Capítulo 23
AbrIL
N o sabía qué ponerme. Me sentía tentada de coger el teléfono para llamar a Natalia y cantarle esa canción de Niña Pastori sobre el novio, la prima y un vestido, no la conocía bien.
Pero Natalia ya tenía sus propios asuntos, hoy iba a ser la primera cena con Tomi en la que Cámeron y ella no tendrían que fingir ser solo amigos.
Hasta yo estaba nerviosa por ellos.
Finalmente me decanté por un vestido ligero rojo con lunares blancos, tenía media manga y un escote un poco pronunciado por donde se podía entrever la cadena de mi colgante.
Quizá era un poco excesivo para una cena informal (sin salir de casa, nada menos), pero, si era verdad que Tomás empezaba a mostrar interés, no era el momento de escatimar.
Tenía que echar toda la carne en el asador.
Me dejé la melena suelta para que se terminase de secar con la brisa del mar y, tras un pequeño toque de máscara de pestañas y el brillo labial, fui a casa de mis vecinos para celebrar, ahora bien, el cumpleaños de mi mejor amigo.
Cuando entré en el jardín vi que todos estaban bastante ajetreados: Tomás estaba barriendo la terraza llena de pequeñas buganvillas, alguien las había arrancado (seguramente durante la fiesta) y se habían secado.
Esperaba que María no se percatase de las pequeñas calvas que lucía su planta favorita.
Alberto lo seguía con un recogedor en la mano disculpándose, una y otra vez, por todos los daños ocasionados.
A la vista estaba que él había sido el verdadero interesado en la fiesta.
Natalia, por su parte, ponía la mesa y contemplaba la escena con cara de pocos amigos.
—¿De verdad hacen falta dos personas para lo que estáis haciendo? Panda de vagos —murmuró entrando en la casa para abrir la puerta, acababan de llamar al timbre.
Un minuto después apareció precedida de Cámeron, que traía una botella de vino en la mano y una enorme sonrisa en la cara.
Pasé a su lado para entrar en la cocina y coger unas copas cuando el timbre sonó otra vez. Dejé las copas sobre la encimera y fui a abrir la puerta.
—¡Ale, qué sorpresa! —Me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla.
Alejandro levantó los brazos para mostrarme las bolsas con el logotipo de su restaurante impreso.
—Servicio a domicilio. Tomás me ha llamado con una urgencia. Yo no le caigo bien, pero se ve que mi comida le gusta.
—Sí, se ha peleado con Natalia. —Hice un gesto con la mano para restarle importancia—. Le debe una cena y él no sabe freír ni un huevo. ¿Te quedas?
—No, no. Tengo mucho lío en el curro, un repartidor me ha dejado colgado.
Tomé las bolsas y me disponía a despedirme cuando Tomás apareció a mi lado y me agarró de la cintura alejándome de la puerta para, después, saludar a Alejandro.
—Hola, tío. No sabía que traías los encargos personalmente.
—No lo hago, hoy es una excepción. —Miró su reloj—. Y, como estaba diciendo, me voy ya, que tengo mucho trabajo. —Se inclinó para devolverme el beso de despedida que no había llegado a darle—. Buenas noches, estás tan bonita como siempre.
—Gracias, Ale. Ve con cuidado.
Tomás carraspeó agarrándome más fuerte, casi de forma posesiva.
—Buenas noches, tío. —Le cerró la puerta en la cara.
Sorprendida, me giré hacía él.
—¿A qué ha venido eso?
—No sé a qué te refieres —contestó como si nada.
—Has sido muy grosero con él.
—¿Grosero? —fingió inocentemente—. No, no es cierto.
Me quitó las bolsas y se dio la vuelta para volver a la cocina.
—Tomás. —Lo seguí—. Le has cerrado la puerta en las narices. ¡Ni siquiera le has pagado!
—Claro que sí, le pagué cuando hice el encargo. ¿Puedo preguntarte algo?
Levanté una mano para que continuase.
—¿Hay algo entre los dos?
—¿Por qué lo preguntas?
—Por como os tratáis, no estoy ciego, Abril. Hay complicidad entre los dos y…
—Ya no —atajé—. Lo hubo, es verdad. Alejandro y yo salimos durante un tiempo, pero no funcionó porque… —No podía decirle que no había funcionado porque estaba enamorada de él—. Da igual, ¿vale? Pero eso no explica lo del portazo.
Tomás dejó las bolsas sobre la isla, su semblante se había vuelto más oscuro.
—Está bien —suspiró—, no ha sido muy educado por mi parte. Lo siento, pero es que no me gusta cómo te mira.
—¿Cómo me mira?
—¡Como yo! Como Alberto y Rafa. ¡Joder! —Se frotó el pelo con las manos—. ¡Como todos los putos tíos de este planeta! —Abandonó la cocina sin darme tiempo a réplica.
Sorprendida, me acerqué a la isla, donde había dejado las bolsas, y comencé a sacar la cena que se había quedado fría.
—Menudo morro tiene. —Levanté la vista para ver a Natalia que acababa de entrar desde el jardín—. Encarga la comida y encima te deja sola para que la sirvas. De verdad, Abril, no sé qué le ves.
—A veces yo también me lo pregunto —suspiré—. Tenías que ver cómo ha tratado a Alejandro. —Miré la comida que tenía entre las manos—. No sé para qué le pide nada si después va a ser tan… maleducado.
Natalia soltó una carcajada y metió el plato en el que habíamos puesto la cena en el microondas.
—Lo primero, porque la comida está muuuuy buena. Y lo segundo, cariño, son los celos que lo corroen. Tomás —señaló hacia el jardín— se muere de celos cuando te ve con Alejandro porque sabe que vosotros… ya sabes… que te ha regado la margarita, vamos.
—¡Natalia! —Le arrojé el tenedor que tenía en la mano.
—Natalia nada, nena. —Se acercó a fregadero para tirar el tenedor—. Sabes que tengo razón.
Aunque fuese cierto, eso no justificaba su actitud. Alejandro era un buen chico y no había hecho nada malo.
—Me ha dicho que quiere hablar conmigo.
—¿Alejandro?
—No, tu hermano. Después de cenar.
Natalia se cruzó de brazos.
—De cualquier otro tío te diría que quiere llevarte a un sitio oscuro y aprovecharse de la luz de la luna para hacerte alguna proposición indecente, pero de mi hermano, lo mismo quiere pedirte que te compres un cinturón de castidad.
El microondas comenzó a pitar anunciando así que la cena estaba caliente.
—Anda, vamos, que Tomás ha pedido lasaña para un regimiento.
La cena fue uno de esos momentos especiales que recuerdas toda la vida.
A Tomás se lo veía reír y disfrutar, esta sí era la forma correcta para celebrar su cumpleaños.
Solo faltaban nuestros padres, aunque por una vez, me alegré.
Nos daba una libertad que, con ellos en casa, nunca se habría tenido.
Alberto contaba chistes verdes mientras Natalia y Cámeron se hacían arrumacos.
No teníamos tarta de cumpleaños, pero sí una tarta helada de nata con chocolate que devoramos, la disfruté como una enana, era mi favorita.
Cuando llegó el momento de los regalos, todos tenían preparado el suyo menos yo, así que me disculpé y me fui corriendo hasta el cuarto de Natalia, donde lo había escondido con la intención de dárselo el día de la fiesta.
Me costó un poco encontrarlo, Natalia y su caótico desorden. Tenía la habitación patas arriba y lo había cambiado de lugar.
Cuando volví, la cocina estaba vacía, aunque nadie se había molestado en recoger.
Salí al jardín y vi a Tomás haciéndome señas desde el comienzo del camino que descendía hasta la playa.
Caminamos sin prisa, en silencio. Él iba un poco adelantado y yo no tenía prisa por alcanzarlo, parecía nervioso y eso me asustaba.
En cuanto pusimos un pie en la arena lo detuve por el brazo, era el momento adecuado.
—Tengo algo para ti. —Tomé su mano y dejé el pequeño paquete en ella—. No es gran cosa, pero espero que te guste.
TOMÁS
Sentía la mano cálida de Abril agarrada de mi codo, tan nerviosa como yo. ¿Cómo habíamos llegado a esta situación, nosotros, que siempre habíamos sido transparentes el uno con el otro?
—¿No lo vas a abrir?
—Sí, claro. —Bajé la vista hasta el pequeño paquete que había depositado en mi mano. Era una caja de cartón reciclado, sin papel de regalo, muy de su estilo. Dentro había una esclava de plata, la acerqué a los ojos para leer la inscripción: « For evig 1 ».
Abril acercó su mano y le dio la vuelta, por la cara de atrás solo había un año, el presente.
—¿Por qué este año?
Abril me soltó y se alejó unos pasos.
—Sé que me dijiste que querías hablar, pero, por si acaso, como yo también tengo algo que decirte y siento que, si te dejo hablar primero y lo que me dices no es lo que quiero escuchar, prefiero hacerlo yo primero.
—No te entiendo, Abril.
—Que necesito sacarme esto de adentro, Tomi. O acabaré reventando.
Hice el amago de acercarme a ella, estaba preciosa con su larga melena suelta y ese vestido rojo, pero alzó una mano para detenerme.
—Tomi, he puesto este año porque me propuse que de este verano no pasaba. O ahora o nunca.
—¿Ahora o nunca?
—Yo te… te quiero. Desde que me alcanza la memoria.
La miré, seguía sin entender. Claro que nos queríamos. ¿Me quería como yo a ella o solo estaba marcando límites después de lo ocurrido los últimos días?
—No estoy seguro de lo que tratas de decir.
Abril soltó todo el aire que guardaba en los pulmones y acortó la distancia que nos separaba.
Apoyó las manos sobre mi pecho y las fue subiendo lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.
Llegó hasta mi cuello y lo rodeó, entrecruzando los dedos en mi nuca, tiró de mí para acercarme más a ella hasta que nuestros ojos quedaron a la misma altura.
Entonces comprendí en su mirada todo lo que quería transmitir y que ella, también, había visto en la mía lo que necesitaba porque, decidida, eliminó la escasa distancia que quedaba entre los dos y posó sus labios sobre los míos.
Y fue el mejor beso de mi vida. Sin la sorpresa del primero, sin la embriaguez del segundo. Cuando nuestros labios se tocaron, fue como encajar la última pieza de un puzzle largamente pospuesto, ese puzzle que éramos nosotros y todas las piezas que habíamos ido montando a lo largo de los años.
Mi pequeña y valiente Abril, que se atrevía donde yo me amedrentaba.
La notaba temblando entre mis brazos, estaba nerviosa.
Supuse que temía que me volviese a bloquear, igual que cuando me besó en medio del mar.
Ese día salió corriendo, nadando, para ser exactos.
Pero no, esta vez no, esta vez lo estaba deseando.
Tomé su cara entre mis manos y respondí, profundicé el beso que, hasta ese momento, solo había sido un roce de nuestros labios.
Cuando nos separamos, agitados y con la respiración entrecortada, tenía el corazón a punto de salírseme del pecho.
—Y tú...—preguntó mirando hacia nuestras manos entrelazadas—. ¿De qué querías hablar?
No pude evitar la carcajada que solté a continuación, su naturalidad era aplastante, la abracé contra mi pecho y le di un beso en la cabeza, aprovechando para llenarme los pulmones con el olor de su champú de sandía.
—No creo que tenga palabras para expresarlo. —Me miró confundida—. Pero creo que lo hemos resumido bastante bien.
—Tomi, ¿tú me quieres?
—Hay muchas formas de querer. Especifica un poco más.
Me golpeó el pecho con bastante mala leche.
—¿Todavía me ves como a una hermana?
—No, cariño. Te aseguro que no —respondí, y volví a juntar su boca con la mía.
1 Siempre en noruego.