Amigas, bilogía completa Capítulo 24
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Capítulo 24

AbrIL

E stuvimos un buen rato en la playa. Paseamos por la orilla, nos abrazamos y, sobre todo, nos besamos. Terminamos sentados en la arena, sin hablar, disfrutando de la compañía del otro.

Ese primer contacto me había costado mucho. Volver a lanzarme, después del fiasco de la primera vez… ¿Y si me rechazaba? No solo estaba en riesgo mi orgullo, también nuestra amistad. Pero no lo había hecho y ese había sido el primer beso de muchos.

Hacía una noche espléndida y me sentía acalorada, así que se me ocurrió que un baño nocturno sería buena idea. Sin decir nada, me levanté y comencé a quitarme el vestido, había sido previsora y llevaba mi precioso y nada recatado bikini negro por debajo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó sin quitarme los ojos de encima.

—¿A ti qué te parece? Hace calor, voy a darme un baño. —Lo miré, llevaba unas bermudas—. ¿Me acompañas?

Sin esperar una respuesta, empecé a correr hasta la orilla y me sumergí en el mar, me alejé hasta una distancia prudencial, era de noche y no era tonta. Ahí el agua era suficientemente profunda pero todavía hacía pie y, lo más importante, veía la playa.

Tomás no tardó más de un minuto en aparecer a mi lado.

—¡Joder, está helada!

—¿Qué dices? —me reí de él—. Helados están los fiordos. —Me acerqué más a él y lo abracé pegando nuestros cuerpos—. Un día te llevaré a Seglvik a nadar entre las orcas.

—¿Seg… qué?

—Seglvik, está al norte de Noruega. Papá me llevó una de las veces que fui a visitar a mi madre, hace muchísimo frío.

—Entonces creo que no me interesa.

—¡Claro que sí! ¿No has escuchado la parte de las orcas?

Tomás me cogió por las piernas y me alzó para que pudiese enroscarlas en su cintura y reducir la diferencia de estatura que había entre los dos. Hundió la cabeza en el hueco entre mi hombro y mi cuello y tomó aire.

—Iremos donde quieras, te enseñaré el mundo entero. Aunque me coman las orcas —dijo esto entre un camino de besos que comenzó a trazar hasta llegar a mi boca, donde nos fundimos nuevamente el uno con el otro.

Permanecimos un buen rato en el agua, fue Tomás quien, a final, me arrastró hasta la playa. Recogimos nuestra ropa del suelo y, sin ponérnosla, emprendimos la vuelta a casa.

—¿Te quedas a dormir conmigo? Natalia estará con Cámeron, no quiero saber lo que estarán haciendo —suspiró—, aún me cuesta aceptar lo de esos dos.

—¿Tú te estás escuchando? —me reí de él.

—¿Qué quieres? —Se encogió de hombros—. Es mi hermana.

No quise profundizar más en la conversación, Natalia y yo teníamos la misma edad y Cámeron y Tomás también, por lo que entendía que la reticencia de Tomás no tenía nada que ver con la ello, pero, por si acaso, preferí no hacer hincapié en ese pequeño detalle.

—Tengo que ir a mi casa primero, necesito una ducha caliente y ropa seca.

—Puedes ducharte en nuestra casa —respondió con un brillo en los ojos, estrechándome entre sus brazos—, y también tienes ropa limpia.

—No pienso entrar en la habitación de Natalia a por mis cosas —me reí zafándome de sus brazos—. Y tú también necesitas un momento para cambiarte. —Me puse de puntillas y le di un beso rápido en los labios—. Te prometo que no tardo nada.

Sin dar tiempo a réplica alguna por su parte, salí corriendo hacia mi casa, me sentía en una nube.

La hora en el reloj indicaba que eran casi las dos de la mañana, nos habíamos pasado más de una hora en el mar, con razón estábamos helados; por más que fuese el Mediterráneo, era mucho tiempo.

Me había pedido que pasara la noche con él, no era algo extraño, llevábamos años haciéndolo, pero ahora era diferente porque, ahora…

¿qué éramos ahora? Me metí en la ducha mientras la pregunta daba mil vueltas en mi cabeza.

Natalia y Cámeron lo tenían muy seguro, sabían lo que eran, en qué punto estaban y lo que querían para su futuro.

Pero yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar con nosotros.

Tomás volvería a la universidad en breve y yo había presentado la matrícula para la UNED.

Me había pedido que me fuese con él a Galicia, pero eso había sido antes, ¿todavía querría que fuese o ahora…

? ¿Ahora? Madre mía… cuántas dudas. «Relájate, Abril», me reprendí, «piensa en presente, olvídate de eso por ahora y disfruta».

Salí de la ducha, me puse un pijama limpio, compuesto por una simple camiseta de asas y un pantalón corto, y me desenredé el pelo con ayuda de un acondicionador infantil sin aclarado, qué invento más fantástico. El pelo me llegaba casi a la cintura, iba siendo hora de pasar por las tijeras.

Antes de salir, eché un último vistazo a la pared destartalada de mi habitación, mañana terminaría de rascar los restos de papel y compraría la pintura sin falta, no podía dejar que papá la viese así, no era buena poniendo excusas.

En casa de Tomás todo estaba en calma, al pasar por delante de la habitación de Natalia se escuchaban risas procedentes del interior que delataban a mis amigos. Me alegraba mucho por ellos.

Llamé a la habitación (temporal) de Tomás y entré sin esperar respuesta. Estaba sentado sobre la cama con un libro en la mano que no reconocí, lo dejó sobre la mesa en cuanto me vio.

—¿Estás bien?

—Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas? —contesté; no sabía cómo estaba él, yo estaba nerviosa.

Me miró de arriba abajo.

—Porque estás más pálida que las paredes.

—Es por el frío, me ha cogido un poco.

Se levantó preocupado y vino a tocarme la frente.

—No tienes color. —Bajó las manos hasta mis hombros y me recorrió los brazos hasta llegar a las manos—. Aunque un poco fría sí que estás. Ven, métete en la cama.

Eso hice, y él se acurrucó a mi lado proporcionándome calor.

—No debimos quedarnos tanto tiempo en el agua, estás temblando.

¿Cómo no se daba cuenta que era él el que me hacía temblar?

—No me pasa nada, Tomi. —Me incorporé un poco—. Solo estoy un poco nerviosa.

Me apartó un rizo de delante de la cara.

—¿Nerviosa? Cariño, no hay motivos para ello. Somos nosotros, como siempre. Llevamos durmiendo juntos desde que éramos unos niños.

—Sí, tú lo has dicho, de niños, pero ahora…

—Pero nada —no me dejó terminar. Me abrazó acercando más nuestros cuerpos—. Solo vamos a dormir, ¿vale? Yo también tengo muchas cosas que asimilar.

—¿Como qué?

—Como cuánto te quiero, todavía estoy flipando.

«¡Me quiere, acaba de decir que me quiere!», gritaba en mi mente. Ya sabía que me quería, lo que me ponía nerviosa era descubrir la forma en la que lo hacía: amiga, hermana, amante, ¿o algo más profundo? ¿Lo era yo todo para él como él lo era para mí?

Por el momento me iba a quedar con la duda.