Capítulo 22
AbrIL
C uando Tomás se fue, me quedé un rato sentada sobre la cama pensando en todo lo que había sucedido en las últimas cuarenta y ocho horas: había besado a Tomás y me había sentido rechazada, es verdad, pero eso no quitaba que me sentía fuerte por haberlo conseguido.
Después, habíamos vuelto a casa para celebrar su fiesta sorpresa y lo había pillado con Anya que, por lo que había podido comprobar, era una autentica perra, ¿qué podía ver en ella?
Me había emborrachado como nunca y uno de los invitados me había echado algo en la bebida...
Todavía me dejaba sin aliento pensar en ello, no volvería a beber nada que no hubiera preparado yo misma.
Y ya no recordaba nada más hasta esta mañana, que me desperté en la cama con Tomás.
¿Por qué no me di la vuelta? Si hubiera sabido que era él, no habría escapado como una loca.
Me llevé las manos a los labios, ¿había pasado algo entre los dos? ¿Por eso estaba tan raro? La cabeza me iba a estallar, necesitaba tomar aire.
Me encontré a Natalia mirando por la ventana del salón.
—¿Qué estás mirando?
Ella dio un salto, no contaba con mi presencia y se llevó la mano al corazón.
—¡Caray, Abril! Me has asustado.
—Lo siento —me disculpé—, ¿estás bien?
—Sí, sí. Es solo que no contaba contigo. Pensé que estaba sola en casa. Tomás se fue hace bastante rato y Alberto... No tengo ni idea de dónde se ha metido.
—¿Qué estás mirando?
—Estaba evaluando los daños. Tenemos que poner orden antes de que vuelva mamá —dijo señalando con la cabeza en dirección a los desperfectos.
—¿Cuándo vuelve?
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero no quiero arriesgarme. Tu casa está libre, por cierto. Se han ido todos, no solo la rubia de bote y el camello cabrón. —Se dio la vuelta hacia mí—. Supongo que les daba vergüenza quedarse después de todo.
Asentí, aliviada de que mi casa volviese a ser solo mía.
En la cara de Natalia se dibujó una sonrisa tan grande que le ocupaba toda la cara.
—Te veo muy contenta —le dije, aliviada de que la tormenta se hubiese calmado.
—Sí, lo estoy. Tomás lo entiende, Abril. Lo entiende y no le parece mal que esté con Cámeron. Se ha ido para hablar con él.
La abracé y juntas comenzamos a dar saltos de alegría, aunque mi dolor de cabeza no estaba conforme con mi entusiasmo.
—Te lo dije, no había necesidad de esconderlo.
Natalia me cogió de la mano y fuimos juntas hasta la cocina, donde ya tenía la cafetera preparada. Cogió dos tazas y las sirvió en la mesa con un poco de azúcar moreno.
—¿Y tú? ¿De verdad no piensas contarme qué pasó anoche?
Suspiré y tomé mi café entre las manos.
—No creo que haya mucho que contar, que yo sepa.
Me miró con los ojos como platos.
—¿Bromeas? —bramó dejando su café sobre la mesa—. ¿Mi mejor amiga se enrolla con mi hermano y no piensa contármelo?
Me atraganté, el café caliente salió disparado por la nariz y terminó por toda su cara.
—¡Abril! —gritó.
—Lo siento, lo siento —me disculpé sin poder contener las carcajadas—. Ha sido sin querer. —Cogí un puñado de servilletas y la ayudé a limpiarse—. Además, tú has tenido la culpa, ¿por qué dijiste eso?
Natalia arrugó las servilletas y las lanzó al cubo de la basura que estaba al lado del fregadero, no acertó.
—¿Cómo que por qué? Porque anoche vi a Tomás salir de la habitación con la boca llena de carmín, y era mi carmín, el que te dejé. Estoy segura de que yo no lo besé, así que amiga, solo me quedas tú.
Escondí la cara entre las manos.
—¡Ay, Nat! No recuerdo nada —comencé a sollozar—. ¡No me acuerdo de nada!
Me levanté de la silla y comencé a caminar de un lado a otro de la cocina.
—No lo puedo creer —gimoteé mientras me acercaba al fregadero para lavar las tazas—. Lo he vuelto a hacer, ¿cómo puedo ser tan tonta?
—Tranquila, ¿vale? —Intentó tranquilizarme—. Igual esta vez fue él quien dio el primer paso.
—¿Tomás? —Me reí en su cara—. Sí, claro. —Me acerqué a las puertas que daban al jardín y contemplé el cielo despejado de verano—. Todavía no veo a ningún cerdo volando, y eso es más probable a que tu hermano se fije en mí.
Natalia se acercó y me abrazó por la espalda.
—Cariño, da igual quién empezase, pasó y ya está. Créeme cuando te digo que uno solo no se emborrona así.
Necesitaba tomar aire, salí al jardín dejando la conversación a medias. Ahora que mi casa estaba libre, volví para empezar a poner orden, eso por lo menos me ayudaría a serenarme y a ver las cosas desde otra perspectiva.
Fui a la caseta del jardín, allí teníamos una gran conejera para Patitas, papá se negaba a dejarlo dormir dentro de casa. Lo saqué para que pudiese estirar las patas a gusto y, con él en brazos, entré en casa. Necesitaba a mi pequeño peluchito peludo para sentirme acompañada.
La casa estaba bastante bien, no había salido muy mal parada de la fiesta. Dejé a Patitas en el suelo y puse manos a la obra para que todo estuviese perfecto.
Cuando terminé con la planta baja, estaba agotada pero tranquila, papá nunca se daría cuenta de que, en su salón, un universitario borracho había dejado abandonado un calcetín con más agujeros que el colador de la cocina.
Decidida a continuar con la tarea en la segunda planta, subí por las escaleras y vi que la puerta de mi habitación estaba abierta, había sido forzada. Dejé a Patitas en el suelo y entré con cuidado, asegurándome de que no hubiera nadie en el interior.
Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas, mi habitación estaba destrozada. Era la peor violación a mi intimidad que había sufrido jamás, y estaba segura de quién era la responsable, una rabia así solo podía venir de una persona.
Anya había destrozado los marcos de fotos que tenía sobre la estantería y había dejado las fotografías esparcidas por el suelo en pedazos, el edredón estaba hecho una bola en el suelo y los cojines habían sido rasgados.
Ni siquiera el papel pintado se había salvado, se las había arreglado para arrancarlo de la pared.
Me acerqué al armario, que estaba abierto y comencé a recoger toda la ropa que estaba tirada entre el suelo y la puerta del baño. ¿Cómo iba a arreglar todo este destrozo? Tenía que hacerlo antes de que llegase papá o no volvería a confiar en mí.
No fui a casa de Natalia para comer, me limité a picotear algo de la nevera mientras limpiaba la planta de arriba; por suerte, mi cuarto era el único que había sufrido destrozos.
Si había tenido la idea de contratar un servicio de limpieza, esta se esfumó después de comprobar los precios que cobraban por algo que podía hacer yo misma. Si hubiese cobrado por el alquiler, quizá, pero en estas condiciones no era posible.
Dejé mi habitación para el final, se me partía el corazón cada vez que pasaba por la puerta cerrada.
Menos mal que a nadie se le había ocurrido forzar la puerta de mi padre.
Los padres tienen un sexto sentido para estas cosas, podría encontrar un pelo en su alfombra mejor que cualquier investigador de CSI Miami.
En algún momento de la tarde, Alberto había aparecido de nuevo en casa y Natalia lo había enviado en mi búsqueda.
—¡Guau! —exclamó al entrar en mi habitación—. ¿Ha pasado un huracán por aquí?
—Sí, el Anya. No me hace gracia, Alberto —le reproché.
No estaba de humor para sus bromas, Alberto tendía a hacer chistes malos de cualquier situación.
—Perdona, no quería ser desconsiderado.
—Pues lo has sido —contesté enfadada—. Esto lo ha hecho tu amiga.
Agachó la cabeza, avergonzado, y se puso a ayudarme a recoger los pedazos del papel pintado que quedaban por el suelo.
—Sí, me lo imagino. De veras que lo siento —suspiró y me miró mientras tiraba el material recogido a la papelera—. Tenías razón, lo de la fiesta... fue mala idea.
—Fue una idea pésima —corregí.
Asintió con la cabeza y prosiguió:
—Tomás llamó, va a traer la cena y Cámeron viene con él.
Al parecer han hecho las paces, aunque no sabía que se hubiesen peleado, la verdad.
Da igual. Quiere celebrar su cumpleaños a su manera y supongo que yo solo estoy invitado porque me quedo en su casa.
—Miró hacia mi armario, donde la ropa que había podido salvar se encontraba de vuelta en su lugar—.
Te lo decía por si querías, bueno, ya sabes, para que no te pille de sorpresa.
Se dio la vuelta para salir de la habitación, pero se detuvo por un instante y volvió la vista hacia mí.
—Aunque, si mi opinión sirve para algo, estás preciosa de cualquier forma.
Abatida, tras la marcha de Alberto, me miré en el espejo del cuarto de baño.
Después de tanto trabajo, estaba exhausta y me sentía sucia y sudorosa.
Todavía faltaba bastante para la hora de la cena y ya no tenía nada que hacer, así que cogí un par de toallas calientes de la secadora y me metí en la bañera que había preparado con sales aromáticas relajantes de Aromatika con olor a lavanda.
Si el mundo se hubiese acabado en ese momento, me habría importado un comino.
El agua caliente y la fragancia suave que desprendía el vapor del agua me ayudaron a destensar los músculos agarrotados y a liberar el estrés y la tensión acumulada en el último día.
Una vez que el agua estuvo fría, salí y me envolví en la toalla, si bien esta ya estaba fría, el olor del suavizante me proporcionaba un abrazo de lo más reconfortante.
Cuando volví a mi cuarto, me encontré a Tomás sentado en la cama contemplando la pared destartalada.
—¿Por qué...? —preguntó sin mirarme.
—Dímelo tú, la conoces más que yo —contesté, apretando la toalla más fuerte contra mi cuerpo.
—Lo siento —se disculpó, agachando la cabeza.
—No es culpa tuya. —Me acerqué y me senté a su lado—. Solo me queda terminar de retirar el papel y pintar antes de que vuelva papá. Será más fácil de explicar que me apetecía un cambio de color. ¿Por qué estás aquí?
—Alberto me contó lo que había pasado y quería verlo, pero supongo que llego tarde. —Me miró por primera vez—. Te ayudaré a pintar; no, pintaré toda la habitación para ti. Solo dime cómo la quieres y yo lo haré.
Volvió a desviar la vista.
—Además, estaba preocupado, estabas tardando mucho, ya casi es la hora de cenar y era raro no verte revoloteando por la mesa con tus manzanas. Pero ya veo que estás bien.
Asentí ruborizada.
—Será mejor que me vista.
—Sí, no queremos que Alberto termine en el hospital.
—¿Por qué?
—Porque si te mira así terminará diciendo alguna estupidez—suspiró—, y acabaremos mal.
—No, no queremos eso —admití, disimulando una sonrisa.
—Abril, yo... —Se frotaba la cabeza con ambas manos, como cada vez que estaba nervioso—. Después de cenar, me gustaría hablar contigo.
—Vale —contesté algo nerviosa—, pero ahora... —Señalé la puerta—. Si me dejas unos minutos... Ya sabes, la cena, Alberto... No queremos que me vea de esta guisa.
—Claro, desnuda.
Negué con la cabeza.
—Con una toalla.
—Toalla... —dijo tragando saliva—. Sí, eso. Una toalla, claro.
Se levantó de la cama y fue hacia la puerta. Antes de salir, recogió de la papelera una de las fotos que Anya había roto en pedazos.
—Me la llevo —dijo y salió cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé unos segundos sentada donde estaba, recapitulando sobre lo que había sucedido. Tomás estaba nervioso y quería hablar conmigo. ¡Dios Santo! ¡Tomás quería hablar conmigo! ¿De qué?