Amigas, bilogía completa Capítulo 21
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Capítulo 21

TOMÁS

E ncontré a mi hermana en su habitación. Tenía la puerta cerrada pero no había puesto el pestillo, por lo que entré a pesar de sus réplicas e insultos, cada vez más imaginativos.

—Lárgate de aquí, abrazafararolas , bebecharcos . No quiero hablar contigo pedazo de... de... ¡foligoso ! —gritó, mientras me lanzaba un cojín que esquivé sin problemas y que chocó contra una foto de los dos, colgada de la pared, acabó en el suelo rota en mil pedazos.

Aun a riesgo de sufrir alguna amputación por su parte, entré en la habitación y cerré la puerta.

—¿Podemos hablar?

—¡No! No quiero hablar con un cobarde como tú.

—¿Cobarde por qué?

Natalia se levantó airada de la cama y vino hacia mí con un dedo acusador apuntando hacia mi pecho.

—Mira, hermano. Que tú seas un cobarde para admitir lo que sientes por Abril no te da derecho a juzgar y acabar con las relaciones de los demás. ¡Nadie te ha dado vela en este entierro!

Con cada palabra me golpeaba en el pecho, no solo con su dedo.

—Pero... yo solo…

—¡Pero nada! —me calló—. Soy lo suficiente mayor para saber si quiero estar con alguien, y si ese alguien es Cámeron, tú no eres nadie para entrometerte, ¿vale?

—Cesó en sus golpes y bajó la mano—. ¿Acaso te digo yo algo sobre esa rubia aprovechada que te has traído de Galicia?

Hasta su sombra es mala persona. Buff.... ¡Eres un... un... peinaovejas !

Nunca había visto a mi hermana tan enfadada conmigo, ni con nadie, para ser justos. No me gustaba ser el blanco de su ira, pero supongo que me lo había ganado. Podía comprender su enfado, a su edad yo, joder, no querría que ella hiciera las cosas que yo había hecho a su edad.

—¿De verdad lo quieres? —pregunté, agarrándola por la mano para evitar que volviese a golpearme.

Natalia me miró a los ojos, se sorbió los mocos de la nariz y contestó con un gesto afirmativo de cabeza.

—Vale, lo comprendo —contesté y la atraje hacia mis brazos para abrazarla fuerte—. Perdóname. —Deposité un beso sobre su cabeza—. No pretendía parecer insensible, yo... solo me pilló por sorpresa. No lo vi venir.

—Eso es porque eres un capullo egoísta que no ves más que lo que quieres.

—¿A qué viene eso ahora? —pregunté alejándola de mí.

—Déjalo. —Se alejó de mí y fue hacia el marco de fotos roto para comenzar a recoger los pedazos rotos—. Ahora mismo lo único que me importa es arreglar las cosas con Cámeron. Lo tuyo, arréglatelo tú solito.

«¿Qué tenía que arreglar?», pensé. ¿Se refería a Anya? Porque si era así, no había nada que arreglar.

Me agaché a su lado y la ayudé a recoger los pocos pedazos de cristal que quedaban en el suelo, habría que pasar la aspiradora por si acaso.

—Déjame a mí —me ofrecí—, hablaré con Cámeron.

—¿Vas a amenazarlo?

—No, joder —resoplé—. Ten un poco más de fe en tu hermano.

Si Natalia quería replicarme algo, no le di tiempo. Tiré los cristales rotos en la papelera de su habitación y salí de casa.

No encontré a Cámeron en su casa así que fui hasta su trabajo; aunque todavía le debían algunos días libres, su madre me contó que lo habían llamado para hacer una sustitución, un compañero había sufrido un accidente y eran días de temporada alta.

Trabajaba en una tienda muy pintoresca de souvenirs en el puerto.

Las zonas turísticas estaban plagadas de este tipo de comercios, pero lo que distinguía Tattoo Souvenir del resto era que aquí, en lugar de comprarte una camiseta con el mapa de la isla, podías salir con ella tatuada.

No era el trabajo de sus sueños, pero le permitía ahorrar algo mientras preparaba las oposiciones para policía local.

Por lo que pude ver, tenía la mañana bastante tranquila así que me acerqué a la puerta de cristal que estaba abierta y golpeé suavemente con los nudillos.

—¿Se puede pasar?

Levantó la vista del mostrador donde estaba colocando unas pulseras de plata de Isabel Guarch, una diseñadora de la isla.

—Aunque me gustaría, no te lo puedo prohibir —contestó sin hacerme mucho caso.

—¿No te reservas el derecho de admisión?

Entré en la tienda y comencé a ojear las estanterías repletas de pequeñas figuras de resina de la Catedral de Palma, con cuidado de no romper nada.

—¿Qué haces aquí, Tomás? —preguntó sin dejar de lado su labor.

Carraspeé un poco antes de contestar, no era muy cómodo admitir delante de nadie, aunque fuera mi mejor amigo, que me había comportado como un gilipollas.

—Venía a… invitarte a un café. ¿Tienes algo de tiempo?

—Si solo vienes a eso, entonces no, no tengo tiempo —contestó tajante, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Me froté nervioso la cabeza y me acerqué al mostrador.

—En realidad... ¿La quieres? —pregunté sin rodeos—. A Natalia, ¿la quieres? Porque...

—Sí —contestó acompañando sus palabras de un suspiro—. Mucho, Tomás. —Se alejó del mostrador y vino hacia mí, estábamos solos en la tienda—. Entiendo que estés molesto porque te lo hayamos ocultado, pero... no sabíamos cómo contártelo.

—Pues no creo que fuese tan difícil —repliqué con más sarcasmo del necesario.

—Mira, este no es el sitio para hablar de ello, déjame un momento y salgamos.

Cámeron desapareció por la trastienda y cinco minutos después salió acompañado de una mujer de mediana edad con el pelo teñido de color violeta y más tatuajes que Adam Levine⁠ 1 .

—Vuelvo en media hora —le decía Cámeron—, ahora está todo tranquilo y no hay ninguna cita hasta dentro de tres horas.

—Cámeron, sé llevar mi negocio, no te preocupes —contestó la mujer, haciéndole un gesto con la mano para que saliese de una vez—. Anda, vete.

Caminamos en silencio hasta el centro comercial. Lo conocía y sabía que no me lo iba a poner fácil.

En Dunkin´ Coffee hacían un café bastante bueno y tenían un montón de bollería así que, después de pedir en la barra, nos sentamos en una de las mesas que tenían en la terraza.

—Tú dirás —comenzó.

Asentí con la cabeza.

—Quería disculparme por... ser tan... brusco. Me porté como...

—Un gilipollas —terminó la frase por mí.

—Sí, vale, me porté como un gilipollas. Pero ¿cómo querías que reaccionara? Te pillé saliendo de la habitación de mi hermana, tío.

—Vale, eso te lo concedo. Y te perdono.

—Entonces... —me callé cuando el camarero nos trajo el pedido—, ¿cuánto tiempo lleváis juntos?

—Algo más de año y medio.

No era la respuesta que me esperaba. Al fin y al cabo, eso quería decir que ya estaban juntos cuando yo todavía vivía aquí. Suspiré.

—¿Y vais muy en serio?

—Todo lo que se puede ir, sí.

Me froté la cara con las manos.

—Joder, tío. ¿Por qué no me dijiste nada? Es mi hermana.

Cámeron se dedicó a revolver su café sin tomárselo.

—Por eso mismo —contestó—. Al principio no sabía hacia dónde iba lo nuestro, no quería adelantarme a los acontecimientos. Y después no sabía cómo contártelo.

—¿Y ahora? ¿Estás seguro?

Cámeron asintió con la cabeza.

—Muy seguro, Tomás. —Por primera vez levantó la vista de su café y me miró directamente a los ojos—.

Estoy enamorado de tu hermana. Ella... cómo decirlo, ella es una de esas chicas que te joden la vida, porque cuando la conoces, la quieres para ti.

Y si ya es de otro... te mortificas, porque entonces te pasarás la vida buscando otra igual y de esas, amigo, no hay más.

Así que perdóname si no me importa lo que pienses porque, mientras ella me quiera, no la voy a dejar.

Desde la muerte de papá había cuidado de Natalia con especial ahínco, intentaba tratarla como a una princesa para que no notase tanto su ausencia, me había acostumbrado, en definitiva, a ser el único hombre de su vida.

Ahora, con las palabras de mi mejor amigo, sentía que estaba pasando a un segundo lugar y al mismo tiempo me daba cuenta de que, sin quererlo, me había alejado de ella más que los kilómetros que nos separaban físicamente y que otra persona era el pilar que la mantenía en pie.

—Vale, tío. —Le di un par de palmadas en el hombro—. Me alegro de que seas tú, pero si le haces daño...

Cámeron se rio y me dio un abrazo.

—Puedes estar tranquilo, antes me arranco una mano sin anestesia.

—¿A qué horas terminas de trabajar?

—Depende de la gente. Supongo que sobre las siete o siete y media, depende de los turistas y hoy hay crucero —dijo, señalando un gran barco de la compañía MSC embarcado en el puerto—. Cuando lleguen de sus excursiones seguramente los soltarán un par de horas antes de zarpar.

—Vente a cenar. Después de la «maravillosa» fiesta de anoche, quiero celebrar mi cumpleaños a mi manera.

Cámeron se rio.

—Mala idea la de la fiesta, ¿verdad?

—Ni que lo digas —negué con la cabeza.

—La rubia tenía razón —sonrió—. Por cierto, ¿qué tal con ella?

—¿Con Abril? Bien, como siempre —contesté, frotándome la nariz.

—Ya... a mí no me la cuelas tan fácil, tío. Anda, desahógate. Te sentará bien.

Y eso hice, él era mi mejor amigo y yo necesitaba sacarlo de adentro.

—Estoy confundido. Ella... es ella, joder. Es que... —comencé a agitar las manos al compás de mis palabras—. No sé cómo expresarlo. Cuando me fui era solo una cría y estos días, vuelvo y… ya no es ella.

—¿Ya no es ella?

—O soy yo que ya no la veo igual.

—Más bien lo segundo —contestó mientras se encendía un cigarrillo.

—Sí, supongo que tienes razón. Pero es que me avergüenzo de mí mismo. Anoche... —me froté el pelo nervioso— me abalancé sobre ella como un perro en celo.

Cámeron comenzó a toser y a reír al mismo tiempo, me habría reído de él si no fuese porque se estaba riendo de mí.

—No te creo.

—Buff... Créetelo. Pero ¿qué iba a hacer? Se quedó en bragas delante mío. Esa chica tiene bonitas hasta las uñas de los pies.

—¿Te acostaste con Abril? —preguntó serio, había dejado de reírse—. Es tu mejor amiga, de eso no se vuelve, tío.

—No, ella no estaba en condiciones. ¿Cómo le iba a hacer eso? Ni a ella ni a ninguna, eso no se hace.

«Pero sí que la besé. Quiero decir, en mi defensa, que ella me besó primero. Por la tarde, en la playa. No sé por qué lo hizo. Cuando intenté hablarlo con ella, no quiso, yo...

—¿Te gustó?

—¿Besarla? Sí, joder. Estoy confundido.

Cámeron me dio una palmada en la espalda y se preparó para levantarse.

—Quizá sea bueno que pienses las cosas antes de hablar con ella.

—¿Qué quieres decir?

—Es tu mejor amiga, y dentro de poco te vas a marchar de nuevo. ¿Sabes lo que estás buscando o qué es lo que quiere ella?

—No estoy seguro.

—Pues eso. Si vas a complicar las cosas entre los dos, primero piénsatelo bien. El corazón puede ser una bomba de destrucción masiva, tío.

Asentí, comprendía lo que Cámeron quería decir y sabía que tenía razón.

—¿Nos vemos esta noche?

—Claro —contestó con una sonrisa y se fue de vuelta al trabajo.

Estábamos bien.

Había invitado a Cámeron a cenar y ni siquiera sabía qué teníamos en la nevera, si es que teníamos algo. Así que cogí el teléfono del bolsillo y llamé a mi hermana para preguntarle qué podía llevar de camino a casa.

—No sé, Tomás. Coge lo que quieras, yo no pienso cocinar para cinco.

—Vamos Natalia, es tu novio.

—Sí claro, aprovéchate si te parece. No tienes vergüenza.

—Si lo hago yo, la cocina va a correr un grave peligro de incendio.

—Pues pídeselo a Abril —sentenció—. Está en su casa con Patitas, si quieres la llamo y hablas con ella.

—No, no quiero que lo haga ella. Siempre está cocinando para nosotros y todavía no se encuentra bien, la resaca le va a durar un buen rato.

—Es verdad, perdona. Casi no lo recordaba.

—Entonces... ¿qué quieres que lleve?

—¡Nada, pesado! Si quieres una cena casera, te la haces tú solito. Alberto puede ayudarte —apuntilló.

—Alberto es peor cocinero que yo.

Escuché como exhalaba todo el aire de los pulmones.

—Pues encarga algo. Yo todavía estoy enfadada, Tomás.

—Pero lo he arreglado.

—No cuentes conmigo.

Dicho esto, me colgó el teléfono sin darme ninguna opción de réplica. La quería con locura, pero en algunas ocasiones, como ahora, era peor que un dolor de muelas. Claro que en parte me lo había ganado.

Me guardé el teléfono y volví caminando hacia el aparcamiento donde había dejado el coche. Quizá encargar algo para llevar era buena idea, cómoda y segura para todos, no tendría que preocuparme de una posible intoxicación alimenticia.

Conocía el sitio perfecto para ello.

1   Adam Noah Levine es un cantante, compositor y actor estadounidense, conocido por ser el líder de la banda Maroon 5.