Capítulo 19 #2
Anya volvió a mirarme de arriba abajo como si fuese un insecto molesto y detuvo la vista en mi colgante como si lo reconociese. Entonces lo agarró con una mano y con los ojos entornados preguntó:
—¿De dónde has sacado esto?
Alcé mi mano para quitarle la rosa de la mano, no iba a permitir que me intimidase por más tiempo.
—Es un regalo.
—Ya veo —contestó tan bajo que no la habría escuchado si no estuviese tan cerca de mí.
Súbitamente su actitud cambió de rumbo, así como sus pies, y comenzó a alejarse dejándome espacio para respirar tranquila de nuevo.
Unos segundos antes se había mostrado agresiva y a la defensiva, ahora una enorme sonrisa iluminaba su cara, pero un rastro de nervios había asomado y se dejó entrever en su acento, casi imperceptible hasta ahora.
—Perdóname, creo que hemos comenzado con mal pie. Está claro que las dos querremos mucho a Tomás y él nos quiere a las dos también.
Sus palabras me atravesaron como un puñal, abriendo pequeñas grietas en mi corazón. Estaba en lo cierto, para mí era más claro que el agua que Tomás la quería, de una forma en la que no me quería a mí.
—Ajá... —fue lo único que consiguió salir de mi boca.
—Está claro que para él eres de la familia —continuó—, creo que deberíamos... intentar ser amigas.
—Ajá... —repetí.
—¿Sabes lo que me parece más extraño?
—¿Lo qué?
—Tomás habla mucho de vosotras, de las dos, como si fueseis una gran familia feliz, pero solo me enseñaba fotos de su hermana Natalie .
—¿Qué estás insinuando y por qué te ríes? —pregunté mosqueada.
—Perdona, es que llegué a pensar que eras un adefesio, tan fea que le daba vergüenza enseñarte, pero bueno —volvió a dar un paso hacia mí—, ahorra que te veo, pues tampoco es para tanto.
No eres tan bonita como su hermana, se nota que ellos comparten genes, pero tampoco es como para que borre todas las fotos tuyas de su teléfono.
¿Tomás borraba las fotos que nos hacíamos juntos? Las grietas que habían aparecido en mi corazón se agrandaron y lo partieron en pedazos, pude sentir cómo se desmoronaba, como los desprendimientos que se producen en los polos por causa del calentamiento global.
No podía soportar más tiempo en la cocina con esa chica, ¿por qué iba Tomás a borrar todas nuestras fotos? Estaba a punto de romper a llorar y no quería que esa arpía me viese destrozada. Antes de que pudiese seguir hablando, me di la vuelta y salí de la casa.
No podía volver a casa de Natalia, si Tomás no estaba con Anya seguramente había vuelto mientras yo me cambiaba, así que me dirigí al único sitio donde podía sentirme a gusto, la playa.
TOMÁS
¿Dónde demonios se había metido esta chica?
Me desperté decepcionado al comprobar que ya no estaba a mi lado y era una mierda porque su parte de la cama ya estaba fría. Me maldije por haberme quedado dormido de esa manera. Mis planes eran despertarme a su lado y aclarar las cosas de una vez por todas.
Abril estaba hecha toda una escapista, joder, esperaba que no fuera por experiencia...
La noche había sido larga y me había acostado tardísimo.
Después de que Abril se quedase dormida, salí de la habitación en busca del puto Pulpillo, ese cabrón me las iba a pagar.
Él había terminado con la nariz rota y yo con un dolor de mano criminal, pero había merecido la pena, esperaba que ese hijo de puta estuviese ya fuera de la casa y rumbo a cualquier parte.
Me apresuré en la ducha, estaba nervioso, había tomado una decisión en cuanto a Abril y me moría por encontrarla, después de verla en los brazos de otro comprendí que mi hermana tenía razón y que yo había sido un ciego, Abril me gustaba, mucho.
Todavía era bastante temprano, por lo que salí del cuarto sin hacer mucho ruido para no despertar al resto, que se habría acostado a las tantas.
Abril se habría despertado muy confusa y estaría extrañada al verme a su lado, aunque no era la primera vez que dormíamos juntos.
No se acordaría de nada por culpa de la droga que le había dado Pulpillo que, por lo que había leído ayer mientras la veía dormir, provocaba falta de memoria; cada vez que pensaba en lo que le había hecho la ira me impulsaba a volver a perseguir a esa pequeña sanguijuela para romperle la nariz una segunda vez.
Me dirigí a la habitación de mi hermana, no se me ocurría otro sitio donde podría estar a estas horas, dudaba que se hubiese levantado con ganas de salir a nadar.
Estaba a punto de llamar a la puerta cuando esta se abrió de golpe y me encontré con Cámeron cara a cara.
Mi mejor amigo se quedó lívido al momento.
Sin decir nada, alcé la vista por encima de su hombro para ver a mi hermana dormida en su cama boca abajo, gracias a Dios estaba tapada y dormida pero no me cabía duda, por la expresión de él, que debajo de las sábanas no llevaba nada puesto.
—Te lo puedo explicar... —comenzó a decir con las manos levantadas, pero lo interrumpí de un puñetazo en la nariz—. ¡Ouch! ¡Mierda, Tomás! —dijo, echándose las manos a la cara—. No es lo que piensas.
La mano me dolía horrores, era el segundo puñetazo que daba en menos de doce horas.
—¿No has dormido con mi hermana?
—Sí. —Le di otro puñetazo mordiéndome el labio para enmascarar el dolor que me provocaba cada golpe. A este ritmo era yo el que iba a terminar con la mano rota. Él no trató de defenderse ni me devolvió el golpe.
—¡Para, joder! Déjame explicártelo.
No estaba seguro de querer escuchar, él era mi mejor amigo y se había follado a mi hermana pequeña. ¿Qué me quería explicar? Me di la vuelta dispuesto a salir de allí cuanto antes, no quería volver a pegarle y estaba claro que Abril no estaba en esa habitación.
—Para, Tomás, por favor. De verdad que puedo explicarlo.
Cámeron vino detrás de mí, pero yo no podía enfrentarlo en ese momento por lo que me di la vuelta y lo alejé de mí de un empujón en el pecho.
—Ni se te ocurra acercarte a mí ahora mismo —grité.
Di media vuelta y me alejé a paso ligero. Esta vez Cámeron no me siguió.
Una vez fuera de casa me dejé caer en el suelo y agaché la cabeza entre las rodillas, los engranajes de mi cerebro empezaban a funcionar demasiado rápido por el exceso de información que acababa de recibir.
Por el rabillo del ojo, me pareció ver una melena rubia cruzando el jardín.
Emocionado, giré la cabeza, pero delante de mí estaba la rubia equivocada.
—Tomi, mi amor. ¿Qué haces aquí solo? —preguntó alzando los brazos hacia mí con la intención de darme un abrazo.
—Vale ya, Anya. —La aparté—. No me llames así.
—¿Así cómo, cielito? —preguntó, haciendo pucheros.
Solté un resoplido poco amistoso, al que ella no hizo ni caso. Esta chica resultaba muy dura de mollera cuando quería.
—Ni amor, ni cielito, ni ninguna otra mierda de esas que no soy.
Hizo otro puchero. De verdad, esta tía me exasperaba, no sabía cómo había aguantado tanto tiempo a su lado. Ni por todos los polvos del mundo compensaba lo pesada que era.
—No digas eso, mi cariñito.
—Anya...
—Vale, ya paro. —Se sentó a mi lado—. Ayer no volviste —dijo, rozando su mano por mi brazo.
Volví a frotarme el pelo con las manos.
—¿Volver a dónde, Anya? ¿Cómo tengo que decírtelo? —La enfrenté bien cerca—. Escúchame, porque no quiero volver a repetirlo: lo nuestro se ha acabado, hace tiempo que se acabó.
—Eres cruel, Tomás —contestó, agachando la cabeza.
Me dolía hacerle daño, no estaba bien, pero lo nuestro había terminado antes de empezar.
—No, no lo soy. No le des la vuelta a las cosas porque sabes que nunca te he engañado. Te dije que no estaba preparado para una relación, que no quería una relación. Me gustabas, pero no tanto; lo siento, pero es así.
Anya se levantó, se notaba su enfado y se preparó para darme donde más dolía.
—Me has utilizado. ¿Crees que no la he visto? —ahora gritaba—. Desde que llegué, todo son murmullos a mis espaldas y, ¿sabes qué dicen?
—Me importa una mierda lo que digan.
—Pues a mí no, Tomás. Porque tienen razón.
—Señaló en dirección a su casa—. Tu pequeña princesita ha entrado esta mañana en casa y la he visto.
Ni siquiera he necesitado preguntar su nombre.
¿Por qué te fijaste en mí? —Anya se movía inquieta de un lado a otro—.
Scheiße 2 , parezco un puto artículo de sustitución.
Después de esas palabras, levanté la vista hacia ella, había llamado mi atención así que yo también me levanté del suelo.
—¿Qué estás insinuando?
—No necesito insinuarlo, si quieres te lo digo a la cara: me has utilizado todo el tiempo. —A medida que su enfado crecía, su acento se iba haciendo más fuerte—. ¿Ella no quería o es que todavía era muy pequeña? ¿Ya no lo es? ¿Es eso?
Sus palabras cayeron en mi pecho como una losa de realidad de doscientos kilos. Tenía razón y ahora lo sabía, aunque cuando conocí a Anya no había descubierto mis sentimientos por Abril, en el fondo sabía que estaba en lo cierto.
—¿Por qué no me contestas? Tengo razón, ¿verdad?
—No, no la tienes. Tú me gustabas, Anya.
—No lo dudo. Pero por los motivos equivocados. Me he portado bien contigo, Tomás, me gustas mucho.
Las lágrimas comenzaron a amontonarse alrededor de sus ojos y yo me sentí como un auténtico hijo de puta. No le había hecho daño intencionalmente, pero lo había hecho después de todo.
—¿Sabes cuándo me di cuenta? —no esperó respuesta—. Pensé que habías comprado el colgante para mí. Te vi en la tienda. Vi como lo cogías y me mirabas, pensé... da igual. Es ella la que lo lleva.
Agaché la cabeza, derrotado.
—Anya, lo siento. Nunca quise hacerte daño. Lo siento.
Anya se frotó la nariz con las manos y dejó que un par de lágrimas resbalaran por sus mejillas.
—Me voy, Tomás. Me voy con Rafa. A él por lo menos le gusto de verdad.
La miré preocupado.
—¿Estás loca? Ese tío es un hijo de puta. Anoche drogó a Abril, Anya. Habría abusado de ella si yo no hubiese llegado a tiempo. Tiene suerte de que no lo haya denunciado. De hecho, ella todavía puede hacerlo.
Soltó una carcajada antes de contestar.
—No seas idiota. A mí no necesita drogarme para que quiera estar con él.