocupó de organizar la cena, y a nosotros ya de paso.

Se las apañó para preparar unos contramuslos de pollo con manzana y hasta consiguió que pareciésemos un buen equipo.

Quería aprovechar el tiempo con Abril antes de la llegada de mamá, le hice señas para que me siguiera al jardín.

—¿Qué pasa? —me preguntó, secándose las manos con un paño.

Me acerqué a ella y la rodeé para abrazarla por la espalda.

—Nada. —Apoyé la barbilla sobre su cabeza y aspiré el champú de sandía que me volvía loco—. Solo quería pasar un rato con mi chica.

Noté como se relajaba en mis brazos.

—¿Le vas a hablar a tu madre de nosotros?

—Sí, seguro que se alegra. Para ella eres una más de la familia. ¿Y tú? ¿Se lo contarás a tu padre?

Asintió como respuesta.

—Sí, aunque…

—¿No estás segura?

—No es eso, pero ¿todavía quieres que vaya contigo a Galicia?

—Pues, claro, más que nunca.

—Entonces, quizá no sea buena idea decírselo a mi padre. Por ahora. Además…

—¿Qué pasa?

—Nada, déjalo. —Se giró entre mis brazos—. No es nada.

Sonrió y tomé su cara entre mis manos para acercarla más a mí. Despacio, comencé a depositar besos desde su frente hasta la boca, bajando por su nariz respingada. Me hubiese gustado quedarme así más tiempo, pero apenas tuvimos unos minutos hasta que Natalia salió al jardín en nuestra búsqueda.

—¡Ya está aquí! —gritó emocionada—. Y no os vais a creer con quién viene.