Amigas, bilogía completa Capítulo 26
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Capítulo 26

AbrIL

N atalia me miraba de reojo mientras volvíamos al cuarto de la colada.

—Suéltalo ya.

—Eres una mala amiga.

Me detuve y la miré estupefacta.

—¿Qué?

—No me cuentas nada. Por fin estás con mi hermano, algo en lo que, te recuerdo, siempre te he apoyado, y no me cuentas nada. —Movió la cabeza de un lado a otro.

—¿Y qué quieres que te cuente? Es tu hermano, no pensé quisieras saber… ya sabes, detalles.

—Estoy segura de que me puedes facilitar una sustanciosa información sin llegar a eso.

—Eso no tiene sentido —negué con un gesto de la cabeza—, estás como una cabra.

—Ya, ya. Por ahora te salvas, que ahí viene tu don Juan, y viene cargado. —Señaló en su dirección con la cabeza—. Me piro antes de que me endose más trabajo.

Miré hacia donde señalaba Natalia, Tomás traía las manos ocupadas con material de pintura.

—Ya va siendo hora de que arreglemos esa habitación, ¿no te parece?

Asentí.

—Alberto se ofreció a ayudarnos.

—Ya… pero en cuanto me di la vuelta, aprovechó para poner pies en polvorosa. El muy cabrón es un experto a la hora de escaquearse.

Me reí y cogí parte de los bártulos para aligerar su carga.

El día había amanecido caluroso pero cubierto y por ello habíamos decidido no salir a nadar esa mañana.

Mientras nosotras nos ocupábamos de la colada, ellos prepararían las cosas para la comida y harían la compra.

Como resultado, eran poco más de las diez y estaba todo hecho. Teníamos el resto de la mañana libre.

Llevaba ya unos cuantos días sin poner un pie en mi cuarto más que para coger un par de cosas, prácticamente vivía en casa de mis vecinos, ¿quién me podía culpar?

Entramos y dejamos todos los bártulos en el pasillo, la pared estaba libre y lista para la tarea y ya habíamos cubierto el suelo con una lona para no manchar nada, solo faltaba una cosa: empezar a darle a la brocha.

—¿Tú has pintado alguna vez?

—No, ¿y tú?

Negué mirando el rodillo que tenía en la mano.

—Pues sí que empezamos bien.

—Venga, va, no puede ser tan difícil. —Observó todo el material que teníamos—. Supongo que no nos falta nada.

Separamos los muebles, encintamos la pared y protegimos el suelo, después de quitar la alfombra, claro.

Y tras ponernos con las manos a la obra, ahí sí nos dimos cuenta de que algo nos faltaba.

Cuando nos tocó pintar la parte más alta de la pared, caímos en la cuenta de que no teníamos un extensible para los rodillos.

—Tendremos que ir a por una escalera, papá tiene una en el garaje. Es algo pequeña, pero será suficiente.

—Pero si casi no falta nada —replicó—. Ven aquí, tengo una idea.

Tomás se agachó y me señaló sus hombros, invitándome a subirme en ellos.

—¿Quieres que pinte a caballito?

—Pues claro, es una idea genial y lo sabes.

—La escalera me sigue pareciendo más segura.

—La escalera no camina. Anda, ven y sube. Confía en mí, terminaremos en un par de minutos.

—Te voy a aplastar —contesté, pero le hice caso y pasé mis piernas por sus hombros.

Cuando se incorporó, casi perdemos el equilibrio y, sin querer, apoyé las manos en la pared recién pintada para recuperar la estabilidad.

—¡Oye! No te cargues todo el trabajo.

Me miré las manos, llenas de pintura fresca.

—Ha sido sin querer. Dame el rodillo, menudas marcas.

Tomás contempló las huellas de mis manos sobre la pared y, soltando mis piernas, apoyó las suyas también, dejándolas debajo de las mías.

—No, déjalas. Así está mejor.

—¿Mejor? ¿Y qué dirá mi padre?

—Pues lo mismo, ¿o crees que no iba a echar en falta el papel pintado. Seguro que le gustaban más esas flores tan horteras.

—¡Eh! —protesté, dándole un manotazo en el pecho que le dejó la camiseta llena de pintura—. Mis flores no eran horteras.

—Sí que lo eran. Tengo una idea, hagamos una cenefa de huellas.

Sin esperar mi aprobación, metió las manos en el cubo de pintura y me cogió las manos para untarlas, nos estábamos poniendo perdidos. Comenzó a caminar de un lado a otro apoyando las manos por la pared hasta donde le era posible.

—Venga, hazlo tú también por ahí arriba. ¿O quieres cambiar de lugar? Pero te advierto que peso más que tú.

Sin contestar, le hice caso y fui dejando huellas por toda la pared; al principio no estaba muy segura de aquello, pero después, viendo el resultado, me gustaba. La idea de levantarme por las mañanas y contemplar nuestras manos unidas tenía algo atrayente y divertido.

Cuando consideramos que había huellas suficientes, Tomás se alejó para contemplar nuestra obra con perspectiva.

—Perfecto, yo creo que ya está.

—¿Que ya está? Ha sido divertido, pero ahora tenemos que arreglarlo. —Me aparté un mechón de pelo con el reverso de la mano—. Hay que volver a pintar.

—No la vamos a pintar.

—¿Estás loco? —bufé—. No puedo dejar eso así.

—Abril, así tiene personalidad, es única e imperfecta. Como nosotros. ¿Para qué quieres una pared aburrida?

Sonó un pitido y Tomás sacó su móvil de bolsillo, intentando tocarlo lo menos posible con las manos sucias.

—Es un mensaje de Alberto, dice que la comida estará lista en quince minutos. Será mejor que nos lavemos. —Se agachó para que pudiera bajarme de sus hombros sin caerme—. Tienes pintura hasta en el pelo.

—¿En serio?

Con una sonrisa, levantó las manos y me agitó la melena despeinándome.

—Ahora sí.

—¡Tomás! ¿Qué has hecho? —Me separé de él y entré como una bala en el cuarto de baño para comprobar los daños. Estaba hecha un cuadro, no solo el pelo que me acababa de ensuciar, mi ropa y brazos también. Mientras pintábamos no me había dado cuenta de que me estaba ensuciando tanto.

Tomás entró en el baño y me abrazó por la espalda, hundió la cabeza en mi cuello y lo besó.

—Estás encantadora. Date una ducha, yo voy a hacer lo mismo y nos vemos en casa.

Todavía no me acostumbraba a sus caricias, me seguía pareciendo que estaba en un sueño y temía despertar en cualquier momento.

Mi cuerpo me pedía que aprovechase el momento, cualquier oportunidad juntos.

Como si lo nuestro fuese cosa del verano y tuviese fecha de caducidad.

Me giré entre sus brazos y lo besé, tomé su cabeza entre mis manos, con fuerza.

Cada vez que lo tocaba, un calor aparecía en mi pecho y se iba extendiendo por todo el cuerpo utilizando mis venas y arterias como una autopista. Era adictivo.

—No te vayas —susurré entre besos—. Dúchate aquí, conmigo.

—No tengo ropa —jadeó.

Me reí y comencé a quitarle la camiseta mientras me descalzaba y me ponía de puntillas para besarlo.

—¿Bromeas? Con toda la que me dejas, mi armario dispone de una sección de moda masculina.

No contestó, pero pude notar su sonrisa pegada a mis labios. Continuamos comiéndonos la boca al tiempo que nuestras manos recorrían el cuerpo del otro y, poco a poco, toda nuestra ropa fue desapareciendo, acumulándose en un revoltijo de pintura a nuestros pies.

Tomás me empujó suavemente hasta que entramos en la ducha.

—Vamos a llegar tarde.

—¿A quién le importa?