Amigas, bilogía completa Capítulo 20
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Capítulo 20

AbrIL

N os quedamos un rato más en la playa contemplado el paisaje. El mar era una fuente de paz inagotable para ambos, era una de las muchas cosas que teníamos en común.

—¿Has decidido lo que quieres hacer cuando se termine el verano? —preguntó mientras volvíamos caminando a su casa.

—Me voy a decantar por algún grado en la UNED, así puedo estudiar y moverme al mismo tiempo.

Tomás me cogió de la mano y me detuvo a pocos pasos del comienzo del jardín.

—¿Por qué no te vienes una temporada a Galicia? Allí el otoño es precioso y me gustaría tenerte conmigo. —Agachó la cabeza algo avergonzado—. Te echo de menos.

Me quedé petrificada, Tomás quería que me fuese con él, vale, no me había declarado amor eterno, pero me echaba de menos y mi cerebro quería relacionar los dos conceptos como si fuesen lo mismo.

Mi corazón saltaba agitado en el pecho y estaba a punto de ponerme a dar saltos de alegría, pero... la realidad era que solo me echaba de menos como a su mejor amiga, nada más.

—¿Y Nat? —pregunté—. Si yo me voy también, se quedará sola.

Tomás arrugó la frente y me soltó la mano repentinamente.

—Creo que Natalia tiene quien la cuide.

Iba a preguntarle a qué se refería, pero no fue necesario. Justo en ese momento, mi amiga apareció en el jardín y comenzó a correr hacia nosotros con la furia reflejada en los ojos.

—¿Se puede saber qué le has dicho? —gritó, echándose sobre Tomás con los puños en alto—. ¡Se ha ido por tu culpa!

—¡Para, Natalia! —exclamó Tomás zafándose de los golpes de su hermana.

—¡No tienes ningún derecho a entrometerte!

—¡Eres mi hermana, claro que lo tengo! ¡Es muy mayor para ti!

Estaba claro que Tomás había descubierto la relación de Natalia con Cámeron y no le había parecido bien.

—Tomás... —intenté intervenir para calmarlos a los dos, pero ninguno me escuchaba.

—¿En serio...? ¡Eres un hipócrita! —contraatacó ella.

—¿Qué estás diciendo?

Natalia me miró y luego a él con una sonrisa del todo artificial.

—¿Crees que no sé lo que hicisteis anoche? —Las palabras cayeron sobre Tomás, dejándolo lívido—. Yo le pinté los labios a Abril... es un color súper manchadizo.

—¡Ya basta! No quiero escuchar nada más —gritó él y se alejó de nosotras sin más.

La noche anterior. Natalia acababa de hablar de la noche anterior, la que había pasado con Tomás y de la que yo no recordaba nada. ¿Qué había pasado con mi pintalabios?

Me había levantado con la cara embadurnada y pensé que había sido culpa de la almohada, tendría que meterla en lejía o tirarla a la basura y comprarle una nueva a María.

Me giré hacia Natalia, debía llevar rato llorando porque tenía los ojos rojos y la nariz le moqueaba como cuando éramos pequeñas y se la limpiaba con la manga de la chaqueta. La abracé por la cintura y comenzamos a caminar juntas hasta las tumbonas más cercanas a la verja.

—¿Por qué has dicho eso?

Ella me miró, su cara ya no reflejaba la ira que había mostrado hacia su hermano hacía apenas unos segundos.

—No recuerdas nada, ¿verdad? —suspiró—. Ese cabrón te drogó, me alegro de que Tomás le diera su merecido.

—Sí, eso ya lo sé. Lo que quiero saber es lo que pasó con mi pintalabios.

—A ver, no sé los detalles, eso tendrás que preguntárselo a mi hermano.

—Alzó ambas manos—. Que yo... ni estaba en medio, ni querría estarlo, pero que su boca y tu pintalabios se encontraron en algún punto entre el momento en que te llevó a su habitación en volandas y cuando volvió para partirle la cara al gilipollas de su «amigo» fue más que evidente.

¿Lo había hecho de nuevo? Comencé a hiperventilar, el mundo a mi alrededor volvía a dar vueltas como la noche anterior después de las cuatro primeras copas, solo que esta vez la sensación no era divertida.

—Mierda, mierda, mierda... Otra vez no —comencé a lamentarme—, por favor, dime me no lo besé otra vez, Nat. ¿Puedo cagar más las cosas?

—Tranquila, Abs, si lo besaste tú o te besó él, da igual, lo importante es que, por el estado de su cara, ya te digo yo que el beso no fue ni corto ni casto —contestó con una sonrisa picarona—, estuvisteis un buen rato en la habitación.

—Pero no ha mencionado nada. ¿Y qué pasa con Anya?

Natalia agitó la mano en un gesto desenfadado.

—Esa chica es agua pasada. No le interesa, a ver si se da por enterada y se va con su amigo, ¿te puedes creer que la muy fresca estaba pasando el verano con él?

La cabeza me iba a mil por hora, me dejé caer sobre la tumbona y hundí la cabeza entre las manos. En ese momento lamenté no recordar lo que había pasado, ¿sería cierto que me había enrollado con Tomás? ¿Y no podía recordarlo? Me lo había imaginado tantas veces que me asustaba la realidad.

Mierda, mierda, mierda y mil veces más mierda.

—Sabe lo de Cámeron, ¿verdad? —pregunté, desviando el rumbo de la conversación.

Su sonrisa se ensombreció, dejando nuevamente un rastro de tristeza en su preciosa cara. Asintió con la cabeza y se sentó en el suelo. Me senté a su lado y la abracé por la espalda.

—Vino a buscarte a mi habitación y lo pilló saliendo por la puerta. Yo dormía, pero me despertaron sus gritos.

Arrugué el ceño.

—Lo siento. Tendrías que habérselo dicho tú. ¿Estás bien?

Asintió y soltó un suspiro antes de continuar.

—Cámeron se fue, apenas hablamos de ello. No sé si se sentía avergonzado o enfadado.

La abracé y le di un beso.

—No tiene nada de lo que avergonzarse. Nat, ¿tú lo quieres de verdad?

—Más que a nadie.

—Pues no te preocupes por Tomás, ya lo entenderá. Seguramente solo se sorprendió... —pensé un poco antes de continuar—. Si no sabe lo que sentís, igual pensó que se había aprovechado de ti y, si lo sabe, puede que esté dolido por haberse enterado así.

—¿Crees que se le pasará? —preguntó esperanzada.

Asentí con la cabeza.

—Estoy segura. Yo hablaré con él, ¿vale? Cuando entienda que lo vuestro es de verdad seguro que se alegra. Al fin y al cabo, es su mejor amigo.

—Gracias —dijo más animada.

—Tú ve a buscar a Cámeron y tranquilízalo, seguro que tampoco ha sido fácil para él.

Una vez que me quedé sola en el jardín me sentí desconcertada.

¿Qué debía hacer ahora? No quería volver en mi casa hasta que Rafael estuviese fuera de ella, creía que incluso contrataría un servicio de limpieza y desinfección antes de poner un pie dentro.

Tampoco estaba segura de entrar y buscar a Tomás; si seguía enfadado, no quería ser el blanco donde descargar su frustración.

Y tampoco me veía capaz de salir a nadar, todavía me sentía resacosa y el analgésico apenas había matizado el dolor de cabeza.

Me quedé allí, abrazando mis piernas mientras contemplaba la nada, disfrutando de la tranquilidad.

A veces, todo lo que necesitamos es nada.

—El fin de semana se ha torcido de lo lindo.

Una voz a mi espalda me sacó del sopor en el que me había sumido.

—Ah, hola, Alberto. —A estas alturas ya no sabía si este chico me caía bien o mal—. Perdona, no te oí llegar.

Se acercó a mí, pero permaneció de pie, tampoco me miró, se quedó estático con la vista al frente.

—¿Te molesto?

—No —suspiré—, no te preocupes.

—Te he traído algo. —Me tendió una manzana que cogí con mucho gusto.

—Gracias.

—Oye, yo... Supe lo que te hizo Rafael ayer.

—No quiero hablar de eso —contesté, dejando la manzana a un lado y hundiendo la cara entre mis rodillas, de repente ya no sentía ganas de comer.

—Lo entiendo. Solo quería disculparme —dijo, dándome un ligero apretón en el hombro.

—¿Tú?

Asintió con la cabeza.

—Rafael no es un buen tipo. Todos lo sabemos y aun así lo dejé venir.

—¿Por qué os relacionáis con él?

—Bueno, en general no lo hacemos, pero estaba con Anya cuando la llamé para invitarla a la fiesta y ella lo trajo. Se ofreció a pagar el alquiler de la casa.

—Yo no les he cobrado nada por el alquiler —repliqué.

Alberto se rio.

—Lo sé, pero creo que Anya no le contó esa parte a Rafael, a saber cuánto le habrá soplado a ese imbécil.

—Menuda joya... —dije, levantándome para volver al interior de la casa—. Te dejo, tengo algo que hacer.

En realidad, seguía perdida y la cabeza me estaba matando. Jamás había tenido una resaca igual. Lo mejor sería volver a la habitación de Natalia y tratar de descansar un poco. Con algo de suerte nadie me molestaría allí y podría aclararme las ideas.

TOMÁS

La habitación de mi madre tenía un balcón que daba al mar, las vistas eran envidiables y desde él se podía ver la mayor parte de nuestro jardín. Me acerqué a la puerta, pero no la abrí, me dediqué a contemplar a Abril, que se había quedado allí sentada.

Esta chica iba a acabar conmigo. Asumir la atracción que sentía por ella sería mi perdición, pero no podía seguir negándolo, no a mí mismo. Eso me convertía en un hipócrita de manual.

Observé cómo Alberto, que había salido de casa, se acercaba a ella.

Hablaron de algo, pero desde allí era imposible adivinar de qué.

Cuando vi cómo apoyaba la mano en su hombro, me dieron ganas de salir al balcón y saltar, aun a riesgo de partirme el cuello.

¿Quién podría culparme? Sabía de buena mano lo que quería hacer Alberto si ella lo dejase. Lo mismo que yo.

Me aparté de la ventana y me dejé caer sobre la cama deshecha.

Observé la habitación, si mi madre la viese desordenada como estaba en este momento, tendría más problemas aparte de los celos.

Me preguntaba qué la tendría tan ocupada como para no llamar apenas.

Cogí el móvil de mi mesilla y la llamé. Esperé un par de tonos, pero no contestaba, estaba a punto de desistir cuando por fin contestó con voz alegre y cantarina.

—¡Tomás! ¿Ha pasado algo? —Sonaba agitada.

—No, ¿por qué lo preguntas?

—Bueno, cariño... Los jóvenes soléis llamar cuando queréis algo o tenéis algún problema.

—Ya, puede ser —contesté con voz baja—. Solo me preguntaba qué tal va todo por ahí, ¿cómo está la tía?

—¿La tía? —calló durante unos segundos—. ¡Oh, claro! ¡La tía está fenomenal! Mucho más animada ya.

La notaba extraña, ¿podía estar mintiéndome? Por primera vez me sentí desconectado de ella.

—Mamá, ¿seguro que la tía está bien?

—Claro, mi amor. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada —contesté pensativo—, quizá la llame un día de estos para...

—¡No! —me interrumpió—. Quiero... —carraspeó—. Quiero decir que no es necesario. A tu tía le gusta... la soledad y...

«María...», me pareció escuchar una voz que la llamaba al otro lado de la línea.

—Cariño, ahora tengo que colgar, es domingo y ya sabes que tu tía es muy religiosa, así que me toca ir a la iglesia.

—Pero si eres atea.

—Sí, cariño. Pero si no voy voluntariamente, me llevará por los pelos.

Me reí con ella, la tía Marta llevaba su casa como un cuartel. En cuanto entrabas por la puerta, tenías que regirte por sus reglas.

Colgué el teléfono y lo tiré sobre el colchón.

Me tumbé boca abajo y estiré los brazos a los lados abarcándolo todo.

La cama todavía guardaba olor a violetas del perfume de Abril.

Ese detalle tan simple me llenaba de calidez y me ayudaba a relajar los músculos, porque así era como me sentía con ella, relajado, ella aportaba serenidad y equilibrio a mi alma.

Siempre había sido así. Solo que ahora, después de esta noche, también agitaba mi sangre y me hacía querer correr hacia ella como un animal.

Era irónico cómo una misma persona te podía hacer sentir de dos formas tan diferentes a la vez.

Abril calmaba mi alma y agitaba mi cuerpo al mismo tiempo.

No sé en qué momento me quedé dormido, pero unos pequeños golpes en la puerta me arrancaron de un sueño realmente agradable. La puerta se entreabrió y Abril asomó la cabeza.

—¿Puedo pasar? —preguntó con cautela.

Me giré sobre el costado y apoyé mi peso sobre el brazo izquierdo mientras, con la mano, me apartaba el pelo de la cara y trataba de despejarme.

—Claro, adelante.

Abril entró dubitativa.

—Natalia acaba de volver. Está bastante alterada y enfadada.

Terminé de incorporarme, pero no me levanté de la cama. Le hice un gesto con la mano para invitarla a sentarse a mi lado. Era la segunda vez en menos de veinticuatro horas que los dos estábamos juntos sobre esta cama y mi cuerpo era muy consciente de ello, quería volver a acariciarla.

No se había cambiado de ropa, seguía llevando esa camiseta tan ligera. «Céntrate, Tomás», me reprendí, «estamos aquí para hablar de Natalia y del traidor de mi mejor amigo».

—Tomás... —Abril se agarraba las manos mientras decidía cómo afrontar la conversación—. La relación entre Nat y Cámeron no es lo que estás pensando.

—¿Y qué crees que estoy pensando?

Abril me miró con sus preciosos ojos de gata.

—Cámeron no es como Rafael —dijo colorada—, quiero decir que... él jamás se aprovecharía de nadie y mucho menos de Natalia. Lo sabes, ¿verdad? —Desvié la mirada, la mención de Abril sobre el hijo de puta del Pulpillo me llenaba de ira.

«Ellos... ya llevan un tiempo juntos.

La miré asombrado.

—¿Me estás diciendo que están saliendo?

Abril hizo un gesto afirmativo con la cabeza sin mirarme.

—Y tú lo sabías.

Repitió el gesto.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No era cosa mía contártelo, sino de ellos —contestó, ahora sí, mirándome a los ojos—. Natalia tenía miedo de contártelo y que te enfadases con Cámeron. Ella...

—Dime.

—Se quieren mucho, Tomás. Es algo serio, para los dos.

La miré de soslayo, estaba tensa y se miraba las manos mientras hablaba.

—Creo que —hizo una pausa—, creo que deberías hablar con Cámeron. Él está algo alterado y...

—¿Por qué me tendría que importar? —repliqué.

Abril me miró con el ceño fruncido.

—Porque ha discutido con Natalia y ella está destrozada. ¿Por qué te parece tan malo que estén juntos? ¿Acaso no es tu amigo?

Lo pensé durante unos instantes. Sí, Cámeron era mi amigo y claro que era un buen tío. De los mejores que había conocido.

—Es mi hermana —dije con un suspiro.

Abril se acercó un poco más y apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—Tomi, tienes que confiar en ella. Lo quiere y no es justo que se separen porque tú no lo apruebas. Además, si no está con él, estará con otra persona, ¿es eso lo que quieres?

—¿Y tú, Abril?

Levantó la cabeza y me miró con ojos interrogantes. Estaba tan cerca que podía sentir cómo ambos respirábamos el mismo aire.

—¿Yo?

—¿Estás con alguien?

Se puso un poco colorada, pero no apartó la mirada de la mía.

—No —titubeó—, ahora no.

—Pero has estado —recalqué.

—Sí, ¿qué esperabas? No podía seguir... —las palabras murieron en su boca cuando apartó la mirada y se levantó de la cama abruptamente.

—¿Seguir qué? —pregunté, deseoso de escuchar.

Se alisó la camiseta que se le había arrugado sobre el vientre.

—Nada, déjalo. Creo que voy a ir a hablar con Natalia.

Me levanté de la cama y la detuve agarrándola por el codo.

—Espera, déjame a mí. Creo que soy yo quien tiene que hablar con ella.

Abril no contestó, se limitó a asentir con la cabeza y se hizo a un lado dejándome paso.