Amigas, bilogía completa Capítulo 19
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Capítulo 19

AbrIL

N o sabía qué me había despertado antes, si el dolor de cabeza o la luz que entraba por la ventana. Qué mierda, ¿quién se había dejado la persiana levantada?

Estaba boca abajo y la postura ya me estaba dando dolor de espalda por lo que intenté girarme de medio lado, pero un brazo, bastante pesado, por cierto, me lo impedía.

Comencé a reconstruir lo acontecido la noche anterior.

Recordaba a Alejandro, que no había conseguido hablar con Tomás, y a Natalia ofreciéndome una botella de algo asqueroso.

Y a Anya, también la recordaba a ella, alta, guapa, con sus brazos alrededor de Tomás y su lengua metida hasta la campanilla... para, no vayas por ahí.

Los celos me revolvieron el estómago, o también podía ser el alcohol que me había metido en la fiesta. Menuda resaca de campeonato.

Pero nada de esto respondía a la pregunta de quién me estaba inmovilizando sobre la cama.

Alguien dormido, desde luego, ¿cómo no se despertaba con toda esta luz?

Dios, debía estar peor que yo y además me estaba dando un calor de muerte.

Cerré los ojos e hice memoria, recordaba vagamente a un tío muy pijo, no su nombre, solo un horrible polo rosa.

¿Me habría venido a la cama con él? Eso no era propio de mí, pero anoche...

me había comportado como una versión femenina de Charlie Sheen⁠ 1 .

Recorrí la habitación con la mirada, no estaba ni en mi cuarto, ni en el de Natalia, estaba ¿en el de María?

¡Dios Santo! ¿Qué hacía yo aquí? De repente, un pensamiento espantoso pasó por mi cabeza, ¿me había enrollado con algún tío en la cama en la que dormía Tomás?

¿Y él dónde estaba? «¡Qué pregunta más tonta!

», me reprendí. Aunque la cama todavía olía a él, estaría con Anya, posiblemente en mi casa, en alguna de mis camas...

no podía permitirme pensar en eso ahora, lo primero era retomar el control.

Con algo de esfuerzo conseguí girar medio cuerpo y quedarme tumbada sobre el costado izquierdo, de espaldas al tío que tenía a mi lado, el cual, descaradamente, aprovechó mi movimiento para envolverme con una pierna y acercarme más a su cuerpo.

Joder, necesitaba oxígeno y no estaba preparada para mirarle la cara, ya bastante malo era notar su erección mañanera en las nalgas.

Eché un vistazo hasta donde mi posición me lo permitía.

Mi vestido estaba perfectamente doblado sobre la mesilla de noche y mis zapatos a los pies de esta.

Bueno, bien, en algún momento me había quitado la ropa, pero si la había doblado...

no, esto no tenía sentido. Bajé la vista, no estaba desnuda, ¡menos mal!

Haciendo un poco de fuerza me arrastré hasta el borde de la cama, levanté el brazo y la pierna del tío al que, todo sea dicho, seguía sin atreverme a verle la cara. Sí, lo sabía, era una cobarde, nunca había pretendido ser lo contrario.

Poco a poco, para no despertarlo, conseguí zafarme y, cogiendo mi vestido y los zapatos del suelo, salí de la habitación cual gata sigilosa.

Ya fuera, en el pasillo, me apoyé sobre la puerta y solté todo el aire de los pulmones.

Me dirigí a la habitación que compartía con Natalia, necesitaba coger algo de ropa limpia antes de ir al baño a darme una ducha, pero la puerta estaba cerrada con llave, mierda. Eso solo me dejaba un camino, mi casa.

En condiciones normales, con mi casa llena de inquilinos, jamás se me ocurriría colarme hasta mi habitación, pero teniendo en cuenta que les estaba dejando quedarse gratis, creo que podía entrar y salir de ella cuando me diese la gana. Además, con un poco de suerte estarían todos durmiendo.

Cogí la llave que guardaba en la cocina de María y salí por las puertas francesas que daban al jardín.

Estaba todo bastante bien, para ser una fiesta tan concurrida todo parecía en su sitio, algún vaso de plástico por el suelo, botellas por todas partes, pero nada roto, al fin y al cabo. Un punto para los amigos de Tomás.

La cancela que separaba los dos jardines estaba abierta y…

bueno, mi jardín no había tenido tanta suerte como el de mis queridos vecinos.

¡Estaba todo hecho un asco! Había bolsas de basura tiradas por el suelo, botellas rotas, una de las mesas que habíamos montado como barra estaba rota y ¡la sombrilla estaba tirada en la piscina!

Parecía como si un tornado hubiese pasado de forma selectiva por mi propiedad y hubiese dejado el resto de la isla intacta.

Caminé asombrada hacia la puerta de entrada que daba al salón. Un par de tíos estaban tirados en el porche durmiendo la mona, si habían sido ellos los causantes de tanta destrucción ya me encargaría que hacerlos limpiar. Era una anfitriona de mierda, pero no me importaba, no estaba de humor.

Entré en casa y me fui directo a mi habitación, que por suerte disponía de baño privado.

Tras una ducha relajante me sentía mucho mejor, pero seguía necesitando ayuda química para aplacar el martilleo que me atravesaba cerebro desde los ojos hasta la nuca.

No pensaba volver a tomar una gota de alcohol en la vida.

No estaba de humor como para preocuparme por mi aspecto, me sujeté el pelo en una coleta alta y me vestí con una camiseta básica de tirantes blanca y unos pantalones cortos de algodón de color rojo que combinaban con la rosa del colgante que dejé por fuera de la camiseta.

Salí de mi habitación sin hacer ruido, rumbo a la cocina, allí tenía un botiquín con la munición suficiente como para parar un millón de resacas.

—¿Qué estás haciendo aquí? —escuché.

Me detuve en seco, no reconocía la voz, pero el acento, con la gran comunidad de alemanes que vivían en Mallorca, era inconfundible. Esta mañana no estaba teniendo suerte.

Había caminado hasta la cocina sin levantar la cabeza del suelo por lo que no me había percatado de que allí, con una taza de café en la mano y apoyada contra la isla, estaba Anya. Llevaba un minúsculo bikini color blanco que no le tapaba nada y hacía un juego increíble con su tono de piel.

—Es mi casa —contesté conciliadora, acercándome hasta el mueble donde guardaba el botiquín—. Me he levantado con una migraña de campeonato y he venido a por analgésicos.

Por más que me comieran los celos, esta chica era importante para Tomás y no se merecía mi antipatía, no había hecho nada más que gustarle a él. No podía estar resentida con ella. Mis sentimientos no eran responsabilidad suya.

Abrí la nevera y comprobé aliviada que todavía quedaba alguna botella de zumo de naranja, le quité el precinto y tomé las pastillas para la migraña.

—¡Ja! —dijo Anya—. Lo que tienes es una resaca de campeonato. Además, te lo vuelvo a preguntar, ¿qué haces aquí? Me da igual que sea tu casa porque la hemos alquilado.

¿Era cosa mía o notaba cierto sarcasmo en su voz? Estaba teniendo una mañana de lo más extraña y no iba a dejar que esta tía me amargara la existencia así que decidí cortar de raíz con el problema.

—Mira, bonita, como estáis aquí de gratis más que inquilinos sois mis invitados. Esta es mi casa y puedo entrar y salir cuando me dé la gana.

Estaba claro que no se esperaba mi reacción por la forma en la que abrió los ojos y depositó el café sobre la mesa. Yo, por mi parte, muy digna, agarré con fuerza mi botella y me preparé para volver a la casa de al lado.

—Por lo menos deberías tener un poco de vergüenza y no pavonearte así por aquí después de haberla liado como hiciste anoche.

Me quedé pasmada, no recordaba haberla liado en ningún momento, claro que no recordaba casi nada desde que, ni siquiera lo sabía.

—Perdona, pero no sé de qué estás hablando.

Me miró de arriba abajo.

—¿En serio? ¿Es tuya esa camiseta? —preguntó señalando la camiseta que llevaba apoyada encima del hombro con la intención de dejarla en la lavadora—. Al menos habrás dormido bien.

La imité y me puse a contemplar la camiseta con el interés que no le había prestado antes, su sarcasmo era más que evidente.

La camiseta era negra y llevaba el mensaje «TURN THE PAIN INTO POWER» escrito con letras mayúsculas de un rojo intenso.

Era la típica camiseta que le gustaba a Tomás, no recordaba cuándo me la había puesto, claro que había dormido en su cama así que seguramente también la había cogido prestada del armario.

—¿No dices nada? Cinco horas nos pasamos en urgencias con el pobre Rafa, Tomás le ha roto la nariz por tu culpa y está haciendo las maletas para marcharse cuanto antes.

Estaba flipando, recordaba a Rafael, era el tío con el que había estado hablando la noche anterior, de hecho, creía que era él quien seguía tumbado a mi lado esta mañana, pero si no era él, ¿quién era?

—Veo que te ha comido la lengua el gato, aquí lo decís así, ¿verdad? —continuó haciendo un gesto de indiferencia con la mano—. Da igual. El caso es que nos arruinaste bien la noche.

—¿Yo? ¿Acaso te he hecho algo a ti?

Anya dio la vuelta a la isla y se acercó, era casi tan alta como Tomás, no pensaba que quisiera hacerme daño, pero me sentí intimidada por lo que di un paso atrás instintivamente. Ella se dio cuenta y una sonrisa maliciosa apareció en su cara.

Murmuró unas palabras en alemán que no entendí y, terminándose su café, me enfrentó.

—Ayer te emborrachaste tanto que al final Tomás tuvo que hacer de niñera contigo. Justo cuando mejor nos lo estábamos pasando. Es increíble que le des más problemas que su hermana.

—¿Qué? —pregunté estupefacta.

—La culpa no es suya, claro. Con la pinta de fulana que llevabas tú, va y se enfada con Rafa porque pensaba que se estaba aprovechando de ti.

—Continuó acercándose a mí mientras hablaba, por cada paso suyo yo daba otro en sentido contrario, hasta que mi espalda chocó con la pared y me quedé sin escapatoria—.

Debe ser agotador hacer de niñera todo el tiempo.

¿Tomás le había roto la nariz a Rafael por mi culpa? Dios, Alejandro había estado en lo cierto marchándose. Tenía que hablar con Tomás de esto, no podía seguir comportándose de esta forma, yo no necesitaba un guardaespaldas.