Amigas, bilogía completa Capítulo 25
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Capítulo 25

AbrIL

M e desperté en una posición un tanto incómoda.

Tanto mi brazo como mi pierna derecha estaban sobre la cama, el resto de mi cuerpo descansaba sobre Tomás, que dormía tumbado sobre la espalda.

Mi brazo izquierdo, bajo su brazo derecho, y nuestras piernas totalmente enredadas.

Tenía la cabeza apoyada sobre su hombro y, cuando quise moverla, un terrible calambre me recorrió el cuello hasta la espalda.

Para que luego digan que es bonito despertarse abrazado a tu pareja. El cine y las novelas románticas mienten.

La noche anterior, a pesar del cansancio, me había costado horrores conciliar el sueño. Cuando Tomás se quedó dormido, me quedé mirándolo por horas, como estaba haciendo ahora.

—Deja de mirarme y dame un beso, anda. —Tomás abrió los ojos y con una sonrisa se acercó para darme los buenos días como Dios manda.

Un beso dulce y casto, al principio, porque cuando el primer gemido se escapó de lo más profundo de mi pecho, nuestros sentidos despertaron.

Cambió de posición, me empujó sobre el colchón dejándome boca arriba y comenzó a darme un millón de besos, dulces como el azúcar, desde mi mandíbula hasta mi hombro. Allí, hundió la cabeza en el hueco de mi cuello y respiró profundamente.

—Me encanta cómo hueles.

Intuí que, aunque no se atrevía a expresarlo con palabras, me estaba pidiendo permiso para continuar, y yo quería que lo hiciera.

Habíamos acordado que esa noche no iba a pasar nada, pero no habíamos dicho nada de la mañana.

Yo no quería esperar, él tampoco. En realidad, habíamos pasado años preparándonos para este momento.

Lo atraje hacia mi boca y bajé las manos por su pecho hasta introducirlas por su camiseta, quería memorizar cada contorno de su cuerpo.

Él, por su parte, tampoco tenía las manos quietas, su timidez inicial había desaparecido por completo y había dado paso a un nuevo Tomás, más apasionado de lo que jamás me hubiera imaginado.

Fue una mañana intensa y maravillosa que atesoré en mi memoria por mucho tiempo, cuando los recuerdos fueron todo lo que me quedó.

TOMÁS

Los siguientes días con Abril fueron una puta pasada.

Entre nosotros todo era tan natural que parecía que todos los años que habíamos pasado siendo amigos nos hubiesen ido preparando para lo que estebamos destinados a ser.

Supongo que a esto se refería Antonio Gala⁠ 1 cuando decía que «el amor es una amistad con momentos eróticos».

Ella era el puto amor de mi vida y ya no tenía miedo de admitirlo, quería decírselo, a ella y a todo el mundo, vomitar todas las jodidas mariposas que tenía dentro y que supiesen lo especial y lo importante que era para mí.

El problema era que no sabía cómo hacerlo, era un cagado, y lo fui posponiendo un día tras otro mientras las vacaciones pasaban y la vuelta a la rutina se convertía en una soga al cuello que cada día apretaba más y más sin que nos diésemos cuenta.

—¿En qué piensas? —me preguntó mi hermana mientras contemplábamos a Abril extendiendo la ropa en el jardín.

—En este verano, nos ha cambiado la vida. Tú y Cámeron, Abril y yo, todavía lo estoy asimilando.

—Pues date prisa, porque no creo que mamá o Aksel tarden mucho más en volver y, cuando eso pase, vais a tener que abandonar vuestro nidito de amor.

Miré a mi hermana.

—¿Mamá sabe lo vuestro?

—No, pero ahora que lo sabes tú, me siento preparada para contárselo. —Apoyó una mano en mi hombro—. Tú entiendes que lo nuestro va a en serio, ¿verdad? —asentí y la abracé—. Me da miedo que mamá no pueda verlo. No quiero que lo tache de capricho juvenil o algo así.

—No lo hará, ella no era mucho mayor que tú cuando se casó con papá.

Más animada, se fue a echar una mano a Abril mientras yo me encerraba en la cocina para dejar listos algunos preparativos para la comida.

Alberto apareció por el pasillo recién levantado y sin dar los buenos días.

—Tío, estas son las mejores vacaciones de mi vida.

—No te jode —protesté—. No rascas bola y casi no te vemos el pelo.

Alberto se rio de mí y cogió una manzana en el frutero.

—No es culpa mía, chaval. Que tú te pasas el día pegado a las faldas de la rubia. —Alzó las manos en señal de paz—. No te lo estoy recriminando, que conste. Ya era hora, yo tampoco me apartaría de una falda así. No, señor.

Preferí dejar el tema.

—Y tú te pasas el día fuera de casa.

—Cierto, ahora que voy conociendo la zona, es todo mucho más estimulante.

Lo miré con una ceja levantada.

—¿Sabes la cantidad de turistas que hay? ¿Y cómo están?

Asentí, este tío no iba a cambiar en la vida.

—Oye, me alegra que te lo pases bien, pero no todo es juerga, ¿vale? Tienes que colaborar más en casa, la convivencia consiste en eso. Esto no es una pensión.

—Vale, vale, no te pongas así. —Se acercó y me quitó la lechuga de la mano—. Déjame a mí, yo termino. Además, hago las ensaladas mejor que tú.

Cogí un paño de la encimera para secarme las manos. Después, me apoyé con los brazos cruzados y miré a mi amigo trabajar, me debatía entre preguntar y saber su opinión o simplemente callarme y salir de allí.

—¿Crees que se vendrá conmigo? —Me miró extrañado—. Abril, si crees que aceptará venirse a Galicia con nosotros.

—Es posible, esa chica está loca por ti. Joder, no pongas esa cara. A estas horas de la mañana no puedo con tanta cursilería.

Carraspeé y desvié la mirada de mi amigo, seguro que tenía cara de panoli, pero… quién podía culparme. El mundo podía venirse abajo mientras la rubia permaneciese entre mis brazos.

1   Antonio Gala Velasco ​ fue un poeta, dramaturgo, novelista, guionista y articulista español.